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Relatos Ardientes

Mi cuñada decidió que esa tarde no íbamos a comer

El reloj del escritorio marcaba las dos de la tarde cuando la puerta de mi despacho se abrió sin que nadie llamara. Levanté la vista del informe que llevaba revisando desde la mañana y allí estaba Daniela, mi cuñada, con el bolso colgando del codo y esa sonrisa que siempre anunciaba problemas.

—No te molestes, sigue trabajando —dijo, dejándose caer en el sofá del rincón—. Lucía ya viene subiendo, se quedó esperando el ascensor.

Habíamos quedado los tres para almorzar en un italiano del centro, una invitación que mi esposa le había hecho a su hermana después de varias semanas sin verse. Yo todavía tenía media hora de papeleo por delante, así que hundí otra vez la mirada en los números mientras Daniela hojeaba una revista que sacó de la mesita.

Cinco minutos después escuché los tacones de Lucía en el pasillo. Entró cerrando la puerta con el codo, las llaves del coche en la mano y un vestido negro que le marcaba la cintura de una manera obscena para ser solo una comida familiar.

—Mira nada más quién decidió arreglarse hoy —se rio Daniela, levantándose para abrazarla—. ¿De qué nos perdimos, hermana? ¿Hay algo que celebrar?

—Nada en especial —contestó Lucía—. Es solo que llevábamos meses sin verte y quería que la salida valiera la pena.

—A ver, ven acá —Daniela la tomó por los hombros y la giró sin pudor—. Pero qué barbaridad. ¿Y esto de aquí abajo? ¿A quién le estás criando ese cuerpo, hermana? Hasta a mí se me antoja.

Lucía soltó una carcajada y le devolvió la broma metiéndole un dedo bajo la blusa.

—Como si tú no tuvieras nada que mostrar. Mira esto. Si mamá te viera entendería de dónde sacaste tanta delantera.

Yo fingía concentrarme en el ordenador, pero llevaba dos minutos sin pasar de la misma página. Las hermanas se conocían tan bien que ese toqueteo era costumbre entre ellas, y yo era el único en la habitación que sentía algo más que cariño fraterno al verlas.

—Oye —dijo Daniela bajando la voz, aunque sabía perfectamente que yo escuchaba—, ¿y por qué andas tan caliente, hermanita? ¿Mi cuñado ya no te atiende como antes? ¿O se viene a la oficina sin desayunar siquiera?

Lucía soltó una carcajada amarga y se sentó en la esquina de mi escritorio, justo enfrente de mí.

—Que ando caliente no te lo niego. Pero este señor que tengo aquí lleva semanas remojando la brocha en otra parte, te lo juro. Yo lo espero como una tonta y nada de nada.

Levanté la vista. La acusación era falsa, pero la mirada de Lucía no admitía debate. Daniela me clavó los ojos con una sonrisa que ya no tenía nada de hermana mayor.

—¿Ah, sí? Pues no te preocupes, mi vida. Ya sabes para qué están las hermanas. De aquí no se nos va a ir vivo.

Cerré la carpeta sin terminar el informe. Sabía cuándo una broma dejaba de serlo, y supe en ese momento que esa tarde no iba a probar pasta italiana ni ningún plato de carta.

***

Lucía se levantó del escritorio y caminó hasta la puerta. Pasó el seguro con un chasquido seco y se giró apoyando la espalda contra la madera, como si quisiera asegurarse de que no entrara nadie y, al mismo tiempo, de que yo no saliera.

—Ponte de pie, Andrés.

Obedecí. Daniela ya se había acercado por mi otro flanco, y entre las dos me arrinconaron contra mi propio sillón. Lucía me bajó el cinturón y los pantalones con una destreza que solo se adquiere con años de práctica. Daniela se arrodilló al mismo tiempo.

—Espera un momento —murmuré, más por inercia que por convicción—, las persianas…

—Las persianas ya están —respondió Lucía, y era cierto. Las había bajado al entrar sin que yo lo notara.

Daniela me tomó con la mano izquierda y se metió la mitad en la boca antes de que pudiera reaccionar. Sentí su lengua girar alrededor de la punta y la otra mano apretándome el muslo, como si tuviera miedo de que me fuera a ir a alguna parte. Lucía, mientras tanto, se desabrochó el vestido por la espalda y dejó caer la tela hasta la cintura. No llevaba sujetador.

—Ven aquí —me dijo, y me empujó la cabeza hacia sus pechos—. Antes de hacerle compañía a tu cuñada, atiende a tu mujer.

Cerré los labios sobre el pezón izquierdo y lo sentí endurecerse contra mi lengua. Lucía me agarró del pelo y suspiró tan hondo que escuché el suspiro vibrar dentro de su propio pecho. Daniela seguía abajo, alternando la boca y la mano, riéndose entre lametones cada vez que Lucía soltaba un quejido.

—Te dije que no se nos iba a ir vivo —le dijo mi cuñada a su hermana por lo bajo.

***

Lucía se separó de mí, caminó hasta la mesa de reuniones del fondo y se subió encima. Se levantó el bajo del vestido y abrió las piernas. No llevaba ropa interior. Su sexo, completamente afeitado, estaba ya tan húmedo que brillaba bajo la luz blanca del techo.

—Ven, Andrés. Pero despacio.

Me acerqué con Daniela detrás, todavía sin soltarme. Pasé la punta por los labios de mi mujer sin entrar, frotando arriba y abajo, sintiéndola contraerse en cada pasada. Lucía gimió de impaciencia y trató de empujarse hacia adelante, pero la sujeté por las caderas para mantenerla quieta.

—No me tortures, cariño —susurró—. Llevo todo el día pensando en esto.

