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Relatos Ardientes

El mecánico que vino tras mi pelea con mi suegro

Hola a quienes me siguen desde hace tiempo y bienvenidos los que abren uno de mis relatos por primera vez. Perdón por la ausencia de estas últimas semanas; he tenido la cabeza en mil partes y poco tiempo para sentarme a contar lo que me pasa. Pero lo de la semana pasada no podía dejarlo guardado, y necesito sacármelo de adentro.

Los que me leen seguido ya saben que llevo un tiempo descubriéndome con hombres mayores que yo y que, desde hace meses, soy la amante regular del padre de mi novia. Lo nuestro funcionaba bien: discreto, intenso, sin promesas raras ni futuro. Hasta que tuvimos una discusión absurda en un motel de la salida sur y terminé caminando hasta el carro con los tacones colgando de la mano, la peluca rubia arrugada dentro del bolso y dos condones sin estrenar en el bolsillo del abrigo.

Al día siguiente seguía con la mandíbula apretada y un humor de perros. Pero la vida no espera. Me vestí de varón, como hago casi todos los días, y bajé al estacionamiento del edificio dispuesto a llegar a tiempo al trabajo. Lo primero que noté fue la llanta trasera del lado del conductor, baja, pegada al asfalto como un balón pinchado. Yo de mecánica no sé nada — ni cambiar una bujía — así que toqué la puerta del vecino del 3B, don Esteban, que siempre anda con grasa en las uñas. Me pasó el número de un tal Ramiro y le pidió por mensaje que me atendiera de su parte. Es de confianza, joven, no se preocupe, me aseguró.

Ramiro llamó a los diez minutos. Voz grave, modos directos, ese acento norteño que suaviza las eses. Me dijo que en media hora estaba en la puerta del edificio y cumplió. Cuando bajé a recibirlo, lo primero que pensé fue que era más grande de lo que sugería su voz: alto, ancho, con una camisa azul de mecánico abierta hasta el segundo botón y el cuello bronceado de quien pasa la vida bajo el sol. Algo pasado de peso, sí, pero con esa solidez de los hombres que cargan motores todo el día y no se preocupan por verse en el espejo. Me dio la mano con firmeza y se inclinó a revisar la rueda sin perder tiempo.

—Tiene un clavo, joven. Hay que llevarla al taller —dijo, sacudiéndose el polvo del pantalón.

—Lo que usted diga, jefe.

Sacó la rueda con una facilidad que me hizo sonreír, la cargó él solo hasta la batea de su camioneta y me invitó a subir. El taller quedaba al otro lado de la ciudad, en una zona de bodegas y tortillerías de Guadalajara, lejos de mi colonia. En el camino fuimos cayendo en bromas. Tiene esa virtud de hacer reír sin proponérselo, soltando ocurrencias con cara de palo. Yo lo escuchaba apoyado contra la puerta, mirándolo de reojo, y por primera vez en veinticuatro horas me olvidé del berrinche con mi suegro.

Si supiera este hombre por qué amanecí de tan mal humor, pensé.

En el taller me presentó a sus muchachos. Tres tipos jóvenes, manchados de aceite, que se cuadraron al verlo entrar. Ramiro tenía esa autoridad natural de quien manda sin tener que levantar la voz. Mientras parchaban mi llanta, me ofreció un refresco y me senté en una banca a observar el movimiento. Entre los mecánicos circulaba ese humor tosco, lleno de albures, que tanto me gusta. Se daban nalgadas con la palma abierta, se arrimaban la entrepierna por la espalda como saludo, bromeaban con haberse cogido los unos a los otros. Yo me reía bajito, calculando, midiendo el terreno.

—Con esos labios, este cabrón la mama bien rico —dijo Ramiro de pronto, señalando con la barbilla a uno de sus muchachos.

El aludido le hizo una seña con el dedo medio y todos se cagaron de la risa. Yo también, pero con una segunda intención clavada entre las costillas.

—No te creas, jefe —le contesté en voz alta—. A lo mejor con esa boca lo único que sabe es comer pozole.

