Lo que pasó con mi prima Carla en la escalera
Quizás recordéis a mi prima Carla. Aquella morena de pelo largo, ojos castaños y una sonrisa que siempre me ponía nervioso desde que éramos críos. Lo que pasó entre nosotros en la ducha del verano pasado, después de la comida en el chalet de mis tíos, marcó un antes y un después. Desde entonces nos seguimos viendo, pero ya no como antes. Vamos al cine, salimos a cenar, hemos viajado juntos a un par de ciudades, y cada vez que nos despedimos quedamos un poco más cerca el uno del otro. Era cuestión de tiempo que ocurriera algo más.
Lo que voy a contar pasó una madrugada de noviembre, fría y rara, cuando volvíamos de una fiesta en el centro y la noche decidió jugarnos una mala pasada que terminó siendo lo mejor que me había pasado en mucho tiempo.
Habíamos estado en un local que ponía música de los noventa, de esos sitios donde la gente baila sin pose y se acaba la copa antes de la una. Carla llevaba un top granate y unos vaqueros oscuros que le marcaban las caderas de una forma que me costaba mirar y disimular a la vez. Yo había bebido un par de copas, no muchas, pero las suficientes para no querer arriesgarme con un control de tráfico camino a casa. Carla, que vivía a media hora del centro, me ofreció quedarme a dormir en su sofá, como tantas otras veces desde que éramos pequeños. Mandé un mensaje a mis padres antes de arrancar el coche para que no se preocuparan.
La carretera estaba prácticamente vacía. A esa hora solo se cruzaban algunos taxis y algún camión perdido. Carla se había acomodado en el asiento del copiloto con la cabeza apoyada en el cristal, los ojos medio cerrados. Hablaba poco, soltaba alguna frase suelta sobre la fiesta o sobre alguien de la pandilla, y volvía a quedarse en silencio. Yo conducía mirando al frente, pero cada pocos minutos la observaba de reojo. La luz naranja de las farolas le recorría el cuello, el escote, los muslos. No pude evitar acordarme de aquella ducha del verano: el agua, el vapor, su mano. Tampoco pude evitar lo que ese recuerdo provocó debajo del cinturón. Me removí en el asiento intentando disimularlo, agradecido de que la oscuridad del coche jugara a mi favor.
Esto se me va a notar.
Por suerte llegamos al portal sin sobresaltos. Aparcamos enfrente, subimos los tres pisos a pie porque el ascensor estaba siempre en mantenimiento, y cuando llegamos a la puerta de su casa, Carla se quedó parada con una mano dentro del bolso y la cara cambiada.
—No me jodas —murmuró.
—¿Qué pasa?
—Las llaves de casa. Las llevaba sueltas, separadas de las del portal. Se me han debido caer en el bar.
Llamó al timbre con cuidado, después con más insistencia, y por último golpeó la puerta con los nudillos. Nada. Sus padres tenían un sueño profundísimo, y a las tres y media de la mañana ni Dios los iba a despertar. Probó a llamarles al móvil. Saltaba el contestador. Volvió a intentarlo. Saltaba el contestador.
—Genial —resopló—. Y yo con esto puesto.
El top granate no era precisamente abrigo de invierno, y en el descansillo hacía un frío que se metía hasta los huesos. Carla se frotaba los brazos y cambiaba de pie cada pocos segundos. Entonces me acordé.
—Espera. Tengo una manta en el maletero. La llevo siempre por si acaso.
Bajé los tres pisos casi al trote, cogí la manta de cuadros que mi madre me había metido un invierno en el coche y volví a subir con ella bajo el brazo. Carla estaba sentada en el penúltimo escalón del rellano, abrazada a sus rodillas. La ayudé a levantarse, nos sentamos los dos pegados a la pared, lejos del ojo de la mirilla del vecino, y la cubrí con la manta. Me senté a su lado y ella se acurrucó contra mí sin pensarlo, como había hecho mil veces cuando éramos niños y nos quedábamos en el sofá viendo películas.
Solo que esta vez no éramos niños.
Estuvimos así un buen rato, en silencio, escuchando solo nuestra propia respiración y algún coche que pasaba por la calle de abajo. Ella tenía la mejilla apoyada en mi hombro. Yo notaba su pelo cosquilleándome en la mandíbula. El calor empezó a circular debajo de la manta, y mi cabeza, que llevaba un buen rato yéndose por donde no debía, terminó de irse por completo cuando noté su mano.
Helada. Colándose por debajo del bajo de mi camiseta. Subiendo despacio por mi vientre. Buscando.
—Los tienes duros del frío —dijo en voz baja, rozándome un pezón con la yema del dedo—. O por el mismo motivo por el que tenías eso otro tan duro en el coche mientras me mirabas creyendo que no me daba cuenta.
Me giré para mirarla y me encontré con esa sonrisa suya, la misma de la ducha del verano, la que prometía cosas que yo todavía no me atrevía a pedir. No me dio tiempo a contestar. Se inclinó y me besó. Un beso lento al principio, de los que te dejan tiempo para arrepentirte, y como no me arrepentí, se transformó en otra cosa.
Su mano bajó desde mi pecho hasta el cinturón, lo abrió con la facilidad de quien sabe lo que hace, y se metió por dentro del pantalón. Yo, mientras tanto, le pasé las manos por debajo del top y subí hasta el sujetador. Tenía los pechos firmes, perfectos para mi mano, y cuando los apreté con cuidado se le escapó un suspiro contra mi boca que casi me hizo perder la cabeza.
—Aquí no —susurré, con los últimos restos de cordura.
—Aquí —contestó ella—. Es lo más excitante que se me ocurre.