Daniela la rodeó por detrás, le desabrochó los botones de la blusa que mi mujer todavía tenía sueltos sobre los hombros y le acarició los pechos por encima. Lucía echó la cabeza hacia atrás contra la mesa. Su hermana se inclinó sobre ella y le metió un pezón en la boca, chupándolo con la misma calma con la que yo seguía jugando entre sus piernas.

—Por favor —pidió Lucía—. Andrés, hazlo ya.

Entré despacio. La sentí abrirse alrededor de mí en una sola y lenta succión. Lucía contrajo el sexo como si tratara de retenerme dentro, y desde arriba Daniela le mordió el pezón con suficiente fuerza para arrancarle un grito que no era de dolor.

Empecé a moverme. Cada embestida sacaba un golpe de aire de mi mujer, y cada uno de esos golpes encendía más a Daniela, que ya se había bajado el cierre lateral de la falda y dejaba ver una ropa interior negra que apenas cubría nada. Mi cuñada se inclinó más, atrapó la boca de Lucía con la suya y se besaron sin pudor, dos hermanas haciéndolo delante de mí como si yo no estuviera, o más bien como si yo fuera el único motivo por el que merecía la pena hacerlo.

***

—Quiero montarte —dijo Lucía cuando empecé a notar que se le aflojaban los muslos—. Siéntate.

Retrocedí, me dejé caer en la silla de cuero detrás del escritorio y abrí las piernas. Lucía bajó de la mesa con la torpeza de alguien al que le tiemblan las rodillas. Antes de que llegara, Daniela se interpuso, se agachó frente a mí y me chupó otra vez, despacio, mirándome a los ojos con descaro mientras lo hacía. Mi esposa la observaba sin protestar. Cuando Daniela soltó, lamió un costado del miembro y guio a su hermana hasta encajarme dentro.

Lucía empezó a moverse encima de mí con un ritmo lento y profundo. La sentía mojada de una manera obscena, escurriendo por mis muslos hasta el cuero de la silla. Daniela se quedó arrodillada al lado, una mano en el pecho de su hermana, la otra entre sus propias piernas. Ya no fingía nada.

—Mírame, hermana —le pedía Lucía entre embestidas, mientras seguía cabalgándome—. Mira cómo me lo cojo.

—Te miro —jadeó Daniela—. Tócame las tetas, no me dejes así.

Lucía estiró la mano y le pellizcó los pezones, y mi cuñada cerró los ojos como si le acabaran de inyectar algo. Yo apenas podía mantener el ritmo. Cada bajada de mi mujer me arrancaba la cordura un poco más, y la mano que Daniela tenía entre sus propias piernas se movía cada vez más rápido.

—Bájate —les dije a las dos, antes de que aquello terminara demasiado pronto—. Las dos. Sobre la mesa, boca abajo.

***

Obedecieron sin decir palabra. Lucía y Daniela se apoyaron una al lado de la otra contra el borde de la mesa de reuniones, con el torso aplastado contra la madera fría y las nalgas levantadas. Dos espaldas casi idénticas, con la misma curva en la cintura, dos pares de muslos abiertos.

Entré primero en Daniela. Su sexo estaba tan empapado que la entrada fue inmediata, sin resistencia, y mi cuñada soltó un quejido grave que solo se acalló cuando metió la cara entre sus propios brazos. La cogí con fuerza durante un par de minutos, y en cada embestida acariciaba con la mano libre el sexo de Lucía, que esperaba al lado mojándome los dedos.

Cambié. Salí de Daniela y me hundí en Lucía con un solo movimiento. Mi mujer levantó la cabeza, abrió la boca y no llegó a gritar. Empecé a bombearla más rápido, buscándole el orgasmo, y Daniela se incorporó para pegarse contra mi espalda. Sentí sus pechos contra los omóplatos, su mano en mi pelo, su aliento contra mi cuello.

—Hasta el fondo, Andrés. No te detengas.

Lucía se vino con un grito que rebotó contra el cristal de las ventanas. Su sexo se cerró contra el mío como si quisiera arrancármelo, y se le doblaron las piernas. Caímos los dos sobre la alfombra y, antes de que pudiera entender qué pasaba, Daniela ya estaba encima de mi espalda, y mi mujer aún se sacudía debajo de mí con un temblor que no terminaba.

***

Le abrí las piernas a Lucía en el suelo y entré otra vez. Esta vez ella ya no respondió con palabras: solo me clavó las uñas en la espalda y se dejó hacer. Daniela se acomodó por encima, sentada sobre los muslos de su hermana, y me besó la nuca, la oreja, todo lo que tenía a su alcance.

—Hermana, ven aquí —le pidió Lucía con la voz rota—. Súbete, déjame mamarte.

Daniela se subió a horcajadas sobre la cara de Lucía. Vi cómo mi mujer le abría los muslos con las manos y empezaba a chuparla con la misma desesperación con la que yo seguía embistiéndola. Mi cuñada arqueó la espalda, me buscó la boca por encima del hombro y se besó conmigo mientras se venía contra la lengua de su propia hermana.

Salí de Lucía en el último segundo. Daniela se giró, se dejó caer al suelo a mi lado y abrió la boca al mismo tiempo que mi esposa. Acabé entre las dos, sobre los labios y la mejilla de Lucía, sobre la lengua extendida de mi cuñada. Daniela se inclinó después sobre la cara de su hermana y le lamió cada gota que le había quedado, y Lucía la dejó hacer con los ojos cerrados, sonriendo.

Nos quedamos tirados los tres sobre la alfombra, sin fuerzas, escuchando el zumbido del aire acondicionado. Daniela fue la primera en hablar.

—¿Seguimos yendo a comer?

Lucía soltó una carcajada que sonó más a la de una hermana mayor que ella siempre había envidiado.

—Después de esto —dijo—, te invito yo.

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