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Relatos Ardientes

La mañana que crucé la última línea con mi primo

No habían pasado ni veinte minutos desde la primera vez. Veinte minutos antes habíamos hecho lo que llevaba meses imaginando: él dentro de mí por primera vez, en su cuarto, con la casa entera para nosotros. Y ahora ya estábamos otra vez sobre su cama, las sábanas hechas un revoltijo y la respiración todavía rota, pero los dos sabíamos que él no había terminado conmigo.

Volví a dejarme caer sobre el colchón con la respiración entrecortada. Diego se acomodó a mi lado, me pasó un brazo por la cintura y, con la otra mano, comenzó a recorrer el borde de mi espalda hasta detenerse donde nunca antes nadie me había tocado. Sentí su dedo índice apretando contra mi entrada, todavía intacta, y un escalofrío me cruzó de arriba abajo.

La sensación era rara. Por un lado había placer, una corriente nueva que no sabía cómo nombrar. Por otro había una molestia caliente, una presión que crecía cada vez que él hundía un poco más la yema de su dedo dentro de mí.

—¿De verdad vas a metérmela ahí? —pregunté con la voz quebrada.

No estaba segura de qué iba a pasar si decía que sí. Tampoco estaba segura de querer decir que no.

—Tranquila, prima —me respondió contra el cuello—. Antes te voy a calentar un poco más. No tengas miedo.

¿Más? Pensé, y casi me reí en voz alta. No podía pensar en otra cosa que en cogérmelo otra vez. Mi cuerpo todavía estaba tibio del primer round y necesitaba un empujón más, no menos.

Como si me hubiera leído la mente, Diego soltó mi cintura y bajó la mano hasta el botón duro que latía entre mis piernas. Lo apretó suave, después con más insistencia, y yo arqueé la espalda. Cada pellizco me mandaba un calambre eléctrico hasta los pies. Lo único que me importaba era que su miembro volviera a crecer y volviera a entrar en mí.

Cerré los ojos. La piel de la espalda se me erizó cuando él bajó la cara hasta mi nuca y me mordió suavemente. Sentí su respiración caliente entre los omóplatos, y enseguida su erección apretándose otra vez contra mi cadera, dura, lista, como si nunca se hubiera bajado del todo.

Lo que no había calculado es que, en algún momento entre sus caricias y mis suspiros, había abierto el cajón de la mesita. Cuando sentí algo frío y mentolado deslizándose por mi entrada trasera, supe que iba en serio. La habitación entera olía a menta y a sexo.

Se inclinó hacia mí y me susurró al oído:

—Ya tengo tres dedos dentro. Puedes gritar todo lo que quieras, en casa no hay nadie. Pero te aviso una cosa: si sangras mucho, paro. No me importa lo que me pidas. No quiero que mis tíos pregunten mañana por qué no puedes sentarte.

Y entonces lo sentí. Sentí cómo la punta de su miembro empezaba a abrirse paso. Despacio, milímetro a milímetro, ganando terreno donde nunca había entrado nadie. Por un instante creí que me iba a partir en dos. Solté un grito agudo, desesperado, sin pudor. Y cuando creí que no podía soportar más, sentí sus testículos pegados a mí. Estaba dentro entero.

Diego se quedó quieto. Me abrazó por la espalda, me besó el hombro y me habló al oído con una voz que jamás le había escuchado.

—No me moveré hasta que tu cuerpo me acepte. No tienes idea de lo feliz que me hace ser el primero. Espero que entiendas que no hay nada mejor que vivir esto entre primos.

Esas palabras me removieron algo. Lo que había empezado siendo morbo, ganas de probar lo prohibido, se estaba convirtiendo en otra cosa. Yo siempre había sido la prima decente, la que las tías ponían de ejemplo, la que nadie sospechaba. Y ahora estaba boca abajo sobre la cama de Diego, dejando que me poseyera por donde nadie me había poseído, y queriendo que durara para siempre.

Ya soy suya. No hay vuelta atrás.

Mientras esa idea me daba vueltas, sentí cómo empezaba a moverse muy despacio. No eran mariposas en el estómago: era él, entrando y saliendo, tanteando cuánto podía resistir yo. El dolor seguía ahí, agudo y palpitante, pero de a poco lo fue reemplazando una mezcla rara de tensión y placer. Una mano subió hasta uno de mis pechos. Lo apretó, lo manoseó, me pellizcó el pezón hasta que se me escapó un gemido nuevo. La otra mano bajó hasta mi sexo y dos dedos —el índice y el medio— se metieron también, llenándome por delante.

Me estaba volviendo loca. Estaba abierta por completo, y no quedaba un solo lugar de mí que no estuviera ocupado por él.

—Diego, más —le pedí entre jadeos—. Más rápido. Así. Duro. No pares.