—¿A poco tú sí sabes de eso? —me devolvió Ramiro, mirándome distinto por primera vez.

—Yo sé de muchas cosas.

Él se rio sin contestar y se dio media vuelta hacia la prensa. Pero algo se había movido. Lo supe por la manera en que evitó mirarme durante los siguientes minutos, por cómo se concentró de más en revisar una tuerca que no necesitaba revisión.

***

Mi llanta quedó lista, la cargó otra vez en la batea y volvimos al edificio. En el regreso seguimos hablando, ahora de mujeres. De las clientas guapas que pasaban por su taller, de los senos de la cajera del Oxxo de la esquina, del culo de no sé quién que se fugó con un primo. Yo iba metiendo cuña: comentaba con detalle, con conocimiento, como si yo también me hubiera comido a aquellas mujeres. Y de paso le contaba que llevaba meses sin pareja estable, que estaba experimentando con todo, que ya no me cerraba a nada.

Ramiro paró la camioneta frente a mi edificio y bajó a colocar la rueda. Yo lo dejé trabajar y subí por dos vasos de agua bien fría. Cuando regresé, ya estaba guardando el gato y secándose el sudor de la frente con un paño manchado.

—Qué brazos —le dije, pasándole el vaso—. Se nota que no eres de los que pagan gimnasio.

—Esto es puro trabajo, joven. Herencia de mi apá, que en paz descanse.

—¿Casado?

—Divorciado hace nueve meses. Ahora ando viendo la vida desde otro lado.

—¿Y le gusta?

—Bastante.

Nos quedamos un momento en silencio, recargados los dos contra el guardafango. Yo le miraba el cuello, las manos, la curva del antebrazo bronceado. Él me miraba al suelo, al cielo, a cualquier parte menos a mí. Sabía bien que ya me había leído. Era ahora o nunca.

—Oye, Ramiro. ¿Es cierto lo de hace rato en el taller?

—¿Qué de hace rato?

—Lo de tu muchacho. Lo de que mama bien rico.

Se rio, pero con menos ganas que en el taller.

—Pinche broma, nada más. Cosas que decimos entre los compas.

—Qué lástima. Si yo fuera tu trabajador, te la chuparía cada vez que me lo pidieras. Y no estaría bromeando.

Su cara me lo dijo todo. Se le subió la sangre al cuello, se tocó la nuca, buscó las llaves en el bolsillo. Movimientos de alguien que quiere salir corriendo pero no acaba de decidirse. Yo le sostuve la mirada sin moverme un centímetro.

—Mira, joven, mejor me…

—Sube cinco minutos al departamento. Te invito otra agua. Nadie se va a fijar en tu camioneta aquí afuera.

No sé exactamente qué fue lo que le terminó por convencer. Creo que fue la promesa de que nadie iba a saber jamás nada. Le repetí dos veces que yo también quería probar algo nuevo, que esto era entre los dos, que su número en mi celular no existía para nadie más. Tomamos el ascensor en silencio absoluto, mirando los dos al piso. Apenas se cerró la puerta del departamento, me quité los zapatos y caminé hasta él. No quise perder tiempo en ofrecerle nada. Le puse la mano sobre la hebilla del cinturón y lo miré desde abajo.

—¿Sí o no?

—Sí.

Me arrodillé sobre la alfombra de la sala. Le bajé el pantalón con calma, con un cuidado casi tierno, para que entendiera que iba en serio y al mismo tiempo supiera que ya no había vuelta atrás. Su pene se asomaba por encima del elástico del bóxer, todavía a medias, esperando. Lo saqué con dos dedos, lo saludé con un beso pequeño en el glande, como si lo conociera de antes, y empecé a recorrerlo con la lengua de la base a la punta. No era enorme ni gruesa. Era una verga normal de hombre de cuarenta y tantos, tibia, limpia, con ese olor a piel de quien acabó la jornada pero no apesta. Me gustó así, sin pretensiones. He chupado más grandes y peores.

