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Relatos Ardientes

Su novio lo vistió de conejito para salir a la calle

El debut de Adrián al otro lado del Atlántico no era solo una noticia deportiva para quienes lo seguían desde Vigo. Para Téo y Nico era una excusa perfecta, el pretexto que llevaban semanas esperando para volver a encontrarse.

El partido se jugaba de madrugada por la diferencia horaria: empezaba a las once de la noche en España y terminaba pasada la una, cuando la ciudad dormía y solo ellos seguían despiertos.

Los separaba una hora de tren. Téo vivía en la ciudad; Nico, en un pueblo del interior. Convencer a la madre de Nico fue un ejercicio de paciencia y medias verdades susurradas al teléfono.

—Mamá, por favor, es el debut de Adrián, lo conocemos del viaje. Téo tiene sitio en su casa y sus padres me preparan una cama en el suelo. Vuelvo mañana temprano, te lo juro —rogaba Nico, paseando por su cuarto con el móvil pegado a la oreja.

—No sé, hijo —suspiró ella al otro lado—. Ese Téo me da mala espina. Es tan… raro, con esa forma de vestir. No quiero que andes con gente que no sabe lo que es ser un hombre como Dios manda.

Las palabras pinchaban como astillas, disfrazadas de preocupación. Nico apretó los dientes.

—Mamá, Téo es buena gente. Solo es diferente. Es importante para mí.

A regañadientes cedió. Llámame en cuanto llegues y no hagas tonterías. Los padres de Téo improvisaron una cama supletoria, pero los dos guardaban planes mucho más sucios: dormir piel contra piel, follar hasta el amanecer y, antes, una tarde entera jugando con un secreto que habían preparado desde Chicago.

Nico escondió en la mochila el conjunto de conejito que Téo le había regalado, una tela suave como una promesa mojada. Téo, por su parte, llevaba días viendo tutoriales de maquillaje bajo la luz azul de la pantalla y comprando todo lo necesario: sombras, delineador, un labial que brillaba como un beso húmedo. Quería convertir a Nico en la putita de seda con la que ambos fantaseaban.

—¿Ya en el tren? —escribió Téo en cuanto recibió el aviso.

—Saliendo. Llego en una hora.

—¿Lo tienes contigo?

—Claro. Y el mío también funciona.

El otro secreto eran dos juguetes vibradores, controlables desde el teléfono: gemelos, uno negro para Téo, otro rosa para Nico. Los habían comprado de oferta en su último día de viaje, con la promesa de estrenarlos justamente hoy, metidos en el culo, vibrando dentro de ellos mientras paseaban por la calle como si no pasara nada.

***

Esa misma mañana se conectaron por videollamada, cada uno en su baño, los torsos desnudos ante la cámara. Téo dirigía con voz ronca, segura.

—Primero la crema depilatoria —dijo, mostrando el tubo—. Extiéndela bien, amor: torso, piernas, pubis, huevos, el culo entero. Déjala diez minutos. Pica un poco, pero después queda todo liso, listo para que te coma.

Nico obedeció, rojo hasta las orejas, las manos temblándole mientras el aroma dulzón de la crema invadía el cuarto. Se untó los muslos, el pubis, se separó las nalgas con dos dedos y untó también entre ellas, sintiendo un cosquilleo caliente en el ojete cuando la crema lo cubrió. Cuando la retiró bajo la ducha, la piel le quedó suave como un pétalo, la polla sin un solo pelo, los huevos brillantes, el culo terso como el de un crío recién bañado.

—Joder, qué raro me siento —murmuró, pasándose la mano por el pubis lampiño—. Se me ve todo. La polla parece más grande sin pelos. Y el culo… tócatelo tú, verás qué liso.

—Eres perfecto —respondió Téo desde la pantalla, mostrando también su propio cuerpo depilado, la verga tiesa apuntando al techo—. Ahora la limpieza. Métete la cánula del irrigador despacio, relaja el culo, deja entrar el agua tibia y aguanta un poco.

Nico se puso a cuatro patas frente a la cámara, culo en alto, y se metió el enema con torpeza avergonzada. Un gemido sutil se le escapó cuando el agua le llenó las tripas. Repitió el proceso hasta que el agua salió limpia, la mirada cómplice de Téo al otro lado poniéndolo cachondo por partida doble. Cuando terminaron, ambos respiraban agitados, las pollas tiesas, los cuerpos ya tensos de anticipación.

—Los juguetes los ponemos antes de salir de casa —decidió Téo—. Para que vibren por el camino.

