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Relatos Ardientes

Lo que Bruno y Mateo hicieron al apagarse la plaza

La emoción seguía vibrando en cada rincón del pueblo. El estreno de Adrián, el chico de la comarca que esa madrugada había debutado en una liga al otro lado del Atlántico, no se había quedado en las luces lejanas del estadio: rebotaba en las colinas húmedas y en las calles empedradas, donde el aire todavía olía a tierra mojada y a mar. Era como si el pueblo entero hubiera prendido la misma mecha al mismo tiempo, un fuego que ardía en cada bar y en cada conversación dicha a media voz bajo el cielo nublado de diciembre.

Esa noche nadie pensaba dormir. Una pantalla gigante había convertido la plaza central en un estadio improvisado, y la ocasión lo merecía. No todos los días un chico nacido entre esas piedras salía a jugar delante del mundo.

Todo había arrancado por la mañana, en las redes de la tienda. «Brío», así se llamaba el local, se había vuelto una especie de símbolo desde que Darío y Nicolás lo levantaron años atrás. Mateo, con los dedos rápidos sobre el teclado de la trastienda, había subido el anuncio: una foto de la plaza vacía bajo el sol matinal y, encima, una frase en letras gruesas que invitaba a todos a verlo juntos esa noche.

El mensaje explotó en minutos. Likes, comparticiones, comentarios cayendo como un río desbordado.

—«Vamos, Adrián, el pueblo contigo» —escribía una vecina.

—«Guardadme sitio, llevo sidra para todos» —respondía un amigo de toda la vida.

No todo era bonito. Entre los mensajes se colaba algún anónimo soltando veneno sobre la moda esa que, según ellos, corrompía a la juventud. Mateo los borraba sin pestañear, pero Bruno los veía y comentaba en voz baja que siempre había amargados sueltos, y que ninguno los iba a frenar.

Mateo sonreía, sintiendo el pulso acelerado y el olor a café recién hecho mezclándose con el de la tela nueva apilada en las estanterías. A su lado, Bruno cerraba los últimos detalles con el teléfono pegado a la oreja.

—Mateo, la marca acaba de confirmar: pagan ellos la pantalla a cambio de carteles en el recinto. Dicen que es inversión en comunidad. Esto se está poniendo serio de verdad.

Mateo levantó la vista, los ojos brillando entre la gratitud y el cansancio. Habían pasado la noche anterior montando el escenario, con cables serpenteando por el empedrado y el proyector a prueba bajo una lluvia fina que amenazaba con echarlo todo a perder.

—Genial. Sin ellos no llegábamos. Vamos a hacer que esta noche sea inolvidable —dijo.

Se desvivieron con los preparativos. Mateo probaba el sonido, con los altavoces retumbando música para calentar el ambiente; Bruno ordenaba sillas plegables en filas curvas alrededor de la plaza, el viento frío revolviéndoles el pelo mientras corrían de un lado a otro entre risas nerviosas. El pueblo entero parecía latir con ellos: un electricista ajustaba enchufes, una panadera traía bandejas para compartir. Entre la gente, un cliente mayor murmuró algo sobre lo vergonzoso de vestirse así, y Mateo lo oyó y sintió un pinchazo, el recordatorio de que no todos estaban a bordo.

***

Por la tarde, el homenaje se desbordó por las calles como un arcoíris humano. Buena parte de los chavales del pueblo, y alguna chica valiente sumándose, vestían petos de colores distintos: verdes como el que llevaba siempre Adrián, azules eléctricos, rojos encendidos. Era como si el pueblo se hubiera transformado en un desfile improvisado.

—¡Por Adrián! —gritaban al pasar, los puños en alto, el empedrado resonando bajo sus pisadas.

Mateo, desde la puerta de la tienda, miraba con orgullo.

—Mira eso, Bruno. Lo que empezó como la rareza de un crío ahora es… todo esto.

La gente brotaba de todas partes: vecinos, curiosos de los pueblos cercanos, hasta algún turista atraído por el ruido en las redes. Todos pasaban antes por «Brío», un hervidero. Los chicos que echaban una mano, con camisetas negras y petos marrones encima, no daban abasto: atendían con sonrisas cansadas, recomendaban tallas, cobraban ventas rápidas en una caja que no paraba de pitar. Bruno, en la entrada, saludaba a oleadas de clientes y los empujaba hacia la colección completa.

Los bares de alrededor se afanaban en que no faltara nada. Mesas abarrotadas bajo los calefactores, camareros corriendo con bandejas humeantes y jarras de sidra espumosa, el tintineo de los vasos chocando en brindis. El pueblo entero estaba metido hasta el cuello, aunque en un rincón un grupo de mayores seguía murmurando sus quejas de siempre.

