Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El desconocido que me enseñó a disfrutar con un hombre

Hace tiempo que no me pasaba por aquí, y aunque mi paso como autor fue breve, siempre presumí de tener buena imaginación para inventar situaciones, juegos y deseos. Hoy, sin embargo, vengo a hacer algo distinto. Hoy no quiero fantasear ni adornar nada. Hoy quiero confesar y recordar, con toda la honestidad que me permita la memoria, la primera vez que estuve de verdad con otro hombre.

Antes de entrar en materia, permitidme un poco de contexto, que prometo no alargar demasiado.

Desde que tengo uso de razón fui un chico de sexualidad despierta. Como casi todo el mundo, descubrí el placer por curiosidad, por inexperiencia, por ese afán de tocar lo prohibido. La diferencia, en mi caso, es que muchos de esos primeros descubrimientos ocurrieron en compañía de otros chicos, y nunca me resultó incómodo. Me parecía lo más natural del mundo, porque en aquellas edades casi todo mi entorno eran chicos. Supongo que por eso siempre traté mi bisexualidad con una naturalidad absoluta, aunque debo reconocer que solo con gente ajena a mi familia. No es que lo ocultara; simplemente no sentía que tuviera que dar explicaciones a nadie.

Hay un detalle que importa para lo que viene: mi atracción por los hombres siempre fue sobre todo sexual, rara vez romántica, aunque tampoco soy ajeno a alguna relación breve. Y para ser exacto, mi papel preferido en la cama siempre fue el de pasivo.

Dicho esto, y disculpándome por lo extenso del preámbulo, paso a contar cómo fue mi primera experiencia completa con otro hombre, esa que todavía recuerdo con una mezcla de morbo y nostalgia.

***

Tenía veinte años, a punto de cumplir veintiuno. Era el verano que separaba mi primer curso del segundo, lejos del pueblo y de la casa de mis padres, a los que volvía obligatoriamente durante los meses de calor. La convivencia con mi padre nunca fue fácil: discusiones, malas caras, contestaciones que se nos iban de las manos. No era algo de aquel año en concreto, era lo de siempre.

Una tarde, mis padres decidieron escaparse un par de días fuera y yo me quedé solo, con el portátil que compartíamos toda la familia. Como podréis imaginar, no había demasiado cuidado a la hora de ver porno en aquel equipo común, y menos aún en el primer año en que tuvimos una conexión a internet decente, sin cortes ni llamadas de teléfono que la interrumpieran. Aquella fue la primera vez que me atreví a buscar porno gay, algo arriesgado en un portátil de uso compartido, pero esa pizca de riesgo también ponía su parte de morbo.

No iba del todo a ciegas. Ya había vivido alguna que otra experiencia con chicos, pero aquella tarde fue la primera en que recuerdo ver con claridad a un hombre disfrutar teniendo a otro dentro de sí. Casi al instante, la excitación se mezcló con unas ganas enormes de sentir exactamente eso que estaba viendo. Y sí, lo confieso: en otras ocasiones ya había probado a introducirme algún objeto y disfrutarlo, pero no tenía nada que ver con lo que me esperaba esa tarde.

Decidí entrar en la sección «gay» de una página de chats donde solía pasar horas conociendo gente, con un interés sexual que casi siempre era secundario. Esta vez era justo lo contrario. La excitación me cegaba por completo: estaba solo en casa, desnudo, masturbándome cada poco mientras me imaginaba con otro hombre. Incluso usé el mismo apodo que utilizaba en otras salas, sin medir el riesgo. Navegando entre categorías encontré una sala de mi propia provincia y pensé que el plan sería sencillo: conocer a un chico de mi edad, hablar, calentarnos un poco y poco más. No sabía qué iba a pasar, ni a quién encontraría, y esa incertidumbre subía aún más la temperatura. Porque si alguien me reconocía, la situación se volvía peligrosamente excitante.

Nada salió como lo había imaginado.

Tras un rato anunciándome por el canal como un chico bisexual que solo quería conocer gente nueva, alguien me escribió por privado. Lo que para mí ya era una conversación encendida arrancó con los temas de siempre: gustos, fantasías, manías. Cada respuesta suya me calentaba un poco más. No recuerdo en qué momento exacto, pero fue él quien se ofreció a venir a casa a ayudarme «de una forma más eficiente» con mi estado. Y reconozco que dudé. Dudé bastante.

