La cena en la que cuatro hombres confesamos nuestros deseos
El vuelo de regreso desde Estados Unidos se me hizo corto. Llevaba meses entrenando en una liga de desarrollo al otro lado del Atlántico, con la presión de las cámaras encima y el apodo de «el Chico del Peto» pegado a la espalda como una segunda piel. Leo durmió casi todo el trayecto apoyado en mi hombro, y yo me dediqué a mirar la coronilla de su pelo y a respirar despacio, como si pudiera guardar ese momento en algún sitio.
Darío y Mateo revisaban correos en silencio en la fila de delante. Cuando el avión tocó tierra y se abrieron las puertas, el aire húmedo del norte me llenó los pulmones de algo parecido a la paz. Olía a lluvia reciente y a mar.
—Casi en casa —dijo Mateo desde el asiento del copiloto del monovolumen de alquiler. Conducía despacio, sin prisa, por una carretera que serpenteaba entre colinas verdes y caseríos de piedra.
Leo me buscó la mano en el asiento trasero y entrelazó sus dedos con los míos.
—Por fin sin nadie mirándonos —murmuró.
Le besé la frente. Estaba a punto de creérmelo cuando lo vi.
A un kilómetro escaso del pueblo, colgada de un poste junto a la cuneta, una sábana con letras rojas y torcidas: «FUERA DE AQUÍ. NO QUEREMOS VUESTRA CLASE».
El silencio cayó dentro del coche como una losa. Apreté la mano de Leo sin darme cuenta.
—No les hagáis caso —dijo Darío al volante, con la mandíbula tensa—. Son cuatro ruidosos.
—Duele igual —respondió Leo en voz baja, con los ojos brillantes.
No van a quitarnos esto. Eso pensé, aunque no me salió la voz para decirlo.
La pancarta quedó atrás, pero su eco viajó con nosotros los últimos metros.
***
El recibimiento, en cambio, fue todo lo contrario. Al entrar por la calle principal nos esperaba media plaza: vecinos con cartulinas pintadas a mano, niños corriendo con petos verdes como el que yo había hecho famoso, adolescentes con camisetas estampadas. Sonaba música, circulaba la sidra, alguien me abrazó antes incluso de que cerrara la puerta del coche.
Un grupo de abuelas me apretó las mejillas como si tuviera doce años.
—¡Qué orgullo, hijo!
Un crío con el peto puesto me gritó que era su ídolo y a mí se me quebró la voz al darle las gracias. Leo me miraba de reojo, sonriendo, y me apretó la mano.
—Mira lo que has conseguido —dijo.
Darío y Mateo observaban un paso por detrás, dejándonos el momento. Por una vez, la pancarta de la entrada parecía muy pequeña.
***
Nos instalaron en la habitación de invitados de la casa de Darío y Mateo, una estancia amplia con vistas al jardín trasero y sábanas que olían a lavanda. Dejé la maleta en el suelo y abracé a Leo por la espalda, hundiendo la nariz en su cuello.
—Aquí todo parece más real —le dije contra la piel—. Menos ruido. Tú me calmas.
Se giró entre mis brazos. Sentí cómo su cuerpo respondía al mío, el calor subiendo entre los dos sin necesidad de palabras. Bajé las manos por su espalda hasta apretarlo contra mí.
—Esa pancarta me dolió —susurró—. ¿Tú estás bien?
—Duele —admití—. Pero el recibimiento me curó. Y tú me pones de tal manera que se me olvida todo lo demás.
Lo besé despacio, sin prisa, mordiéndole el labio inferior hasta que se le escapó un sonido bajo. Habríamos seguido, pero el jet lag pesaba en los huesos y todavía quedaba la cena. Deshicimos las maletas a medias, rozándonos a propósito, posponiendo lo que los dos sabíamos que iba a pasar tarde o temprano.
