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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la camilla con el kinesiólogo nuevo

Siempre me apasionó el fútbol. Verlo, escucharlo en la radio del auto, jugarlo los sábados con los muchachos del barrio. Pero una lesión vieja en la rodilla derecha y la lenta convalecencia que vino después me terminaron alejando de las canchas. Empecé a inventar excusas cuando me llamaban para un partido, a decir que tenía cosas pendientes en el laburo, a poner el cuerpo en otras prioridades. A cierta edad uno aprende a cuidar la herramienta de trabajo y deja de exponerse por el simple gusto de correr detrás de una pelota.

Llevaba casi tres años sin pisar el césped cuando, en un cumpleaños de un compañero de la oficina, me arrastraron a un fútbol siete con asado de por medio. Faltaba uno, quedaban impares, no había manera de zafar. Acepté disimulando entusiasmo, aunque por dentro me moría por volver a jugar, con la única condición de quedarme parado bajo los tres palos. Durante la primera hora todo fue bárbaro: gritos, gambetas torpes, jugadas de muñeca quebrada, ese tipo de cosas que pasan en un picadito entre amigos. Hasta que en una pelota dividida me tiré como un arquero de handball, abrí las piernas más de lo que mi cuerpo recordaba, y sentí ese ruido sordo en el aductor izquierdo, como si me hubieran clavado un alfiler caliente.

Al día siguiente la ecografía confirmó lo que ya sabía: rotura parcial de fibras, mínimo tres semanas de rehabilitación, fisioterapia tres veces por semana. Llamé a Ricardo, mi kinesiólogo de toda la vida, el tipo que me había recuperado de la operación de menisco años atrás. Pero los únicos turnos que tenía libres eran a las once de la mañana, una franja imposible para alguien que arranca a trabajar a las nueve y termina a las siete. Me ofreció pasarme con un colega que recién había sumado al consultorio, un chico joven que cubría los últimos turnos de la tarde. «Es buen pibe, Tomás. Recibido hace poco pero con manos. Te va a atender bien», me aseguró.

Tomás resultó ser exactamente como Ricardo lo había descrito. Alto, espigado, de un rubio casi escandinavo, ojos celestes y una piel tan blanca que se le notaba la sombra azulada de la barba apenas afeitada. Tenía esa pinta de pibe lindo que sabe que lo es, y se manejaba con una soltura desfachatada en el consultorio, hablándole de igual a igual a los pacientes mayores, tirando bromas con las secretarias, dándole órdenes al becario como si llevara veinte años en la profesión. Conmigo enganchó al toque. Yo era el último turno de la noche y, cuando ya no quedaba nadie más en la sala de espera, el consultorio se relajaba: bajaba la música, se aflojaban las formalidades, las conversaciones se volvían más largas y más libres.

El protocolo era siempre el mismo. Primero me sentaba con el equipo de electroestimulación pegado al aductor, esos veinte minutos en los que uno no puede hacer mucho más que mirar el techo y dejar que las contracciones eléctricas hagan lo suyo. Después venía el ultrasonido, frío, lento, deslizándose con el gel sobre la zona afectada. Y al final, el masaje: ahí Tomás se tomaba su tiempo, trabajaba con los nudillos, con los pulgares, abría las fibras musculares con una técnica que tenía algo de quirúrgico y algo de tierno. Mientras tanto, hablábamos. Y siempre, sin excepción, la charla terminaba derivando en mujeres, salidas, levantes, anécdotas de boliche.

—¿Vos sos de salir mucho? —me preguntó una noche, mientras me trabajaba la pierna con el codo.

—Antes sí. Ahora menos. La edad, el laburo, todo eso.

—Lástima. Tenés cara de haber sido jodido en tu momento. ¿Cuántas minas por mes te cogías cuando estabas en tu prime?

Me reí, medio incómodo por lo directo de la pregunta. Tomás también se rió, pero sin sacarme los ojos de encima. Había algo en la forma en que sostenía la mirada un segundo de más, en cómo bajaba la voz cuando hablábamos de ciertas cosas, que yo registraba sin terminar de procesar. Lo archivaba en la categoría de «este pibe es así, descontracturado, no significa nada». O eso me decía a mí mismo.

***

La penúltima sesión fue la que cambió todo. Llegué con un calor insoportable, el aire del consultorio funcionando a media máquina, y me había puesto un pantalón corto deportivo de esos que tienen la calza incorporada por dentro. Cuando llegó la hora del masaje, Tomás me pidió que me sacara la calza para poder trabajar bien la zona, sin telas que se interpusieran.

