El repartidor del desayuno se quedó toda la mañana
Esa mañana me desperté con el tiempo justo y sin nada en la nevera. No me apetecía bajar al supermercado de la esquina, comprar pan y ponerme a prepararlo medio dormido, así que hice lo más cómodo: pedí el desayuno por una de esas aplicaciones de reparto. Café, algo dulce, fruta. Tres toques en la pantalla y a esperar.
Llevaba más de un año viviendo en un país cuyo idioma apenas masticaba. El trabajo lo hacía en inglés y la vida diaria la resolvía con gestos y traductor, pero los repartidores casi nunca hablaban inglés. Con el tiempo aprendí el truco: escribirles por mensaje en su lengua, con frases copiadas, y mandarles una foto del portal y el número del apartamento. Si no, llamaban al timbre desde la calle, intentaban explicarse y ninguno de los dos entendía nada.
Lo normal era recibir un «ok» seco y, al rato, verlos aparecer. Aquella mañana le envié la dirección y las fotos a un tal Idris, según marcaba la aplicación, y me respondió como siempre. En unos minutos el icono del mapa ya estaba en mi calle. Esperé a que tocara la puerta y abrí.
Acababa de salir de la ducha. Llevaba una camiseta vieja y un pantalón corto, el pelo aún húmedo, los pies descalzos sobre el parqué. Del otro lado había un hombre de unos veintiocho años, piel oscura, una sonrisa muy blanca y un cuerpo fibrado que el polo de la empresa no alcanzaba a disimular.
—Hola —dije, en su idioma, una de las pocas palabras que pronunciaba sin equivocarme.
Me devolvió el saludo y, en lugar de entregarme la bolsa y marcharse, se quedó mirando por encima de mi hombro hacia el interior del apartamento. Dijo algo que no entendí del todo, pero capté lo esencial: preguntaba si vivía solo, comentaba que el edificio se veía bonito, que tenía curiosidad por saber cómo eran los pisos por dentro.
Se le notaba nervioso y, al mismo tiempo, decidido. Era una combinación rara, esa de querer algo y no saber del todo cómo pedirlo. Me hice a un lado y le invité a pasar con un gesto.
Entró. Dejó la bolsa del desayuno sobre la mesa de la entrada, se descalzó sin que se lo pidiera y empezó a recorrer el salón con la mirada, como quien visita un apartamento que está pensando alquilar. Le señalé el sofá, le ofrecí agua o un zumo. Negó con la cabeza. No quería nada de eso.
—Siéntate —le dije, palmeando el cojín de al lado.
Me hizo caso. Y yo, que ya había entendido por dónde iban las cosas, me senté lo más cerca que pude, dejando que mi pierna rozara la suya. Hablábamos de tonterías, mitad en inglés roto, mitad en gestos: de dónde era yo, cuánto tiempo llevaba en la ciudad, si me gustaba. Él contestaba con frases cortas y miradas largas.
Sabía que no iba a dar el primer paso de verdad. Había tenido el valor de entrar, pero ahí se le acababa el repertorio. Así que apreté un poco más la pierna contra la suya. No se apartó. Tampoco buscó nada. Se quedó quieto, esperando, con la respiración un punto más rápida de lo normal.
Decidí arriesgarme y posé la mano sobre su muslo.
Ahí cambió todo. Su reacción no fue la que yo temía: en lugar de apartarme, atrapó mi mano con la suya. Por un segundo pensé que iba a devolvérmela con educación y a inventarse una excusa para irse. No lo hizo. Con una mano sujetaba la mía y con la otra me rodeó los hombros y me atrajo hacia él.
No lo dudé. Lo besé.
Nos besamos un buen rato en el sofá, sin prisa, como si nos conociéramos de antes. Tenía la boca cálida y un olor limpio a jabón barato y a calle. Cuando noté que el sofá empezaba a quedarse pequeño para lo que queríamos, me levanté, lo cogí de la mano y lo llevé al dormitorio.
***
Le quité el polo de un tirón. Tenía un torso de hombre que trabaja con el cuerpo, no de gimnasio: los pectorales marcados sin exagerar, los brazos fuertes, una línea de vello bajando por el abdomen. Pasé las manos por encima, despacio, mientras él me miraba sin decir nada.
Señaló sus pantalones y preguntó algo. Entendí «¿puedo?», o más bien «¿quieres?». No esperé respuesta: le desabroché el botón y se los bajé yo mismo.
Y entonces lo vi.
Aunque todavía no estaba del todo dura, no hacía falta mucha imaginación para calcular hacia dónde iba aquello. Se me secó la boca. Él notó mi cara, sonrió de medio lado y, con un par de palabras y un gesto hacia mí, me preguntó si podía desnudarme.
Asentí.
Se colocó detrás de mí. Sentí el peso de su cuerpo contra mi espalda, su erección apoyándose en la parte baja de mi espalda mientras me subía la camiseta con las dos manos. Me recorrió los hombros, los brazos, el abdomen, y tiró del pantalón corto hacia abajo de un solo movimiento. Su miembro se deslizó entre mis muslos, caliente, rozándome, y me abrazó por detrás pegando todo su torso a mi piel. El contraste entre su pecho ardiente y el aire fresco de la habitación me puso la piel de gallina.
Me guio hasta la cama casi en volandas.
Empezó por la espalda. Un masaje torpe pero generoso, las palmas grandes amasándome los hombros, bajando por la columna, abriéndose hacia las piernas. Luego se tumbó boca arriba, relajado, con esa sonrisa de quien sabe lo que va a pasar. No podía dejar de mirarlo. Estiré la mano y lo toqué; él me empujó suavemente hacia su boca para besarme otra vez.