Ramiro contuvo la respiración la primera vez que se la metí entera hasta la base. Sentí sus manos cerrarse en mi cabeza, los dedos abriéndose entre el pelo, no para empujar sino para sostenerse. Lo miraba desde abajo y veía cómo iba perdiendo poco a poco la cara de hombre serio: la boca entreabierta, los ojos cerrados, la nuez de Adán subiendo y bajando. Lo chupé como llevaba meses queriendo chupar a alguien sin discutir antes. Me ensañé. Junté saliva, gargareé hondo, dejé que le goteara hasta los huevos, y se los lamí también, uno por uno. Le metía la verga hasta el fondo, la sacaba con un beso húmedo, volvía a hundírmela. Él soltó un gruñido bajito que yo me llevé como un trofeo.

—Está bien rico, joven. Está bien rico. ¡Qué chingados! —murmuró, casi con asombro.

Cuando ya la tenía dura como piedra, paré un segundo y le dije al oído lo que andaba pensando desde la camioneta.

—Métemela, Ramiro. Ahí, en el sofá. Como tú quieras.

—Sí, déjame…

Pero algo le pasó. No sé si fueron los nervios, la culpa, el hecho de estar parado frente al sofá de un departamento ajeno con la verga al aire. Se le bajó. No del todo, lo justo para que ya no pudiera. Lo intentó dos veces, se la pasó él mismo, me pidió que volviera a chupársela. Yo lo hice sin reproche y sin prisa. Sabía bien que en estas situaciones presionar es lo peor.

—Como me la sigas así me voy a venir —avisó al rato, con la voz quebrada.

—Vente. Vente en mi boca.

—¿De a deveras?

—De a deveras.

Apreté la base con la mano y lo chupé con todo lo que sé. Sentí el primer espasmo subiéndole por el tronco, lo escuché tomar aire de golpe y, segundos después, su leche caliente me llenó la lengua. Me tragué la primera oleada para que no se le perdiera ni una gota; la segunda se la guardé entre los labios para mirarlo a la cara mientras todavía estaba goteando. Tenía los ojos cerrados, la frente sudada, una vena marcándose en la sien. Casi me corro yo también de verlo así, indefenso, completamente entregado.

***

Después fue todo muy rápido. Le pasé una servilleta. Se subió el pantalón sin decir nada y se acomodó el cinturón con torpeza. Yo me lavé los dientes en el baño y volví a la sala con dos botellas de agua bien frías, una para cada uno.

—¿Cuánto te debo por la llanta? —le pregunté como si nada.

—No mames, joven. ¿Cómo te voy a cobrar?

—¿Seguro?

—Segurísimo. Si acaso, debería pagarte yo —dijo, y se rio por primera vez desde que había entrado al departamento.

Esa risa me devolvió al Ramiro de la mañana, al de los albures en el taller, al hombre seguro que había bajado de la camioneta unas horas antes. Le ofrecí que se quedara a una cerveza, le dije que si algún día quería caer por aquí me mandara un mensaje, que la puerta estaba abierta para él. Asintió con la cabeza, agarró las llaves de la camioneta y se fue. No me dio la mano. Ni falta hacía.

Han pasado seis días. Ramiro no ha escrito. Tampoco me bloqueó — sigo viendo su foto del último mensaje, una sonrisa medio escondida bajo un bigote canoso —, pero no ha mandado señal. Sé cómo va esto. Lo viví ya con dos hombres antes que él: primero el bajón, después la culpa, después la curiosidad de qué pasó realmente. En cualquier momento un mensaje suyo va a aparecer en mi pantalla, lo huelo.

Mientras tanto, esta noche me voy a poner la peluca rubia, el conjunto rojo que tengo guardado en el último cajón, y voy a sacarme un par de fotos en el espejo del baño. Las suficientes para encender la curiosidad sin enseñar demasiado. Pienso mandárselas mañana al mediodía, justo antes de la hora de la comida, cuando esté limpiándose las manos en el taller y no tenga otra cosa en la cabeza que un bistec con arroz.

Ramiro me va a coger sí o sí. Y cuando suceda, vuelvo y se los cuento con lujo de detalle.

Besitos.

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