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Relatos Ardientes

El profesor de gimnasia me invitó a cocinar para él

Me había mudado con Darío a mediados de marzo, aunque de eso ya hace varios años. Yo recién había terminado la escuela. Era un pibe de diecinueve recién cumplidos, flaco, muy caliente y, para qué negarlo, bastante putita.

Darío era profesor de educación física. Lo había conocido, claro, en el colegio. No era demasiado alto. Tenía los ojos de un color indefinido, entre verde y gris, y una barba corta siempre recortada con prolijidad. Las manos medianas, los dedos largos y finos.

No sé bien qué le había gustado de mí. Quizás que era muy femenino y se me notaba a la legua. Mis ojos azules, mi manera de moverme. La cuestión es que un día, de tantos, nos cruzamos fuera del colegio. Ni me acuerdo por qué motivo.

Enseguida fuimos a tomar un helado como dos viejos amigos, como un tío con su sobrino. A mí me daba un morbo tremendo. Me contó que se había separado hacía unos meses, que no salía con nadie. Yo lo encontraba muy atractivo, y la cantidad de erecciones que tuve esa tarde fueron incontables. Él seguramente se dio cuenta, pero no avanzamos en nada. Solo charlamos un rato y después nos despedimos.

Pasaron unos días y nos volvimos a encontrar, casi de casualidad, en un bar del barrio. Apenas lo vi con esa chomba azul, los pectorales marcados, una bermuda beige que dibujaba su bulto y que miré con cierto disimulo, me derretí entero. Él era un hombre hecho y derecho, y yo en ese entonces pensaba que tendría mujeres babeando por él a cada paso. Que nunca se fijaría en un chico de ademanes de mujer, en alguien que todavía no había encontrado su camino.

—¿Y cómo anduviste estos días? —preguntó mientras tomaba su café.

—Bien, bien… —dije, tímido.

—¿Y qué era lo que ibas a seguir estudiando? No me acuerdo, si es que me lo dijiste.

—Quería, tal vez, hacer una carrera de cocina. Me encanta cocinar, soy muy bueno —dije con cierto aire de superioridad, sonriendo.

—Ah, bueno, me vas a tener que cocinar un día de estos —dijo él, mostrando su dentadura perfecta.

Salimos a caminar por la costanera. Ahí me contó de sus peleas con su ex. De cómo había empezado a gustarle estar con chicos jóvenes. Me lo dijo así, de una: los jovencitos. Y de paso me tiró: «un jovencito como vos». Creo que los colores me subieron a la cara. Una luna enorme apareció de pronto sobre el agua, y nosotros nos mezclábamos con la gente que andaba por ahí, relajada y conversadora.

Dimos una vuelta larga y nos despedimos otra vez, pero ahora quedando para el día siguiente. Yo iría a su departamento y le cocinaría algo.

Estaba realmente muy caliente. Nervioso, ansioso, pero sobre todo con una calentura fenomenal. La cita era para la nochecita. Las horas se me hicieron interminables hasta que por fin llegó el momento. Allá fui, con una pinta sencilla: una bermuda, una remera, nada más. Y debajo, una tanga preciosa que me había comprado esos días y todavía no había estrenado. Me había dado un baño largo, escarbando cada rincón de mi cuerpo.

A la hora justa toqué el timbre y Darío me abrió, sonriendo. Vestido sencillo también, con la barba del día sin afeitar. Le quedaba terriblemente erótico. Me lo quería comer ahí mismo. Me hizo pasar. Nunca había estado en esa casa. Era grande, cómoda. Las puertas del balcón abiertas y una brisa leve que hacía bailar las cortinas.

—Tu departamento es hermoso… —comenté.

—Gracias. Vení por acá, te muestro un poco —me llevó a recorrer cada habitación, y cuando terminamos fuimos a la cocina. Ahí me puse a lo mío.

Él me comía con los ojos. Yo me daba cuenta, y movía un poco las caderas cada vez que la ocasión lo ameritaba. Bebía un trago que se había preparado, sentado en una de las banquetas. El lugar era amplio y ordenado. Preparé algo rápido y rico.

—Esto estaba exquisito, Luca, en serio. Hacía rato que no comía algo tan bueno. Felicitaciones —dijo, tocándome el hombro. Estábamos muy cerca, y sus pies chocaban una y otra vez con los míos.