Estaba hablando con un completo desconocido, ocho años mayor que yo, que además quería que lo recibiera en la puerta completamente desnudo. Tampoco podía culparlo del todo: en parte había sido idea mía. Pero a eso se sumaba el riesgo de que mis padres volvieran antes de tiempo y no pudiéramos disimular, y ese peligro no hacía más que alimentar el morbo que ya me nublaba el juicio. Por supuesto, acabé accediendo. Le di mi dirección y dejé su deseo a medio cumplir: me puse una camiseta un poco larga, aunque no lo suficiente.

***

Apareció en mi portal apenas veinte minutos después de que le indicara cómo llegar. Yo estaba rojo, nervioso, avergonzado y, sobre todo, excitado. Abrí la puerta sin saber muy bien qué me iba a encontrar, y allí estaba él, medio escondido tras la hoja. Para mí ya era todo un tipo mayor. Lo hice pasar deprisa, por si algún vecino curioso andaba cerca.

Se quedó mirándome y señaló mi camiseta, la camiseta de la vergüenza, con media sonrisa y las manos en los bolsillos. Él también parecía algo cortado al principio. Se me ocurrió que lo mejor sería ganar un poco de tiempo, así que nos fuimos a la cocina a fumar y a charlar como si mi semidesnudez no estuviera ahí, evidente. Y aquello, en realidad, me ayudó a relajarme, a dejarme llevar por aquel hombre que solo buscaba sexo. Yo lo sabía perfectamente.

Al poco nos trasladamos al salón. Era el mejor sitio, y solo pensar que aquel sofá iba a servir para un polvo entre dos hombres, algo que mi padre jamás sabría, me producía una satisfacción extraña y profunda. Por eso elegí precisamente el sitio donde él solía sentarse, como si así pudiera fastidiarlo más en caso de enterarse, cosa que nunca ocurriría.

Seguimos hablando un rato breve, hasta que él empezó a buscar bajo mi camiseta. Yo me tapaba la entrepierna con la tela, pero el bulto era tan evidente que lo tomó como una invitación. Y lo era. Cuando sentí su mano cerrarse alrededor de mi pene, me recorrió justo el escalofrío que estaba esperando. Fue el pistoletazo de salida.

—Uf —se me escapó, cortando de golpe lo que estaba diciendo.

Mi cara debió de cambiar por completo, porque sin pensárselo más se lanzó a besarme mientras su mano subía y bajaba sin descanso. Recuerdo cómo todas las sensaciones negativas se evaporaron y dejaron solo el morbo, la excitación y unas ganas desbocadas de entregarme. Llevé las manos a su pantalón para quitárselo a toda prisa, pero no fui tan rápido como él, que de un tirón terminó de desnudarme entero. Sus manos se volvieron locas por todo mi cuerpo.

Sentados, con él un poco encima de mí, conseguí meter la mano dentro de su pantalón. Necesitaba, ansiaba demostrarle de qué era capaz con la lengua. La tenía buena, ancha y larga, parecida a la mía si la memoria no me engaña. En cuanto notó mi mano agarrándola como si fuera el pomo de una puerta, se incorporó para quitarse los pantalones de una vez.

Me quedé de rodillas en el sofá, a su lado, sosteniéndola con la mano izquierda. No era la primera vez que hacía aquello, pero sí la primera sin que fuera una prueba, un experimento o un tanteo. Esta vez iba en serio. Me recosté sobre él, apoyé la cabeza en su vientre y allí la tenía, justo delante, palpitando contra mi mano. Arrastré los dedos por el tronco hasta que el glande asomó, tan brillante que reflejaba la luz, y me lo llevé directamente a la boca.

Empecé a mover la cabeza a lo largo, apretándolo con los labios, frotando el glande contra mi paladar. Estaba ansioso por dar el siguiente paso, pero el sexo oral siempre fue una de mis cosas favoritas y disfrutaba cada segundo. Mientras tanto, sus manos recorrían mi espalda hasta llegar a mis nalgas, que parecieron gustarle. No lo culpo: todavía hoy presumo de tener un buen culo.

