El casado que me citó en su terraza esa noche
Era una tarde calurosa de junio y yo andaba salido. Llevaba casi una semana sin descargar y me apetecía exactamente eso: un buen rabo trabajándome el culo hasta dejarme las piernas temblando. Nada de romanticismos. Solo carne, calor y un macho con ganas.
Entré al chat sin demasiada fe, porque ya me sabía la película de memoria. Conversaciones eternas con pajilleros fingiendo que iban a cumplir todas sus fantasías. Os digo una verdad que los veteranos conocemos bien: nunca pasan de ahí. Son fantasías y nada más. Por eso les seguimos el rollo hasta que se cansan o se corren, lo que llegue primero, y se desconectan convencidos de haber timado a alguien al otro lado de la pantalla.
Me presento. Soy Adrián, veintiséis años, complexión ancha, sin vello en el pecho por suerte y con muy poco en el resto del cuerpo. El culo siempre depilado. Pelo castaño, medio largo y con un rizo natural que va de maravilla para que tiren de él y me marquen el ritmo cuando ando comiendo polla de rodillas.
Siempre fui más bien sumiso a la hora de follar. Pero si daba con un macho de verdad, de esos que escasean, podía volverme el más entregado del planeta. Y os cuento otra cosa: con un tío así te olvidas por completo de que meterse un rabo entero de golpe duele. Dilatado o sin dilatar, si el macho es el adecuado, no duele. Al contrario. Quieres más, y más, y más. Quieres que no se corra nunca para que te siga dando.
Después de que me dieran plantón unos cinco o seis tíos, apareció en el chat un nick que era puro cliché: «casado_dn». Joder, qué original. Le entré igual, porque iba tan caliente que supuse que sería el último antes de hacerme la paja de despedida y correrme encima de mi propia tripa.
Empezamos a hablar. Hetero, casado, buscaba descargar y prometía un rabo que daba miedo. Le pregunté si era cierto lo del matrimonio, no por moral, sino por logística: yo comparto piso y mucha gente, por la dichosa discreción, no quiere venir. Que yo lo entiendo, pero tampoco es para tanto. Con poca luz y a cuatro patas hay poco que mirar.
El tío me dijo que tenía sitio propio. Solo había que esperar a que su mujer saliera a currar. Bueno, casi solo, porque también estaba su hija, que se dormiría temprano. Os confieso que al principio me dio cosa. Pero qué cojones, pensé. Si la cría estaba dormida no se iba a enterar de nada, y por la cuenta que le traía al hombre, el silencio estaba garantizado. Eso, sumado a que era un macho casado, al calor de junio y a mi semana de abstinencia, hizo que mi culo decidiera por mí.
Nos pasamos el número y quedamos en que me avisaría cuando pudiera. Pasaron las horas. Me costó horrores no hacerme una paja para no desactivarme, y justo cuando empezaba a darlo por perdido, sonó el móvil.
Las once menos cuarto. En serio, tío. Podías haber avisado antes. En la otra punta de la ciudad y sin cenar.
—Hola.
—Hola. ¿Qué, cachondo?
—Mucho. Mi mujer me ha dejado con el calentón y necesito soltar.
—¿Culo o boca?
—¿Por qué elegir teniendo las dos?
—Eso esperaba. Te como rabo, huevos y ojete, y luego me la metes.
—Suena perfecto.
—¿Dónde acabas?
—Dentro. Te lleno.
—¿Te va preñar?
—Es lo que se hace con las putas, ¿no?
Me pasó la dirección. Pillé un Uber y le dije que en veinte minutos estaba allí.
***
Si os soy sincero, de camino me empecé a acojonar. No es habitual que la gente quede tan fácil, y yo ya lo tenía todo asumido como otra noche en blanco. Pero mi culo pedía guerra, y encima la de un casado. Así que cogí lo primero que pillé, unos vaqueros, camiseta y sudadera, y bajé a esperar el coche. Me encendí un pitillo para dejar de imaginarme cómo tendría el rabo de cargado, igual de impaciente que el mío en ese momento.
El Uber llegó rápido, pero cruzar la ciudad llevó su rato. Cuando di con el bloque estaba todavía más nervioso, así que me fumé otro cigarro apoyado en el portal, repitiéndome que era una follada de campeonato y para casa. Lo normal.