—Gracias. Todavía estoy aprendiendo, pero le pongo ganas y pasión —dije, orgulloso.

—O sea que todo lo que hacés con pasión te sale bien.

—Trato. ¿Vos no? —contraataqué, sabiendo perfectamente adónde iba esto.

—Claro. Cuando me gusta algo, trato de hacerlo bien. De que se note, de que no queden dudas, de ponerle todo. La pasión, las ganas, el ardor. Si no, no estaría como estoy desde que llegaste. Desde que abrí esa puerta casi no puedo caminar. Mirá. Vení, vamos al sillón. Vení y mirá lo que provocás.

Nos pasamos al sillón, amplio y cómodo. Se le notaba la dureza entre las piernas. El bulto latiendo, listo ahí para mí.

***

Se bajó la bermuda, mirándome. La verga le latía a través de la tela del calzoncillo. Se sacó la remera y mostró el pecho ancho, viril, con los pezones erectos. Mis ojos no lo podían creer. Empecé a moverme sin que él dijera nada, solo con esa mirada encima. Me saqué la remera. Yo también tenía las tetillas hinchadas, paradas, tan duras que casi dolían.

—Uf, Luca, qué cuerpo tenés. Dame más, mostrame, no seas tímido —balbuceaba apenas, con un ronquido de calentura brutal.

Me saqué la bermuda. Cuando vio mi tanga, mi cola grande y carnosa, se le transfiguró la cara. Tragó saliva. Se quitó el calzoncillo y por fin su verga quedó libre: gruesa, larga, dura como una piedra, palpitante. Me acariciaba el cuerpo en una danza imaginaria, hasta que me pidió que me acercara.

Los huevos de Darío eran grandes, sin un solo pelo, redondos, apetecibles. Me di vuelta delante de él, ofreciéndole el culo. Lo acarició, me apretó las nalgas. Sin sacarme la tanga, las besó y pasó la lengua, rasposa, interminable, haciéndome jadear.

—Qué puta sos, Luca. Me encanta que seas así. Ahh, te deseo tanto… —y así, despacio, corrió a un costado la línea de tela que tapaba mi agujero y hundió la lengua en él.

Su lengua jugueteó durante largos minutos, mientras él se masturbaba la verga, presta y venosa. El placer me recorría entero. Mis gemidos retumbaban en aquel lugar, y la lengua entraba cada vez más, hasta que todo mi cuerpo se convertía en una revolución de hormonas.

Entonces me tomó de las caderas, me giró, y suspirando como un loco se metió mi pija en la boca. La tenía durísima, a punto de largar todo. Mientras me chupaba, se masturbaba salvaje, gruñendo, hasta que empecé a acabar en su boca. Él lo bebía sin asco, con emoción, con deseo. Me dejó la verga limpia, y en ese momento empezó a gemir distinto, más grave, más desesperado.

—Ahh, vení acá, Luca. Vení que te doy mi leche. ¿La querés? Ya sale, ya viene… abrí la boca —fui hasta su verga, alzada, potente, y así fue que empezó a brotar a borbotones. Sus gritos se mezclaban con mis suspiros mientras yo tragaba todo lo que aquel hombre me daba.

Cuando terminó, me quedé unos instantes saboreando aquel pedazo que seguía rígido y tardaba en ablandarse. Darío temblaba como nunca vi temblar a nadie. Era como una descarga eléctrica, involuntaria.

***

Quedamos caídos en el sofá, yo sobre sus piernas fuertes, muy cerca de su verga todavía bamboleante.

—Luca, sos tan puta. Me gusta eso de vos. Tenés una boquita comilona. Ahh, me hiciste gozar como hacía mucho.

—Y vos a mí. Me encantó tomar tu leche —dije, con los ojos echando chispas y el cuerpo todavía caliente, la cola latiendo como al principio.

Me miró y me atrajo hacia él para buscar mi boca. Nos chupamos las lenguas sin parar, nos mordimos los labios, nos quitamos el aire en besos interminables.

Al rato necesité ir al baño, casi con urgencia. Llegué y él vino detrás de mí.

—¿Qué hacés, cariño? —preguntó.

—Estoy meando —le contesté.

—No, no, así no. Las nenas como vos se tienen que sentar. Sentate, hacelo por mí —me dijo, y, cortando el chorro con esfuerzo, me senté para terminar.

