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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la camilla de mi masajista

Desde que empecé a frecuentar la consulta de Damián, hay tardes que se me quedan grabadas y no consigo sacarme de la cabeza. Esta fue una de esas.

Sonó el teléfono a media mañana y era él. Me ofrecía una sesión con descuento para esa misma tarde, y por el tono de su voz entendí enseguida que no estaba pensando solo en mis contracturas. Hablaba despacio, casi como si ya me estuviera viendo desnudo sobre su camilla otra vez.

Para quien no me conoce ni ha leído nada mío: soy un tipo que se cuida, buen físico, muy liberal con estas cosas. No me considero gay ni del todo bisexual. Lo que me mueve a estas fantasías es el morbo puro, esa cosquilla en el estómago que aparece cuando hago algo que se supone que no debería. Veo el sexo sin etiquetas. Hago lo que más placer me da, siempre dentro de una cierta normalidad y con cuidado.

Ya habíamos tenido un par de encuentros de relax en esa camilla, y la verdad es que me habían gustado. Un secreto bien guardado que no me importaba nada repetir.

Le devolví la llamada y le confirmé la cita para las tres de la tarde.

***

Casi no comí. Había pasado antes por el gimnasio y de ahí me fui directo a la consulta. No podía evitar la excitación; el morbo que me producía toda la situación era tremendo. Suelo cuidarme mucho, voy depilado casi por completo, y me encanta presumir del cuerpo que me he trabajado.

Entré y me atendió como siempre, con esa sonrisa tranquila, y me invitó a pasar a la habitación del fondo, donde tiene la camilla. Mientras cerraba la puerta con llave, yo ya estaba un poco duro. Solo de pensar en lo que venía.

Me desnudé yo mismo. Él me colocó una toalla pequeña sobre la cintura, tapándome justo lo que importaba, y se quedó él también con otra toalla a la altura de las caderas. Empezó por los pies y las piernas, presionando con los pulgares, subiendo despacio.

—¿Qué tal todo? ¿Mucho estrés esta semana? —preguntó, sin levantar la vista de mis pantorrillas.

—Bastante —contesté, aunque lo que tenía en la cabeza no era precisamente el trabajo.

Sus manos eran firmes y calientes. Notaba cómo se daba cuenta de que me estaba poniendo duro bajo la toalla, porque la tela empezaba a levantarse sola.

—¿Quieres que te quite eso? —dijo, señalando la toalla con la barbilla.

—Sí —respondí, y la voz me salió más ronca de lo que esperaba.

La retiró. Me vio así, medio empalmado, y se rió bajito mientras seguía con el masaje, ahora en el pecho. Me levantó un poco la cabeza, me apretó el cuello con esa presión justa que relaja y excita a la vez, y fue bajando con las palmas abiertas por el torso.

Llegó al pene casi de pasada, lo acarició un segundo y volvió a las piernas, como si nada. Se me escapó un suspiro y él sonrió otra vez.

—¿Echabas de menos mis masajes? —preguntó.

—Mucho —admití.

Me levantó las piernas y me apoyó los pies sobre la camilla, boca arriba, con las rodillas flexionadas. Esa postura me dejaba completamente abierto, y a él le daba acceso a todo: por debajo de los testículos, hasta el ano.

Tengo que confesar algo. Mis fantasías siempre fueron más de pasivo, mi verdadero fetiche es ese, jugar conmigo mismo. Me encanta masturbarme con mis dildos, de ahí saco un placer infinito. Pero hasta esa camilla nunca me había planteado en serio dejar que un hombre me penetrara de verdad.

—¿Te masturbas mucho? —soltó de repente.

Levanté la cabeza.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Porque sé que eres muy caliente —dijo, mirándome fijo.

—Muy a menudo —reconocí—. Y me encanta jugar con mi culo también.

Ahí empezó a acariciarme el pene otra vez, con más intención. Lo miré, y él detuvo la mano un instante.

—¿Puedo? —preguntó.

—Sí.

***

Llevó los dedos directamente a mi ano y empezó a rozarlo con la yema, en círculos lentos. Se quitó su propia toalla. Estaba ya muy duro, depilado, preparado para lo que los dos sabíamos que iba a pasar.

—Quiero hacerte correr suave —murmuró—. Cierra los ojos y relájate.

Cerré los ojos. Sentí su boca cerrándose sobre mi pene, muy despacio, mientras seguía tocándome el ano con un dedo. La combinación me ponía a mil. Empezó a meter la punta de un dedo, con cuidado.

—Lo tienes dilatado ya —dijo, separándose un segundo—. Qué rico.

—Es que juego mucho con él —respondí entre jadeos.

No aguanté demasiado. Me corrí en su boca, y noté que no se apartaba; se lo tragó todo. Sacó la boca entre mis gemidos.

—Qué rica está tu leche —dijo, relamiéndose—. ¿La has probado alguna vez?

—Siempre termino comiéndomela —confesé. Y era verdad, aunque eso da para otra historia.

