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Relatos Ardientes

Empezó con mi tía bajo la mesa y terminó con mi abuela

Los domingos en casa de mis abuelos eran una institución. Desde que tengo memoria, cada semana cruzábamos la ciudad para sentarnos a la misma mesa, con la misma vajilla descascarada y los mismos rituales. A los doce años aquello me parecía divertido. A los veinte, con la universidad encima y mil planes mejores que no podía cumplir, se me hacía cuesta arriba.

Antes de bajar del coche, ya tenía preparado el guion. Sabía perfectamente cuántas veces me iban a preguntar lo mismo. El saludo, el comentario sobre lo alto que estaba, el pellizco en la mejilla, y la pregunta inevitable.

—Y dime, Andrés, ¿novia ya?

—Todavía no, tía.

—Pero algo habrá, ¿no? Con esa cara que tienes…

Mi madre tenía cinco hermanas, cinco. Y la versión femenina del tercer grado se multiplicaba por cinco cada domingo. La mayor era mi tía Lucía, cincuenta y ocho años, divorciada hacía siglos, sin hijos. Para mí, hasta entonces, había sido la tía que aparecía con bolsas de chuches cuando éramos pequeños, la que nos dejaba ver películas que mi madre prohibía, la que se reía más fuerte que nadie.

Nunca la había visto como una mujer. Era mi tía, punto. Pero ese domingo, no sé por qué, me fijé.

Llegaba directa del trabajo aunque fuese fin de semana —ella siempre tenía algún imprevisto en la oficina—. Traje gris ajustado, falda hasta la rodilla, blusa de seda, medias oscuras y unos tacones que repiqueteaban en el parqué. El pelo recogido en un moño bajo, dos pendientes pequeños y los labios pintados de un rojo discreto. Tenía manchas en el dorso de las manos, algunas arrugas en el escote, pero la silueta seguía firme. Cuando entraba en algún restaurante con mi madre, los hombres todavía giraban la cabeza. Esa tarde entendí por qué.

Por puro azar, mi sitio en la mesa quedó frente al suyo. Mis abuelos a mi derecha, ella enfrente, y mis primos gemelos, Mateo y Tomás, diez años los dos, al otro extremo, arrojándose miguitas y patinando los tenedores por el mantel. Sus padres habían huido al rincón más alejado para no tener que regañarlos cada dos minutos.

—¡Mateo, Tomás, estaos quietos de una vez! —chillaba mi tío desde la otra punta, sin levantarse.

Entre las risas, el ruido de los cubiertos, los abuelos hablando de la vecina del cuarto y el televisor encendido sin sonido en una esquina, pasó algo que todavía hoy no sé explicar. Empecé a calentarme. No es que el ambiente fuera erótico, ni mucho menos. Era la mesa de mi infancia, con olor a cocido y al perfume rancio de mi abuela. Pero la tenía a ella enfrente.

Lucía cortaba la carne con una elegancia casi quirúrgica. Las uñas largas, pintadas de borgoña, repicaban suavemente contra el plato. Me fijé en sus manos. En la forma en que sostenía la copa. En cómo se llevaba el tenedor a la boca y dejaba apenas una décima de segundo el bocado entre los dientes antes de morderlo. Tonterías. Detalles que cualquier otro día habría pasado por alto. Ese día no.

Ella se dio cuenta.

Lo noté en cómo levantó la mirada y la sostuvo dos segundos más de lo necesario. En la sonrisa de medio lado que se le escapó. En cómo, sin dejar de hablar con mi abuela sobre no sé qué historia del barrio, empezó a jugar con el tenedor entre los labios, despacio, recorriéndolo con la punta de la lengua.

Yo tragué saliva. Y entonces sentí el pie.

Se había descalzado. No vi cuándo. Pero la planta de su pie, suave dentro de la media, se posó en mi tobillo, subió por la pantorrilla y se quedó ahí, quieta. Pegada a mí. Calentándome la piel a través del pantalón.

Levanté la vista. Lucía seguía hablando con mi abuela como si nada. Solo la comisura de los labios la traicionaba.