Minutos antes de ir a la estación se conectaron de nuevo. Lubricante abundante, respiración profunda. Nico se echó un chorro generoso en la palma, se lo esparció por el ojete ya depilado, se metió un dedo, luego dos, abriéndose para el juguete rosa que sostenía con la otra mano. Téo hacía lo mismo con el suyo, negro, brillante de silicona y lubricante.

—A la de tres, amor —jadeó Téo, apoyando la punta del vibrador contra su culo—. Una, dos… tres.

Los dos empujaron a la vez, sincronizados, jadeando ante la pantalla mientras el cuerpo cedía centímetro a centímetro. Nico apretó los dientes, la boca abierta en una O muda, mientras el juguete se le hundía en el culo, ensanchándolo, llenándolo de dentro hasta que la base topó con las nalgas.

—Me llena —jadeó Nico, con los ojos vidriosos—. Joder, me llena hasta arriba. Duele un poco, pero es buenísimo. Lo tengo todo el culo estirado.

—El mío también, joder —Téo tenía el pecho subiéndole a toda prisa, la polla goteando sobre la baldosa—. Ahora enciéndelo un segundo.

Un zumbido breve, una onda de placer recorriéndolos a los dos a la vez. A Nico se le contrajo el culo alrededor del juguete y soltó un gemido agudo; Téo se mordió el puño para no gritar. Risas nerviosas entrecortadas, la mano de cada uno agarrándose la polla por reflejo.

—Apágalo, apágalo —jadeó Téo—. Lo dejamos para luego, cuando estemos juntos. Si sigo, me corro aquí solo y no quiero. Quiero correrme contigo dentro.

***

Téo esperaba en el andén con el corazón acelerado y el juguete latiéndole apagado en el culo. Nico bajó del tren caminando raro, con el pelo rosa revuelto por el viento, la mochila al hombro y una sonrisa que lo decía todo. Se abrazaron fuerte, los cuerpos apretándose, un beso robado y discreto en el que sus lenguas se rozaron con los piercings.

—Te he echado de menos —susurró Nico contra su cuello—. Y este cabrón que llevo metido me ha frotado la próstata todo el viaje. Vengo a punto.

En casa de Téo, con sus padres aún en el trabajo, cerraron la puerta del cuarto. Téo maquilló a Nico con devoción: base ligera, ojos ahumados en tonos rosados, labios brillantes. Luego vino el conjunto: la tanga rosa ajustándose por encima del juguete que aún llevaba dentro, las medias subiendo por los muslos lampiños, la falda corta, el jersey plisado y una diadema con orejitas.

El resultado dejó a Nico sin habla frente al espejo, los ojos vidriosos.

—Quiero salir así a la calle —dijo de pronto, con una osadía que lo sorprendió a él mismo.

—¿Estás loco? —Téo lo miró, pero al ver su sonrisa cedió—. Bueno. Si es lo que quieres, lo hacemos juntos.

Para él eligió un maquillaje sombrío —delineador negro, labios oscuros— y un look de pantalón cargo ceñido, botas militares, camiseta sin mangas y chaleco vaquero. Salieron del piso con el pulso desbocado y dos juguetes vibradores esperando la orden.

***

Los primeros metros por la calle fueron un torbellino. Caminaban pegados, las manos entrelazadas con fuerza, como si temieran que el hechizo se rompiera. El corazón de Téo latía bajo la camiseta entre el orgullo de ver a Nico tan radiante y una vergüenza ardiente que le subía por el cuello al notar las miradas de los transeúntes.

—Joder, todos nos miran —susurró Nico, entre la excitación y el pánico.

—Sí, pero mírate. Estás precioso. Es lo que siempre quisimos, ¿no?

En una esquina del casco viejo, un grupo de hombres mayores los vio pasar desde la terraza de un bar. Uno de ellos, con la voz ronca por el tabaco, soltó algo audible:

—Mira eso, ¿qué es esto, un carnaval en pleno día?

Los otros rieron por lo bajo. Nico se tensó de golpe, la mano apretando la de Téo hasta hacerle daño, el rostro palideciendo bajo el maquillaje. Téo sintió la rabia subirle por el pecho, pero también el instinto de protegerlo. Se giró un segundo, la mirada firme.

—Somos libres de ser como queremos. ¿Y vosotros? ¿Felices amargando a los demás?

La voz le salió tranquila pero cortante. Los hombres murmuraron algo y apartaron la vista. Téo tiró de Nico para seguir caminando.

