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Relatos Ardientes

La tarde que mi suegra me abrió la puerta del jardín

Llevaba meses viéndome con Lucía en mi apartamento, casi siempre a media tarde, cuando ella inventaba alguna excusa con su novio para escaparse un par de horas. Una de esas tardes me lo soltó de golpe, todavía con la respiración entrecortada y la cabeza apoyada en mi pecho.

—He cortado con Tomás —dijo, y se quedó esperando una reacción que yo no terminé de darle—. Solo quiero estar contigo.

No eran exactamente mis planes. Yo me había imaginado seguir cogiéndomela después de la boda, con el marido inocente jugando al golf cada sábado. Su decisión me dejaba sin esa fantasía y, peor, me ponía en la diana de dos familias que llevaban un año entero preparando un enlace.

—Tenemos que dejar pasar tiempo —le dije con cuidado—. Si tu padre piensa que yo he sido el causante del desastre, me echa a la calle el lunes mismo.

Lucía aceptó esperar. Volvió a mi apartamento todas las tardes durante los meses siguientes, ya sin el peso de la mentira, y se entregó con una determinación nueva. La nena se había vuelto experta. Llevaba la iniciativa, proponía variantes, dejaba cualquier vergüenza en la puerta. Yo, mientras tanto, valoraba la otra cara del asunto.

Don Rafael, su padre, me había subido el sueldo dos veces en seis meses. Me hablaba ya como a un futuro yerno y me consultaba decisiones de la dirección. Casarme con Lucía equivalía, sin disimulo, a entrar en el círculo cerrado de la empresa. No me apetecía atarme a un coñito caprichoso, pero tampoco era idiota.

Le pedí matrimonio cuando llevábamos algo más de un año juntos, en la terraza del único restaurante caro al que ella todavía no me había llevado. Le hizo ilusión y se lo contó a sus padres antes de que yo terminara el café. La boda fue por todo lo alto.

***

El primer año de casados pasó sin sobresaltos visibles. Lucía me reprochaba la falta de tiempo y la falta de sexo. Yo trabajaba doce horas al día y volvía a casa con la cabeza llena de balances. Más de una tarde la encontré masturbándose frente al portátil, sin avergonzarse de que entrara y la viera. Una noche la pillé en una videollamada con tres desconocidos. Cerré la puerta despacio.

—Es algo virtual, no me pongo cuernos contigo —me dijo después, con esa lógica suya que negociaba con todo—. Peor sería que me follara a alguien.

Hice la vista gorda. Empecé a pasar más horas en el despacho. Y entonces, una tarde de jueves, vi a Marisol.

Estaba esperando a unos clientes en la cafetería del Hotel Palacio cuando ella entró por el otro lado del lobby, del brazo de un amigo de la familia con fama de mujeriego. Pulsaron el botón del ascensor que sube a las habitaciones. Marisol soltó una risa baja, de esas que solo se sueltan cuando ya está todo decidido. No me vio.

***

Mi suegra siempre me había impresionado. Marisol tenía esa belleza serena de las mujeres que llegan a los cincuenta sin haber peleado con el tiempo. Pelo castaño largo, piel buena, una manera de moverse muy lenta, como si nada mereciera la prisa. Hasta esa tarde la había puesto en una vitrina mental aparte, fuera del alcance de mi imaginación. La vitrina se rompió cuando entró en aquel ascensor.

El golpe definitivo vino una semana después. Lucía se había dejado en casa de sus padres unas bolsas de la compra y me pidió que las recogiera de paso al despacho. Llegué a la casa, llamé al timbre, no contestó nadie. La puerta lateral del jardín estaba entornada y entré por allí sin pensarlo demasiado.

Me quedé clavado en la grava antes de llegar a la piscina.

Marisol estaba en una tumbona, en bikini blanco, con la cabeza echada hacia un lado y la boca alrededor de la verga del jardinero. El chico tenía veintipocos, todavía con la camiseta puesta, los pantalones por los tobillos, y le sostenía la nuca con una mano sin atreverse del todo a presionar. Ella sí se atrevía: se la metía hasta el fondo, la sacaba despacio, le pasaba la lengua por todo el largo y volvía a tragársela como si llevara semanas sin probar otra cosa.

