Crónica de una mañana a tres agujeros de gusano
A tres agujeros de gusano de distancia de nuestra Tierra existe otro planeta casi idéntico al nuestro. La misma historia, los mismos inventos, la misma geografía. Lo único que cambia es lo que la espuma cuántica fue moldeando con el correr de los siglos: allá las constricciones religiosas nunca lograron domesticar el instinto, y el sexo terminó tejiéndose con la vida cotidiana como cualquier otra forma de cortesía.
Veamos algunas escenas al azar, recogidas un martes común y corriente.
Son las siete y media de la mañana en un chalet de las afueras de Tarrabal, una ciudad parecida a cualquier capital pequeña de esa otra Tierra. Una familia se prepara para salir: los padres rumbo a sus oficinas, los hijos rumbo a la universidad.
—Vámonos ya, cariño, que se nos hace tarde —dijo el marido desde el recibidor.
Renato llevaba un traje gris de tres piezas, corbata azul, gemelos plateados. La única diferencia respecto a un ejecutivo de nuestra dimensión era el corte del pantalón: sin bragueta, sin cremallera, una abertura limpia que dejaba sus genitales colgando al aire con la misma naturalidad con que un hombre exhibiría el reloj de pulsera.
—Estoy lista —respondió Constanza, entrando al recibidor.
Tacones de aguja color hueso, medias finas hasta medio muslo, una tanga roja muy ajustada y una camisa blanca entallada hasta la cintura. Nada más. El culo redondo y los pechos pesados quedaban a la vista de cualquiera que pasara por la acera, pero a esa hora del día nadie repararía: en aquel mundo, la desnudez de una mujer arreglada era tan corriente como las flores en una repisa.
Lo verdaderamente llamativo era su rostro. Maquillaje impecable, pelo recogido en un moño tirante… y sobre toda esa elegancia, capas y capas de semen seco y semiseco. Un cuajo le colgaba del tabique de la nariz como una gota suspendida, otro cruzaba la mejilla derecha hasta perderse detrás de la oreja, otro le bajaba del mentón al escote y se prolongaba sobre el pezón izquierdo.
—Veo que los chicos ya se vaciaron sobre ti —murmuró Renato, agarrándole un pecho con la palma abierta.
—Antes del desayuno, los muy puercos —rió ella, sopesándole los testículos con un gesto rutinario—. ¿Y Aitana? ¡Aitana, baja ya!
En aquella dimensión, llevar la cara cargada de semen no era humillación, sino prestigio. Cuanto más espesa la máscara, más alto el reconocimiento social. Los hombres tomaban un suplemento que volvía su semen pegajoso, capaz de adherirse en capas; las mujeres usaban un colirio que les permitía mantener los ojos abiertos aunque tuvieran el iris cubierto. La belleza, decían los sociólogos locales, se había emancipado de la simetría.
Aitana, la menor de la familia, bajó las escaleras de dos en dos. Diecinueve años recién cumplidos, primer curso de antropología. Llevaba zapatos blancos de charol, medias caladas hasta el muslo, braguitas mínimas y una camiseta cortada justo bajo los pechos. En el babero —porque en aquel mundo las universitarias usaban baberos como accesorio coqueto— se leía en letras bordadas: «no te contengas».
—Vaya desastre —dijo Constanza al verla—. Tu padre ni siquiera te ha mojado la cara. No puedes salir así.
—Anoche me pasé un poco con tus hermanas —se disculpó Renato—. Estoy en reservas.
—Habrá que improvisar. De rodillas, Aitana.
La hija obedeció con la naturalidad de quien se ata los cordones. Constanza apartó la tanga, se sujetó los labios mayores con los dedos índices y empujó la cadera contra la cara de su hija. Frotó con firmeza, sosteniéndola por el moño, hasta que se corrió con un grito largo y satisfecho que hizo temblar la lámpara del recibidor.
—Listo, mi vida. Ahora sí estás presentable —dijo, acomodándole un mechón pegado a la frente—. En marcha, que el autobús no espera.