—No les hagas caso, amor. Somos más fuertes que ellos —dijo, besándole la sien.

—Contigo me siento protegido —respondió Nico, los ojos brillantes ahora con un orgullo nuevo.

Avanzaron hasta una calle lateral, bajo unos soportales sombríos que los ocultaban del bullicio. Allí, al fin solos, estallaron en risas nerviosas y contagiosas. Nico se doblaba con la mano en la boca para no estropearse el labial; Téo soltó una carcajada que resonó contra la piedra.

—¡Lo hemos hecho! —celebró Nico en voz baja, dando saltitos que hacían flotar la falda y le movían el juguete dentro del culo.

Se persiguieron unos pasos como niños liberados hasta que Téo lo atrapó en un abrazo giratorio. Vinieron caricias suaves, besos rápidos cuidando de no borrar el maquillaje, las lenguas jugueteando con los piercings.

—No estropeemos el look, pero te comería entero —rio Nico.

Cuando se calmaron, se acordaron de sus amigos. Téo sacó el teléfono e hicieron fotos: Nico posando como un conejito travieso, la falda apenas levantada sobre las medias; Téo cruzando los brazos con actitud desafiante, el delineador afilando su mirada. Las enviaron al instante.

Adrián, concentrado en la previa del partido, no las vio aún. Pero Eric, desde la otra orilla, abrió el mensaje y se le iluminaron los ojos. Marcó una videollamada de inmediato.

—¡Tíos! ¿Habéis salido así a la calle? —se reía, emocionado.

—Al principio flipábamos con las miradas —contestó Téo, girando la cámara para mostrar el conjunto—. Pero ahora es libertad total. ¡Por Adrián, que hoy la rompe!

—Sois una inspiración —dijo Eric—. Adrián va a alucinar cuando las vea. Brillad por él.

***

Tras colgar, con el subidón de la llamada, el paseo continuó ya sin inseguridades. Y entonces empezó el verdadero juego. En la plaza mayor, rodeados de gente charlando en las terrazas, Téo sacó el teléfono con una sonrisa maliciosa y subió el juguete de Nico a intensidad media.

El zumbido se intensificó de golpe dentro de él. A Nico se le aflojaron las rodillas contra un muro frío, el labio atrapado entre los dientes, la polla creciéndole bajo la tanga rosa hasta marcarse debajo de la falda. Sintió el vibrador presionándole la próstata sin descanso, un martilleo dulce que le subía por la columna.

—Aquí no, con tanta gente —susurró, agarrándose al brazo de Téo—. Se me está poniendo dura. Se me va a notar por debajo de la falda. Pero no pares, cabrón, no pares.

—¿Por qué iba a parar? —respondió Téo, ronco, subiendo un punto más la intensidad—. Nadie conoce nuestro secreto. Solo yo sé que tienes un juguete metido en el culo vibrándote la próstata, y que llevas la polla goteando dentro de la tanga. Me encanta verte así, temblando, y que solo yo sepa por qué.

Nico disimulaba los gemidos con una tos fingida, el calor expandiéndose dentro de él como fuego lento. Sentía el pre-semen calándole la tela rosa, un hilo pegajoso resbalándole por el glande cada vez que el juguete cambiaba de patrón. En las callejuelas estrechas tomó su revancha: abrió la aplicación y activó de golpe el juguete de Téo al máximo, que se apoyó contra una pared para no flaquear, con la polla marcándose bajo el pantalón cargo.

—Hostia, Nico, eso ha sido fuerte —jadeó Téo, con los ojos entrecerrados y una mano apretándose el bulto—. Me está partiendo el culo desde dentro. Se me está empalmando la polla, mira.

—Te lo mereces, por lo de la plaza. ¿Y si subo más? ¿Y si te dejo el juguete al máximo hasta que te corras aquí en medio de la calle, con la polla dentro del pantalón?

—Me estás matando. Pero sigue. Me gusta que me controles. Me gusta que me tengas del culo, literal.

Siguieron así un buen rato, alternando patrones, persiguiéndose el placer de un sitio a otro. En un bar de mesas viejas, en un rincón oscuro, Nico apretó el muslo de Téo bajo la mesa, deslizando la mano hasta la bragueta y palpándole la polla dura por encima de la tela.

—Para o exploto aquí mismo —jadeó Téo, con la respiración cortada—. Tengo la polla como una piedra. Y este cabrón vibrándome dentro me va a hacer correr en los calzoncillos.