Lo vi sonreír, blandiendo de nuevo su verga erguida, tal vez por el morbo de verme sentado como una mujercita. Sin que dijera nada, pasé al bidet y me lavé bien. Él empezó a tocarse otra vez. Me levantó de ahí, bajó la tapa del inodoro e hizo que apoyara las rodillas encima. Me pasó una crema en gel por el ano —que ya estaba medio dispuesto a recibirlo— y me fue penetrando entre balbuceos y suspiros calientes.

Mis gemidos y mis contorsiones convirtieron aquello en una delicia. Me la metió bien a fondo y empujó, bombeó de manera salvaje. Me apretaba las tetillas duras, me las pellizcaba, sin dejar de ir y venir. Mi pija se levantó como un resorte y, al rato, empecé a acabar sin siquiera tocármela. Así de loco era el placer. Él me llenó el culo entre estertores y gruñidos. Me mordió la nuca con los últimos empujones. Cuando sacó la verga, yo quedé unos momentos de rodillas, sintiendo cómo caían gruesas gotas de leche.

—Qué belleza sos, Luca. Tenés un culo tremendo, sos perfecto. Me calentás demasiado. Hacía rato que no me pasaba esto con nadie.

—Me gusta cómo me cogiste, Darío. Sos un machote. Me encanta tenerte adentro.

—Ya te lo voy a dar de nuevo. Dejame respirar —salimos del baño. Yo me tiré en el sillón. Él vino, se arrodilló, me besó otra vez, largo, apretándome las tetillas erectas. Después se levantó, buscó un cigarrillo y se puso a fumar. Me convidó, pero yo todavía no estaba para ciertos vicios.

***

Cuando terminó el cigarro, me tomó de la mano y me llevó al dormitorio.

—Vamos a la cama. Quedate conmigo —nos tendimos uno al lado del otro, sin tocarnos, sin siquiera rozarnos. De pronto, en un susurro, me preguntó cómo había sido mi primera vez, si quería contársela.

Y yo, claro, por qué no. Le conté de Esteban, el hermano mayor de un amigo, casi diez años más grande que yo. Del verano pasado, cuando me invitaron a pasar unos días a una quinta. Una tarde, jugando en la pileta, solos en la casa porque los demás se habían ido de compras, le miré la verga como quien no quiere la cosa. Él me miró la mía. Nos acariciamos, nos tocamos, nos masturbamos. Después yo le comí la verga, torpemente, y él me chupó el culo, y un dedo, y dos, y la crema, y finalmente su pedazo adentro de mí.

Así fue todo aquel verano. Cogíamos en cualquier lado donde nos encontráramos solos. Las primeras veces dolió, pero a mí, le dije, me encantan las vergas. Y ahora estoy acá, con vos.

No recuerdo bien cómo, pero nos quedamos dormidos. Y no sé qué hora era cuando sentí algo caliente entrándome de costado. Pensé que estaba soñando, pero no: era Darío, penetrándome duro.

—Solo disfrutá, cariño. Sentila. Es toda para vos —susurraba en mi oreja mientras me la mordía, frenético. Bombeó rápido, vertiginoso, y me llenó el culo de leche otra vez. Quedó dentro de mí un buen rato, latiendo, tanto que creo que me dormí con su verga clavada adentro.

Desde ese día no me fui más de su casa, y eso ya lleva unos cuantos años. Nos fuimos de vacaciones juntos. Conseguí trabajo en un buen restaurante y, en casa, le cocino siempre que puedo. Me convertí en lo que él quería, y él no deja de cogerme. Cada oportunidad que tenemos, ahí estoy, ensartado en su verga siempre dispuesta. No sé cuánto va a durar esto, pero lo estoy disfrutando a pleno. Y de eso se trata, ¿no?

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Comentarios (5)

Dante_RD

Tremendo relato!!! Me atrapó desde el primer párrafo y no pude parar de leer. Muy bien escrito.

PedroBaires

Por favor continualo, quedé con ganas de saber qué pasó después...

MatiasBsAs

Esa tension cuando abre la puerta y los dos ya saben lo que va a pasar... me recordó algo que viví en la facu hace años jaja. Excelente relato

Nocturno_Fan

Muy bien narrado, fluye natural y sin apuros. Eso es lo que más me gusta de este tipo de relatos

Gustavo_MDZ

excelente!!!

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