La nevada que cambió todo entre mi hija y yo
Han pasado dos años desde aquel diciembre y todavía hoy me sorprende lo poco que me arrepiento. Empecé a escribir relatos eróticos hace meses, en parte por aburrimiento, en parte porque me excitaba leer los comentarios de desconocidos. Pero ninguna de aquellas historias se acercaba a la que de verdad quería contar: el fin de semana en que mi hija subió al ático y todo lo que llevaba treinta años dentro de mí salió por fin a la superficie.
Pongamos que me llamo Carmen y mi hija Lucía. Yo tenía cuarenta y siete entonces y ella veintiocho. La tuve muy joven, demasiado joven, y nunca volví a la universidad. Mi marido prosperó, multiplicó la fortuna familiar, y yo me quedé en este ático enorme cuidando una vida que la mayor parte del tiempo nadie veía. La gente piensa que una vida así no tiene nada que confesar. Se equivoca.
Era viernes y nevaba desde el mediodía. Mi marido, mi yerno Andrés y mi nieto se habían ido a Lanzarote a ver un partido de baloncesto. Un puente largo, cinco días por delante, y un frío que no invitaba a salir ni a tirar la basura. Lucía llegó al portal a las seis con una bolsa pequeña y la cara colorada por el viento.
—Mami, está empezando a cuajar —dijo al entrar—. Acércate a la ventana.
Fuimos al salón grande. Los tejados del barrio se iban poniendo blancos uno a uno y la luz de las farolas rebotaba en la nieve con un brillo casi azul. Llevábamos años sin estar las dos solas más de una tarde. Me sorprendió darme cuenta de cuánto me alegraba.
Cenamos pronto, algo ligero, y después abrí una botella de licor de avellana que tenía guardada para ocasiones que casi nunca llegaban. Lucía se quitó las botas y se acurrucó en el sofá con las piernas encogidas. Llevaba una falda escocesa por encima de la rodilla y unos leotardos negros muy gruesos.
—Mami, ¿puedo preguntarte algo y no te enfadas?
—Depende. Pregúntame y veremos.
—¿Tú con papá lo seguís pasando bien? Quiero decir, en la cama.
Me reí. No esperaba esa pregunta, no de ella. Mi hija siempre había sido la más recatada de la familia. Le contesté que sí, que después de tantos años aquello era un trabajo, pero que lo seguía disfrutando. Le hablé del cuidado que ponía en mi cuerpo, de los rayos uva que me había comprado, del pelo largo que él me pedía no cortarme nunca. Lucía escuchaba con una atención que me ponía nerviosa.
—¿Y con Andrés? —le pregunté.
Bajó la mirada. Llevaba meses sin tocarla, me dijo. Y cuando lo hacía era un trámite, dos minutos rápidos antes de darle la espalda. Le pregunté si lo quería todavía. Sí, lo quería, pero por su hijo, sobre todo por su hijo, y le daba miedo descubrir un día que ya no quedaba nada.
Le serví otra copa. La nieve seguía cayendo sobre el ventanal y dentro hacía un calor casi sofocante por la calefacción. Le confesé entonces algo que nunca le había contado a nadie. Hacía un par de años, en la modista a la que solía acompañar a su tía Beatriz, me había excitado tanto viéndolas a las dos —mi hermana medio desnuda y la costurera, una chica rubia que se agachaba con unas mallas que le marcaban todo— que llegué a casa y me masturbé como nunca lo había hecho en mi vida.
—¿La tía? ¿En serio?
—La tía y la chica. Las dos. Y luego, durante meses, fue mi fantasía.
Lucía abrió mucho los ojos, pero no se rio. Se mordió el labio y se quedó pensando.
—¿Te gustan las mujeres?
—No es que me gusten. Es que nunca lo he probado. Y a estas alturas creo que ya no voy a probarlo.
Hubo un silencio largo. Después le propuse, medio en broma, enseñarle el aparato de rayos uva que mi marido me había instalado en la habitación del fondo. Le advertí que iba a tener que verme en bikini. Ella se encogió de hombros y subió las cejas como diciendo «y qué». La llevé por el pasillo y me cambié detrás de la puerta. Cuando salí, Lucía me miró con una sonrisa que no recordaba haber visto antes en su cara.
—Mami, estás impresionante.
—Es lo que tiene no aburrirme nunca en casa.
—Quítate también la parte de abajo. Yo no te juzgo.
—Solo si tú te quitas los leotardos.
No sé en qué momento aquello dejó de ser un juego. Me bajé el bikini hasta los tobillos y ella se quitó los leotardos sin dejar de mirarme. Llevaba debajo solo la falda escocesa y nada más. Tenía el mismo coño que yo, depilado igual, con un par de labios que se entreabrían cuando se sentaba. Llevaba once años sin verla desnuda. Era yo veinte años atrás, dos tallas más de pecho y la piel todavía sin marcar.
—Lucía —le dije, intentando que no me temblara la voz—. Ponte algo, anda.
—Tú primero.
Volvimos a la cocina sin acabar el striptease del todo. Yo, con un camisón negro casi transparente que mi marido me había traído de un viaje. Ella, con una camiseta vieja mía y nada debajo. Seguimos bebiendo, ahora con la botella de cava abierta sobre la mesa. La conversación había dejado de ser una conversación. Era otra cosa.