El pie subió un poco más. Hasta la rodilla, después por el muslo. Me sobresalté. Quise apartarme, pero la pared del banco me lo impedía. Estaba atrapado entre la madera y aquel pie que avanzaba con la paciencia de quien sabe que tiene todo el día.

***

Empecé a sudar. La camisa se me pegaba a la espalda. Cogí la copa de vino con la mano más firme que pude y di un sorbo demasiado largo. El pie de Lucía, ahora en la entrepierna, presionaba con suavidad, retiraba, volvía a presionar. Los dedos buscaban la forma de mi bulto a través de la tela, y yo no podía hacer absolutamente nada.

Por favor, que no se note. Que no se note.

Era una tortura. Llevaba sin tocarme una mujer demasiadas semanas, y aquello, en aquella mesa, con mis abuelos al lado, era el peor lugar y el mejor lugar a la vez. Quería que parara. Quería que no parara. Quería levantarme y salir corriendo, pero la mínima erección que se notara contra la mesa me condenaría delante de toda la familia.

—Andrés.

La voz de mi abuela me llegó como un disparo.

—¿Qué? —contesté demasiado fuerte, con la copa todavía en la mano.

—No has comido nada, hijo. ¿No te gusta el guiso?

Pensé que se había acabado. Que alguien había visto algo. Que mi cara estaba tan roja que nadie podía dejar de mirarme. Mi tía Lucía, frente a mí, esbozó una sonrisa apenas perceptible y atrapó la punta de mi pene entre los dedos del pie, apretando con cuidado. Luego soltó. Luego volvió a subir, esta vez hacia los testículos, presionando hasta hacerme cerrar los ojos un instante.

—Sí, sí, abuela. Está riquísimo. Es que comí algo antes de venir, lo siento.

—Pero comerás postre, al menos.

—Claro, claro.

No iba a poder. No iba a aguantar ni el postre ni el café ni la sobremesa. Lucía, ya envalentonada, había acelerado el movimiento. Por debajo del mantel, su pie subía y bajaba con una cadencia que me iba a hacer terminar allí mismo, contra la madera, delante de todos.

Aparté la servilleta con disimulo, dejé los cubiertos en cruz sobre el plato y me levanté.

—Perdón, voy un momento al baño.

Mi tía me miró con una falsa preocupación de manual.

—¿Estás bien, cariño? Te veo pálido.

—Sí, sí, ahora vuelvo.

***

Crucé el pasillo casi corriendo, sin atreverme a mirarme la entrepierna hasta que llegué al baño del pasillo, el que estaba al lado del cuarto en el que dormía de pequeño cuando me quedaba a pasar el fin de semana. Cerré la puerta. Creí cerrarla. Eso pensé.

El espejo me devolvió la cara de un imbécil. Sudado, despeinado, con los pantalones marcando un bulto que no podía esconder ni a tres metros. Me bajé la cremallera con los dedos torpes, me saqué la polla, y la imagen de Lucía con el pie estirado por debajo de la mesa me volvió de golpe. La punta de la lengua jugando con el tenedor. Las uñas borgoña. El moño bajo.

Me agarré con la mano derecha y empecé a moverla. Despacio al principio, luego más rápido. Me había bajado un poco al perder el contacto con el pie de mi tía, pero la cabeza me llevó otra vez al borde en cuestión de segundos. Apoyé la otra mano en la pared para no perder el equilibrio. Cerré los ojos.

La puerta se abrió.

No me dio tiempo a reaccionar. Cuando levanté la cabeza, mi abuela estaba en el umbral. La abuela. Mi abuela. Setenta y ocho años, bata floreada, las gafas colgando del cuello con una cadenita. Me miraba con los ojos muy abiertos, la mano todavía en el pomo.

—¡Pero qué demonios estás haciendo, criatura!

Quise meterme la polla en el pantalón. Quise que el suelo se abriera. Quise morirme.

—Abuela, por favor, yo…

—¡En esta casa! ¡En la casa de tus abuelos! ¡Y con la puerta abierta! ¡Si te ven tus padres te crucifican!