Cuando el chaval ya no aguantaba, ella se separó, se echó hacia atrás en la tumbona y le abrió las piernas. El jardinero apartó el tanga hacia un lado y se la metió de un solo empujón. Yo me había escondido tras la pérgola y veía cada detalle: las uñas de Marisol clavándose en la espalda del chico, los gemidos contenidos para que no se oyeran desde la calle, los muslos abriéndose más cada vez que la embestida llegaba al fondo. Acabaron juntos, sin decir nada.

Salí del jardín sin las bolsas. Llamé a Lucía con cualquier excusa.

***

Pasaron unas semanas hasta que tuve la oportunidad. Iba a recoger a Lucía a casa de sus padres y me retrasé en una reunión. Cuando llegué, mi mujer ya se había marchado, impaciente como siempre. Marisol abrió la puerta con un vestido de lino y los pies descalzos.

—Pasa, anda. Te sirvo una cerveza mientras le mandas un mensaje.

Se sentó a mi lado en el sofá. La falda le subió un poco al cruzar las piernas. La blusa tenía un cierre alto, casi cerrado, pero el escote dejaba intuir lo que yo ya había visto en el jardín.

No lo pensé. Le pasé el brazo por encima de los hombros y la besé en la boca. Ella reaccionó al principio con extrañeza, separó la cara medio segundo.

—Sé que eres una zorra —le dije muy bajito, contra los labios—. Y sé que te encanta follar.

Su cuerpo cedió en menos de un suspiro. Me devolvió el beso, me metió la lengua en el oído, me clavó las uñas en la nuca. Mi mano entró en el escote y le sacó un pecho del sujetador. Eran exactamente como los había visto al sol del jardín, pesados y todavía firmes, con los pezones oscuros y ya endurecidos. Le mamé uno mientras la otra mano le subía por el muslo.

Marisol abrió las piernas en cuanto le rocé la entrepierna por encima de la ropa. Estaba caliente. Mojada del todo, sin necesidad de juego previo. Me levanté, me bajé el pantalón y le acerqué la verga a la cara.

Me la mamó como me había imaginado durante semanas. Me lamió todo el largo, me chupó los huevos uno a uno, bajó la lengua hasta el perineo y volvió a subir. Cuando me la metió entera en la boca y la apretó con la garganta, casi me corro de pie.

—Túmbate —le dije.

Le quité la falda yo mismo, tirando hacia abajo. Las bragas tenían una mancha grande en la entrepierna. Se las arranqué de un solo movimiento. La puse a cuatro patas apoyada en el sofá, le abrí las piernas con la rodilla y le metí la verga de un empujón. Estaba tan abierta que apenas hubo resistencia. Empezó a moverse contra mí, a frotarse el clítoris ella misma, a pedirme entre dientes que le diera más fuerte. Le estiré del pelo, le toqué los pechos, la embestí como si llevara meses esperando esa tarde.

Acabamos juntos. Marisol se quedó tirada sobre el sofá riéndose en voz baja. Yo me vestí, le di un beso en el hombro, recogí las llaves del coche y me fui sin decir nada.

***

Desde aquella tarde, repetimos dos veces por semana. A veces en mi apartamento, casi siempre en su casa cuando don Rafael viajaba. Marisol no fingía sentimientos. Tampoco preguntaba por los míos. Yo, por mi parte, no había dejado de acostarme con Daniela, mi secretaria.

Daniela tenía treinta y cinco años, era morena, casada con un funcionario gris al que mantenía a flote con su sueldo y los extras que yo le pagaba por discreción. Su marido sabía perfectamente lo que pasaba y nunca protestó cuando yo me la llevaba a viajes de trabajo de tres días. Ella estaba enamorada de mí; yo se lo aclaré desde el principio: trabajo y sexo, nada más. Lo aceptó.