Las televisiones se hicieron eco. Cámaras de la cadena autonómica grababan entrevistas improvisadas, los noticiarios nacionales dedicaban minutos al fenómeno, y hasta alguna cadena internacional mencionó al pueblo que vivía el debut como propio. Por un momento, ese rincón de la costa estuvo en boca de medio mundo.

***

Tras el éxtasis colectivo por la gran actuación de Adrián, con gritos en la plaza, abrazos y sidra derramada en celebraciones, la gente se fue retirando poco a poco. Las luces se apagaron, las sillas se plegaron bajo una luna fría.

Quedaron finalmente solos Bruno y Mateo, agotados pero radiantes, recogiendo cables y carteles en la plaza desierta, el empedrado todavía tibio por el gentío.

Se sentaron un momento en un banco, bajo las estrellas, las voces bajas y cargadas de algo más que cansancio.

—Mira lo que hemos conseguido —dijo Mateo, con la voz ronca, la mano en el hombro de Bruno—. De críos consentidos, viviendo a la sombra de nuestros padres, a esto. Dos tíos llevando un negocio que ha movido a todo un pueblo.

Bruno asintió, los ojos brillando.

—Y todo gracias a Darío y a Nicolás. Ellos nos enseñaron que ser uno mismo no es debilidad. Nosotros, de adolescentes escondiendo besos en los rincones, a vivir lo nuestro sin esconder nada… aunque hoy hayan caído un par de comentarios feos.

Mateo suspiró.

—Es el precio de la libertad. Siempre habrá intolerantes, pero el pueblo está con nosotros. Esos dos nos cambiaron la vida.

Bruno hizo girar en su mano las llaves de la casa de Darío, que ellos mantenían limpia y en orden mientras él estaba fuera.

—Para cerrar una noche así, ¿un baño en el jacuzzi de la buhardilla? Nos lo hemos ganado.

Mateo lo besó suave.

—Perfecto. Vamos.

***

Caminaron por las calles empedradas con el eco de sus pasos como único sonido. El aire arrastraba todavía el olor a sidra y a fritura de la plaza vacía. Bruno guiaba el camino con una sonrisa cansada y genuina, su mano rozando la de Mateo en un gesto de complicidad que mandaba chispas de anticipación.

—Vamos, Darío siempre decía que ese jacuzzi era su terapia después de un día de locos… y contigo va a ser otra cosa —murmuró, la voz baja y ronca, los ojos encendidos con un deseo que el cansancio no apagaba.

Mateo, hombro contra hombro, sintió un escalofrío y asintió con un suspiro de alivio teñido de ganas.

La casa se alzaba al final de la calle, una construcción de piedra con balcones de madera, ahora oscura y silenciosa. Entraron con sigilo, como si respetaran la ausencia de Darío, pero también para alargar esa tensión que ya empezaba a crepitar entre ellos. La llave giró con un clic suave y el aroma a madera pulida los envolvió, mezclado ahora con el olor de sus propios cuerpos tras un día largo: sudor seco, esfuerzo, victoria compartida.

—Enciende la luz del pasillo —pidió Bruno, descalzándose en la entrada, sus pies desnudos sobre el parqué fresco.

Subieron a la buhardilla con pasos lentos, la madera crujiendo bajo ellos, el aire más cálido y cerrado arriba, como si el techo inclinado guardara los secretos de la casa. La habitación era un refugio: vigas a la vista, una cama amplia frente a un ventanal y, en el rincón, el jacuzzi circular rodeado de azulejos blancos, con la luz de la luna filtrándose plateada por el cristal empañado.

Bruno abrió el grifo y el agua brotó caliente y vaporosa, llenando el aire con un rumor constante.

—Lo pongo a treinta y ocho, para soltar los músculos… y despertar otras cosas —dijo, ajustando el termostato, la voz convertida en un ronroneo que hizo a Mateo sentir un tirón en el bajo vientre.

Mateo echó unas sales de eucalipto, y el aroma mentolado se expandió como una niebla picante en las fosas nasales, mezclándose con el vapor que ya cubría el cristal. Probaron la temperatura con los dedos.

—Está ideal —confirmó Bruno, los ojos clavados en los de Mateo—. Caliente, pero no quema. Como tú cuando me tocas.

Se desnudaron despacio, como si cada prenda que caía fuera un velo, alargando la tensión. Bruno se quitó primero la camiseta, el torso marcado por las horas de trabajo, la piel aún con el rastro del sudor del día, el pecho subiendo y bajando con respiraciones hondas.