—Lo sabía. Eres un cerdito —se rió—. Relájate ahora, que ya te has corrido.

Seguí tumbado, todavía recuperando el aliento, y él volvió a chuparme el pene, ahora blando y sensible, bajó a los testículos y pasó la lengua por el ano. Me estremecí entero.

—Date la vuelta —dijo.

Uf. Eso me puso otra vez caliente. Me giré, boca abajo, con el culo levantado. Empezó a masajearme la espalda con las dos manos mientras volvía a meter los dedos, ahora dos, abriéndome poco a poco.

—Hoy es sin condón, ¿vale? —dijo en voz baja.

—¿Cómo?

—Déjame a pelo. Quiero penetrarte suave y correrme dentro.

Me quedé callado unos segundos, con la cara hundida en la camilla y el corazón a mil. Sabía que estaba a punto de cruzar una línea que nunca había cruzado.

—Vale —dije al fin—. Hazlo.

***

Me separó las piernas. Sentí su pene duro deslizándose entre mis nalgas, rozando el ano sin entrar todavía.

—Tienes un culo precioso —dijo.

—¿Te gusta?

—Me encanta.

—Sigue, por favor.

Estaba completamente entregado. Sabía que él iba con calma, que lo hacía suave, y que probablemente me haría correr otra vez. Me colocó un cojín debajo de la cadera para levantarme más el culo, y de paso me dejó el pene apuntando hacia abajo, asomando por debajo del cojín, donde él podía verlo. Yo ya volvía a estar duro y no sabía si iba a aguantar sin correrme de nuevo contra esa tela.

Me puso más gel, frío al principio, y empezó a frotar el glande contra mi entrada. Supe que había llegado el momento.

Apoyó la punta y empezó a hacer presión. La cabeza entró y casi se me escapa un gemido largo.

—Uf, es mejor que mis dildos —le solté.

—Disfruta —dijo.

Fue entrando de poco a poco, profundo, hasta que sentí sus testículos contra mi piel. Se quedó ahí, dentro del todo, dejando que me dilatara por completo. Casi me da algo.

—Uf, qué rico —jadeé—. ¿Me puedo correr?

—Aguanta, que ahora viene lo mejor.

Empezó a salir y entrar muy lento. Notaba cómo mi cuerpo cedía a cada embestida, cómo él me apretaba las nalgas con las dos manos. Lo oía gemir bajito de puro placer, viéndome ahí abierto para él. Era una sensación rara y morbosa al mismo tiempo, una mezcla que no había sentido nunca.

Yo me había negado tantas veces a esto, y resultaba que era demasiado rico.

Empezó a moverse con más fuerza. Le toqué con la mano para que aflojara un poco, pero él aceleró, y de pronto sentí algo indescriptible: un chorro de leche caliente dentro de mí, llenándome. Se quedó quieto, todavía duro, sin salir.

—Voy a seguir —susurró.

Me cogió de la cintura y volvió a empujar, esta vez más fuerte. Me apretaba las nalgas, jadeaba pegado a mi espalda, y noté otro chorro caliente mientras se dejaba caer sobre mí.

—Me estás dejando el culo bien abierto —le dije.

—Es que tu culo es muy rico, déjame disfrutarlo.

Después de decir eso me penetró hasta el fondo, soltó un último gemido y se vació del todo dentro. Salió despacio.

***

Me pidió que lo masturbara, porque había quedado todavía caliente. Se tumbó él esta vez, y empecé a pajearle. Vi cómo le encantaba, cómo se ponía aún más duro entre mis dedos. Le dije que se tumbara del todo y, devolviéndole el favor, empecé a comerle el glande. Notaba su excitación crecer, y de repente me subí a la camilla y me senté sobre su polla.

Se quedó sorprendido, pero yo siempre había querido probar esa postura, marcar yo el ritmo. Entró fácil, porque estaba muy dilatado, y al minuto él se corrió moviéndose debajo de mí, repitiendo que era increíble.

Me levanté y me metí en la ducha rápida que tiene al lado. Él se vistió mientras tanto. Había pasado más de una hora y media y en cualquier momento llamarían a la puerta que, por supuesto, había cerrado con llave.

Me despedí y le dije que quedábamos en contacto. Me contestó que por supuesto, con la misma sonrisa tranquila del principio.

Salí a la calle todavía con las piernas un poco flojas y el morbo dándome vueltas en la cabeza. Espero que os haya gustado, y que me dejéis vuestras opiniones, porque os juro que escribirlo me ha puesto tan caliente como aquella tarde. Besos.

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Comentarios (4)

CarolinaM_91

Dios mio que relato... lo lei dos veces y la segunda fue peor jajaja. Muy bueno!!

NocturnoCba

Por favor necesito una segunda parte, no podes dejarnos asi. Quede con ganas de saber como siguio todo despues de esa tarde.

MauroK77

Me recordo algo que viví hace un tiempo, esa tension previa antes de que pase algo... muy bien descripta. Sigue publicando!

Dani_88

increible, de los mejores que lei en este sitio. gracias!!

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