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Relatos Ardientes

Mi hombre del peto volvió y la noche fue solo nuestra

El día del debut de Unai, el apartamento de Adrián en Brooklyn se sentía más pequeño que nunca. Paredes blancas salpicadas de pósteres de arte abstracto, una mesa cubierta de bocetos a medio hacer para su proyecto final de máster, y al fondo el zumbido monótono del frigorífico como única compañía. Cada minuto pesaba. La ausencia de Unai le presionaba el pecho como una mano invisible que no terminaba de soltarlo.

La mañana, sin embargo, había empezado bien. Una videollamada lo despertó con la cara de Unai llenando la pantalla, iluminada por la luz natural de la habitación del hotel.

—Mira esto, amor —dijo, girando la cámara para mostrarse de cuerpo entero—. El peto de la suerte, el mismo que me abrió todas las puertas en esta ciudad.

El peto verde musgo le ajustaba el torso atlético como una segunda piel. Llevaba debajo una camiseta de manga larga, el cabello corto peinado hacia atrás y esa sonrisa que derretía cualquier pantalla. La tela rozaba su pecho con cada movimiento, y Adrián, todavía en pijama y con un café entre las manos, sintió un cosquilleo bajo el ombligo.

—Joder, Unai. Estás para comerte —dijo—. Ese peto me trae recuerdos de la primera vez que te lo vi. Marcaba cada cosa que me volvía loco.

Unai rio, con la voz ronca por los nervios.

—Y mira cómo ha cambiado todo desde entonces. Estoy nervioso, pero también muy caliente, no te voy a mentir. El pabellón lleno, el equipo confiando en mí. ¿Vas a venir al palco?

Adrián se mordió el labio.

—No sé. Los nervios me matan cuando no entiendo bien lo que pasa en la cancha. Pero te voy a estar gritando desde algún sitio, te lo prometo.

Hablaron largo. Unai confesó sus miedos en voz baja, los de siempre antes de saltar a jugar: ¿y si fallo?, ¿y si no me dan ni un minuto? Adrián lo calmó con palabras suaves, repitiéndole que era el mejor, que brillara como brillaba siempre. El beso virtual al colgar lo dejó con el corazón acelerado y, al mismo tiempo, con un vacío incómodo. La distancia, aunque fuera la de unos pocos puentes, dolía.

***

El resto de la jornada se le hizo cuesta arriba. Sentado a la mesa, con el portátil abierto en una campaña publicitaria a medio diseñar, Adrián era incapaz de concentrarse. El cursor parpadeaba acusador en la pantalla mientras su mente vagaba lejos: Unai calentando en la cancha, el rugido de la grada, su propia soledad rebotando contra las paredes del piso diminuto.

—Vamos, enfócate —se decía, tecleando frases que borraba a los dos segundos.

El aroma del café enfriándose se mezclaba con el rastro de la colonia de Unai, todavía prendido a una sudadera tirada en el respaldo de la silla. Imposible avanzar. Se levantó, paseó por el espacio reducido, el suelo de madera crujiendo bajo sus pies descalzos, y se asomó a la ventana que daba a un patio gris donde un gato callejero merodeaba entre los cubos de basura.

A media tarde le escribieron Bruno y Saúl, dos amigos de la facultad que habían quedado para ver el partido juntos en un bar del barrio. Le mandaron una foto brindando con cerveza, las caras pegadas, una pancarta casera con el número de Unai pintado a mano. Por tu chico, que hoy lo revienta, decía el mensaje. Adrián sonrió por primera vez en horas. Esa gente lo quería, y de paso quería a Unai. No estaba tan solo como creía.

Cerró el portátil. El proyecto podía esperar; su cabeza no estaba para sketches. Se duchó despacio, dejando que el agua caliente le aflojara la tensión de los hombros, y mientras se vestía miró el perchero. Ahí colgaba su propio peto, verde musgo idéntico al de Unai, el que se habían intercambiado una madrugada como quien se cambia un anillo.

—Por él, tengo que estar —murmuró, y salió a la calle.

***

Llegó al pabellón justo cuando Unai saltaba a la cancha. El rugido de la multitud lo golpeó como una ola que le subió por la espalda hasta la nuca. En el palco de familiares lo recibió con un abrazo la madre de Marcus, el otro debutante.

—Qué bien que viniste —le dijo al oído—. La cosa está apretada, el equipo no arranca.

Adrián, todavía perdido entre reglas que no terminaba de dominar, sintió que el corazón se le contraía al ver a Unai en el banquillo, el rostro tenso, las manos frotándose las rodillas. Va a estar bien. Tiene que estar bien. Pero el miedo lo apretaba por dentro.

