Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi instructor llegó cuando estaba con su hermana

Me llamo Mateo y todavía me pregunto cómo terminé esa noche entre dos cuerpos que nunca había imaginado juntos. Hacía un par de meses que me había inscrito en un gimnasio nuevo del barrio, uno de esos lugares con espejos hasta el techo y música electrónica a todas horas. El primer día me asignaron entrenador y, sin saberlo, ahí empezó todo.

Diego tenía unos treinta y tantos, hombros anchos y una manera de mirarme que al principio confundí con simple atención profesional. Las rutinas eran exigentes, pero entre serie y serie hablábamos de cosas que no tenían nada que ver con el gimnasio. A las pocas semanas, después de una sesión particularmente pesada, me quedé con él hasta tarde en la sala de pesas. Aquella tarde pasó lo que tenía que pasar, en un rincón apartado del vestuario, con la puerta cerrada y las luces casi apagadas. Fue rápido, intenso y silencioso. Nadie más lo supo.

Lo que vino después tampoco lo esperaba.

Una mañana, mientras hacía mi rutina solo, la vi. Estaba en la zona de glúteos, con ropa deportiva guinda y haciendo sentadillas búlgaras con un peso que la mayoría de los hombres del gimnasio no se atrevían a tocar. Cada repetición era una obra de ingeniería. Yo, que se suponía debía estar concentrado en mi propio entrenamiento, no podía dejar de mirar el ángulo exacto en que se le marcaban los muslos cuando bajaba.

Se llamaba Camila, según el cartelito que tenía pegado en su botella. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta y una camiseta corta que dejaba ver una franja de piel cada vez que se inclinaba. Tardé tres días en juntar el valor para acercarme.

—¿Tienes planes después del entrenamiento? —le dije, intentando que no se notara que llevaba esa frase ensayada desde las siete de la mañana.

Ella se rio sin contestar enseguida, se secó la frente con la toalla y me miró de arriba abajo.

—Depende. ¿Qué propones?

—Una copa. Aquí cerca.

Asintió como si la idea le hubiera pasado por la cabeza antes que a mí. Quedamos en encontrarnos en la salida.

Mientras yo terminaba de cambiarme, la vi salir de los vestuarios con el pelo todavía mojado y una sudadera fina. Olía a champú de coco y a algo más, algo que me hizo apretar el paso. Llevaba unas mallas guinda que parecían pintadas y unos tenis blancos impecables. Caminamos hasta un bar a tres cuadras del gimnasio, uno que yo conocía bien porque tenía habitaciones en el piso de arriba.

Pedimos dos mojitos. Después dos más. Hablamos de tonterías al principio, de rutinas y de gente del gimnasio, pero cuando ella empezó a apoyar la mano en mi muslo bajo la mesa supe que las conversaciones triviales se habían terminado. Me incliné y la besé sin pedir permiso. Sabía a hierbabuena y a algo más caliente debajo.

—¿Subimos? —pregunté.

—Pensé que no ibas a preguntar.

Me levanté con cuidado de no llamar demasiado la atención, aunque la erección era difícil de disimular bajo el short de licra que llevaba puesto. La recepcionista nos miró con una sonrisa cómplice cuando pedí la habitación. Le pagué en efectivo, evité su mirada y subimos por la escalera del fondo.

***

En cuanto cerré la puerta de la habitación, Camila se quitó la sudadera. Debajo llevaba un top deportivo que apenas contenía lo que tenía que contener. La empujé suavemente contra el tocador del fondo y le bajé la cremallera de las mallas. Ella reía bajito, mordiéndose el labio, mientras me ayudaba a quitármelo todo.

—Me dejaste mirándote toda la sesión —le dije al oído.

—Lo sé. Por eso me quedé.

La levanté sobre el mueble, le besé el cuello, le bajé el top. Tenía los pezones duros antes de que mis labios los rozaran. Mientras le besaba el pecho, le metía la mano dentro de la ropa interior. Estaba completamente mojada. Llevaba unos cacheteros de algodón negro que me costó quitar porque no quería soltarla. Cuando por fin se quedó desnuda sobre el tocador, me arrodillé entre sus piernas.

—Mírame —me pidió.

La miré mientras le pasaba la lengua despacio, primero por todo el largo, después concentrándome en el clítoris con la presión que iba pidiendo su respiración. No tardó mucho. Apretó las piernas alrededor de mi cabeza y dejó escapar un gemido grave, casi enojado, como si el orgasmo le hubiera robado algo que pensaba defender.

—Carajo —dijo cuando volvió a abrir los ojos—. Te quería decir algo elegante y se me olvidó.

Me levanté y la cargué hasta la cama. La recosté boca arriba, le abrí las piernas y la miré un segundo más, solo para grabar la imagen. Ella tomó mi verga con una mano y la guio hasta su entrada. Empujé despacio, sintiendo cómo me apretaba, y cuando estuve dentro hasta el fondo le dije que no tenía condón.

—Avísame cuando estés cerca —contestó—. Ya pensaremos.