***

Mi mujer, mientras tanto, iba cuesta abajo. Llegaba a casa a horas raras, con olor a alcohol y la ropa colocada a toda prisa. Se sentaba a hablar por teléfono delante de mí con voz de gata, citando a desconocidos para el día siguiente. Si le apetecía, se masturbaba en el sofá del salón viéndome leer. Yo aprendí a callar.

Los fines de semana cenábamos fuera y luego íbamos a alguna discoteca. Lucía bailaba sola en el centro de la pista, contoneándose entre extraños que le metían mano sin que ella los apartara. A veces se enrollaba con uno y desaparecían diez minutos. Volvía con la falda mal puesta y el pintalabios corrido. Más de una vez trajo a alguno a casa y se lo tiró en el sofá del salón mientras yo me iba a dormir al cuarto de invitados.

El cornudo consentido empezó a ser yo, y curiosamente no me daba celos. Me ponía. Me ponía verla disfrutar mientras yo planeaba mi salida tranquila.

***

Una tarde Lucía dejó el portátil abierto. Aproveché la ducha para meterme en su correo. Estaba registrada en una página de contactos como Afrodita, con fotos eróticas suyas en distintas poses. El perfil decía: «Casada joven, insatisfecha, sexi, atractiva. Fantasías y aventuras. Sexo sin compromiso». Tenía más de trescientos contactos agregados. Saqué copias de todo, mensajes incluidos, y al día siguiente contraté a un detective.

El dossier llegó al mes. Fotos suyas con un hombre de la edad de su padre entrando en un edificio de apartamentos por horas. Fotos con Tomás, su exnovio, besándose en el portal de su despacho. Fotos con un camarero veinteañero al que ella frecuentaba en una cafetería del centro. Y varias fotos del coche de Lucía en un descampado, con distintos chicos jóvenes encima de ella en el asiento trasero, en distintas tardes.

***

Me reuní con don Rafael y con Marisol en la casa familiar y les enseñé el dossier. No se sorprendieron. Don Rafael bajó la cabeza, suspiró, me dio la mano por encima de la mesa y me dijo que el divorcio se haría en condiciones razonables. Marisol no dejó de mirarme ni un segundo. Negociamos la liquidación del patrimonio en quince días, sin abogados feroces ni titulares.

Sigo trabajando para don Rafael, que me considera uno de sus hombres de confianza. Sigo viendo a Marisol dos veces por semana. Es la mujer que más me ha encoñado en mi vida, y le he dicho varias veces que la quiero, que nos vayamos juntos a otra ciudad, que empecemos algo de cero.

Marisol se ríe. Me besa la sien y me explica que ella tiene la vida muy bien organizada, que quiere a su marido a su manera, que la hija es sagrada y que el confort es algo que no piensa sacrificar.

—Tú eres mi macho joven —me dice, sin maldad—. Me haces rejuvenecer. Y si esto no te basta, hay otros que harán cola para ocupar tu sitio.

Me ha confesado, además, que recuperó la relación con Andrés, el chico que la desvirgó a los diecisiete. Andrés es ahora su otro amante, el sentimental, el que la hace temblar por dentro. Yo soy el cuerpo, el deseo limpio, sin pasado. Ella reparte y administra como quien lleva una pequeña empresa.

Me da rabia. Me dan celos. Y después de cada confesión, vuelvo a su cama y la cojo con más fuerza, con más rencor, con más necesidad. Marisol disfruta esa rabia mía. La provoca. Sabe que es lo que me hace volver siempre.

Mi madre, allá donde esté, lo entendería sin que yo se lo explicara. Pero esa es otra historia, una que ya conté y a la que nunca termino de volver del todo.

Fin.

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Comentarios (5)

LoboBA

tremendo relato, no pude parar de leerlo. muy bueno

Tomasito_R

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues jaja

SabrinaK_ok

Me encanto como esta narrado, se siente muy real. Gracias por compartirlo!

BorgesLector

Que situacion mas inesperada... lo lei de un tiron. Tenes un estilo muy natural para contar las cosas, sin ser burdo ni exagerado. Espero leer mas de tu parte.

ChicoBA_99

genial!!!

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