Subí. Lo primero que me dijo, en un tono bajo pero firme, me puso la polla dura del tirón:
—Shhh. En silencio, que mi hija duerme. Quítate la ropa y de rodillas.
No tardé ni un segundo en obedecer. Me desnudé casi del todo y me quedé en calzoncillos. Y me sorprendió lo que hizo a continuación. Me sentó encima de él en el sofá para meterme un morreo profundo mientras me sobaba entero. Le gustaba tocar, apretar, restregar su polla contra la mía a través de la tela. Él me esperaba en calzoncillos y calcetines, y en cuanto lo tuve cerca supe que la noche iba a ir de lujo.
Madre mía, cómo olía ese pedazo de hombre. No estaba tan gordo como me lo había pintado en la cabeza. Estaba fuerte. Vaya brazos, vaya espalda, vaya rabo. Y ese olor a macho vicioso que me llamaba desde el sobaco. En cuanto me soltó un instante, aproveché para enterrar la cara ahí y aspirar ese aroma tan guarro y tan masculino. Mi culo ya empezaba a arder.
Y se dio cuenta, porque me hundió bajo su brazo mientras me acariciaba el ojete con un dedo y me susurraba al oído.
—Vaya, no esperaba encontrarme una putita tan buena. De las guarras de verdad.
—Ya ves. Hazme lo que…
No me dejó ni terminar. Me metió medio dedo, me pellizcó un pezón y me clavó la lengua hasta el fondo de la boca. El tío sabía perfectamente lo que hacía.
—Shhh, recuerda. En silencio, guarra. Calladito.
Aprendo rápido, así que solo asentí. Eso sí, me dejó tomar la iniciativa, porque cuando bajé a comerle el rabo no protestó lo más mínimo. Primero se recreó, con las manos detrás de la nuca, moviendo solo las caderas para follarme la boca a su antojo. Esa postura era de macho puro.
Luego marcó él el ritmo, como yo esperaba. Me puso las dos manos en la cabeza y me obligó a tragármelo entero, hasta que los huevos me golpeaban la barbilla. Me folló la garganta un buen rato y, cuando la tuvo bien dura, me hizo bajar a sus huevos. Si el rabo le olía a macho cachondo, los huevos ni os cuento. Y lo mejor es que no olía mal ni a sudor. Eran feromonas en estado puro.
Abrió las piernas y entendí el mensaje al instante. Bajé disfrutando de ese sabor hasta su ojete. Soy un experto comiendo culos. Le pasé la lengua de arriba abajo, despacio, luego le di caña metiéndosela bien dentro, me restregaba su ojete por toda la cara. Comerle el culo a un casado hetero me tenía al borde. La polla me iba a explotar.
—Ven, sígueme —me dijo.
—¿Adónde?
—A la terraza. Ya verás como te mola.
***
Dicho y hecho. Lo cogí del rabo a modo de correa y me llevó fuera. Tenía una de esas mesas de plástico a rayas, de jardín barato.
—Túmbate.
—¿En la mesa?
—Claro.
Me tendí con el culo al aire por el borde. Me agarró de las piernas, acercó mi ojete a su rabo y se dispuso a entrar.
—Espera, espera, campeón.
—¿Qué? No me jodas que te vas a poner estrecho como las tías.
Cada comentario que soltaba este tío me parecía más varonil. Pero no, qué va. Me llené la mano de saliva y, al verme, entendió. Yo me la llevé al culo y él hizo lo mismo con su polla. En cuanto repetimos un par de veces, me la metió. Madre mía, qué gusto. Y es justo lo que os decía antes: ni un miramiento al entrar. No me dio un pollazo seco, pero tampoco fue precisamente lento. Me abrió en canal.
—Joder, qué culito, cabrón —gruñó.
—¿Te gusta? Aaah, joder, vaya rabo, macho.
—Me encanta lo apretado que está. Toma más, toma.
—Dame, dame caña. Aaah, cabrón, fóllame.
—¡El tiempo que llevaba sin que me pidieran esto! Toma polla. Es lo que querías, ¿no?