***
Hugo y Saúl llegaron al caer la tarde, después de cerrar la tienda que regentaban en el pueblo. Una tienda de ropa que, en mi ausencia, se había convertido en un pequeño imperio: contrataban a chavales del club local, vendían petos de colores con la marca que yo había ayudado a poner de moda, negociaban patrocinios con marcas que antes ni nos miraban.
—Las ventas están por las nubes —contó Hugo, pero su sonrisa no le llegaba a los ojos.
Saúl, más callado, abrazó a Darío con una fuerza que delataba algo. Lo noté desde la puerta: venían con un peso encima.
—Tenemos que hablar de un par de cosas —dijo Saúl—. Cosas personales. ¿Cenamos juntos?
Mateo captó la tensión al vuelo.
—En casa. Con Leo y Bruno también. Aquí se habla de todo.
***
La mesa estaba puesta cuando nos sentamos: velas, marmitako humeando, pan recién hecho, vino tinto y el fuego de la chimenea crepitando al fondo. Comimos un rato entre anécdotas y risas, hasta que Saúl dejó el tenedor y tomó aire.
—Hugo y yo estamos en crisis —soltó. Le temblaba un poco la voz—. Yo sueño con estabilidad. Un hogar, raíces, puede que algún día un hijo. Y él necesita explorar. Pareja abierta, otros cuerpos, probar cosas que conmigo solo se le quedan cortas.
Hugo le buscó la mano por debajo del mantel.
—No es eso —dijo con la voz ronca—. Amo a Saúl con todo lo que soy. Pero me asusta que la rutina nos apague, que el deseo se vuelva costumbre. No quiero dejar de mirarlo como lo miro ahora. Y a veces siento que para no perderlo necesito justo lo contrario: abrirnos, no encerrarnos.
Se hizo un silencio. Leo y yo nos miramos, porque esa conversación la habíamos tenido nosotros mil veces, en otras camas, en otros idiomas.
—Os entiendo a los dos —dije al fin—. Más de lo que creéis.
Y entonces lo conté.
***
—El verano pasado, antes de que me fichara el equipo de fuera, Leo y yo estuvimos con un tercero. —Noté cómo Saúl levantaba la cabeza—. Fue en las dunas, al atardecer, lejos de todo. Habíamos ido a darnos un baño y se nos hizo de noche. Había un chico, más joven que nosotros, que llevaba un rato mirándonos desde lo alto de un médano.
Leo bajó la vista a su copa, ruborizándose, pero sonriendo.
—No hizo nada —seguí—. Solo miraba. Y esa mirada, en lugar de molestarme, me encendió. Empecé a besar a Leo sabiendo que nos observaba. Le bajé el bañador despacio, a propósito, dándole tiempo a aquel chico para que se acercara si quería. Y se acercó.
El fuego chasqueó. Nadie dijo nada.
—No fue gran cosa y fue todo a la vez —dije—. Yo entré en Leo de rodillas sobre la arena fría mientras el desconocido se arrodillaba a un lado, tocándose, sin atreverse a más al principio. Leo le tendió la mano y lo invitó a acercarse. Lo que más me excitó no fue el cuerpo del chico: fue ver la cara de Leo iluminada por ese deseo ajeno, sentir cómo se apretaba alrededor de mí cada vez que el otro lo tocaba. No me lo quitó. Me lo devolvió multiplicado.
Saúl tragó saliva.
—¿Y no tuviste celos?
—Los tuve antes —admití—. Mientras lo imaginaba. Cuando estaba pasando, lo único que sentía era que estábamos más unidos que nunca. Al terminar, el chico se marchó sin decir su nombre y Leo y yo nos quedamos abrazados en la arena, riéndonos como críos.
—Sentí que aquello nos hizo más fuertes —dijo Leo en voz baja—. Aunque a mí también me da vergüenza contarlo. Lo disfruté en el momento, por amor a Bruno, no por el chico. Disfruté viéndolo a él disfrutar.