—Eso es lo que quiero —respondió Nico, deslizando un dedo por el contorno del glande a través del pantalón—. Verte al borde, saber que con un toque te hago jadear. Que te corras aquí, delante de todos, sin que nadie sepa por qué.

Junto a la ría, el viento fresco les enredaba el pelo mientras el juguete alternaba vibraciones intermitentes. Se besaban escondidos tras los árboles, la excitación sin descarga, solo una anticipación tortuosa. Téo metió la mano por debajo de la falda de Nico, palpó el bulto duro dentro de la tanga rosa, notó la humedad calada.

—Tienes la tanga empapada, guarro —le susurró al oído—. Mira cómo goteas.

—Tú tienes la polla dura como un palo. La noto. Quiero mamártela ya —jadeó Nico—. Métemela en la boca aquí mismo, detrás del árbol.

—No aguanto más, esto es una tortura dulce.

—Es perfecto —le susurró Téo al oído, abrazándolo por detrás, presionándole la polla dura contra el culo lleno del juguete—. Aguanta hasta esta noche. Será explosiva. Te voy a follar hasta que no puedas caminar.

***

De camino a casa compraron hamburguesas y patatas para cenar frente al partido. Antes, se ducharon juntos para retirar los juguetes. Téo se puso detrás de Nico, le levantó la falda con dos manos, le bajó la tanga hasta los muslos y le separó las nalgas depiladas.

—A ver ese culito. Relaja, amor.

Tiró despacio de la base del vibrador rosa. Nico gimió agudo cuando el juguete empezó a salir, el ojete cediendo con un chasquido húmedo. Se le escapó un gemido largo cuando la parte más ancha franqueó el anillo y el juguete cayó en la mano de Téo con un tirón sordo.

—Joder, cómo me ha quedado el culo —jadeó Nico, con las piernas temblando—. Lo tengo abierto, lo noto.

—Ahora yo, sácamelo tú —dijo Téo, apoyando las manos en los azulejos y sacando culo.

Nico se arrodilló detrás, le agarró la base del vibrador negro y tiró despacio. Cuando el juguete salió del todo, no aguantó más: le hundió la cara entre las nalgas y le lamió el ojete dilatado con la lengua entera, chupando fuerte, saboreando la piel caliente y estirada.

—Ah, joder, Nico, así, así —gimió Téo, apoyando la frente en los azulejos, con la polla goteando bajo el chorro de la ducha.

Nico le comió el culo un buen rato, la lengua metiéndosele dentro, los labios chupándole el anillo, los dedos apretándole las nalgas para abrírselo más. Después se puso de pie, giró a Téo y le agarró la polla dura. Se la enjabonó despacio, subiendo y bajando el puño, y Téo hizo lo mismo con la suya. Las dos vergas resbalaban entre las manos ajenas, tersas, brillantes de jabón, chocando entre ellas cuando se acercaban a besarse.

—Chúpamela —le pidió Nico, con la boca contra la suya—. Un poco, solo un poco. Para no vaciarnos ahora.

Téo se dejó caer de rodillas, el agua cayéndole por el pelo, y se metió la polla de Nico en la boca. La chupó entera, la lengua rodeando el glande, los labios apretados en el tronco. Nico se aferró a su nuca, la vista nublada, sintiendo cómo la garganta de Téo se cerraba alrededor de la punta cada vez que la empujaba adentro.

—Basta, basta o me corro —jadeó Nico, apartándole la cabeza con suavidad—. Túmbate tú.

Cambiaron el turno. Nico se arrodilló y se metió la verga de Téo hasta el fondo, mamándola con la boca abierta, la saliva escurriéndole por la barbilla mezclada con el agua. Chupó fuerte, sacando y metiendo, las manos en los huevos de Téo, hasta que Téo tuvo que apartarlo también.

—Para, para. Nos guardamos para la cama.

Terminaron con gemidos ahogados contra los azulejos, las bocas turnándose sobre el otro sin llegar a soltar la carga, dejando lo demás para la celebración de después.

Saciados a medias, con las pollas todavía a media asta, devoraron las hamburguesas mientras Adrián debutaba de forma brillante y llevaba a su equipo a la victoria. Cuando sonó la bocina final, se miraron y supieron que la noche no había hecho más que empezar.

En la cama se resarcieron de todas las semanas separados. Besos voraces con sabor a hamburguesa y deseo, los piercings rozándose, las manos recorriendo cada centímetro conocido con urgencia. Se desnudaron a tirones, la ropa cayendo por el borde del colchón, los cuerpos lampiños brillando bajo la luz tenue de la lamparita.