Empecé a moverme. Lento al principio, después con más ritmo, atento a cada respuesta de su cuerpo. La oía gemir, repetir cosas que no terminaba, agarrarme la espalda con las uñas. Cambiamos de posición. La puse boca abajo y la levanté de las caderas. Volví a lamerla un momento en esa postura, solo para escucharla maldecir, y después la penetré de un solo movimiento. Ella se arqueó.

—Otra vez me vas a hacer venir —murmuró contra la almohada.

Estuve a punto de contestarle. No alcancé.

***

Lo primero que sentí fue una lengua en mi nalga.

Por un segundo pensé que el placer me había mandado señales raras al cerebro. Después sentí el aire de alguien respirando justo detrás de mí y unas manos en mis caderas. Me quedé inmóvil, todavía dentro de Camila, sin saber si voltear.

—Sigue, no pares —dijo una voz que conocía perfectamente.

Giré la cabeza. Diego estaba arrodillado detrás de mí, completamente desnudo, con la verga erecta y una sonrisa que no era de sorpresa. No era casualidad. No podía serlo.

—Qué rico te estás cogiendo a mi hermana —dijo bajito, casi al oído.

Tardé tres segundos en procesar la palabra «hermana». Camila levantó la mirada por encima del hombro y, lejos de asustarse, sonrió. Una sonrisa de complicidad antigua, de algo que ellos dos habían hablado antes.

—Diego siempre llega tarde —dijo ella, sin moverse.

—Llegué a tiempo —contestó él.

Esto está pasando. Esto está pasando de verdad.

No supe qué hacer con el shock, pero el cuerpo respondió antes que la cabeza. Diego me lamió la nalga otra vez, después subió hasta la base de la espalda y volvió a bajar. Sentí un dedo, frío de saliva, abriéndose paso. Cerré los ojos. Camila empujó las caderas hacia atrás para recordarme que seguía ahí.

—No te pares por mí —dijo él—. Solo me sumo.

Volví a moverme dentro de ella mientras Diego me preparaba con los dedos. Camila ya había llegado dos veces y empezaba a llegar a la tercera. Sus gemidos se mezclaban con la respiración de él, que se inclinaba sobre mi espalda y me besaba la nuca como si fuéramos un solo cuerpo enroscado en tres.

Cuando sentí su verga contra mí, me tensé un segundo. Diego se quedó quieto, esperando. Después empujó muy despacio, con paciencia, hasta entrar. Yo seguía dentro de ella. Ellos dos llevaban el ritmo, él detrás, ella debajo, y yo en medio, sin saber qué músculo apretar, sin saber a quién mirar.

Estuvimos así un tiempo largo. No sabría decir cuánto. El reloj no existía en esa habitación.

***

—Mateo, me voy a venir —dijo Camila.

—Yo también —contesté entre dientes.

—Adentro. Quiero sentirlo.

Iba a salirme. Iba a hacer lo prudente. Pero ella me jaló de las caderas con una fuerza que no esperaba y me terminé hundiendo del todo en el mismo momento en que el orgasmo me alcanzaba. Sentí cómo se apretaba alrededor de mí, cómo Diego me empujaba desde atrás con un ritmo cada vez más errático, cómo todo se volvía un solo temblor.

Grité. No por elegancia. Grité porque no me dio el cuerpo para otra cosa.

Cuando me zafé de Camila, salió un chorro de semen que me sorprendió por la cantidad. Ella se quedó tendida, las piernas abiertas, la respiración entrecortada. Diego, todavía detrás de mí, me sostuvo de la cintura, me hizo inclinarme hacia adelante y me dijo:

—Termínasela.

Me dejé llevar. Bajé la cabeza, le abrí los muslos a Camila y empecé a lamerla otra vez, mezclando todo lo que ella tenía dentro con la nueva ronda de orgasmos que la atravesaba. Era una sensación rara y eléctrica que no había probado antes, y que no sé si volveré a probar.

Diego seguía detrás de mí, todavía duro, cuando lo sentí venirse. No alcanzó a entrar otra vez. Se salió a último momento y terminó sobre mi espalda baja, sujetándome con las dos manos. Después se dejó caer hacia adelante y me besó el hombro, despacio, como si quisiera dar las gracias.

Los tres acabamos derrumbados en la cama. Camila boca arriba, yo a su lado, Diego cruzado encima de mis piernas. Nadie habló durante un buen rato. Solo el aire acondicionado y la respiración que iba volviendo a la normalidad.

—Esto no estaba planeado —dije al fin, aunque no me lo creí ni yo.

Camila se rio. Diego también.

—Más o menos —contestó él.

—¿La recepcionista? —pregunté.

—Mi prima —dijo Camila.

Cerré los ojos. No había con qué responder a eso.

***

Volvimos al gimnasio dos días después, cada uno por su lado. Camila me saludó con un asentimiento mínimo, como si fuéramos dos personas que apenas se conocen. Diego me corrigió la postura en el press de banca como cualquier otro día, sin un solo cambio en la voz. Si alguien nos hubiera observado, no habría notado nada.

Pero esa misma tarde me llegó un mensaje suyo, sin texto, solo una foto de la llave de una habitación. Y un par de minutos después, otro mensaje de Camila con la misma foto.

Todavía no he decidido si voy a contestar. Aunque por dentro ya sé que sí.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.