Aquel verano en la playa nos cambió para siempre
Lucía y yo seguíamos en la cama, todavía sudados, cuando ella sacó el tema sin rodeos. Lo que había visto la noche anterior la había puesto a cien, y necesitaba contármelo.
—Quería entrar —me dijo en voz baja, dibujando círculos sobre mi pecho—. Estuve a punto.
Yo no supe qué responder. Nunca habíamos hablado de algo así con nuestra hija Daniela. Que mi mujer me confesara, sin pestañear, que le habría gustado comerle el coño y las tetas a su propia hija era algo que me descolocaba y, al mismo tiempo, me ponía duro otra vez.
—Me imaginé contigo dentro de ella —siguió—. Y después conmigo encima.
La besé en la sien y me quedé mirando el techo. Aquel verano en Puerto Azul estaba tomando un rumbo que ninguno de los dos había previsto.
***
Me levanté pasado el mediodía. La casa estaba vacía. Bajé a la playa y las encontré enseguida, a Lucía y a Daniela, en la orilla, agitando los brazos para que me acercara. Bajo la sombrilla, sentado sobre una toalla, estaba Joaquín, el novio de mi hija.
Joaquín era un chaval alto, moreno, con esa sonrisa fácil de los que saben caer bien. Me senté a su lado y empezamos a hablar de fútbol. A los dos minutos noté algo raro. Su mano, que estaba apoyada en la arena, había avanzado hasta rozarme el muslo. No la apartó. Al contrario: la deslizó un poco más arriba, hasta que el dorso de los dedos me tocó el bañador.
—Supongo que querrás repetir lo de anoche —me dijo sin mirarme, con la voz baja—. Lucía me ha contado que te dejó hecho polvo.
Me quedé sin palabras. Mi mujer había hablado. Y por lo que parecía, había contado todo. Lo que no tenía claro era si Daniela también estaba al corriente.
No tuve tiempo de preguntar. Las dos salían del agua en ese momento, escurriéndose el pelo y riéndose de algo. Lucía se tumbó a mi derecha. Daniela sacó de la mochila un bote de protector y le pidió a Joaquín que se lo extendiera por la espalda.
Mi hija se tumbó boca abajo. Joaquín empezó por los gemelos y subió despacio. Cuando llegó a los muslos se quedó un rato largo, masajeando, metiendo los dedos por la cara interior. Daniela cerró los ojos. La sonrisa que se le dibujaba en la comisura no tenía nada de inocente.
Después Daniela se dio la vuelta. El sujetador del bikini se había quedado en la toalla, no sé en qué momento. Sus pechos quedaron al aire, los pezones apuntando al sol. Joaquín siguió con la crema, sin prisa, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Entonces sentí la mano de Lucía en mi cintura. Pensaba que estaba dormida. Bajó hasta meterla por dentro del bañador y me cogió la polla con disimulo.
—¿Te gusta mirarlos? —me susurró al oído—. A mí también. Pero más me gustaría disfrutar contigo de esos cuerpos. Meterme entre ellos. Que pasara de verdad.
La besé sin pensarlo. Le metí la mano por dentro del biquini y le acaricié un pezón. Estaba duro. Ella empezó a sobarme la polla por debajo del bañador, despacio, vigilando a los bañistas que pasaban. Estaba húmeda; lo notaba a través de la tela.
Miré de reojo a Daniela y a Joaquín. Estaban sentados muy pegados, con una toalla cruzada sobre las caderas. Por el movimiento de los hombros de ella, supe de sobra qué estaba pasando debajo.
Le solté el sujetador a Lucía y dejé sus tetas al aire. Vi la mirada de Joaquín clavada en ellas. Y, sobre todo, vi la mirada de Daniela. Mi hija miraba a su madre con una mezcla de envidia y deseo que no había visto nunca.
Me corrí sobre el vientre de mi mujer poco después, en una postura tumbada de lado para que no se notara demasiado. Lucía se esparció el semen por la piel con dos dedos, sin dejar de mirarme.
***
Volvimos a casa antes que ellos. Nos duchamos juntos y follamos en la cama hasta casi la hora de cenar. Lucía me hablaba durante el sexo, me decía cosas que antes nunca había dicho. Me describía a Daniela. Me describía lo que le haría.
Hacía buena noche. Reservamos en un restaurante con terraza a la playa. Cuando estábamos saliendo, apareció Daniela. Joaquín había quedado con un amigo y ella prefería venirse con nosotros. Subió a cambiarse y bajó con una falda larga y un top blanco ajustado, sin sujetador.
La cena fue tranquila. Hablamos de tonterías. Después del postre, y con tres copas encima, Lucía sacó el tema de Joaquín. Le preguntó a Daniela si la cosa iba en serio. Mi hija contestó que sí. Lo dijo con una mirada que confirmaba que estaba enamorada. Lucía me cogió la mano por debajo de la mesa y me la apretó.