Cómo follaba el cabrón. La metía y la sacaba entera. Para entonces mi culo ya estaba más que amoldado a ese rabo grueso. A pelo, además, porque no hay nada más morboso. Calentito, de un casado, sin nada de por medio. Empecé a no controlar los gemidos, así que él bajó la intensidad. Meter y sacar despacio tenía su punto, sobre todo porque notó que ya aguantaba más y volvió a darme con todo. Entonces sí que eran pollazos de verdad. Le gustaba que apretara; cada vez que lo hacía, gemía un poco más alto.
En ese momento escuché una persiana abrirse arriba. No me lo creo. ¿Nos están mirando? ¿En serio? Putos vecinos. Puede que fueran imaginaciones mías, nunca lo confirmé. Pero juraría que oí a un par de personas asomarse.
De repente noté un líquido extraño llenándome por dentro.
—Cabrón, ¿te has corrido?
—No. Te estoy meando.
—¿Que me qué?
El grandísimo hijo de puta me estaba meando el culo. Buah, eso hizo que mi polla diera un bote y soltara un hilo de pre. Peligro: la corrida se acercaba. Y si me corría, se acababa todo, al menos por mi parte. Y a un macho así no se le deja a medias.
—Espera, espera un momento.
—¿Qué pa…?
No le dejé terminar. Me solté, me bajé de la mesa y puse la boca justo en la punta de su polla. Me llenó la boquita de meado. No es algo que suela hacer, pero esa noche iba demasiado caliente para negarme nada.
Cuando vació lo que le quedaba, le dije:
—Quiero que te corras. Quiero que me llenes el culo de leche.
—Ponte en la mesa, que quiero preñarte.
***
Me tumbé otra vez boca arriba. Me cogió las piernas, las abrió a tope y me dio un pollazo que me hizo saltar la polla. Esta vez no la sacaba entera, solo lo justo para que notara lo largo y grueso que era. Le puse las manos en el culo y lo animé a darme más. Y lo conseguí.
—¡Toda dentro, tío! Aaah, sí.
—Eso es. Toma, toda dentro, joder.
Y entonces sí. Noté la leche caliente y espesa llenándome el culo. Mantuve las manos en sus nalgas hasta que se vació del todo.
Fui a bajarme de la mesa, pero me paró a medio camino. Yo ya pensaba en vestirme y largarme, pero no me dejó. Ahí mismo, en su terracita de papá casado, se puso de rodillas a comérmela. Madre mía qué bien lo hacía. No era la primera que se zampaba, eso seguro.
—Hazme dedos con tu leche en mi culo.
Lo hizo. Con la mano izquierda me metió dos dedos, dando caña, y con la derecha me hacía una paja mientras me mamaba la punta. Joder, vaya estampa. Un macho ordeñándome la polla con sus dedos dentro de mí y su propia leche de lubricante. No necesité más.
—Aaah, sí, me corro. Hazme dedos como si fuera un coño. Aaah, sí, ¡como si fuera un coño!
Al segundo siguiente le estaba llenando la boca de leche. No sé cuántos chorros le solté, pero unos cuantos, y bestias. Se lo tragó todo, me sacó los dedos del culo y me dio un morreo con mi propia corrida. Entonces sí me dijo:
—Ahora ya puedes vestirte si quieres.
—¿No se habrá despertado tu hija?
—Nah, por eso lo hemos hecho en la terraza.
—Creo que nos han visto tus vecinos.
—Visto no. Nos han oído. Tienes un toldo justo encima.
—Hostia, bien pensado.
Nos fuimos a vestir con calma al sofá. Y me soltó la pregunta que tarde o temprano me hacen todos.
—¿Eres invidente?
—¿Ciego? Sí, va a ser que sí. ¿Por?
—Me lo podrías haber dicho.
—Ya, pero a que he follado de puta madre.
—Ya ves. Esto hay que repetirlo.
—Normalmente, si lo digo, la gente se raya. Así que… ya me ves, en tu casa.
—Tranqui, para follar tampoco hace falta ver mucho. Además, tengo tu número.
Me acompañó a la puerta, ya vestidos, y cogí el Uber de vuelta a casa con la leche del casado amenazando con escapárseme del culo durante todo el trayecto.