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Relatos Ardientes

Mi primera vez con un hombre fue en aquel coche

Todavía no me lo creo. Lo he repasado mil veces en la cabeza y sigo sin entender cómo dejé que pasara, ni por qué, llegado el momento, no quise que parara.

Tengo treinta años y estoy felizmente casado. Soy alto, moreno, y nunca me ha costado gustar; durante años eso fue parte de mi identidad, casi una certeza. Vivo cerca de la costa, llevo una vida normal, y si alguien me hubiera contado lo que voy a contar yo aquí, me habría reído en su cara.

Aquel fin de semana era la despedida de soltero de un amigo de toda la vida. Cogimos un ferry a Formentera con la idea de pasar allí tres días enteros, sin horarios, sin teléfonos, sin obligaciones. Éramos un grupo grande, dieciséis personas, y alquilamos una casa entre todos. Desde el primer día aquello fue un descontrol amable: música a todas horas, neveras llenas de cerveza, gente entrando y saliendo.

Había algunos chavales que yo no conocía y un par de hombres más mayores, padres de amigos de amigos, que se habían apuntado al viaje. Al principio me pareció raro, pero eran majos, simpáticos, y se integraron rápido. Uno de ellos, Ramón, debía rondar los cincuenta y tantos. Rellenito pero fuerte, con esa seguridad tranquila de los hombres que ya no tienen nada que demostrar. Se reía con facilidad y caía bien a todo el mundo.

La primera noche salimos a un par de locales de la isla. Bailamos, bebimos más de la cuenta, hablamos con un montón de chicas. Algunos del grupo se las arreglaron para desaparecer acompañados; yo me pasé media noche tonteando con una rubia que estaba espectacular. Le invité a beber, la hice reír, bailé pegado a ella hasta que casi no quedaba sitio entre nuestros cuerpos. Pero al final no pasó nada. Ella se fue con sus amigas y yo me quedé con las ganas y una calentura tonta que no se me iba.

Cuando decidimos volver a la casa, ya de madrugada, casi todos se habían dispersado. Quedábamos cuatro para el coche de alquiler: Dani, que conducía, Bruno de copiloto, Ramón y yo detrás. Habíamos bebido bastante, los cuatro.

—Tíos, en serio, así no podemos conducir —dijo Dani al arrancar—. Vamos a parar un rato en algún sitio a despejarnos y luego seguimos.

Tenía razón. Ninguno estaba en condiciones. Aparcamos en un descampado cerca de la playa, debajo de unos pinos, con las ventanillas medio bajadas y el rumor del mar a lo lejos.

Fue cuestión de minutos. En cuanto el motor se apagó y nos quedamos en silencio, Dani y Bruno se durmieron. Literalmente. Empezaron a roncar casi a la vez, uno apoyado en el volante y el otro contra el cristal.

—Estos ya están fritos —murmuró Ramón a mi lado, riéndose por lo bajo—. Anda, descansemos nosotros también.

Cerré los ojos. Estaba cansado pero el sueño no llegaba. Llevaba una rebeca fina doblada sobre las piernas y el pantalón corto desabrochado del botón, para ir más cómodo. Me quedé así, quieto, escuchando los ronquidos y el viento entre los árboles.

Calculo que pasaron quince minutos. Entonces noté una mano que se posaba sobre mi rodilla.

No le des importancia.

No me moví. No abrí los ojos. Me dije que sería un gesto sin intención, que se habría dormido y la mano había caído ahí sin más. Pero al cabo de un momento esa mano empezó a moverse. Despacio. Subiendo apenas un par de centímetros por mi muslo.

Me quedé completamente inmóvil. El corazón se me había acelerado y no entendía por qué no decía nada, por qué no apartaba la pierna y zanjaba el asunto con una broma. Pero no lo hice. Me quedé escuchando mi propia respiración, fingiendo un sueño que no tenía.

La mano siguió subiendo. Ya no había forma de engañarme: Ramón me estaba acariciando el muslo con una lentitud calculada, midiendo cada movimiento, esperando una reacción que yo no daba. Sentí una mezcla extraña de nervios y otra cosa que tardé en reconocer.

¿Morbo? ¿En serio me está dando morbo?

Es lo que pensé, y la pregunta me asustó más que la propia mano. Soy hetero. Estoy casado. Un hombre me está tocando la pierna en un coche y yo sigo aquí, quieto, con un cosquilleo subiéndome por la espalda. Reacciona, me ordené. No reaccioné.

Cuando sus dedos llegaron a la altura del bolsillo, los pasó por encima de la tela del pantalón y rozaron, casi sin querer, la punta de mi polla. Fue como un latigazo. Un temblor me recorrió entero y, sin que pudiera evitarlo, empecé a ponerme duro.

Seguí haciéndome el dormido. No sabía si él se daba cuenta o no, pero supongo que mi cuerpo hablaba por mí. Empezó a apretarme suavemente por encima de la tela, con un ritmo paciente, y a cada apretón me sacudía un espasmo que me costaba disimular.

Estaba a punto de reventar. No quería que supiera que estaba despierto, y al mismo tiempo no quería que parara. Las dos cosas a la vez, tirando de mí en direcciones opuestas.

Noté entonces sus dedos en la cremallera de mi pantalón, bajándola diente a diente, sin prisa. Y yo seguía sin moverme.

¿Qué estás haciendo? Para esto ya. ¿Qué coño haces?

Me lo grité por dentro y aun así le dejé. Me bajó el borde del bóxer con dos dedos y la dejó al descubierto, expuesta al aire fresco de la madrugada.