A ninguno nos apetecía volver a casa todavía. Daniela propuso una sala que había descubierto con Joaquín la noche anterior. Tocaban bandas de salsa en directo, y el ambiente era distinto al de los locales de jóvenes: gente de todas las edades, mayoría sobre los cuarenta, pista de baile siempre llena.
Pedimos las copas y mi mujer y mi hija se metieron a bailar. Yo me quedé en el sofá mirándolas. Lucía bailaba como hacía mucho que no la veía bailar. Daniela tenía un descaro nuevo en la manera de mover las caderas. Más de un hombre se acercó por detrás. Hubo uno, gordo, de unos cincuenta, que estuvo medio minuto con el paquete pegado al culo de mi mujer. Ella no se apartó. Movía las caderas hacia atrás al ritmo de la canción, sonriendo.
A Daniela la perdí de vista. Cuando Lucía volvió al sofá, sudando, le pedí otra copa al camarero. Me cogió del cuello y me besó delante de todo el local. Le metí la mano por dentro del vestido y le toqué los pechos. Estaban duros. Bajó la suya hasta mi bragueta.
Le susurré que nos fuéramos. Estábamos a punto de levantarnos cuando apareció Daniela. Venía acompañada de Joaquín y de otro chico al que no conocíamos. Mathias, dijo Joaquín al presentarlo. Sueco, veintisiete años, físico de gimnasio, rubio casi rapado, ojos azules. Educado. Muy educado.
Insistieron en que tomáramos otra copa con ellos. Aceptamos por compromiso. Y porque a Lucía, lo noté al instante, la presencia de Mathias le había alterado el pulso.
Daniela acabó sentada entre los dos chicos, y mi mujer y yo enfrente. En un momento dado, mi hija se levantó y le hizo un gesto a su madre para que ocupara su sitio. Lucía dudó dos segundos. Después se sentó entre Joaquín y Mathias.
Empezó a piropearlos. Que vaya brazos. Que vaya cuerpos. Daniela la animaba a tocar. Lucía lo hizo. Pasó la mano por el bíceps de Mathias, primero con timidez, después con descaro. El sueco sonreía sin hablar.
Mi hija se sentó a mi lado. Estaba muy cariñosa, demasiado, posiblemente por las copas. Me daba besos en la mejilla, me cogía del cuello, y de vez en cuando dejaba la mano apoyada sobre mi muslo. A veces se demoraba un poco más arriba. No sabría decir si era intencionado.
Pedimos otra ronda. Lucía había pasado de tocarle los brazos a Mathias a masajearle la espalda. Joaquín, al otro lado, había puesto un brazo detrás de los hombros de mi mujer y lo había ido bajando hasta posarlo en su cintura. Yo lo veía. Y, cuanto más lo veía, más se me empalmaba.
Cuando Lucía volvió a mi lado, ya no había vuelta atrás. Me besó con la lengua entera. Me bajó la cremallera del pantalón y me sacó la polla con disimulo. Empezó a hacerme una paja despacio. Yo le metí la mano por dentro del vestido y le toqué el coño. Estaba empapado. Tan empapado que se me deslizaron dos dedos sin esfuerzo.
Abrí los ojos por curiosidad. Quería ver si alguien nos miraba. Y vi algo mejor: Daniela tenía la polla de Mathias fuera del pantalón y la masturbaba con descaro, mientras Joaquín le besaba el cuello y le metía la mano por dentro del top.
Lucía lo vio también. Y se le encendió otra cosa por dentro. Empezó a pajearme con más fuerza. Se sacó una teta por encima del vestido y me la acercó a la boca. Le chupé el pezón sin pensar en quién pudiera estar mirando.
En aquel local había gente, pero las luces eran de colores y todo el mundo iba a lo suyo. Igual algún despistado nos pilló. Nos daba igual.
Le dije que nos fuéramos. No me hizo caso. Estaba embobada mirando las dos pollas que tenía mi hija entre las manos. Daniela, mientras tanto, se relamía y le devolvía la mirada a su madre como diciéndole «si supieras, mamá».
Por fin Lucía reaccionó. Cogió el bolso, se puso bien el vestido y se despidió de nuestra hija con la voz temblando.
—Pasadlo bien. Cuidado con el camino de vuelta.
***
Salimos del local. La calle estaba vacía y caminamos rápido, parándonos cada veinte metros para besarnos. A unos pasos de casa, Lucía se sacó las dos tetas por encima del vestido y caminó así hasta la puerta.
Entramos. Le di la vuelta a la llave y antes de que pudiera reaccionar ella ya estaba arrodillada en el salón, comiéndomela. Tiré las llaves sobre la mesa. Quería ir a la cama. Ella no. Me empujó hasta el sofá y se sentó encima. Empezó a cabalgarme. Le agarré los pechos con las dos manos. Me pedía entre jadeos que la follara sin parar.