Y tenía razón. Estábamos en el rellano de un tercero, bajo una manta, con la posibilidad de que cualquier vecino abriera la puerta en cualquier momento. El miedo a que nos pillaran tenía algo de droga.
Acabé desnudo de cintura para abajo, con la manta cubriéndonos lo justo. Ella se quedó solo con un sujetador granate a juego con el top y un tanga diminuto que ya no servía para gran cosa. La toqué por encima de la tela y sentí lo mojada que estaba. Aparté el tanga a un lado con dos dedos y los hundí entre sus labios, despacio, mientras le besaba el cuello.
Carla cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás contra la pared y dejó que mis dedos hicieran el trabajo durante un par de minutos. Después, sin avisar, se escurrió debajo de la manta hasta encontrar mi polla con la boca.
El contraste fue brutal: la mano fría que había tenido en el vientre se había transformado en una boca caliente que me envolvía sin prisa. Empezó con besos pequeños en la punta, fue bajando con la lengua hasta la base, y volvió a subir metiéndomela entera. No paraba de mirarme desde abajo, divertida, observando el efecto que tenía cada movimiento suyo en mi cara. Me agarré al borde de la manta para no gemir demasiado fuerte.
Cuando ya no aguantaba más, le toqué el hombro para que parara. No quería terminar así.
—Ven —le susurré, y la atraje hacia arriba.
Le quité el tanga del todo y lo dejé caer al suelo, en algún rincón del rellano que probablemente al día siguiente alguien encontraría sin saber muy bien qué pensar. Nos colocamos en el sesenta y nueve, yo de espaldas contra el felpudo del vecino, ella encima. Hundí la lengua entre sus labios mientras ella seguía trabajando mi polla con la boca, y noté cómo se iba poniendo cada vez más mojada. Su clítoris, hinchado, latía contra mi lengua.
—Méteme —dijo de pronto, incorporándose—. Ya, por favor.
Se sentó sobre mí a horcajadas. Me deslicé dentro sin esfuerzo, y por un momento ninguno de los dos respiró. Se quedó quieta encima, con los ojos cerrados, acostumbrándose. Luego empezó a moverse. Despacio al principio, marcando el ritmo con las caderas, y subiendo poco a poco la intensidad. Yo le pasé las manos por la espalda, le solté el sujetador y se lo bajé por los brazos. Le besé los pechos. Le mordí un pezón con cuidado y ella se mordió el labio para no gritar.
—Cállame —jadeó.
Le tapé la boca con la mano y ella aceleró. La manta se nos había caído a los pies y ya no la necesitábamos. Estábamos sudando en pleno noviembre, en el rellano de su casa, follando como si fuera el último día de nuestras vidas. Cada vez que bajaba sobre mí, los muslos le chocaban contra los míos con un golpe sordo que retumbaba en la escalera. Yo rezaba para que nadie bajara a tirar la basura.
Cambiamos de postura. La tumbé en el rellano, con la manta debajo de la espalda para que no se hiciera daño con las baldosas, y me apoyé sobre ella con las piernas suyas en mis hombros. Entré de golpe y empecé a moverme con fuerza. Carla se mordía el dorso de la mano para no gritar, y eso me ponía todavía más. Tenía el pelo pegado a la frente por el sudor, la cara roja, los ojos vidriosos. La estampa de mi prima, así, debajo de mí, era algo que me iba a costar mucho borrar de la cabeza.
Cuando noté que estaba a punto, me retiré un segundo. Carla se incorporó, jadeando.
—Acabemos a mano —pidió.
Nos sentamos otra vez frente a frente, con las piernas entrelazadas. Ella me agarró la polla con las dos manos y empezó a sacudirla con un ritmo perfecto, sin perderme de vista ni un segundo. Yo le metí dos dedos y le toqué el clítoris con el pulgar. Estuvimos un par de minutos así, mirándonos a la cara, oyendo solo el roce de las manos y nuestras respiraciones entrecortadas. Hasta que ella se vino la primera, con un temblor que le recorrió todo el cuerpo y un gemido que le tapó la mano libre, y yo terminé pocos segundos después, salpicándole el vientre y el principio del muslo.
Nos quedamos en silencio, respirando. Carla se apoyó contra mi pecho. Yo la abracé, sin saber muy bien qué decir, y al final no dije nada. Sacó unos pañuelos del bolso, se limpió como pudo, me pasó otros para mí. Nos vestimos despacio, recogimos su tanga del rincón en el que había caído, doblamos la manta, y nos volvimos a sentar contra la pared, abrazados. En algún momento nos quedamos dormidos.
***
Nos despertaron unos golpecitos en el hombro y una voz preocupada. Era la vecina del cuarto, una señora de unos sesenta años que bajaba a comprar el pan. Eran ya las once de la mañana, había luz natural en la escalera y nosotros estábamos hechos un ovillo bajo la manta, despeinados y con cara de no haber dormido nada.
—¿Estáis bien? ¿Os ha pasado algo? —preguntó, mirándonos con una mezcla de susto y curiosidad.
Carla le explicó lo de las llaves, con toda la cara de inocencia que pudo reunir. La vecina asintió, dijo algo sobre lo despistada que era la juventud, y bajó las escaleras moviendo la cabeza. En cuanto desapareció, Carla volvió a llamar a la puerta. Esta vez su madre abrió enseguida, con cara de pocos amigos y un sermón ya preparado sobre las horas a las que se llegaba a casa y sobre que tanta fiesta no podía traer nada bueno.
Yo me mordí los labios para no reírme. Carla me miró de reojo. Y aunque pasamos los siguientes diez minutos asintiendo a todo y poniendo cara de arrepentidos, los dos sabíamos que aquella noche no había traído nada malo. Al contrario. Aquella noche había sido espectacular.