***
Cambiemos de plano. La cámara se desliza por las paredes del chalet, atraviesa avenidas y se detiene en un autobús urbano detenido en su parada.
El chofer cobraba los billetes con una mano y con la otra mantenía el pene erecto, en posición de saludo. No era indecencia: era protocolo. El ayuntamiento de Tarrabal premiaba con descuentos a las pasajeras según la elasticidad de su sexo. Dos dedos, descuento del veinte por ciento. Cuatro dedos, cuarenta. El puño entero, billete gratis. Una iniciativa municipal pensada para fomentar la práctica sexual como deporte cívico.
—Probemos —dijo una mujer de unos treinta años subiendo el primer escalón.
—Te entran tres holgados —respondió el chofer tras una breve inspección—. ¿Lo intentamos con cuatro?
—Adelante, amigo.
Detrás de ella entró una mujer alta, de cintura de avispa, embutida en un corsé negro del que colgaban cadenas finas enganchadas a las argollas que le atravesaban los labios mayores. Tenía la cara cubierta de capas tan gruesas de semen seco que apenas se le distinguían los ojos.
—Yo quiero ir gratis, si no le importa —dijo, abriendo las piernas y apoyando el pubis al borde del torno.
El chofer se humedeció la palma, empujó con paciencia y el puño entero desapareció dentro del cuerpo de la mujer hasta el codo. Ella se corrió antes de llegar a su asiento.
Unos metros más atrás viajaba Solana, una estudiante de veinte años, sentada en diagonal, una pierna recogida sobre el asiento. Llevaba auriculares, una camiseta recortada justo encima de los pezones y nada debajo. Mientras escuchaba música, se acariciaba lentamente, casi distraída, como quien hace crucigramas durante el trayecto. Enfrente, un señor mayor la miraba con devoción.
A los lados de Solana, dos jóvenes universitarios se masturbaban apuntando hacia su pelo, hacia sus mejillas, hacia su lengua sacada por hábito. Ella seguía a lo suyo, lánguida, descalza, como si la cosa no fuera con ella, pero cada chorro que le impactaba la cara le arrancaba una media sonrisa de satisfacción profesional.
—Qué pechos tienes, Solana, joder —murmuró uno de los chicos.
—Saca más la lengua, anda —pidió el otro.
Solana cumplió sin abrir los ojos. El señor mayor de enfrente se levantó del asiento, se acercó con un libro bajo el brazo y le preguntó cortésmente si podía sumarse. Ella asintió con un gesto. El hombre se acomodó entre las dos pollas universitarias, presentó su sexo entre los pechos de la chica y se masturbó con calma de orfebre. Cuando terminó, le agradeció con un beso en la frente y volvió a su asiento.
—Buen viaje, señorita —dijo.
—Igualmente, caballero —respondió Solana, recolocándose un auricular.
***
La cámara se aleja otra vez, sobrevuela el casco antiguo de Tarrabal y se detiene en una oficina del distrito financiero. Constanza está en su escritorio, terminando un informe sobre proyecciones del segundo trimestre. La tanga roja sigue empapada, ahora goteándole sobre la moqueta sin que nadie se inmute.
Su jefe, Damián, entró sin llamar. Cincuenta años, sienes plateadas, traje de espiga gris.
—Constanza, el informe está estupendo, pero necesito vaciarme antes de la reunión de las diez. ¿Te molesta?
—Claro que no, jefe. ¿En la cara o en el coño? Tengo el rostro algo seco y la reunión es con la junta noruega.
—Mejor en el coño, entonces. Que se te note fresca para los noruegos.
Ella se reclinó sobre el escritorio, apartó la tanga y le dejó vía libre. Él se hundió con un suspiro profesional, le sujetó las caderas y empujó con la cadencia de quien firma documentos en serie. Constanza, mientras tanto, atendía una llamada con auricular: «Sí, gerente, la reunión sigue programada. No, no es problema, estoy terminando aquí mismo».
