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Relatos Ardientes

Sorprendí a mi hermano en el baño y no pude resistir

Me llamo Carla y lo que voy a contar pasó hace apenas unas semanas, aunque la tensión venía acumulándose desde mucho antes. Mi hermano Mateo y yo siempre fuimos cercanos, pero nunca de esa manera. Hasta que una tarde de sábado descubrí, sin querer, que él me deseaba tanto como yo a él.

Todo empezó meses atrás, cuando noté que Mateo me miraba distinto. Eran detalles pequeños: la forma en que sus ojos se quedaban un segundo de más sobre mi escote, cómo se escondía detrás de la puerta del baño cuando yo salía con la toalla, el ruido casi imperceptible de sus pasos cuando me cambiaba de ropa con la puerta entornada. Al principio me incomodó. Después me dio curiosidad. Y al final, lo confieso, me empezó a gustar.

Probé con él. Quería saber hasta dónde llegaba. Empecé a usar vestidos cortos por la casa, esos que se levantan al sentarse, blusas finas sin sujetador, pantalones de pijama que se transparentaban con la luz adecuada. Y veía cómo se le marcaba el pene dentro de los vaqueros cada vez que yo cruzaba las piernas frente a él en el sofá. Mi propio hermano se empalma conmigo, pensaba, y un escalofrío me recorría la espalda.

Yo también había fantaseado con él más veces de las que me atrevía a reconocer. Pero hasta ese sábado todo había sido un juego silencioso entre los dos: miradas, ropa elegida con intención, roces casuales que duraban una décima de segundo más de lo necesario. Nada que pudiera cruzarse del todo.

Ese fin de semana mis padres se fueron a la costa. Mateo y yo nos quedamos solos en el piso por primera vez en mucho tiempo. Por la mañana bajé al supermercado a comprar algo para el almuerzo. Cuando volví, dejé las bolsas en la cocina y subí al pasillo dispuesta a ponerme algo más cómodo. Al pasar frente al baño me detuve en seco.

La puerta estaba entornada. Por la rendija salía una franja de luz amarilla y un ruido apagado, rítmico, que no supe identificar al principio. Me acerqué de puntillas, conteniendo la respiración. Empujé la hoja apenas dos dedos.

Mateo estaba sentado en el borde del inodoro, con los pantalones a los tobillos y la cabeza echada hacia atrás contra la pared. Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta. Su mano subía y bajaba sobre una erección que me cortó la respiración. Era más grande de lo que jamás había imaginado, gruesa, con las venas marcadas, y él la trataba con una violencia tranquila, como quien sabe exactamente lo que quiere.

Tendría que haberme ido. Sé que tendría que haberme ido. Pero me quedé clavada en el pasillo, espiando a mi hermano por una rendija de dos dedos, con la mano metida bajo el vestido y los dedos resbalando ya sobre mi ropa interior empapada.

Lo observé sin pestañear. Cómo aceleraba el ritmo. Cómo se le tensaban los músculos del abdomen. Cómo se mordía el labio inferior para no hacer ruido. Hasta que se le escapó un jadeo seco y un primer chorro de semen golpeó las baldosas, seguido de otro, y de otro más. Verlo terminar fue suficiente para que yo también terminara, ahí de pie, en el pasillo, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar.

Me retiré a mi habitación con las piernas temblando. Cerré la puerta, me arranqué las bragas, que estaban literalmente goteando, y saqué el vibrador del cajón de la mesita. Me tumbé en la cama, abrí las piernas y me lo metí sin contemplaciones, imaginando que era él quien me embestía. Pensaba en cómo sus huevos chocarían contra mí, en cómo sus manos me sujetarían las caderas. Me corrí en menos de un minuto, con el juguete hasta el fondo y dos dedos rodando sobre mi clítoris.

Cuando bajé al salón media hora después, intenté actuar como si nada. Mateo estaba en el sofá con una camiseta limpia y el pelo todavía húmedo. Me sonrió como cualquier otro sábado y yo le devolví la sonrisa, rezando por que no me notara las mejillas encendidas.

