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Relatos Ardientes

La noche que mi cuñada se metió en mi ducha

Esa noche había algo extraño flotando en el ambiente, una corriente que no terminaba de aterrizar. Lucía llegó desde Montevideo a pasar quince días con nosotros en Quito, donde yo me había instalado por trabajo. Dirijo varias empresas y mi rutina vive pegada al circuito diplomático. Mi mujer, Marina, había caído muy bien a un funcionario de una embajada centroamericana y desde hacía meses trabajaba como su asistente. Esa noche, cuando Lucía dejó la maleta en el cuarto de huéspedes de nuestro departamento en La Floresta —frente al parque, con la cordillera asomando por encima de los techos—, Marina me pidió que saliera a comprarle unas cosas que le faltaban para un viaje también de trabajo con ese funcionario al que llamaremos Esteban.

Mientras yo agarraba las llaves del auto, Marina le pidió a su hermana que me acompañara, que aprovechara para conocer un poco el barrio. Lucía bajó conmigo en el ascensor con esa tensión callada que ya habíamos sentido otras veces, en visitas a Montevideo y en un par de cruceros que compartimos hace años. Cuando arranqué el auto le dije que estaba más hermosa que nunca. Su cara venía cansada del vuelo, pero esa sonrisa que se le escapó la traicionó. Se llevó el índice a los labios, me sonrió y yo manejé hacia las luces de la avenida sin decir nada más.

Cuando volvimos al departamento, Marina ya estaba lista. Faltaba poco para que saliera al aeropuerto con Esteban, en un avión de la embajada rumbo a Santo Domingo. No alcancé a oír el murmullo entre las hermanas en el cuarto, pero al pasar vi a Marina guardando algo en el cajón de la mesa de luz. Mientras ellas se distrajeron buscando algo en el placard, me asomé. Eran pastillas anticonceptivas, escondidas debajo de un libro. Me extrañó, pero no dije nada.

La llevamos al aeropuerto los tres. Marina iba vestida con un escote que dejaba al aire la lluvia de pecas que le cae entre los pechos, todavía firmes a sus cincuenta años. La espalda al descubierto delataba que tampoco llevaba sostén. Cuando Esteban apareció en la zona internacional, la tomó por la cintura y le susurró algo al oído. Marina me miró, sonrió y cruzó una mirada cómplice con su hermana. No entendí del todo lo que ocurría, pero sentí —con una claridad incómoda— que esa noche me iba a tocar ser cornudo.

Volvimos a La Floresta en silencio. El BMW se sentía pequeño, lleno de cosas que ninguno de los dos se animaba a decir. Mi mujer seguramente ya estaba acomodándose en su asiento de primera al lado de Esteban. Lucía se acomodó el escote como si supiera que cada movimiento suyo me estaba clavando un alfiler. Sus pezones se marcaban contra la blusa, y mi bulto contra el pantalón. Estábamos conjugando una pasión en silencio. Sin duda.

Llegamos. Apenas crucé la puerta, me encerré en la ducha. No pasaron cinco minutos cuando, con los ojos cerrados bajo el agua, sentí que la puerta del baño se abría apenas. Era ella. Me espiaba sin hacer ruido. Como invitándola, empecé a masturbarme despacio con la mano enjabonada hasta que se me puso dura. No tardó mucho. Lucía entró, casi desnuda —solo una tanga y las sandalias que no se había quitado— y apoyó los pezones contra mi espalda.

—Quedate quieto y dejame llevarte —me ordenó.

Volví a cerrar los ojos.

Empezó besándome la espalda mientras descendía con la boca por mi columna. Sus manos seguían el camino con caricias lentas. Apoyé las palmas en el mármol húmedo cuando sentí que sus dedos me abrían las nalgas y que su lengua empezaba a recorrer mi esfínter. La sensación fue eléctrica. Sentí que mi pija, en plena erección, era tomada por su otra mano y masturbada despacio. En un movimiento, Lucía pasó por debajo de mis piernas. Las separé más para que pudiera arrodillarse y empezó a chupármela con una agresividad que no esperaba.