Téo empujó a Nico boca arriba y le abrió las piernas, colocándoselas sobre los hombros. Le escupió en el ojete y le metió dos dedos de golpe, aprovechando que el juguete lo había dejado abierto y sensible.

—Mira cómo te tengo el coño, amor —murmuró, moviendo los dedos dentro—. Blando, dilatado. Listo para mi polla.

—Métemela ya, joder, no me hagas esperar más.

Téo se agarró la verga, se la pasó por el ojete de Nico, jugando con el glande contra el anillo, hasta que empujó despacio. La polla se hundió entera de una sola embestida, y Nico echó la cabeza atrás con un gemido largo, arqueando la espalda.

—Te he echado tanto de menos —jadeó Téo, quieto dentro, mirándolo a los ojos.

Empezó a follarlo despacio, cadera contra cadera, sacando la polla casi entera y volviendo a hundirla hasta los huevos. Nico se agarraba a las sábanas, la polla dura rebotándole contra el vientre a cada embestida. Después Téo aceleró: le agarró los tobillos, le abrió más las piernas y empezó a machacárselo fuerte, los huevos golpeándole las nalgas con un chasquido húmedo.

—Así, así, más fuerte —gemía Nico, la boca abierta, el maquillaje ya corrido en los ojos—. Rómpeme el culo, joder.

Téo le dio la vuelta y lo puso a cuatro patas. Le agarró las caderas y volvió a metérsela hasta el fondo, embistiendo con más rabia, las palmas marcándose rojas en la piel de las nalgas depiladas. Le dio una nalgada, luego otra, y Nico gimió más fuerte, empujando el culo hacia atrás para recibirlo mejor.

—Fóllame, fóllame como me gusta —jadeaba, con la mejilla apretada contra la sábana—. Me encanta tu polla.

Se turnaron. Téo se tumbó boca arriba y Nico se sentó encima, empalándose despacio, la verga hundiéndosele centímetro a centímetro hasta que quedó sentado del todo, los huevos de Téo bajo las nalgas. Empezó a montarlo, subiendo y bajando, la falda del conjunto olvidada en el suelo, las medias todavía puestas hasta los muslos. La polla de Nico bailaba dura y roja contra el vientre de Téo, salpicando gotas de pre-semen a cada rebote.

—Cabálgame, sí, así —gemía Téo, las manos en las caderas de Nico, marcándole el ritmo—. Qué culo tan rico. Se te ve la polla saltando.

Nico se agarró la verga y empezó a machacársela mientras se movía, dos placeres a la vez, la próstata frotada por dentro y el puño subiendo y bajando por fuera. Se le contrajo el vientre, se le tensaron los muslos, y con un grito ronco se corrió a chorros sobre el pecho de Téo, la corrida saliéndole a borbotones blancos y espesos que le cayeron en las tetillas y el cuello.

—Joder, joder, me corro, me corro —gemía, sin parar de moverse encima de la polla.

Téo lo agarró de las caderas y empezó a embestirlo desde abajo con fuerza, aprovechando que el culo se le había contraído con el orgasmo. Le encantaba follárselo justo después de correrse, cuando el ojete se cerraba con espasmos alrededor de su polla.

—Yo también, amor, ya casi… —gruñó, la mandíbula apretada.

Sacó la polla de golpe, tiró a Nico a un lado y se colocó de rodillas junto a su cara. Nico abrió la boca sin que hiciera falta pedírselo, la lengua fuera. Téo se hizo la paja rápida, dos, tres tirones, y se corrió con un gemido gutural sobre la cara maquillada de Nico. Los chorros de semen le cayeron en la mejilla, en los labios brillantes, en la lengua, en las orejitas de conejo torcidas de la diadema. Nico tragó lo que le entró en la boca y se pasó la lengua por los labios pringados.

—Qué guarro eres —jadeó Nico, sonriendo, con la cara llena de corrida—. Me has puesto perdido el maquillaje.

—Estás más guapo así —respondió Téo, dejándose caer a su lado, sin aire.

Descansaron un momento, las respiraciones agitadas, los cuerpos sudados. Pero no habían acabado. Se turnaron otra vez, cambiaron de postura, volvieron a empezar entre pausas tiernas y embestidas intensas. Nico se lo folló también, boca arriba con las piernas en alto, y le llenó el culo con la segunda corrida de la noche mientras le mordía el cuello. Se quedaron dormidos al amanecer, los cuerpos entrelazados, el semen secándose entre los muslos, las respiraciones por fin acompasadas.