—No puedo, es una sola pieza. La calza está cosida al pantalón.

Levantó una ceja, hizo una pausa de un segundo y soltó, con una sonrisa torcida

—Entonces quedate en bolas. Tenés la toalla ahí. Tampoco es nada que no haya visto.

Lo dijo con la naturalidad de quien pide un café. Me saqué el pantalón, me tiré boca arriba en la camilla, me cubrí desde la cintura con la toalla blanca y traté de mirar el techo como si esto fuera una cuestión perfectamente médica. Tomás se acomodó el banquito a la altura de mi cadera, calentó un poco de aceite entre las palmas y empezó a trabajar el aductor.

Los primeros minutos fueron iguales a siempre. Presión profunda en la zona de la lesión, pequeños roces en la parte interna del muslo, esa cercanía con los genitales que en cualquier masaje deportivo es inevitable. Pero algo había cambiado en el ritmo. Sus manos se demoraban más cerca de la ingle. Subían unos centímetros, bajaban, volvían a subir. Yo intentaba concentrarme en otra cosa, en cualquier cosa, en la lista de pendientes del trabajo, en las cuentas del mes. No funcionaba.

Esto no es un masaje normal.

Mi cuerpo entendió la situación antes que mi cabeza. Mi pija, que por costumbre descansa siempre apoyada sobre la pierna izquierda, empezó a llenarse de sangre con una velocidad que no podía disimular. La sentí engordar contra el muslo, palpitar, ir ganando peso y largo bajo la toalla, formando un bulto cada vez más obsceno que ningún trapo iba a poder disfrazar. Tomás se dio cuenta de inmediato. No paró el masaje, no se hizo el desentendido. Hizo lo contrario. Levantó apenas la toalla, miró sin ningún disimulo, se demoró en lo que vio, y dijo con una voz impostada, juguetona, que no había usado nunca antes conmigo.

—Uy, esta dormilona acá me está estorbando. La vamos a mover, ¿sí?

Y antes de que yo pudiera procesar lo que estaba pasando, me tomó la verga con la punta de los dedos, con una delicadeza casi cómica, y la cambió de lado, apoyándola sobre la pierna derecha. Mantuvo el contacto un segundo más de lo necesario. Después otro segundo. Después otro. Los dedos se le fueron cerrando alrededor de la base, sin apretar, midiéndome, pesándome en la mano.

—Mirá qué linda pija tenés, boludo. Y encima gruesa. Parece que alguien se está despertando.

Yo no dije nada. No podía. Todo lo que se me ocurría sonaba ridículo: «pará», «qué hacés», «esto está mal». Pero ninguna de esas palabras representaba lo que de verdad estaba sintiendo. Lo que sentía era una mezcla de incredulidad, de excitación pura, y de una curiosidad que jamás me había permitido explorar. Tomás siguió. Sus dedos abandonaron toda pretensión clínica y empezaron a recorrerme con una intención inequívoca. Cerró el puño sobre la verga y empezó a masturbarme despacio, largas pajas de arriba abajo, bajando el prepucio hasta descubrirme del todo el glande y volviéndolo a subir con un giro de muñeca. Con la otra mano me tomó los huevos, me los pesó, me los amasó suavecito, tironeó de la piel de la bolsa con dos dedos, jugó con ellos como si fueran una fruta madura.

—Quedate quieto, dale. Esto también es parte del tratamiento. Se te va a poner más dura todavía, vas a ver.

Lo dijo riéndose, sin dejar de mover la mano. Yo cerré los ojos. Sentía la presión perfecta del puño, el aceite deslizándose, la palma tibia que me daba vuelta el glande con cada subida. Se me escapó un gemido ronco, apenas un ruido de garganta, y Tomás lo escuchó y aceleró un poco, como premiándome. El consultorio estaba en silencio, no se escuchaba ni un ruido en el pasillo, las puertas ya estaban cerradas, las luces de la recepción apagadas. Estábamos solos. Completamente solos. Y mi cuerpo había tomado una decisión que mi cabeza estaba tardando en autorizar.

—Mirame —me dijo bajito.

Abrí los ojos. Estaba inclinado sobre mí, con la mano trabajándome el pito a un ritmo constante, la mirada clavada en mi cara, buscando cada mueca, cada respiración cortada. Bajó la vista otra vez hacia mi verga, se relamió los labios sin ningún pudor, y con el pulgar me esparció la primera gota de preseminal por todo el glande, dándole vueltas, lubricando la punta hinchada hasta dejarla brillante.