Ahí sí reaccioné. Fingí despertarme de golpe, parpadeando como si no tuviera ni idea de lo que ocurría. Los de delante seguían roncando como osos.

—¿Qué pasa, tío? —dije en voz baja, arrastrando las palabras—. Échate para allá, que estás muy borracho. Anda, duérmete.

Por un segundo creí que había vuelto la cordura, que aquello quedaría en un mal entendido del que nunca hablaríamos. Pero Ramón no se apartó. Me sujetó la muñeca con firmeza para que no me subiera la cremallera, me miró a los ojos en la penumbra, y volvió a apartar la tela del bóxer.

Lo siguiente que sentí fue calor. Un calor húmedo y envolvente que me dejó la mente en blanco. Se la había metido entera en la boca y yo me quedé paralizado, incapaz de pensar, sintiendo su lengua y su saliva en una caricia que no se parecía a nada que hubiera conocido antes.

Intenté apartarle la cabeza, más por reflejo que por convicción. A cada intento mi mano recibía un manotazo suave, y a cada manotazo mi resistencia perdía fuerza, hasta que dejé de intentarlo.

Me quedé quieto. Miraba de reojo a los dos de delante, aterrado de que se despertaran, y esa misma posibilidad, ese peligro de que nos pillaran, me ponía todavía más. No entendía cómo era capaz de hacerlo con esa habilidad, con esa entrega, succionando de una manera que me iba apagando la razón.

Llegué casi sin avisar. Perdí la vista un instante y me corrí en menos de un minuto, mordiéndome los labios para no hacer ruido, con la sensación de estar vaciándome por completo. Él se lo tragó todo, sin dejar una sola gota que delatara nada, y siguió, lento, sin prisa por soltarme.

Me miraba a los ojos mientras lo hacía. Te la estoy comiendo y estás flipando, parecían decir sus ojos. Y tenía razón. Estaba flipando.

***

Cuando por fin me soltó, me cogió la mano y la llevó hasta él. La tenía fuera, dura, esperando. No retiré la mano. Me dejé llevar.

Nunca había tocado a otro hombre. Nunca había tenido en la palma algo que no fuera mío o el cuerpo de una mujer. Estaba caliente y firme, y me dejó hacer a mi ritmo. Empecé a moverla despacio, con torpeza al principio, descubriendo un terreno completamente nuevo.

Se me secó la boca de pura excitación. Cada vez que subía hasta arriba notaba la humedad de la punta, y no sé explicar por qué aquello, en lugar de cortarme, me encendía más. Quería que supiera que lo estaba haciendo porque quería. Que no era el alcohol, ni un accidente, ni un favor. Que me estaba gustando complacerle.

No paraba de mirarme. Movía la cabeza, señalaba con los ojos hacia abajo y luego me miraba a mí, repitiendo el gesto como si me pidiera algo sin atreverse a decirlo.

¿Qué hago, tío? No. Una cosa es haberme dejado y otra muy distinta es esto.

Pero cada pensamiento de negativa era a la vez una punzada que me empujaba en la dirección contraria. La idea de hacerlo, de cruzar esa última línea, me estaba matando por dentro.

Miré hacia abajo mientras seguía masturbándole despacio. Y entonces me dio. Un temblor me recorrió la espalda hasta casi marearme, y la idea de chupársela se instaló en mi cabeza y no quiso irse.

Comprobé de nuevo que los dos de delante seguían roncando a pierna suelta. Y me dejé caer.

El primer contacto de mis labios contra otro hombre me puso a mil. Hacía lo que sabía, lo que había sentido tantas veces hacerme a mí; me dejaba guiar por el instinto y por el recuerdo. Notaba su sabor, su calor, y de la calentura ya nada me importaba. Lo hacía despacio, con ansia contenida, queriendo que entendiera que estaba dispuesto, que esa noche era suyo.

¿Por qué me está gustando tanto? ¿De verdad soy yo el que está haciendo esto?

Era vicio, sí. Era algo que no encajaba en nada de lo que creía saber de mí mismo. Pero me gustaba, y por una vez decidí no pelearme conmigo.

Me avisó en un susurro, casi un hilo de voz, de que me apartara, de que estaba a punto. No me aparté. Me acordé de cómo lo hacían las mujeres conmigo y seguí, concentrado en la punta, hasta que lo sentí terminar y me lo tragué todo, sin pensarlo, como si llevara toda la vida haciéndolo.

***

Después nos quedamos los dos en silencio, recolocándonos la ropa, limpiándonos como pudimos, como si no acabara de pasar nada del otro mundo. Los ronquidos de Dani y Bruno seguían llenando el coche.

Ninguno dijo una palabra. Solo nos cruzamos una última mirada antes de cerrar los ojos y fingir que dormíamos, hasta que el cielo empezó a aclarar y arrancamos de vuelta a la casa como si fuéramos cuatro amigos cansados volviendo de fiesta.

Aquel fue solo el primer día de los tres que íbamos a pasar en la isla. Todavía hoy no sé del todo quién soy después de aquella madrugada. Lo único que sé es que, cuando lo recuerdo, no siento vergüenza. Siento otra cosa que prefiero no nombrar en voz alta.

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Comentarios (5)

Noctambulo77

Tremendo. De esas historias que te dejan pensando un rato largo despues de cerrar la pagina.

lectorBA

Que valentia la de compartir algo tan personal. Se siente muy autentico, sin adornos innecesarios.

MadrugadorQue

Llege al final y quede con ganas de mas. Sigue!

RobertoNr

Bien narrado y sin exageraciones. Espero que haya una segunda parte porque quede con muchas preguntas sin respuesta.

EduardoK

increible relato, de los que no se olvidan facilmente

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