Recorrí su torso con los dedos, bajé hasta el vientre, intenté seguir más abajo. Me detuvo.
—Espera —dijo, o algo parecido, y completó la frase con gestos: hacía mucho que no estaba con nadie. Si lo tocaba demasiado pronto, iba a terminar enseguida.
Me senté a horcajadas sobre sus piernas, sin tocarle todavía donde él temía, y me dediqué a lo demás. Le acaricié los bíceps, los pectorales, el abdomen tenso; bajé por los muslos duros. Su erección daba saltos contra su propio vientre, impaciente, y yo me moría por probarla.
Me deslicé hacia abajo. Le besé la cara interna de los muslos, le lamí despacio, dejé que el calor de mi aliento le llegara antes que la lengua. Él respiraba cada vez más hondo, con las manos abiertas sobre las sábanas. Subí poco a poco, rozándolo apenas, hasta que no pudo más.
—Por favor —pidió.
Yo tampoco aguantaba ya. Empecé despacio, con cuidado, porque no había forma de abarcarlo de una vez. Él gemía bajo, contenido, moviendo apenas las caderas. Centímetro a centímetro fui acostumbrándome, ganando terreno, hasta que conseguí llevarlo bien hondo. Movía la pelvis con suavidad, sin forzar, dejándose hacer.
Al cabo de un rato me apartó la cabeza con delicadeza y susurró que estaba a punto. No le hice caso. Volví a por él con más ganas, decidido a no soltarlo. Intentó separarme una vez más, pero le dije que no con la cabeza y seguí. Se rindió sobre la cama, sin fuerzas, y yo me quedé un momento más, asegurándome de que no quedaba nada.
***
Me hizo un sitio a su lado. Me tumbé dándole la espalda y él me abrazó por detrás, su miembro todavía pesado descansando entre mis nalgas, su respiración lenta en mi nuca.
—¿Tienes prisa? —preguntó.
—No —contesté.
Nos quedamos así, quietos, dejando que el cuerpo se calmara. Pero poco a poco lo noté: lo que descansaba contra mí volvía a tomar fuerza, apretando cada vez más firme contra mi piel. No estaba dispuesto a dejarlo ir todavía, y por lo visto él tampoco.
Me giré, busqué su boca, lo besé y bajé otra vez. Me pidió que esta vez fuera despacio, que quería que durara. Obedecí. Lo lamí con calma, sin prisa ninguna, mientras él me acariciaba la nuca y dejaba escapar sonidos cada vez más graves. Se incorporaba para intentar alcanzarme, estirándose; cuanto más se estiraba, más profundo lo sentía yo.
Me levanté a por el lubricante. Aquello no iba a entrar solo con saliva y buena voluntad. Volví con el bote, le unté bien y se lo tendí. Él me lo cogió de la mano y empezó a prepararme con paciencia, un dedo primero, luego más, repartiendo lubricante, sin apuro, mirándome a la cara todo el tiempo para no perderse ningún gesto.
Cuando estuve listo, me coloqué sobre él y fui bajando poco a poco. Lo sentí abrirse paso, una quemazón intensa que me cortó la respiración, pero necesitaba tenerlo entero dentro. Me detuve, respiré, dejé que mi cuerpo se hiciera a su forma. Despacio, muy despacio, hasta quedarme quieto con él bien hondo.
Empecé a moverme. Él me sujetaba las manos, anclándome, mientras yo subía el ritmo de a poco. Me pedía suavidad, que fuera lento, que quería sentir cada centímetro. Le hice caso. Me balanceé encima de él durante un largo rato, rozándome despacio, él quieto, sin prisa, los dos perdidos en lo mismo.
Al cabo me avisó de que estaba cerca. Le pregunté si podía cambiar el ritmo y asintió. Bajé más rápido, dejándome caer con fuerza, y él empezó a empujar las caderas hacia arriba para encontrarme a mitad de camino.
—¿Puedo…? —preguntó, sin terminar la frase.
No le respondí con palabras. Le di tres embestidas duras, secas. Estiró las piernas, cerró los puños sobre las sábanas y dejó escapar un grito ronco. Se vaciaba dentro de mí. Bajé el ritmo pero no me detuve; seguí moviéndome despacio mientras él, con los ojos cerrados, me agarraba y me mantenía pegado a su cuerpo hasta el último temblor.
***
Nos quedamos un rato tumbados, sudados y sin aire. Luego me preguntó, casi con timidez, si podía ducharse conmigo.
Fuimos juntos al baño. Me enjabonó la espalda con las manos abiertas y yo le devolví el gesto, asegurándome de dejarlo todo bien limpio. El agua caliente y el roce volvieron a despertarlo, pero los dos estábamos agotados. Nos reímos, sin entendernos del todo, y lo dejamos ahí.
Se vistió en silencio. Antes de irse me dio las gracias y, señalando la bolsa olvidada sobre la mesa, soltó una frase con cara de disculpa: lamentaba que mi café se hubiera quedado frío. Le resté importancia con un gesto. Me dio un último beso en la puerta y se marchó.
Veinte minutos después llamaron otra vez. Abrí, ya vestido, y era él de nuevo, con un café recién hecho en la mano y la misma sonrisa blanca.
—Para que lo tomes caliente —dijo.
Me lo entregó, me besó y se fue.
A partir de aquella mañana, Idris me escribía casi todos los días para preguntarme si tenía tiempo de desayunar. Y los días en que no entraba temprano a trabajar, el reparto que pedía no figuraba en ninguna aplicación.