Tardé años en aceptar que me gustaban los hombres
No me llamo Bruno, pero es el nombre que elijo para contar esto. No tiene nada de especial ni vínculo con nadie; simplemente me gusta cómo suena y me sirve de escudo. Tengo veintiocho años, nací en una ciudad de costa donde el calor pega fuerte y la gente habla demasiado de la vida ajena. Y por primera vez voy a contar la verdad sin adornos: tardé años en aceptar que me gustaban los hombres, y este es el relato de cómo dejé de mentirme.
Descubrí el placer bastante joven, sobre los doce. Al principio ni sabía qué era aquello, solo que tocarme de cierta forma me dejaba temblando y con la respiración entrecortada. Fue más tarde, entre comentarios de amigos y alguna risa nerviosa, cuando entendí que tenía un nombre. Lo que nunca quise admitir era a quién dedicaba esos minutos a solas. De cara al mundo yo era el típico chico hetero del grupo. De cara a mí mismo, también lo fingía. Pero mis manos sabían la verdad.
Una cosa me obsesionaba por encima de todo: el cuerpo de los demás. El vello, concretamente. En el instituto vivía pendiente de las piernas de mis compañeros, de quién tenía pelo en los brazos, de los que ya empezaban a sombrearse el pecho mientras yo seguía lampiño. Me parecía fascinante y prohibido a la vez. Las clases de gimnasia eran un suplicio delicioso, no por el deporte, sino por lo que venía después.
El vestuario era mi pequeño infierno privado. Aquel cuarto de azulejos húmedos, con olor a sudor y desodorante barato, donde los cuerpos pasaban de la camiseta a la ducha sin pudor. Yo me cambiaba mirando al suelo, fingiendo desinterés, mientras de reojo lo registraba todo: una espalda ancha, una toalla que resbalaba, la línea de vello que bajaba por un abdomen. Luego, en casa, recomponía esas imágenes en mi cabeza hasta acabar jadeando contra la almohada, avergonzado y excitado por partes iguales.
La primera vez que vi una verga entera fue casi por accidente, en una excursión deportiva. Un compañero que me caía rematadamente mal se cambió delante de mí sin ningún reparo, completamente desnudo, como si yo no existiera. Me quedé congelado un segundo de más, el tiempo justo para grabarme aquella imagen a fuego. Esa noche, en la litera del albergue, con todos dormidos alrededor y el colchón crujiendo a cada movimiento, me la pelé pensando en él hasta correrme en silencio, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Le odiaba, y aun así le dediqué uno de los mejores orgasmos de mi adolescencia. Las contradicciones de la cabeza no entienden de simpatías, y yo todavía era demasiado joven para entenderlo.
***
Como buen hetero de manual, me lié con alguna chica. Incluso tuve novia un tiempo. No duramos, pero llegamos a cierta intimidad: manos por debajo de la ropa, besos largos, ese roce torpe de dos cuerpos que se buscan. Nunca pasé de ahí con una mujer. No por asco ni por miedo, simplemente porque mi deseo apuntaba hacia otro lado y yo seguía empeñado en no mirarlo de frente. A día de hoy, jamás me he acostado con una tía. Y ya no me hace falta mentir sobre ello.
Todo empezó a cambiar en la universidad, lejos de casa. Esa distancia me dio algo que nunca había tenido: libertad. Nadie me conocía, nadie esperaba nada de mí, y por las noches, en la soledad de mi habitación alquilada, una parte de mí ya tenía asumido lo evidente. Me descargué una app de citas para hombres y me convertí en uno más de esos perfiles cobardes que ponían «hetero curioso» y no subían foto. Miraba, escribía, borraba la conversación. Avanzaba dos pasos y retrocedía tres.
El empujón final me lo dio un amigo. Una noche, después de unas cervezas, me confesó que era gay con una naturalidad que me dejó sin aire. No hubo drama, no hubo vergüenza; lo dijo como quien comenta el tiempo. Y entonces, por primera vez en mi vida, las palabras me salieron solas.
—Yo también —dije, y noté cómo algo pesado se me caía del pecho.
A partir de ahí el círculo se fue abriendo. Resultó que media pandilla escondía lo mismo: gays, bisexuales, todos callados, todos fingiendo. Los demás tampoco hicieron problema. De golpe, el mundo que tanto temía resultó ser mucho más amable de lo que mi miedo me había hecho creer.