—Ni se te ocurra acabar —me ordenó.

El agua le caía sobre los hombros y le iluminaba los pechos. Los pezones le delataban el calentamiento, duros como piedras.

—¿Me ibas a dejar caliente toda la noche, Tomás, o pretendías que me masturbara sola?

Eché la cabeza hacia atrás bajo el chorro, le agarré la nuca y empujé hasta el fondo de su garganta. Le provoqué una arcada y la solté. Se incorporó pegada a mi cuerpo, y mi glande rozó el satén mojado de su tanga. Nos besamos con un fuego viejo, contenido. Le envolví las manos en el pelo rubio y la besé con rabia.

—Al fin sos mío —dijo contra mis labios.

Le sostuve la cara y la miré a los ojos verdes. Confirmamos el pecado ahí, en la ducha, mientras yo —con culpa o sin ella— pensaba en Marina.

***

Chorreando agua, sin separar las bocas, nos tiramos en la cama. Empezó un juego de besos morbosos, de chupones torpes. Quedé boca arriba, con la erección apuntando al techo, y Lucía empezó a arrastrar los pezones por mis piernas desde los pies. Cuando llegó a mi pija, volvió a chupármela con una calma distinta a la de la ducha. Más calculada. Me masturbaba con la mano libre, fuerte, mientras me sostenía la mirada.

—Quiero toda tu leche en mi garganta —me dijo.

No alcanzó a terminar la frase. Empecé a acabar en chorros mientras ella, sin soltarme, seguía succionando y tragando. Me miró desde abajo, y dejó caer sobre mi vientre una mezcla de saliva y semen. Todavía tenía puesta la tanga, empapada, goteando sobre mis piernas.

Ahora era yo el que necesitaba desnudarla. Comerle esa concha que había imaginado tantas veces mientras me cogía a su hermana. Cada vez que estaba con Marina, en algún recoveco de mi cabeza, aparecía Lucía.

—¿Me vas a coger? —me sedujo, mirándome.

—¿Qué otra alternativa tengo?

—Tu mujer en este momento también se está cogiendo a su tipo.

No me dejó responder. La miré fijo y la callé con un beso a mordiscones, como queriendo borrar lo que acababa de decir. Se recostó sobre mí y le acaricié la espalda. La idea de Marina desnuda sobre Esteban, en un cuarto de hotel del Caribe, me ponía más caliente de lo que estaba dispuesto a admitir. Le saqué la tanga de un tirón y vi que estaba completamente depilada, igual que su hermana. Se acomodó sobre mí, se abrió los labios con dos dedos y se enterró toda mi calentura de un solo movimiento. Gimió largo, ahogado.

Lucía se montó sobre mi vientre, frotando el clítoris contra mí, gritando un orgasmo entrecortado. Tuve que apretar los dientes para no acabar yo también. Quería cogérmela como había soñado tantas veces, durante años.

—Date vuelta, perrita —le dije.

Me ofreció la cola, puso un almohadón debajo de la cintura y giró la cara para mirarme. La tanga ya no estaba, pero la marca del elástico se notaba todavía sobre la piel. Se mordió los labios.

—Hacéme la colita —pidió.

Apoyé la punta en su esfínter, con el resto de jabón que todavía nos quedaba en la piel, y la penetré hasta el fondo. Se abrió con las manos para recibirme y empezó a gemir con la boca abierta, sin disimulo. Yo la cogía con ganas guardadas de años. Por fin estaba cogiéndome a Lucía. O ella a mí. Ya no estaba seguro.

***

Nos incorporamos sin que mi pija saliera de su cola. Volvimos a besarnos. Le sostuve los pechos con las dos manos y sentí los pezones color caramelo entre los dedos. Nos pasábamos saliva de una boca a otra.

—Cogéme más, potro —me decía.

La bombeaba con más fuerza, golpeando contra sus nalgas, mientras la levantaba desde la cintura para entrar más adentro. Pero no quería acabar todavía. La dejé caer sobre las sábanas mojadas. Su concha estaba dibujada como una línea perfecta entre los muslos, brillante. Apoyé apenas el glande entre los labios y los fui separando despacio.