Llevaba toda la noche aguantando. Le avisé tarde, casi no me dio tiempo. Me corrí sobre su vientre, abundantemente. Se esparció el semen con la mano abierta y, con la otra, se separó los labios del coño, mirándome fijamente, sin decir nada.
Hicimos un sesenta y nueve. Me encanta el sabor de su flujo mezclado con mi propio semen. Estuvimos un rato así hasta que le pedí que se pusiera a cuatro patas. Se la metí por detrás, con un dedo en el culo. Mirábamos los dos hacia la puerta del salón mientras follábamos.
Y entonces se abrió esa puerta.
Habíamos contemplado la posibilidad. Por eso no nos habíamos ido al dormitorio. Daniela entró seguida de Joaquín y Mathias. Los tres se quedaron clavados en el sitio durante dos segundos. Después, sin decir una palabra, los dos chicos empezaron a desnudar a mi hija allí mismo, en mitad del salón, a tres metros de nosotros.
Lucía giró la cabeza y me dirigió una mirada cómplice. Seguimos follando, más despacio, porque ninguno de los dos quería perderse lo que estaba pasando delante.
Sentaron a Daniela en el otro extremo del sofá, en el mismo sofá donde estábamos nosotros. Joaquín se arrodilló en el suelo y le abrió las piernas. Mathias se quedó de pie a su lado y le metió la polla en la boca.
Mi hija lamía al sueco con los ojos cerrados. Se abría a sí misma las piernas para que Joaquín pudiera comerle el coño mejor. La cabeza de Lucía, cada vez que yo la embestía, quedaba a un palmo de las tetas de nuestra hija. Lo veía. Y veía cómo Daniela bajaba la mirada de vez en cuando hacia su madre, mordiéndose el labio.
Me corrí dentro de Lucía. Aguanté hasta el último segundo. Cuando saqué la polla, caí sentado en el sofá, y vi algo que no había visto antes: Mathias tenía la mano izquierda sobre uno de los pechos de mi mujer, acariciándoselo despacio, sin dejar de chupar el coño de mi hija. No sabría decir desde qué momento estaba haciendo eso.
Me cambié de sitio. Me senté en una silla enfrente para verlo todo. Empecé a tocarme yo otra vez. Joaquín se levantó, se sentó en el sofá, y Daniela se montó encima dándome la cara a mí. Mientras saltaba sobre él, Joaquín le agarraba las tetas desde atrás y le susurraba cosas al oído. Mi hija no apartaba la mirada de mí. Se acariciaba el clítoris al ritmo de las embestidas y, de vez en cuando, giraba la cara hacia su madre, que ahora estaba en otro sesenta y nueve, esta vez con Mathias.
Me levanté. Me acerqué a Daniela. Le pasé la mano por un pecho, suavemente, sin decir nada. Ella acercó la boca a mi polla y empezó a chupármela sin necesidad de mover apenas la cabeza, porque el balanceo de su cuerpo sobre Joaquín ya hacía el trabajo.
Cuando giré la vista, vi a Lucía sentada sobre Mathias. Saltaba sobre él con tanto descaro que en algún momento el sueco tuvo que sujetarla por las caderas para frenarla, porque le hacía daño en los testículos al chocar contra su culo.
Joaquín le dijo algo a Daniela y los dos se cambiaron de postura. Mi hija se puso a cuatro patas en la alfombra, con la cabeza apoyada en el sofá, justo a la altura del coño de su madre. Joaquín se metió debajo y se la clavó por delante. Por indicación suya, yo le metí la polla por el culo.
Pasó un segundo antes de que asimilara lo que estaba haciendo. Mi hija, Joaquín y yo unidos en un mismo nudo, con mi mujer follándose al sueco a quince centímetros. Daniela, sin que nadie se lo pidiera, empezó a lamerle el coño a su madre entre embestida y embestida.
Lucía abrió los ojos. Vio quién le estaba comiendo el coño. Reconoció la cabeza de Daniela. Pasó el primer segundo, pasaron tres, y mi mujer le puso la mano en la nuca a nuestra hija. Sin apretar. Solo posándosela. Como diciéndole sigue.
***
No pude más. Llevaba aguantando demasiado. Saqué la polla del culo de Daniela y me acerqué a su cara justo a tiempo. Le llené la cara entera. Una parte cayó sobre el muslo y el coño de su madre. Lucía sonrió y bajó la cabeza para limpiar a su hija con la lengua.
Joaquín se corrió dentro. Mathias casi a la vez, sobre el vientre de mi mujer. Daniela se quedó arrodillada en el suelo, con la cara llena, sin moverse.
Yo estaba reventado. Las copas, el cansancio, todo. Me fumé un cigarrillo allí mismo, con todos. Y me fui a la cama. A ellos aún les quedaba cuerda. Lo último que vi antes de cerrar la puerta del dormitorio fue a Lucía y a Daniela besándose en el sofá, sin reservas.
Aquel verano en Puerto Azul nos cambió. Aquella noche fue solo el principio.