—Menudo día… tengo los hombros destrozados, pero verte así me despierta todo —murmuró, con un gruñido bajo de placer anticipado.

Mateo, mirándolo con cariño y con un deseo crudo, se bajó los pantalones. El peto verde que había llevado en homenaje a Adrián cayó al suelo con un golpe suave, dejando su cuerpo a medio desnudar, la erección creciendo bajo la ropa interior.

—Ven aquí —dijo, atrayéndolo para un beso breve e intenso, los labios chocando con hambre, las lenguas rozándose con el sabor salado de la jornada, las manos deslizándose por las espaldas desnudas.

Terminaron de quitarse la ropa interior con una lentitud provocadora, los cuerpos expuestos en la luz tenue, la piel erizada por el contraste del vapor caliente con el aire fresco que entraba por la ventana.

—Estás precioso así, natural… me pones tanto que casi duele —susurró Bruno, el dedo trazando la línea del abdomen de Mateo hasta el ombligo y bajando un poco más, arrancándole un jadeo y un temblor en las piernas.

Entraron al jacuzzi uno tras otro, el agua envolviéndolos como un abrazo líquido, caliente y resbaladizo, las burbujas despertando nervios sensibles. Bruno activó los chorros con un botón y Mateo gimió al sentir la presión golpeando justo donde más tensión tenía.

—Ahh… esto es la gloria —dijo, hundiéndose hasta el cuello, los ojos cerrados, el eucalipto calmándolo y a la vez encendiéndolo, el vapor subiendo en espirales que cerraban un capullo íntimo bajo el techo inclinado.

Bruno se sentó a su lado, el brazo alrededor de los hombros, la mano descendiendo lenta por su pecho bajo el agua, los dedos pellizcando un pezón endurecido hasta hacerlo gemir.

—¿Te das cuenta de cómo Darío y Nicolás nos cambiaron? —murmuró Mateo, la mano bajo el agua rozando el muslo interno de Bruno, los dedos subiendo peligrosamente cerca.

Bruno le besó la sien, los labios húmedos y calientes.

—Del todo. De reprimidos a esto: libres, juntos, deseándonos sin miedo. ¿Te acuerdas de aquellas noches aquí mismo, los cuatro en este jacuzzi? Cuerpos enredados, risas mezcladas con jadeos… echo de menos eso. Su piel contra la nuestra, el agua salpicando. Eran fuego puro, nos enseñaron a no tener vergüenza.

Mateo jadeó al sentir la mano de Bruno respondiendo bajo el agua, los dedos deslizándose con firmeza por su verga, primero arriba y abajo, despacio, y luego apretando más, marcando un ritmo sucio que le hizo arquear la espalda contra el borde del jacuzzi.

—Sí… los echo de menos. Aquí, en este mismo sitio, nos besábamos sin parar, los chorros golpeando mientras las manos exploraban. Nos hicieron libres.

Bruno le sostuvo la barbilla y le metió la lengua en la boca con una urgencia bruta, tragándose su gemido. Bajo el agua, Mateo abrió las piernas un poco más y la mano de Bruno bajó del muslo a su sexo con una determinación descarada, rodeándolo por completo, el pulgar restregando el glande y arrancándole un quejido que se perdió en el vapor.

—Así, joder… —susurró Mateo, con la frente pegada a la de él—. Más fuerte.

Bruno obedeció sin delicadeza, masturbándolo con la palma firme, el agua haciendo el movimiento más resbaladizo y más obsceno a la vez. Cada subida y bajada le arrancaba un jadeo más corto, la respiración hecha trizas por esa mano experta que ya conocía cada reacción de su cuerpo. Mateo se inclinó para lamerle el cuello, morderle la clavícula, y luego llevó una mano bajo el agua para buscarle la polla a Bruno, encontrándola dura y caliente entre sus dedos. La apretó, la acarició, la hizo oscilar con un vaivén lento que le sacó a Bruno un gruñido grave, de esos que vibran en el pecho.

—Qué bien me coges la mano, cabrón —dijo Bruno, entre risas rotas y saliva en la boca—. Quiero notarte temblar.

Mateo metió dos dedos entre las piernas de Bruno, tanteando, abriéndose paso con paciencia, mientras volvía a besarlo con una hambre que se estaba volviendo desesperada. El agua caliente se colaba entre sus muslos, el vapor los pegaba uno al otro, y el contacto de piel con piel los iba poniendo más duros, más impacientes, más necesitados.

