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Relatos Ardientes

Lo que mi amigo me hizo después del pelotazo

Ivo tenía veintidós años, el pelo rapado casi al cero, los ojos de un gris pálido y un cuerpo que se había ganado a base de pesas y madrugones en el gimnasio. Era alto, delgado, con esa clase de atractivo que no necesita esforzarse. Aquel verano lo estaba pasando en casa de Damián, su amigo de toda la vida, en un chalet a las afueras donde el calor pegaba duro y las tardes se hacían eternas.

Damián era distinto. Más bajo, de complexión ancha, rubio y con los ojos oscuros. Se conocían desde críos, habían crecido en la misma calle, y ahora mismo tenía a Ivo tumbado boca arriba en la cama, desnudo y con un dolor sordo entre las piernas después de recibir un balonazo jugando en el jardín.

—Perdona, tío, fue sin querer —dijo Damián acercándose—. Deja que te eche un vistazo. Sabes que trabajo de auxiliar de enfermería.

—Cuidado con ahí abajo —respondió Ivo, apartándole las manos por instinto.

—Tranquilo, que no he visto otra cosa en todo el año. —Damián se sentó en el borde del colchón, con esa seguridad de quien ya ha hecho aquello mil veces—. Si te duele al moverte, podría ser algo serio. Mejor que lo mire ahora y no que estemos toda la noche dándole vueltas.

Ivo lo miró de reojo. Había algo en la manera en que su amigo lo decía, en la calma con la que se remangaba, que le hizo dudar de si aquello era estrictamente médico. Pero le dolía de verdad, y confiaba en Damián más que en nadie, así que dejó de resistirse.

Ivo cedió y dejó al descubierto lo que tenía. No era un hombre especialmente dotado, y nunca había pretendido serlo: un sexo modesto, los testículos hinchados por el golpe, una sombra de vello recortado. Damián se puso unos guantes de látex y empezó a palpar con cuidado, presionando aquí y allá, girando la cabeza para mirar de cerca. Tenía los dedos fríos y precisos, y los movía con una delicadeza que contrastaba con su corpulencia. Cada vez que apretaba un punto sensible, a Ivo se le escapaba un quejido y los músculos del abdomen se le tensaban.

—Aquí, ¿te duele? —preguntaba Damián, rozando apenas la zona—. ¿Y aquí?

—Un poco menos —contestaba Ivo entre dientes, con la vista clavada en el ventilador del techo para no mirar lo que su amigo le estaba haciendo.

—Respira hondo —murmuró su amigo—. No tienes nada roto. Solo inflamación.

Lo que ninguno de los dos dijo en voz alta fue lo que pasó después: que entre tanto roce y tanta atención, sin pretenderlo, a Ivo se le empezó a poner dura. Damián lo notó y se apartó un poco, fingiendo que iba a buscar algo.

—Voy por hielo —dijo.

Volvió enseguida con una bolsa y la apoyó contra los testículos hinchados. Ivo dejó escapar un gemido agudo cuando el frío le mordió la piel.

—Joder, qué frío —se quejó, retorciéndose.

Damián seguía mirando. Observaba cómo, con el hielo, aquel sexo volvía a encogerse poco a poco, y no apartaba la vista. Ivo se dio cuenta y sintió que las orejas le ardían.

—No me mires tanto, que me da corte —protestó.

—Lo mejor para que baje la hinchazón —dijo Damián de pronto, con una calma estudiada— es que te corras. Necesitas vaciar los testículos.

—Ya, claro. Menudo cuento te has montado —replicó Ivo, medio riéndose.

—Va en serio. Es por tus pelotas, no por otra cosa. —Damián se humedeció los labios—. Puedo echarte una mano. Para eso estamos, ¿no? Nos conocemos de toda la vida.

Ivo entendía perfectamente lo que su amigo estaba proponiendo. Ninguno de los dos lo había dicho nunca con todas las letras, pero ambos sabían que les gustaban los hombres tanto o más que las mujeres. La cara de Damián lo decía todo. Y después de un silencio largo, en el que el ventilador del techo giraba sin enfriar nada, Ivo asintió.

—Vale. Pero tú a lo tuyo.

***

Bien colocado contra las almohadas, Ivo empezó a sentir las caricias de su amigo. Damián se había quitado la ropa sin que se lo pidiera, y ahí estaba la diferencia: él sí estaba bien dotado. Una polla larga, gruesa, recta, con las venas marcadas, y debajo dos testículos pesados que parecían cargados desde hacía días. Se había depilado entero, y la piel lisa hacía que todo pareciera aún más grande.

Damián cerró la mano alrededor del sexo de Ivo y empezó a masturbarlo despacio. Al principio fue solo un cosquilleo, pero el cuerpo de Ivo respondió por su cuenta: se fue endureciendo, recuperando lo que la vergüenza y el hielo le habían quitado. Pronto empezó a gemir, a levantar las caderas, a empujarse contra la mano de su amigo.

—Joder —jadeaba, moviendo la pelvis, follándose el puño de Damián.

Apenas duró un minuto. Se corrió con un espasmo largo y cayó rendido sobre la cama, sin aliento. Damián chasqueó la lengua.