Pasamos la tarde tranquilos. Por la noche decidimos salir un rato. Empezamos en un bar del centro, luego en otro, y cuando quise darme cuenta él llevaba seis cervezas en el cuerpo y empezaba a arrastrar las palabras. Decidí que era hora de volver.

Lo metí en el ascensor sosteniéndolo por la cintura. En el rellano se me apoyó en el hombro y me dijo algo que no entendí. Lo arrastré hasta su cuarto y lo dejé caer en la cama boca arriba. No reaccionó.

—Vamos, Mateo, ponte el pijama —le dije, sacudiéndole un hombro.

Nada. Estaba completamente dormido, respirando hondo, con los brazos abiertos en cruz.

—Mateo, despierta. Si no te despiertas voy a tener que desnudarte yo.

Le di otro empujón, más fuerte. Tampoco respondió. Y entonces, mientras lo miraba ahí, indefenso, con la boca entreabierta y la imagen del baño todavía fresca en la cabeza, se me ocurrió la idea. Una idea que no tendría que haber tenido nunca, pero que llevaba semanas amenazando con asomarse.

—Si no te despiertas, hermanito, me voy a aprovechar de ti.

Me incliné y le di un beso muy suave en los labios. No se movió. Le pasé la lengua por la comisura y le mordí el labio inferior. Tampoco. Estaba tan dormido que casi parecía vencido.

Me senté a su lado en la cama y, con dedos torpes, le solté el botón del vaquero. Bajé la cremallera diente por diente, conteniendo el aire por si despertaba. No despertó. Le tiré del pantalón hasta los tobillos y después le bajé el bóxer con cuidado, hasta dejarla al descubierto.

Era todavía más impresionante de cerca que vista por la rendija del baño. Reposaba blanda sobre sus huevos, gruesa, larga, con esa forma perfecta que yo había memorizado por la tarde. La luz de la lamparita la pintaba de un dorado bajo, casi cálido. Sentí que el corazón me iba a romper algo por dentro.

—Madre mía, Mateo —susurré—. Mira lo que tienes ahí.

Acerqué la boca y le di un beso en la punta. Solo eso. Levanté la vista a su cara: seguía dormido, completamente entregado. Me animé. Le di otro beso, más abajo, después otro, recorriéndola entera hasta llegar a sus huevos. Despacio, con cuidado, como si fuera un objeto frágil. La cogí con la mano y la noté reaccionar al primer contacto. Empezó a endurecerse sola, sin que él se enterase, y eso me puso todavía más caliente.

—Si te despiertas y me pillas, no sé qué voy a hacer —le dije en voz baja, casi para mí.

Le pasé la lengua por toda la longitud, despacio. Cerré los labios sobre el glande y empecé a chuparla con ganas, dejándome llevar. Tenía un sabor limpio, un poco salado. Me la metí entera, todo lo que pude, hasta sentirla rozar el fondo de la garganta. Y entonces, justo cuando empezaba a encontrar el ritmo, oí su voz.

—Y tú la chupas muy bien, Carla.

Me quedé quieta. Lo miré sin sacarla de la boca. Tenía los ojos abiertos y una expresión que no era de sorpresa: era de hambre. Llevaba despierto quién sabe cuánto tiempo.

—Mateo, yo… yo no sabía…

—Tranquila —dijo, y me acarició el pelo con una mano—. No pares.

Le di otro beso en la punta, esta vez agradecida, y volví a metérmela en la boca. La chupé con más confianza, mirándolo a los ojos, dejando que él viera lo que yo llevaba meses imaginando. Mateo respiraba cada vez más fuerte; las caderas se le levantaban solas hacia mí.

En un momento se incorporó, me tumbó boca arriba en la cama y me hizo abrir la boca. Se puso de rodillas sobre mí y empezó a follarme la garganta despacio, sujetándome el pelo con una mano. Yo lo dejé hacer. Estaba tan caliente que el dolor en la mandíbula me daba igual.

—Carla… joder… me corro —me avisó al cabo de un par de minutos.

No me dio tiempo a apartarme y tampoco quería. Sentí un chorro denso, caliente, llenarme la boca. Tragué todo lo que pude. Después la sacó despacio y se dejó caer a mi lado, jadeando.