***

Cuando aparecieron más gotas de líquido preseminal, Tomás soltó un «permiso» casi imperceptible y se inclinó sobre la camilla. Sentí su aliento primero, caliente, húmedo, deteniéndose sobre el glande unos segundos que se hicieron eternos. Después el contacto tibio de sus labios en la punta, un beso apenas, una lamida circular alrededor de la corona, y enseguida toda mi verga desapareció dentro de su boca de una sola vez, hasta el fondo. La sensación fue tan intensa que tuve que morderme el dorso de la mano para no soltar un ruido que se escuchara desde el pasillo. Su nariz me tocaba el bajo vientre, la garganta se le abría para recibirme entera, y sentí las contracciones del fondo del cuello apretándome la cabeza de la pija como si me la estuvieran ordeñando.

Empezó a subir y bajar con un ritmo lento, obsceno, dejando que un hilo de saliva le chorreara por la comisura hasta mis huevos. Su lengua trabajaba con una técnica que no se aprende en un fin de semana: subía despacio pegada a la vena de abajo, se demoraba en la punta hurgando con la punta de la lengua en el agujerito, bajaba de golpe hasta el fondo, se desviaba para chuparme uno y otro testículo con la boca entera, sacando ruidos húmedos, y volvía a tragarme entero. Cuando la sacaba del todo, se quedaba un segundo mirándomela, gruesa, brillante de saliva, y la escupía con ganas antes de volvér a metérsela hasta las bolas.

—Qué rica que la tenés —murmuró con la boca llena, sin sacársela del todo—. Cogéme la boca. Dale, mové la cadera, cogéme la boca como si fuera un coño.

La orden me pegó en algún lugar que no sabía que existía. Empecé a moverme sin pensar, empujándole la cara contra mi ingle, sintiendo cómo la garganta se le abría para bancármela hasta el fondo. Él dejaba hacer, con las dos manos apoyadas en la camilla, ofreciéndome la boca como una cavidad más, agarrando aire por la nariz entre embestida y embestida. Cuando le apreté un poco la nuca para hundirlo del todo, se dejó, y hasta gimió con la pija atragantada, y ese gemido me subió una vibración por todo el eje.

En algún momento se enderezó, me sacó la verga de la boca con un chasquido y me miró desde arriba, con los labios hinchados y un hilo de baba colgando del mentón.

—Escupí —le dije, sin reconocer del todo mi propia voz.

Sonrió. Escupió un buen chorro sobre la cabeza de la pija, lo esparció con la palma, y volvió a bajar. Ahora me la trabajaba con las dos manos y la boca a la vez: una mano en la base haciéndome pajas cortas mientras me chupaba la cabeza, la otra mano metida entre mis piernas jugándome con los huevos, apretándolos, tironeándolos hacia abajo cada vez que me sentía cerca. Se metió los dos huevos en la boca al mismo tiempo, sosteniendo la base del pene con la mano, y empezó a hacer un movimiento de cabeza zigzagueante que mandaba ondas eléctricas hasta la base del cráneo, mientras me masturbaba con el puño rápido, apretado, brillante de saliva.

Yo había perdido por completo la noción del tiempo. Podía haber pasado un minuto, podían haber pasado quince. Mi mano izquierda se agarraba al borde de la camilla con tanta fuerza que me dolía la muñeca. La derecha terminó sin querer sobre su nuca, no para empujarlo, sino para confirmar que esto estaba pasando, que no me lo estaba imaginando, que ese era de verdad el pelo rubio del kinesiólogo apoyado contra mi vientre. Le agarré un mechón, se lo tironeé un poco, y él respondió gimiendo con la boca llena y hundiéndose más profundo.

—Me vas a hacer acabar —logré decir, con la voz apretada.

Sacó la pija un segundo, con un ruido de succión, y me miró con esa sonrisa torcida, los ojos celestes brillando en la penumbra del consultorio.

—Acabame en la boca. Dale, acabame en la boca, papá. Quiero tragarme todo.

Y volvió a metérsela hasta el fondo. Ya no había ritmo lento, ni pausas, ni juego. Era succión pura, rápida, la mano acompañando en la base, la garganta abriéndose y cerrándose alrededor del glande a cada bajada. La otra mano me apretó los huevos con firmeza, y sentí cómo se me disparaba el orgasmo desde la base de la columna.