Cuando Damián terminó, le pasó un pañuelo de lino para que se limpiara las medias y se marchó dándole las gracias. La secretaria adjunta, Olvido —la misma del corsé negro del autobús—, entró un minuto después con unos papeles.
—¿Te interrumpo?
—Para nada. Ven, échame una mano.
Las dos mujeres se ayudaron mutuamente con la naturalidad de dos compañeras que se prestan corrector ortográfico: una limpiando lo de la otra, una redistribuyendo la última capa fresca por las mejillas para que la simetría del maquillaje no se rompiera. Diez minutos después estaban listas para la videollamada con la junta de Oslo.
***
Cayó la tarde sobre Tarrabal. A las siete menos cuarto, la familia se reencontró en el chalet adosado. Renato había cerrado dos contratos, Constanza había encantado a los noruegos, los hijos mayores —Mateo, veinte años, y Bruno, veintiuno— habían vuelto de la universidad con ese cansancio satisfecho de quien ha aprobado un parcial. Aitana llegó la última, con dos libros en una mano y la cara renovada con capas frescas del autobús de vuelta.
—Vengo agotada —dijo Constanza, tirando los tacones a un rincón—. ¿Cenamos pronto?
—Antes, descansamos —respondió Renato, ya con la corbata fuera y la mano en su propio sexo.
En aquella dimensión, las familias no se sentaban a ver la televisión: se vaciaban en común antes del último plato, como si fuera un aperitivo. Los cinco terminaron en el salón principal, sobre una alfombra ancha que la abuela había tejido años atrás para esa función concreta. Sin urgencias. Conversaban entre caricia y caricia.
—Cuidado con el pelo de tu hermana, Bruno, que mañana tiene examen oral —advirtió Constanza.
—Sí, mamá.
—Y tú, Renato, no me dejes el sofá empapado otra vez.
—No, mi amor.
Mateo se acercó a su hermana y le pasó la lengua por la frente, limpiándola con cariño antes de empotrarle el sexo contra los labios entreabiertos. Bruno se ocupó de la madre, sentado detrás de ella, una mano en cada pecho, embistiendo con esa precisión universitaria que da el haber crecido viendo a los mayores hacerlo todas las noches.
—Mami, sabes a oficina —murmuró Aitana, separándose un segundo de la polla de Mateo para hundir la cara entre los muslos de Constanza—. Hueles al jefe.
—Es Damián, mi amor. Te lo presentaré el sábado en la cena.
—¿El de los gemelos con esmeralda?
—Ese mismo.
Renato observaba la escena desde el sillón orejero, masturbándose despacio con la palma abierta, dirigiéndola como un director de orquesta amable. Esta es mi gente, pensaba. Esta es la única estampa que pediría llevarme a la otra vida. Cuando se corrió, lo hizo sin moverse del sillón, dejando que los chorros cayeran limpios sobre la alfombra de la abuela.
Mateo terminó en la boca de su hermana, Bruno en el pecho de su madre, Aitana se corrió mordiéndose el dorso de la muñeca para no gritar demasiado. Constanza fue la última, prolongando el orgasmo con los ojos cerrados, una mano en la nuca de su hija y la otra sosteniendo el tobillo del marido.
Cuando los chorros cesaron, los cinco se quedaron un rato tumbados, hombro contra hombro, mirando el techo. Constanza pidió pizza por teléfono sin levantarse. El repartidor llegó veinte minutos después, dejó la caja en la mesa de centro, recibió la propina y un beso en la mejilla, y se marchó deseando buenas noches.
***
La imagen se vuelve borrosa, gira con la velocidad de los sueños y nos devuelve a nuestra dimensión, esta dimensión mojigata donde la gente se desea a escondidas y la prensa rosa publica fotos robadas. Pero recordad: a solo tres agujeros de gusano de distancia, una familia cualquiera se vacía entre risas antes de cenar pizza, y nadie en aquel planeta cree que eso sea pecado.