—Te queda un poco —le dije, lamiendo la punta—. No la voy a desperdiciar.

—Eres insaciable.

—Llevo meses imaginando esto, Mateo. No me eches la culpa a mí sola.

Se rio bajito y me besó. Después me desnudó. Lo hizo despacio, prenda por prenda, como si quisiera mirarme bien. Me chupó los pezones uno tras otro, hasta dejármelos duros como piedras. Bajó por el ombligo, por las caderas, por la cara interna de los muslos. Cuando me abrió las piernas y me sopló suavemente entre ellas, yo ya estaba tan mojada que me dio vergüenza.

Me chupó con paciencia. Pasó primero por los labios externos, después por los internos, y cuando por fin se concentró en mi clítoris, me metió dos dedos a la vez. No le hizo falta más. Me corrí enseguida, en una oleada larga que me dejó las piernas temblando y la cabeza vacía. Él siguió chupando durante el orgasmo, alargándolo hasta el límite, hasta que tuve que apartarle suavemente la cabeza con la mano.

—Mateo, por favor…

—¿Qué pasa, hermanita?

—Métemela —le pedí—. Ya. Llevo todo el día pensándolo.

—¿Todo el día?

—Te vi en el baño esta mañana —confesé—. Por la rendija. Me corrí en el pasillo viéndote.

Se le oscurecieron los ojos. Le tomé la verga, que volvía a estar dura, y la guié hacia mi entrada. Él se colocó encima, me sujetó las muñecas a los lados de la cabeza y empezó a frotarme con la punta los labios y el clítoris. Yo estaba tan caliente que me ardía la piel.

—Por favor —repetí.

Entró despacio, centímetro a centímetro, dejándome sentir cada parte. Cuando llegó al fondo y sus huevos chocaron contra mí, los dos soltamos un gemido a la vez. No podía creer lo que estaba pasando. Mi hermano, dentro de mí. Llenándome entera.

Empezó a moverse con un ritmo lento, casi cuidadoso. Después aceleró. Las embestidas se hicieron profundas, fuertes, secas. La cama crujía y a mí ya no me importaba si el vecino oía algo. Le clavé las uñas en la espalda y me agarré a él como si fuera lo único firme en la habitación.

—No pares —le pedí—. Más fuerte.

—Carla… joder…

—Córrete dentro. Hoy puedes. No me pasa nada.

—¿Seguro?

—Seguro. Quiero sentirlo.

Le bastó con eso. Aceleró unos segundos más y le sentí estallar dentro de mí, en oleadas largas, mientras se le doblaban los brazos. Yo crucé las piernas sobre su espalda para retenerlo, para no dejar escapar nada. Me corrí casi sin enterarme, arrastrada por su orgasmo más que por el mío.

Nos quedamos así, abrazados, sudorosos, sin decir nada, durante mucho rato. Cuando por fin se salió, los dos chorreábamos. Le pasé la lengua para limpiarlo, despacio, y él me dejó hacer.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté, apoyando la cabeza en su pecho.

—Lo que tú quieras.

—Yo quiero volver a hacerlo.

—Yo también.

Y eso hicimos. Esa misma noche, dos veces más. Y al día siguiente por la mañana, antes de que volvieran nuestros padres. Y desde entonces, cada vez que la casa se queda vacía. Los dos tenemos pareja, pero ninguno se entera de nada y, sinceramente, nunca antes había follado tan bien con nadie como follo con él.

El otro día, mientras veíamos la tele con nuestros padres en el salón, Mateo se levantó al baño. Lo seguí con una excusa tonta. Le bajé los pantalones contra la puerta y se la chupé hasta que se corrió en mi boca, conteniendo los gemidos a duras penas. Después me limpié la comisura con el dedo, le di un beso en los labios y volví al salón antes que él. Mi madre me preguntó si quería más café.

—Sí, mamá —contesté, y me senté a su lado como si nada.

Es maravilloso, la verdad, tener en casa a alguien con quien hacer todo lo que una quiera.

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