Entonces Unai entró a jugar. Las primeras acciones fueron torpes, imprecisas, y Adrián contuvo la respiración. Hasta que algo cambió. Lo vio en sus ojos antes que en el marcador: el brillo regresando, la confianza asentándose en sus hombros. Una jugada, otra, y otra más. La grada empezó a corearlo. Adrián no entendía la mitad de lo que pasaba, pero entendía la energía, y se dejó arrastrar por ella, gritando hasta quedarse ronco.

Al final, victoria holgada. El pabellón entero vibraba. Adrián lloró sin disimulo, lágrimas de orgullo cayéndole por la cara mientras la grada cantaba el apodo de su chico una y otra vez.

Lo hizo. Mi hombre lo hizo.

***

Esperó paciente a que Unai saliera del vestuario, atendiera a los micrófonos, firmara fotos con un puñado de aficionados, el peto verde luciendo icónico bajo los focos. Cuando por fin se metieron juntos en el coche, Adrián supuso que irían, como de costumbre, al apartamento de los compañeros. Pero Unai le apretó la mano.

—Llévame a tu casa —dijo—. Quiero que estemos solos. Te he tenido en segundo plano toda la semana: entrenos, concentración, compromisos. Solo hemos hablado por teléfono. Te mereces todo el tiempo que me queda libre, y lo quiero gastar contigo.

Adrián sintió un calor que le subía desde el estómago.

—Sí, amor. Solos.

Unai sacó el móvil y escribió a Imanol, el que solía hacer de muro entre el equipo y el mundo: Esta noche no existo para nadie. Cúbreme. Necesito desconectar. La respuesta llegó al instante, un escueto «entendido, disfrutad» con un emoticono, y guardó el teléfono boca abajo en la guantera, como quien cierra una puerta.

***

Cenaron en la pequeña azotea del edificio. Una terraza estrecha con vistas a las luces de Brooklyn, la noche fresca, los dos envueltos en mantas gruesas y una pizza humeando entre ambos. Las velas parpadeaban dentro de tarros de cristal y proyectaban sombras temblorosas sobre sus caras. El olor a queso fundido se mezclaba con el aire frío de diciembre.

Unai, con el peto desabrochado a medias y el pecho todavía caliente del esfuerzo del partido, tomó la mano de Adrián por encima de la mesa.

—Cuéntame tu día. Sin mí, ¿cómo ha sido?

—Difícil —admitió Adrián, acurrucándose contra su costado—. El máster no avanza. Pero lo peor era la ansiedad por ti. Imaginar que algo salía mal y no poder hacer nada desde aquí.

Unai le acarició el dorso de la mano con el pulgar, despacio, dibujando círculos.

—Ya pasó. Estoy aquí.

Adrián tragó saliva. Había algo más que llevaba días royéndole por dentro, y lo soltó con la voz quebrada.

—Tengo miedo de perderte. Sé que es irracional. Pero cuanto más creces, más me pregunto qué soy yo. Un estudiante normal, sin nada que brille. No quiero ser poca cosa a tu lado.

Unai giró la cara y lo miró con los ojos empañados. Lo atrajo hacia sí y lo besó, primero en la frente, después en la boca, un beso lento que sabía a vino tinto.

—Eres todo lo que tengo de verdad —dijo contra sus labios—. Lo demás es ruido. Tú eres lo único que no quiero perder.

El beso se alargó. Las manos dejaron de estar quietas. Adrián sintió la lengua de Unai abriéndose paso, exigente, y respondió con la misma urgencia contenida de toda la semana. La manta resbaló de sus hombros y ninguno de los dos hizo nada por recuperarla.

—Adentro —murmuró Unai, con la voz espesa—. Hace frío, y lo que te quiero hacer no es para que lo vean los vecinos.

***

Bajaron tropezándose por las escaleras, riéndose como críos, las manos buscándose el cuerpo en cada rellano. Apenas cruzaron la puerta del apartamento, Adrián se encontró con la espalda contra la pared y la boca de Unai en el cuello. Le mordió justo debajo de la oreja, despacio, y Adrián sintió que las piernas le fallaban.

—Llevo toda la semana pensando en esto —dijo Unai, mientras le metía las manos bajo la camiseta y le recorría el vientre con los dedos fríos—. Cada noche en ese hotel, solo, imaginándote.

Adrián le buscó los tirantes del peto y los deslizó por sus hombros. La prenda cayó hasta la cintura, dejando al descubierto el pecho depilado, todavía con el brillo del sudor del partido. Pasó la lengua por el esternón, subió hasta uno de los pezones y lo atrapó entre los dientes con suavidad. Unai dejó escapar el aire de golpe y le hundió los dedos en el pelo.