Se tumbaron un poco entre las burbujas, medio recostados, y Bruno le abrió más las piernas a Mateo con una mano en la cadera. No había prisa: había un hambre vieja, acumulada por días de miradas y rozes, de bromas con doble sentido, de deseo contenido hasta estallar. Bruno se inclinó y besó el vientre de Mateo, luego bajó hasta el borde del sexo y lo recorrió con la lengua desde la base hasta el glande, suave al principio y luego con una succión lenta que hizo que Mateo soltara un gemido tembloroso.

—Mírame —ordenó Bruno, con la voz hecha un hilo oscuro.

Mateo lo miró, avergonzado y encendido a la vez, mientras Bruno le chupaba la polla con una entrega obscena, hundiéndosela más en la boca y soltando saliva caliente por la base. Los dedos de Mateo se enredaron en su pelo, apretando despacio al principio y luego con más fuerza, marcando el ritmo. El sonido húmedo llenó la buhardilla, mezclado con el rumor de los chorros y los jadeos cada vez más cortos.

—Así, así… no pares —murmuró Mateo, la voz rota.

Bruno se apartó con un chasquido húmedo y se lamió los labios, mirándolo con una sonrisa torcida.

—Ahora te toca a ti.

Mateo se colocó entre sus piernas y tomó la polla de Bruno con la mano, pesándola, frotándola con el pulgar por debajo del glande antes de llevársela a la boca. Bruno echó la cabeza atrás y soltó un gemido ronco, los músculos del abdomen tensándose mientras Mateo le chupaba con ganas, metiéndosela y sacándosela a un ritmo cada vez más rápido, deslizando la lengua por la punta, por el frenillo, por toda la longitud húmeda y temblorosa. Bruno le sujetó los hombros, clavando los dedos con fuerza, como si quisiera dejarle marca.

—Me estás dejando loco, hijo de puta —gruñó, con una respiración quebrada—. Sigue, que me corro en tu puta boca.

Mateo no aflojó. Chupó más hondo, tragó saliva, usó la mano para acompañar el movimiento y hacerle perder el control. Bruno empezó a temblar de verdad, las piernas abiertas, la cadera empujando sola hacia adelante, buscando más fricción, más profundidad. El orgasmo llegó como un golpe seco: un gemido áspero, el cuerpo arqueado y la corrida reventándole en la boca de Mateo, caliente, densa, salada. Mateo se la tragó sin apartarse, limpiando lo que quedaba con la lengua, mientras Bruno respiraba a trompicones y le acariciaba la nuca con una ternura extenuada.

—Mierda… —susurró Bruno, todavía temblando—. Eres una maravilla.

Mateo se limpió el labio con el pulgar y lo besó otra vez, con la boca llena todavía de su sabor. Quedaron un momento inmóviles, recuperando el aliento, el agua moviéndose alrededor de sus cuerpos sudados y satisfechos. El vapor les pegaba el pelo a la frente, y la noche afuera parecía muy lejos.

Hablaron largo rato, la añoranza teñida de deseo, entre caricias cada vez más intensas. Los dedos entrelazados bajo el agua se convirtieron en caricias mutuas, los pies rozando pies, los muslos presionando muslos con una fricción deliberada. Los besos pasaron de tiernos a voraces, las lenguas explorando primero con calma y luego con urgencia, las manos vagando por torsos húmedos sin prisa pero con hambre, el deseo creciendo en erecciones palpables, los gemidos ahogados mezclándose con el zumbido de los chorros.

—Te quiero, Mateo. Aquí, ahora, siempre —murmuró Bruno contra sus labios, la mano firme bajo el agua arrancándole un jadeo profundo.

—Y yo a ti. No pares —respondió Mateo, devolviéndole el movimiento, sincronizados, los cuerpos apretándose más, las erecciones frotándose bajo la espuma.

El tiempo se diluyó en esa sensualidad acuosa y nostálgica. Los chorros deshacían los nudos de los hombros y a la vez estimulaban cada zona sensible con pulsos rítmicos. Los besos hondos recordaban sabores pasados; las manos exploraban bajo las burbujas con movimientos lentos y resbaladizos que construían el placer sin prisa, los gemidos resonando en el vapor como ecos de aquellas noches compartidas.

Mateo se incorporó apenas y Bruno lo atrajo hacia sí con una mano dura en la nuca. Se besaron con los labios hinchados, y luego Bruno giró el cuerpo hasta quedar detrás de él, pegándole el pecho a la espalda y metiendo una mano entre sus piernas mientras la otra le sujetaba la cadera. Mateo se abrió con un suspiro tembloroso, dejando que lo tocara con más intención, los dedos de Bruno deslizando por la raja, presionando, buscando la entrada con una paciencia cargada de hambre.