***

A media mañana, la madre de Téo entró en el cuarto sin avisar. Subió la persiana con estruendo y abrió la ventana para airear, mientras recogía la ropa tirada por el suelo —el conjunto rosa, el chaleco vaquero— sin esconder cierto asombro al ver los juguetes olvidados sobre la alfombra.

—Cuando os aseéis, venid a la cocina —dijo, serena—. Tenemos que hablar.

Se ducharon juntos en silencio, esta vez sin sexo, solo complicidad nerviosa. Nico estaba aterrado.

—Seguro que lo oyeron todo.

Téo conocía a sus padres, gente abierta que siempre le había hablado de respeto, pero hasta esa mañana nunca los había enfrentado a su homosexualidad de forma tan evidente. Entraron en la cocina cohibidos, la mirada en el suelo. Cuatro tazas de café humeaban sobre la mesa de madera. Carlos, el padre, estaba sentado en la cabecera; Marta, de pie, apoyada en la encimera.

—Lo primero —empezó Carlos, midiendo cada palabra—: no estamos enfadados. Marta y yo hemos hablado y queremos que esto sea una conversación abierta, sin juicios. Sois jóvenes, muy jóvenes. A vuestra edad es natural explorar, descubrir qué os hace sentir vivos. No hay nada malo en ello mientras haya respeto y consentimiento.

Téo sintió un alivio recorrerle el pecho, aunque el nudo de la garganta seguía ahí. Miró de reojo a Nico, que mantenía la cabeza baja, el rubor subiéndole por el cuello.

—Pero para apoyaros necesitamos entenderos un poco mejor —continuó Carlos—. ¿Desde cuándo os conocéis? ¿Cómo empezó todo?

—Nos conocimos en el aeropuerto, antes del viaje —respondió Téo, la voz entrecortada—. Fue como un chispazo, papá. Desde el primer momento. Y desde entonces solo hemos estado el uno con el otro. Lo de anoche fue para recuperar el tiempo separados, nada más.

Nico no era capaz de articular palabra; solo asentía con movimientos tímidos, los ojos vidriosos de emoción contenida.

—Gracias por la honestidad —dijo Carlos, exhalando—. En esta casa seréis aceptados tal como sois. Dejad de fingir delante de nosotros. No hay nada de malo en quereros. Somos vuestros aliados.

Marta, que había permanecido callada, se acercó y posó la mano en el hombro de Nico, la voz temblándole.

—Pero hay un lado oscuro, hijos. Hace unas semanas agredieron a un chico de vuestra edad solo por ir de la mano de su pareja. Hay gente intransigente, y enfermedades, y peligros. Eso me aterra como madre. No puedo protegeros siempre, solo pediros sentido común. Cuidaos.

Algo se rompió dentro de Nico. Las palabras de Marta, cargadas de un cariño que nunca había recibido en su propia casa, derribaron la última barrera. Las lágrimas le rodaron en silencio.

—Es que en mi casa nunca tendré esto —logró decir, con la voz quebrada—. Mi madre no lo entendería. Lloro porque aquí me siento seguro. Querido.

Carlos le cogió la mano por encima de la mesa, el pulgar frotándole el dorso.

—Si en tu casa no puedes ser libre, esta puerta siempre estará abierta para ti. Eres parte de la familia.

Marta lo abrazó con fuerza, envolviéndolo como a un hijo propio. Téo sintió que su propio nudo se deshacía, y se sumó al abrazo, besando la mejilla de Nico, que le devolvió el gesto en los labios. El café se enfriaba en las tazas, pero la cocina se había llenado de una paz nueva: el miedo convertido en esperanza, la vergüenza en libertad.

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Comentarios(8)

Mati_cba

jajaja dios mio que relato!! me morí de risa y de otras cosas al mismo tiempo

CuriosoMdQ

tremendo!!! no me lo esperaba así, muy original

LeoNocturno22

Por favor seguilo, me quede con ganas de saber como terminó el resto de la noche

Charly_Bsas

hay algo muy intenso en esa mezcla de exposición y complicidad. Se nota que está bien escrito porque te mete en la escena al toque

RomyArg

que valientes jajaja yo no podria salir así ni en pijama

Nocturnita_X

Como continuó? volvieron a salir así o fue una sola vez?

PabloK23

Muy bien narrado, se siente la tension del momento. Seguí subiendo!

DiegoSur88

increible, de los mejores que lei en mucho tiempo. Mas asi por favor

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