***
Saúl tenía los ojos húmedos. Hugo le pasó el brazo por los hombros.
—Lo que me asusta —dijo Saúl con un hilo de voz— es que alguien rompa lo nuestro. Que el deseo se lleve por delante lo importante.
—Eso no es explorar —intervino Mateo, que hasta entonces había escuchado en silencio—. Eso es miedo. Y el miedo se cura hablando, no callando. Nosotros lo aprendimos tarde.
Darío asintió, la voz grave y cálida.
—Mateo y yo pasamos años de silencios tristes, cada uno guardándose lo que sentía por no asustar al otro. Por poco nos cuesta lo que teníamos. El amor no se rompe por explorar. Se rompe por callar. —Miró a Saúl directamente—. Si vais a abriros, que sea con confianza. Con gente conocida, con alguien que no busque quedarse con lo vuestro, sino sumar deseo. Y si decidís que no, también está bien. Lo que no vale es decidirlo cada uno por su lado y en silencio.
Saúl soltó el aire que llevaba rato conteniendo, como si le hubieran quitado una piedra del pecho.
—Reconozco una cosa —dijo despacio—. La idea no me da tanto miedo si pienso en gente de confianza. Alguien conocido. No un desconocido que aparezca y desaparezca.
Miró a Darío y a Mateo un segundo de más, y los dos le sostuvieron la mirada sin decir nada. No hizo falta. Había cosas en esa mesa que todos entendíamos sin nombrarlas.
—Aunque me duela imaginar a Saúl con otro —añadió Hugo—, me sentiría bien si fuera alguien que nos quiere. Solo deseo, cuerpos disfrutando, sin nadie intentando romper nada.
—Eso es lo que importa —dijo Darío—. Que podáis decirlo en voz alta. El resto se trabaja.
***
No hubo nada más esa noche. El cansancio del viaje pesaba demasiado y ninguno quería que el deseo atropellara una conversación que había costado tanto tener. Nos despedimos en el pasillo con abrazos largos, cada pareja a su cuarto, cargados de cosas dichas y de promesas a medio formular.
Leo y yo cerramos la puerta de la habitación de invitados y nos quedamos un momento a oscuras, escuchando el silencio de la casa.
—Lo de las dunas —dijo él al fin, desabrochándome la camisa botón a botón— me ha vuelto a la cabeza toda la cena.
—A mí también.
Lo empujé suave sobre la cama y me tendí encima. No había prisa, no había nadie mirando, no había cámaras ni pancartas. Solo su cuerpo bajo el mío y la luz tenue de la luna entrando por la ventana. Le besé el cuello, el pecho, fui bajando despacio mientras él hundía los dedos en mi pelo y respiraba cada vez más hondo.
—Más despacio —pidió, con la voz quebrada—. Quiero que dure.
Y duró. Lo recorrí entero con la boca y con las manos hasta que arqueó la espalda, hasta que dejó de pensar y se entregó del todo. Cuando por fin lo hice mío, lo hice mirándolo a los ojos, sin un tercero, sin nadie, solo nosotros dos en el pueblo al que habíamos vuelto a pesar de todo. Se aferró a mi espalda y susurró mi nombre contra mi oído mientras llegábamos juntos, despacio, completos.
Después nos quedamos tumbados, las respiraciones sincronizándose poco a poco, su cabeza en mi pecho.
—Pensé que lo difícil sería la pancarta —dije.
—¿Y qué fue lo difícil? —preguntó, medio dormido.
—La verdad. Decirla en voz alta. —Le besé la coronilla—. Y resulta que es lo único que sostiene todo lo demás.
No me contestó. Ya dormía. Dejé que fuera nuestro cuerpo el que decidiera a qué hora amanecería, sin prisas, sin expectativas, con la certeza tranquila de que, dijera lo que dijera la sábana de la cuneta, esto era nuestro y nadie iba a quitárnoslo.