La confesión que me devolvió el cuerpo
Creí que el dolor me había apagado para siempre, hasta que una noche alguien me miró como si todavía quedara algo vivo en mí.
Creí que el dolor me había apagado para siempre, hasta que una noche alguien me miró como si todavía quedara algo vivo en mí.
Cuando sacó aquel plug rosa de su cajón, entendí que mi curiosidad por el dolor iba a cruzar una línea que no podría olvidar.
Cada mañana fingía mirarle la cara, pero vivía pendiente de sus tetas; el día que me habló, supe que ya no había vuelta atrás.
La retuve de la mano un segundo más de lo debido al saludarla. Ella sonrió, se mordió el labio, y supe que esa cena de despedida iba a terminar de otra manera.
Tenía las maletas en el coche y la renuncia en la mano. Solo le faltaba cruzar una puerta más antes de empezar de cero, y esa puerta lo cambió todo.
Bajo la antorcha repaso mis bocetos y siento el cuerpo arder por ella. El contrato termina y ya sé una cosa: no me voy de esta selva sin Yuma a mi lado.
Mientras tú dormías la borrachera en la habitación, yo bajaba descalza por el pasillo del hotel para descubrir en sus brazos lo que tú ya no podías darme.
Pensé que pagaría la apuesta con un beso o una broma. En cambio, mi amigo me retó a presentarme como dama de compañía en la despedida de su mejor amigo.
Despierto junto a Lorena pensando en todo lo que ha pasado esta semana, sin imaginar que el último día nos guardaba la sorpresa más intensa de todas.
La adoraba en silencio desde niña. La noche antes de marcharse me pidió que la ayudara a desvestirse, y mis manos temblaron al rozar por fin su piel.
La oí cerrar las maletas al otro lado del muro y supe que se iría con el alba. Descalza y temblando, crucé el pasillo hasta la puerta entornada de su cuarto.
Quitar las fotos, esconder mi ropa, ocultar la webcam y meterme en el cuarto de la plancha: esa noche mi mujer traería a un extraño y yo sería el único testigo.
La noche que me echó de casa soñé con mi propio cadáver pudriéndose en un taller vacío. Desperté empapado en lágrimas, con ella dormida a un palmo de mi piel.
Salí del baño con el bikini a medio desabrochar y él estaba ahí, secándose el pelo. Nos quedamos congelados. Lo que pasó después todavía me hace sonreír.
Entré al cuarto disfrazada de mimo, con una gabardina sobre la lencería y la certeza de que esa noche iba a hacer algo de lo que nunca me arrepentiría.
Iván seguía dormido entre mis brazos cuando un ruido en el pasillo me sacó de la cama. No imaginaba que el último día sería el más caliente de todos.
Cruzamos el umbral del departamento sabiendo que nos quedaban dos horas, y él se abalanzó sobre mí antes de que pudiera dejar las llaves sobre la mesa.
La maleta de Unai ya estaba hecha, pero antes de cruzar el océano quedaba una última noche: cuatro cuerpos, dos correas y una despedida que ninguno olvidaría jamás.
Me pidió que cerrara los ojos frente al escaparate. Cuando los abrí, supe que Hugo quería verme convertido en algo que siempre deseé ser sin atreverme a decirlo.
Me desperté segura de que solo había sido una pesadilla calenturienta. Entonces vi la caja sobre la mesita del salón, igual que en el sueño, y el café se me escapó de las manos.