Lo guio hacia el dormitorio sin separar las bocas, tirando de ropa por el camino. Las sábanas estaban frescas. Adrián empujó a Unai sobre la cama y le bajó el peto del todo, junto con lo que llevaba debajo. No había nada que ocultar: estaba duro contra el vientre, pesado, listo. Adrián se arrodilló entre sus piernas y lo tomó en la boca sin preámbulos.

—Joder, Adrián —jadeó Unai, arqueando la espalda.

Lo trabajó despacio, marcando un ritmo que conocía de memoria, la lengua plana en la parte de abajo, la mano cerrada en la base. Notaba cómo Unai luchaba por no moverse, las caderas tensas, los muslos temblando bajo sus palmas. Cuando lo sintió demasiado cerca, lo soltó y subió a besarlo, dejándolo al borde, sin dejarle acabar.

—Eres cruel —se rio Unai, sin aliento, y lo giró sobre el colchón con un movimiento limpio para quedar encima.

Ahora era él quien recorría a Adrián con la boca. Bajó por el pecho, por el estómago que se contraía con cada beso, hasta entre las piernas, abriéndoselas con las manos. Adrián cerró los ojos y se aferró a la sábana. Conocía esa boca, esa paciencia deliberada, ese modo de hacerle perder la cabeza minuto a minuto. El placer le subía en oleadas lentas que lo dejaban sin respiración.

—Te necesito —consiguió decir—. Ya. Por favor.

Unai estiró el brazo hacia la mesilla, sacó el lubricante del cajón y se tomó su tiempo. Preparó a Adrián con los dedos, uno primero y luego dos, sin prisa, vigilando su cara, atento a cada gesto. Adrián se abrió a él respirando hondo, empujando contra su mano, pidiendo más sin palabras.

Cuando por fin entró, lo hizo despacio, centímetro a centímetro, sosteniéndole la mirada todo el tiempo. Adrián sintió cómo lo llenaba, esa mezcla de tensión y entrega que solo le pasaba con él. Se quedaron quietos un instante, frente contra frente, respirando el mismo aire.

—Esto —susurró Unai— es lo único que es de verdad mío.

Empezó a moverse. Primero con un balanceo profundo y pausado que les arrancaba el aire a los dos; después, conforme Adrián le rodeaba la cintura con las piernas y le clavaba los talones en la espalda, más rápido, más hondo. La cama crujía contra la pared. Adrián se aferraba a sus hombros, a su nuca, a todo lo que podía agarrar, mientras Unai le hablaba al oído, cosas sucias y tiernas mezcladas, su nombre repetido como un rezo.

El placer se concentró en un punto y luego se desbordó. Adrián acabó entre los dos cuerpos, con un temblor que le recorrió de los pies a la coronilla, el nombre de Unai atascado en la garganta. Verlo así, sentirlo cerrarse a su alrededor, fue suficiente para Unai, que se hundió hasta el fondo una última vez y se quedó allí, vaciándose con un gruñido ahogado contra su cuello.

***

Se desplomaron juntos sobre las sábanas revueltas, los corazones a destiempo, la piel pegada por el sudor. Unai buscó la mano de Adrián en la oscuridad y entrelazó los dedos con los suyos.

—No apagues el despertador —murmuró Adrián, medio dormido—. Mañana tienes recuperación.

—Mañana no existe —contestó Unai, atrayéndolo contra su pecho—. Hoy he debutado delante del mundo entero. Pero esto, contigo, en esta cama diminuta, es lo mejor que me ha pasado en todo el día.

Adrián sonrió contra su hombro. Afuera, las luces de la ciudad seguían encendidas, indiferentes; el partido, los focos, los gritos de la grada, todo se había quedado al otro lado de aquella puerta cerrada. Dentro solo estaban ellos dos, el peso de un cuerpo conocido y la certeza, por una noche entera, de que nadie iba a interrumpirlos.

Se durmieron así, abrazados, dejando que fuera el cansancio —y no ningún despertador— quien decidiera a qué hora empezaba el día siguiente.

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Comentarios (5)

TomaNoche

tremendo, se me hizo cortisimo pero fue increible

MatiasQuilmes

la distancia siempre duele pero hay algo muy especial en esos reencuentros. lo describiste perfecto, se siente real

Rodrigo_lector

me recordo a algo que vivi hace un tiempo, esa primera noche despues de meses separados es algo que no se olvida jamas. bien escrito!

DiegoK_88

es tu primer relato aca? porque tiene un ritmo muy bueno, no parece debut

LucasDlg

sin vulgaridades innecesarias y con mucha tension, justo como me gusta. Sigue subiendo!

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