—Tomás… —alcancé a decir, como una advertencia.

No paró. Al contrario. Aceleró. Apretó. Me tragó hasta el fondo y se quedó ahí, sin moverse, la nariz aplastada contra mi vientre, mientras yo explotaba en su garganta con una intensidad que me dejó la cabeza vibrando. Fue una eyaculación larga, profunda, chorro tras chorro de leche disparándose contra el fondo de su boca, con esa contracción de los músculos del abdomen que solamente conseguís cuando algo te toma totalmente por sorpresa. Sentí cada latigazo bajar por la uretra, sentí cómo él tragaba, cómo la garganta se le movía alrededor de la punta apretándome, sacándome hasta la última gota. Cuatro, cinco, seis chorros que se comió sin perder ni uno.

Se quedó quieto unos segundos, esperando que terminara, y después, sin separarse, fue subiendo despacio hasta soltarme el glande con un beso húmedo. Se pasó la lengua por los labios, tragó lo que le quedaba en la boca haciendo un ruidito exagerado, casi burlón, y después se agachó otra vez y fue limpiando todo con la lengua, pasajes lentos y minuciosos por el pene, por los huevos, por la ingle, recogiendo cada resto de semen y saliva como si estuviera lamiendo un helado que no quisiera desperdiciar. Cuando encontró una gota olvidada en la piel del bajo vientre, la levantó con la punta de la lengua y me la mostró antes de tragársela.

—No dejamos nada, boludo. Toda para adentro.

Cuando finalmente se enderezó, se pasó el dorso de la mano por la boca y me miró desde arriba, con esa misma sonrisa torcida del principio, como si lo que acababa de pasar fuera un detalle más del tratamiento. Tenía el pantalón del ambo levantado por delante, un bulto propio muy evidente, pero no dijo nada al respecto.

—Muy bien la sesión de hoy —dijo, levantándose para tirar la toalla en el cesto de la ropa sucia—. Te quedan dos más, ¿verdad? El lunes nos vemos. La próxima te toca a vos devolver la gentileza, ¿eh?

Lo dijo guiñándome un ojo, como si fuera una broma, pero los dos sabíamos que no. No supe qué contestar. Asentí con la cabeza, me senté lentamente en la camilla, esperé a que se diera vuelta para empezar a vestirme. Me temblaban las piernas, pero no por la lesión. Salí del consultorio con la sensación de que algo dentro mío se había abierto, una puerta que llevaba años cerrada con candado y que de pronto no había manera de volver a cerrar.

En el ascensor me miré en el espejo. Tenía la cara colorada, los ojos brillantes, la mirada de alguien que acaba de descubrir un secreto sobre sí mismo. Mientras bajaba a la calle pensé en la próxima sesión. Pensé en la otra. Pensé en todos los lunes, miércoles y viernes que todavía me quedaban por delante. Pensé en la boca de Tomás, en su lengua, en el bulto que se le marcaba en el pantalón del ambo, y en la deuda pendiente que había quedado flotando en el aire. Y por primera vez en años, sentí algo parecido a la ansiedad de un adolescente esperando un sábado a la noche.

Todavía me quedaban dos sesiones para terminar la rehabilitación. Dos. Y ya estaba contando las horas.

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Comentarios(10)

Facundo_GBA

excelente relato, me quede pegado hasta el final!!!

Melina_lectora

Por favor contá mas, quedé con muchisimas ganas de saber como siguió todo jajaja

TinoRomero

Se nota que es real, tiene esos detalles que uno no inventa. Muy bien narrado.

Marcos_99

jaja el kinesiologo nuevo seguro tiene la agenda llena ahora

OficinaSecreta

Me pregunto si volviste a sacar turno con el mismo... porque yo en tu lugar no hubiera dudado ni un segundo

LolaMdQ

Increible como estas cosas pasan en la vida real. Muy bueno!!!

RobertoC_78

Buenisimo. Esas situaciones inesperadas son las mejores, uno empieza a leer y no puede parar. Me encanto la forma en que lo fuiste contando sin apresurarte, se siente autentico.

ValeriaB_71

Muy bien escrito, sin vulgaridades pero igual muy caliente. Eso es lo que diferencia un buen relato de uno ordinario.

ElPibe_leo

Queremos segunda parte!!! como termino todo???

NickyLect

me recordo a una situacion parecida que tuve en un masajista... otra historia jaja. Buen relato

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