El ritmo se aceleró. Cada embestida era más profunda que la anterior, y yo sentía cómo me sacudía entera contra el colchón. Estaba a punto de correrme por tercera vez cuando, de golpe, me la sacó. Me quedé temblando, vacía, con la boca abierta para protestar.

—Es suficiente para una primera vez —me dijo, todavía respirando fuerte—. No quiero lastimarte más.

Casi le grité que no parara, pero antes de que pudiera articular nada, me sacó también los dedos, me dio vuelta de un movimiento y me besó como si quisiera tragarme entera. En el mismo gesto, sin pausa, me la metió por delante de un solo golpe. Mi cuerpo lo recibió como si llevara horas esperándolo.

Y entonces algo cambió. Diego me seguía manoseando, pero no con la desesperación del principio. No me estaba devorando: me estaba haciendo el amor. Cada vez que entraba lo hacía mirándome a los ojos, y eso era casi más obsceno que todo lo que había pasado antes.

La cama crujía con cada empujón. La luz de la mañana se colaba entre las persianas y le dibujaba franjas sobre los hombros sudados. Diego respiraba con la boca abierta encima mío, y por un momento, mirándolo así, me olvidé de quién era él y de quién era yo. Solo éramos dos cuerpos que no querían pararse.

Yo todavía estaba ardiendo. Bajé la mano hasta el clítoris y empecé a tocarme. Él se dio cuenta enseguida.

—Qué traviesa eres, primita —me dijo medio sonriendo—. Deja, lo hago yo.

—¡No! Por favor, chúpame las tetas. Quiero saber qué se siente ser cien por ciento tuya. Sé que te frenas porque somos primos. Haz de cuenta que no lo somos. Haz de cuenta que soy un ligue de una noche, que ni me conoces, que me odias. Cógeme así, sin culpa. Bájame esta calentura.

No sé si me escuchó del todo, porque yo no podía dejar de gemir. Pero bajó la cabeza, me atrapó un pezón entre los labios y empezó a chuparlo mientras me embestía con un ritmo nuevo, más sucio. Y qué chica no se va a correr si está tocándose el clítoris mientras su primo la folla con cara de adoración.

—No puedo verte así y fingir que no me importa —me dijo de pronto, casi enojado—. No me gustas solamente para coger. Yo te pienso todas las noches. Te pienso desde antes de mudarme aquí.

No le pude contestar. Nos vinimos a la vez. Yo solté un grito largo y él soltó otro contra mi cuello, y nos quedamos así, agarrados, temblando, escuchando cómo se nos calmaba la respiración.

Me besó en los labios, despacio. Sin sacármela —todavía latía adentro y goteaba algo de leche tibia—, siguió hablándome.

—Me mudé aquí porque pensé que íbamos a poder estar juntos. No me imaginé que tus padres fueran tan controladores. Quise entrar a tu cuarto un montón de noches. Nunca me animé. Pensé que dirías que no, que tú eras la prima decente, la que todos quieren llevarse a la cama justamente porque no se deja llevar.

Yo me reí, con la cara hundida en su hombro.

—Tú siempre me gustaste —le contesté—. Pero te juro que no sabía que era esto. Contigo el sexo es distinto. Adoro sentirte sin nada en el medio. Adoro cómo encajamos. Cuando entras y sales lo único que quiero es que no termine nunca.

Nos miramos un rato largo. Después él se rió bajito y me preguntó si quería desayunar antes de la segunda vuelta. Le dije que no, que el desayuno podía esperar.

***

Seguimos cogiendo toda esa mañana. Tres, cuatro veces, perdí la cuenta. Después él bajó a la cocina, me preparó café y un sándwich, y me lo trajo a la cama como si fuéramos pareja de toda la vida.

De aquello pasaron varios meses. Mis tíos —sus padres— siguen sin sospechar nada, y los míos todavía menos. Los viernes por la noche, en vez de salir con amigas, me arreglo con cuidado, me pongo lencería buena y me voy a un hotelito a tres barrios de casa donde Diego ya tiene la habitación reservada. Mis padres creen que cada uno está en una fiesta distinta. La fiesta es de los dos, y dura hasta que sale el sol.

Hemos hablado mucho. Sabemos que esto, si se llega a saber, nos arruina la familia entera. Sabemos también que no podemos parar. Y, sobre todo, sabemos que en algún momento vamos a tener que irnos. Lejos, donde nadie nos conozca, donde nadie pregunte de qué nos conocemos, donde podamos darle la mano al otro en la calle sin tener que aprender a fingir.

Por ahora me alcanza con el viernes. Con saber que cuando suene la puerta de esa habitación, él va a estar dentro esperándome. Y con saber que, de tantas primas que pudo haber elegido, me eligió a mí.

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