—Cogéme, Tomás, hacéme tuya también —dijo, y la frase sonó como si me estuviera pidiendo lo mismo que su hermana le pedía a Esteban en otra cama.

—Cogéme y dejáme tu leche adentro. Te quiero para mí esta noche. Quiero sentir tu calentura en mis entrañas.

—¿Estás segura? —le pregunté entre murmullos.

Le besaba la frente, las mejillas, los párpados. Me sentía absurdamente enamorado de mi cuñada en ese momento.

—Sí —contestó.

Cerramos los ojos, nos abrazamos y nos fundimos en un orgasmo lento, largo, sin la urgencia de antes. Ya no nos cogíamos con locura. Algo había cambiado en la mirada. Dejé que todo se me fuera dentro de ella, sin retirarme. Sus manos me sostuvieron la cara y me besó con una ternura que no había usado en toda la noche.

—Estoy acabando, soy toda tuya —me dijo, y volvió a besarme.

***

Cuando me desperté, Lucía traía puesto el camisón azul eléctrico de mi mujer, ese que apenas le cubría la mitad de los muslos. Me servía el desayuno en la cama. Yo no terminaba de creerlo. Me miró a los ojos.

—Te amo, Tomás. Ya no puedo esconderlo más.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté mientras destapaba las sábanas y le mostraba que volvía a estar duro.

—Te voy a compartir con mi hermana. Vamos a ser tres en esta locura. Ya está decidido.

Empezó otra vez con los besos suaves, bajando por el pubis, hasta tragárseme entera. Se acomodó en un sesenta y nueve perfecto sobre mí y la mañana se fue en eso. No sé cuántas veces acabé adentro suyo, ni cuántos orgasmos gritó ella, mientras me rasguñaba la espalda hasta dejarme marcas rojas.

—Cada rasguño es para que mi hermana vea que fuiste mío estos días —me dijo, agitada.

La besé mordiéndole los labios, ya hinchados de tanto morbo, para que Marina viera también las marcas. La abracé desde la cintura y la clavé contra la cama hasta que gritó los últimos orgasmos como queriendo que su hermana, a miles de kilómetros, los escuchara.

***

La semana pasó rápido y a la vez con un peso de eternidad. Nos comportábamos como una pareja de recién enamorados, como dos amantes sin pasado. Lucía durmió todas las noches desnuda en la cama matrimonial, conmigo, con las piernas entrelazadas en las mías, los aromas mezclados, los abrazos confundidos entre dos cuerpos cansados.

Cada noche dejábamos rastros nuevos en las sábanas. Lucía, mientras tanto, seguía tomando las pastillas anticonceptivas que Marina le había dejado escondidas en la mesa de luz. Era ahí donde se completaba el juego: dos hermanas que habían decidido compartirme. Una se iba con su amante a Santo Domingo, la otra se quedaba conmigo en Quito. Y las pastillas habían sido la única instrucción silenciosa entre ellas.

Cuando volvimos al aeropuerto a buscar a Marina, varios días después, los vi antes de que ellos nos vieran. Marina se le colgó del cuello a Esteban en la salida internacional y se besaron con la boca abierta, sin disimular. Mientras nos acercábamos con Lucía, vi también que mi mujer le acariciaba el bulto a su amante por encima del pantalón, y él le acariciaba la espalda dorada por el sol del Caribe.

Lucía me miró cómplice. Me dio un piquito en los labios y me mostró el celular. Tenía fotos. Marina desnuda en alguna playa, los senos rosados al sol, los pezones entre los labios de Esteban. Y un video, también. Marina cogiendo en un cuarto de hotel con el mismo tipo del que ahora se despedía a besos delante de mí.

—Todo está hecho —me dijo Lucía al oído.

Marina, claramente, también me había metido los cuernos. Pero cuando me vio, sonrió. Nos tiró un beso desde lejos. Y cuando notó que su hermana y yo estábamos tomados de la mano, no se sorprendió. Le devolvió el saludo a Lucía con un guiño, como diciéndole gracias.

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