***

Sabía que no podía entretenerme tanto como me habría gustado. El riesgo de una interrupción seguía ahí, así que pasamos directos al plato fuerte. Me incorporé sin soltar su miembro y lo miré sonriendo. Apenas reparé en su gesto, pero estaba recostado hacia atrás, esperando. No aguanto más, pensé, y pasé una pierna al otro lado para sentarme a horcajadas sobre él.

Llevó la mano a mi culo y lo abrió un poco, como para facilitar la tarea. Intentó moverse para apuntar sin usar las manos, pero adiviné que sería complicado.

—Despacio, por favor —le pedí, y yo mismo la coloqué donde debía.

Y me hizo caso. Es más, me dejó llevar el control al principio, que siempre es el momento más delicado. Fui notando cómo entraba poco a poco, cómo me abría por dentro. No recuerdo dolor alguno aquella vez, pero sí mi primer gemido genuino de placer, agudo y rasgado, que se alargó hasta que dejó de empujar, como si tomara aire a mitad de camino. Después, con pequeños vaivenes, fui ayudando a que cada nueva embestida llegara un poco más hondo.

Cuanto más entraba, más quería; cuanto más quería, más empujaba; y cuanto más empujaba, más gemía. Aquello agotó el poco autocontrol que le quedaba. Con las manos firmes en mis caderas empezó a guiarme, a hacerme saltar sobre él como si lo cabalgara. Ya la tenía entera y la intensidad iba subiendo a cada movimiento.

Me concentré en los sonidos, en el choque de nuestros cuerpos, imaginando cómo se vería mi espalda desde fuera, como si fueran a pillarnos en cualquier momento. Me estremecí, atrapado entre el pudor, la vergüenza y un morbo que no esperaba. Seguía completamente empalmado, y a cada brinco veía mis testículos caer sobre su pelvis mientras mi pene se balanceaba al ritmo de los dos.

Entonces tomó la iniciativa. Me levantó un poco, se incorporó y subió los pies al borde del sofá para controlar él el movimiento, y a mí me pareció perfecto. Me recosté hacia adelante y dejé que decidiera todo: la velocidad, la fuerza, cuándo parar y cuándo seguir. Yo ya no pensaba en nada que no fuera lo increíble que era aquello. Durante varios minutos me folló a su antojo, sin apartar nunca las manos de mi culo, hasta que de pronto se detuvo, se echó hacia atrás y pareció querer dejarme el resto a mí.

Yo solo quería seguir gimiendo, así que continué cabalgando sobre él sin tregua. Y entonces me agarró de las piernas, tiró de mí hacia abajo y empujó hacia arriba con todo el cuerpo. Su cara lo dijo todo: se estaba corriendo. Sin avisar, sin decir una palabra, sin haberlo hablado antes, dejó que toda su eyaculación se quedara dentro de mí.

Al principio quise enfadarme. Era un riesgo enorme, y además todavía quería más. Pero sin sacármela en ningún momento, decidió que me tocaba a mí, y empezó a masturbarme antes de que pudiera reaccionar. Estaba en éxtasis, disfrutando por los dos lados a la vez, incapaz de moverme. Terminé corriéndome sobre su pecho desnudo, y con cada convulsión él recibía otra dentro, porque no la sacó hasta el último momento.

***

Desde aquel día aprendí un modus operandi que me llevaría después a otras situaciones parecidas, pero aquel encuentro fue especial por ser el primero verdaderamente completo, y el más placentero en mucho tiempo. Tal vez me preocupé poco por la seguridad, y tuve suerte de que todo saliera bien. Desde entonces siempre procuré tener más cuidado, salvo en una única ocasión bastante más reciente. Pero esa historia la dejaré para otro relato.

Espero que os haya gustado.

Ver todos los relatos de Relatos Gay

Valora este relato

Comentarios (5)

MatiasQ_91

increible relato!!! me dejo sin palabras

LectorGayArg

Que bien narrado, se siente todo muy natural. Sigue así!

PatoCordoba

me recordo a algo que me paso a mi a los veintipico, esas primeras experiencias quedan grabadas para siempre

PabloRos22

Por favor una segunda parte!!! quede con muchas ganas de saber como siguio todo

ObservadorSF

Muy bueno. Se nota que lo contas desde un lugar honesto y eso se agradece mucho. Seguí escribiendo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.