—¿Quieres que te la meta? —preguntó Bruno, la voz grave pegada a su oído.

Mateo tragó saliva y asintió, con la cara ardiendo.

—Sí. Jódeme bien.

Bruno sonrió contra su cuello y preparó los dedos, uno, luego dos, abriéndolo despacio mientras Mateo se agarraba al borde del jacuzzi, respirando hondo para soportar la presión dulce y punzante. Cuando el cuerpo ya lo aceptó, Bruno se alzó, sacó la polla dura del agua y la apoyó contra él, frotando la punta por la entrada hasta hacerle soltar un gemido bajo y quebrado.

Entró despacio, con un empujón firme y medido, y los dos suspiraron al mismo tiempo. El agua rodeó el movimiento, ocultando y a la vez resaltando cada centímetro que avanzaba. Mateo cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo lo llenaba de golpe, cómo la tensión se convertía en una sacudida caliente que le recorría la espalda. Bruno se quedó quieto un segundo, respirando contra su oreja, dejándole acomodarse, y luego empezó a moverse con más decisión.

—Eso es… así me gusta, apretándome —gruñó Bruno, marcando un ritmo cada vez más profundo.

El jacuzzi se llenó de golpes de agua y de jadeos rotos. Mateo se apoyó hacia delante y Bruno lo agarró por las caderas, embistiendo con fuerza, cada vaivén arrancándole un sonido más alto, más sucio. La verga de Bruno lo abría con una mezcla de dolor y placer que le ponía la cabeza en blanco; cada entrada le rozaba por dentro de una manera brutal, exacta, cada salida dejaba un vacío insoportable que pedía el siguiente empuje.

Mateo se tocó la polla con una mano, húmedo, resbaladizo, y empezó a masturbarse al mismo tiempo, desesperado por no durar demasiado. Bruno le mordió el hombro, luego la nuca, mientras seguía follándolo con una cadencia salvaje pero controlada, como si supiera exactamente cuánto podía darle antes de derrumbarlo.

—Mírame cuando te corras —dijo Bruno, apretándole la mandíbula con los dedos.

Mateo giró la cabeza lo justo para verlo y el golpe final le subió desde el vientre. Se corría con la cara torcida de placer, la respiración rota, la corrida saliéndole en pulsos calientes sobre la mano y el borde del jacuzzi, mientras Bruno seguía clavándose dentro de él dos, tres embestidas más hasta dejarlo temblando y sin aire. Luego Bruno salió despacio, se la agarró con fuerza y se corrió también, con un gruñido áspero que llenó la buhardilla, derramando semen sobre la piel de Mateo y el agua alrededor.

Se quedaron abrazados un rato, respirando despacio, las manos suaves ahora, la urgencia convertida en ternura agotada. El agua enfriándose, el vapor disipándose poco a poco, el olor a sexo y eucalipto flotando en la habitación.

—Te quiero —repitió Bruno, besándole el hombro, la boca ya tranquila.

—Y yo a ti —dijo Mateo, cerrando los ojos.

Salieron cuando el agua empezó a enfriarse. Las toallas mullidas secaron pieles sonrosadas y ultrasensibles, el aroma a eucalipto y a deseo pegado a ellos, los cuerpos aún palpitando, relajados.

Caminaron desnudos hasta la cama de la misma buhardilla, sobre sábanas frescas que ellos habían cambiado días atrás, y se deslizaron bajo el edredón abrazados en cuchara, Bruno rodeando a Mateo por detrás, las respiraciones acompasándose hacia el sueño. Fuera, el pueblo dormía. Dentro, los dos descansaban en paz, saciados, con una añoranza dulce velando su descanso. La onda de aquella noche, la que Adrián había encendido sin saberlo, seguía respirando en libertad.

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Comentarios(7)

NocheEterna7

excelente!! me encanto como fluye la historia

LucasEnBaires

Que bueno, quede con ganas de mas. Hay segunda parte?

Marcos_GBA

me recordo algo que me paso hace un tiempo, tremenda historia jaja

GaboNight

la buhardilla al final de la noche... clasico jaja muy bueno

MandoMx77

Muy bien escrito, tiene tension y morbo en partes iguales. Sigue asi!

Ariel_mdq

Lo que mas me gusto fue el contexto, la plaza, la sidra, todo ese ambiente. Le da mucha vida al relato y lo hace muy creible. Espero el proximo.

JuankaLect

increible, uno de los mejores que lei por aca

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