—Has aguantado nada —dijo, limpiándose la mano sin prisa—. Anda, ven, que te voy a enseñar lo que es estar con un tío de verdad.

Ivo no protestó. Nunca había sido el que mandaba en estas situaciones, y aquello no iba a ser distinto. Se incorporó, se arrodilló en el borde de la cama y, sin que Damián tuviera que pedírselo dos veces, se metió aquella polla en la boca. Casi no le cabía de lo gruesa que era. La lengua le resbalaba por el glande, la saliva le caía por la barbilla, y Damián, con una mano en su nuca, marcaba el ritmo.

—Así, sin dientes —ordenaba en voz baja—. Despacio. Eso es.

Damián se sentía por encima de él en todos los sentidos, aunque Ivo le sacara casi una cabeza de pie. Le gustaba mandar, y a Ivo le gustaba que lo mandaran; el reparto de papeles estaba claro desde el primer minuto.

***

Unos minutos más de aquello y Damián lo colocó a cuatro patas en mitad del colchón. Ivo todavía tenía el sabor de la polla en la boca cuando sintió las manos de su amigo separándole las nalgas, preparándolo con calma, con un dedo primero, con paciencia después. No quería hacerle daño, solo quería entrar.

Y cuando entró, lo hizo más fácil de lo que Ivo esperaba. Los dos gimieron a la vez, pero el de Ivo fue más largo, más incrédulo, como si no terminara de creerse que aquello cupiera entero dentro de él.

—Relájate —le dijo Damián, agarrándolo de las caderas—. Ya está. Lo tienes todo dentro.

Empezó a moverse despacio, ganando confianza con cada embestida, hasta que el ritmo se volvió firme, constante, profundo. Los testículos de Damián golpeaban contra el cuerpo de Ivo, que apretaba las sábanas entre los dedos y gemía contra la almohada. Duró así un buen rato, mucho más que Ivo en su turno, hasta que el placer se le hizo insoportable.

—No aguanto más —gruñó Damián, hundiéndose hasta el fondo.

Y se corrió dentro, con un temblor que le recorrió toda la espalda. Se quedó quieto unos segundos, respirando hondo, y luego salió despacio.

—Para que aprendas —dijo, dándole una palmada en la nalga antes de apartarse.

Para rematar la humillación, Damián cogió una regla de la mesa y midió ambos sexos, el suyo y el de su amigo. Incluso en reposo, el de Damián era claramente mayor.

—Espero que hayas aprendido algo —se burló, sujetándose la base de la polla y dándole con ella un golpecito en la mejilla a Ivo, que sonreía como un tonto, todavía aturdido.

—Algo he aprendido —admitió Ivo, riéndose.

***

Pasaron unos días sin que ninguno mencionara lo ocurrido. Hacían como si nada, comían juntos, veían series tirados en el sofá, y la tarde se les iba entre cervezas y silencios cómplices. Pero algo había cambiado entre los dos. Ivo se sorprendía a sí mismo mirándole las manos a Damián mientras hablaban, recordando cómo se habían sentido sobre su piel, y notaba que su amigo también lo observaba más de la cuenta cuando creía que no se daba cuenta.

Por las noches, a solas en la habitación de invitados, Ivo no dejaba de darle vueltas. No debería haberme gustado tanto, pensaba, y sin embargo volvía una y otra vez al mismo recuerdo. La diferencia de tamaño, la voz grave dándole órdenes, esa sensación de no tener que decidir nada y dejarse llevar. Le costaba reconocerlo incluso en su cabeza, pero quería más.

Hasta que una tarde de bochorno, con el aire pesado y el cielo blanco de calor, Ivo volvió al chalet para darse un baño en la piscina.

Damián ya estaba dentro del agua, sin bañador, dejando que su sexo flotara a su antojo. Ivo se desnudó también y se metió. La diferencia entre los dos era tan evidente que casi daba risa, y los dos lo sabían sin necesidad de decirlo.

Estuvieron un rato flotando, salpicándose, hablando de cualquier cosa. Y entonces, sin previo aviso, Ivo salió por la escalerilla, se apoyó en el bordillo y se puso a cuatro patas sobre las baldosas calientes.

—Me vuelven a doler los huevos —dijo, mirando por encima del hombro con una media sonrisa—. A ver si me los vacías otra vez.

La cara de Damián cambió por completo. No hizo falta más. Salió del agua chorreando, ya empalmado, listo para volver a entrar en ese mismo sitio.

—Claro —dijo, acercándose despacio—. Para eso están los amigos.

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Comentarios (4)

Nocturno44

tremendo relato, te engancha desde el primer parrafo y no lo podés soltar

SebasNoche

por favor seguila! me quedé justo en el punto mas interesante jajaja necesito saber cómo termina

GabrielMR

Hay algo en esos momentos de tension con un amigo donde uno no sabe bien qué esta pasando ni hacia donde va... esto lo captura perfecto. muy bien narrado.

CuenteroBA

Me gusto mucho como lo contaste, sin apuro, dejando que la historia respire sola. Eso es lo que separa los buenos relatos de los mediocres.

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