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Mi primera vez de verdad llegó rondando los veinticuatro. Por discreción seguía usando la app, pero ya sin tantos rodeos. Quedé con un chico que me gustó desde la primera foto: moreno, de sonrisa fácil, con esa pinta de tío normal que pasa desapercibido por la calle. Nos vimos varias veces antes de pasar a más, y reconozco que la espera me tenía al borde de la locura.
La cosa subió de tono de la forma más inesperada. Volvíamos de noche por una calle vacía y, en un portal a oscuras, me empujó contra la pared y me besó como nunca me habían besado. Sentí su mano colarse por dentro de mi pantalón, su palma cerrándose sobre mí, y se me doblaron las rodillas. Le devolví el gesto a tientas, buscando su bulto, descubriendo por primera vez a otro hombre con las manos. Le hice una paja allí mismo, en plena calle, muerto de miedo a que pasara alguien y absolutamente incapaz de parar.
Esa misma noche, ya en su piso, me arrodillé y se la metí en la boca. Mi primera mamada. Fue torpe, me atraganté, no sabía bien qué hacer con la lengua ni con las manos, pero el sabor y el calor de su piel me volvieron loco. Cuando llegó su turno de estrenarme a mí, sin embargo, la cosa no funcionó. Le costaba encontrarme, entraba mal y deprisa, perdía el ritmo a cada embestida. Lo intentamos un rato hasta que los dos nos rendimos entre risas incómodas. Salí de allí con la sensación agridulce de haber cruzado por fin una línea, pero sin la gloria que había imaginado.
Por eso, en mi memoria, mi verdadera primera vez es otra. Llegó poco después, con un tío que sí supo lo que hacía. Me preparó con paciencia, sin prisa, con los dedos y con la lengua, dilatándome hasta que dejé de tener miedo y empecé a pedir más. Me penetró despacio, leyendo cada gesto de mi cara, y cuando por fin entró del todo entendí de qué hablaba toda esa gente. No solo me folló con su polla; sumó un juguete que me hizo gritar contra la sábana hasta correrme sin tocarme. Esa noche decidí que los malos recuerdos no contaban. Que uno elige con qué se queda.
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Vivir fuera de casa me dio años de sexo sin culpa. Descubrí qué me gustaba de verdad: los hombres dominantes, masculinos, peludos, los que huelen a macho de una forma casi animal. Hay uno al que recuerdo con especial cariño. La cita empezó siendo de las romanticonas, peli en el sofá, mantita, sus brazos rodeándome, y terminó siendo de los mejores polvos de mi vida.
Estaba buenísimo, de esos cuerpos que no caben en la ropa, y olía a hombre a un nivel que me nublaba el juicio. Me besó el cuello, me mordió el hombro, fue desnudándome con una calma que era pura tortura. Cuando me tuvo a cuatro patas, hundió la cara entre mis piernas y me comió el culo hasta dejarme suplicando. Luego me agarró de las caderas con esas manos enormes y me embistió sin tregua, marcando un ritmo que yo solo podía aguantar. Le sentía respirar pegado a mi espalda, gruñendo, susurrándome guarradas al oído. Me corrí con su mano cerrada sobre mí y su peso aplastándome contra el colchón.
Cuando se vino, lo hizo soltando un gemido grave que todavía recuerdo. Después se dejó caer a mi lado, sudado y sonriente, y nos quedamos un rato en silencio, recuperando el aire. Esa mezcla de ternura y bestialidad es exactamente lo que busco. Quizás algún día me anime a contar aquella noche con todos los detalles. Ni lo prometo ni lo descarto.
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No tengo una vida sexual de película ni colecciono anécdotas escandalosas. Tengo lo que tiene casi cualquiera: encuentros buenos, otros olvidables, y un puñado de noches que valen por mil. También tengo mi lado romántico, para qué negarlo. He estado enamorado, sin ser correspondido, de alguien que no juega en mi equipo. Lo he pasado mal, lo he ido superando, y si fuera sincero del todo confesaría que, si me dijera que sí, saldría corriendo hacia él sin pensarlo. Pero es hetero, así que toca dejarlo en lo que es: una fantasía más.
Por eso escribo. Porque la imaginación es el único lugar donde no tengo que esconder nada, donde puedo ser quien soy sin medir las palabras ni mirar de reojo quién escucha. Cada relato es una pequeña venganza contra todos los años que pasé callado, una forma de devolverle al deseo el espacio que durante tanto tiempo le negué. Tardé años en aceptar que me gustaban los hombres, y otros tantos en dejar de fingir lo contrario. Hoy, por fin, lo cuento sin temblar, sin bajar la voz, sin necesitar el permiso de nadie. Y os juro que se respira distinto cuando dejas de mentirte.