Se metió dentro. Cerró la puerta. Echó el pestillo. Las manos me temblaban tanto que la polla, que segundos antes apuntaba al techo, se había desinflado hasta caer floja sobre mis dedos.

—Abuela, perdón, no es lo que parece, yo…

—No es lo que parece —repitió ella, con una calma que me asustó más que el grito—. ¿Y qué parece, a ver?

No supe qué contestar. Ella se acercó. Tenía la cara muy seria, la boca apretada en una raya, y los dedos arrugados con un anillo de oro flojo se levantaron y me dieron un golpe seco en la punta del glande. No fue fuerte. Fue exactamente lo justo. Me dolió y me excitó al mismo tiempo, una sensación contradictoria que me hizo soltar un quejido raro.

—¿Ves lo que pasa por no saber estarse quieto?

—Ay, abuela, por favor…

Me empujó por el pecho con la palma abierta. Caí sentado sobre la tapa del inodoro. La polla volvió a moverse sola, llamando la atención. Yo no entendía nada. Me esperaba la regañina, la bofetada en la cara, la amenaza de contárselo a mi madre. No esperaba lo que vino después.

***

Mi abuela se arrodilló. Tardó un poco porque las rodillas ya no estaban para eso, pero se arrodilló. Y agarró mi polla con la misma mano del anillo, sin un atisbo de duda, como si llevara años esperando aquel momento.

—Si no aprendes con tu madre, aprendes con tu abuela —murmuró.

No me dio tiempo a procesar la frase. Se la metió en la boca. Toda. Hasta donde le permitió la garganta. Cerró los labios alrededor del tronco y empezó a chupar con una fuerza que me levantó la cadera del asiento. No era técnica. No era pericia. Era hambre. Una hambre vieja, contenida, que se desbordó en cuanto encontró un canal por el que salir.

—Abuela, no, abuela, espera, esto no…

Pero no me oía. O sí me oía y no le importaba. Subía y bajaba con la boca pegada a la piel, mojándolo todo con saliva, dejándome un rastro caliente desde la base hasta el glande. Una de sus manos se cerró sobre mis testículos y los apretó con la justa medida, exactamente como había aprendido yo solo años atrás, sin que nadie me enseñara.

Yo estaba paralizado. Por encima de mí, en la mesa del comedor, mi madre seguía pasando la fuente, mis tíos discutiendo de política, los gemelos chillando. Y aquí abajo, en este baño del pasillo, mi abuela me devoraba con los ojos cerrados y los labios apretados alrededor del cuerpo de mi polla, mientras yo intentaba pensar en cómo había llegado a esto.

—Abuela, me voy a correr, abuela, sáquela, por favor, sáquela.

No la sacó. Al revés. Apretó más. Succionó con tanta fuerza que noté cómo el semen subía por dentro a empujones, casi a regañadientes, prolongando la corrida durante una eternidad. Cada chorro le caía en la lengua y ella lo tragaba sin apartarse, despacio, como si fuera un caldo caliente que hubiera que apurar hasta el final.

Cuando terminó, no me soltó enseguida. Mantuvo los labios cerrados sobre el glande unos segundos más, asegurándose de que no quedaba nada, y solo después me dejó libre. Se incorporó con la ayuda del lavabo, se ajustó la bata, se pasó el dorso de la mano por la comisura de los labios y me miró desde arriba.

—Anda, súbete los pantalones y vuelve a la mesa. Y come, por Dios, que mi hija está preocupada por ti.

—Abuela…

—Y la próxima vez, échale el pestillo a la puerta. No todo el mundo es tan comprensivo como yo.

Salió del baño sin esperar respuesta. Me quedé sentado sobre la tapa, con los pantalones por los tobillos y la cabeza en blanco. Tardé varios minutos en moverme. Cuando volví al comedor, mi tía Lucía me miró de arriba abajo con la sonrisa intacta, esperando ver una expresión derrotada en mi cara.

No la vio. La sonrisa la tenía yo. Y en ese momento supe que, de las hermanas de mi madre, la mayor no había sido la primera. Mi abuela me había ganado por la mano sin saberlo siquiera.

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