—Mami, los hombres, ¿qué les gusta de verdad? Andrés me pide siempre lo mismo y yo no sé hacerlo.
Le expliqué con detalle. Sin eufemismos. Le hablé de la boca, de la lengua, de jugar con la saliva, de mirarlos a los ojos justo en el momento en que no lo esperan. Le hablé también de cómo a su padre lo calentaba contándole fantasías que no eran exactamente fantasías. Le confesé que la mujer que más veces aparecía en esas charlas de cama era Beatriz, su tía. Lucía dejó la copa en la mesa muy despacio.
—Estás loca, mamá.
—Puede ser.
Eran las dos de la madrugada cuando subimos a mi habitación. Le presté el camisón negro y me puse uno más liviano. Ella protestó, así que se lo cambié sin discutir. Tumbadas, con la luz apagada y la nieve dibujando sombras en el techo, le pregunté si había sido siempre así de curiosa o era el alcohol. Me contestó que no era el alcohol.
—Mami, necesito hacerme una paja.
Me reí, no pude evitarlo. La besé en la mejilla y le dije que se la hiciera ahí mismo, que no se levantara. Le sugerí incluso que se quitara el camisón porque iba a estar más cómoda. Le ayudé a sacárselo. Cuando su mano pasó cerca de mi cara, olí su sexo en sus dedos y entendí que ya no había vuelta atrás. Esta es mi hija, esta es mi hija, esta es mi hija. No conseguía que el pensamiento me detuviera.
Empezó a contarme un vídeo que le habían enviado en una despedida de soltera. Una chica rubia, rubia casi blanca, montando un caballo negro completamente desnuda. La fantasía la había acompañado años con culpa. Mientras hablaba, mi mano se movió por debajo de la sábana hasta entre mis muslos y empezó a moverse a su ritmo. Ella se dio cuenta y no dijo nada.
Nos masturbamos juntas, sin tocarnos, sin mirarnos casi, con su voz susurrándome al oído cosas que ya no eran ni mías ni de la chica del vídeo. Me corrí antes que ella. Me corrí con una fuerza que no recordaba. Cuando volví en mí, Lucía estaba abrazada a mi hombro, llorando un poco.
—Mami, gracias.
—¿Por qué?
—Por ser como eres.
Nos dormimos así, ella desnuda contra mi cadera, yo con el camisón empapado.
***
El sábado amanecimos con todo el barrio tapado de blanco. Lucía me despertó con un mordisco en la oreja. Bajamos a desayunar al centro comercial y compramos demasiado: cava rosado, gambones, salmón, carne asada, fruta para disimular y un bote barato de mayonesa que era mi vicio inconfesable. En el coche, volviendo a casa, paramos un momento en su piso. Subió ella sola y bajó con una bolsa de la que no quiso enseñarme nada.
—Mami —dijo cuando entrábamos al ascensor del edificio—. He decidido que quiero acostarme contigo esta noche. Que cenemos como si fuese una cita y después follemos hasta el lunes. Si tú no quieres, no pasa nada. Solo dímelo.
No le dije nada. Le agarré la cara con las dos manos y la besé en la boca por primera vez. Ella abrió los labios sin dudar.
—Eso es un sí —murmuró cuando el ascensor se detuvo en mi planta.
Me obligó a vestirme con lo que ella había elegido en mi armario: una blusa de seda azul casi transparente, una falda estrecha hasta la rodilla, medias con liguero, los zapatos negros de tacón que no había usado nunca en casa. Ella se cambió en el baño y salió con un conjunto de licra y un top que dejaba ver más de lo que ocultaba. Lo había traído en la bolsa misteriosa. Era ropa que se había comprado para Andrés y nunca se había atrevido a estrenar.
Cenamos en la cocina, la única habitación de aquella casa que sentía mía. Hicimos un juego de prendas. Cada copa, una prenda menos. Mi blusa quedó pegada a los pechos cuando Lucía me tiró el cava por encima «por descuido». La carne se enfrió y los gambones esperaron al final. Sirvió el marisco directamente sobre la mesa de pino, sin platos, y me hizo sentar frente a ella. Antes de empezar a comer, se metió la boquilla del bote de mayonesa entre las piernas y se llenó por dentro.
—Mami, dame un gambón.
Me costó entender lo que me pedía. Cuando lo entendí, ya no podía pensar en otra cosa. Le metí el primero hasta que salió manchado, se lo llevó a los labios y empezó a chuparlo mirándome a los ojos. Hicimos lo mismo con cinco o seis más, riéndonos como dos niñas pequeñas, hasta que ella se tumbó sobre la mesa y yo me incliné y empecé a lamerla sin parar. Estuve así mucho tiempo. Cuando se corrió, todo su cuerpo se quedó rígido un instante y después se hizo un ovillo y le tuve que tapar con mi falda porque tiritaba.
—Me has destrozado —me dijo al rato—. Dame un minuto y voy yo.
Bajó de la mesa, me empujó al sofá y se arrodilló entre mis piernas. Me besó muy despacio por dentro de los muslos antes de subir. Para entonces yo llevaba veinticuatro horas mojada y no necesité más de cinco minutos. Me corrí mordiéndome el dorso de la mano para no gritar, aunque no había nadie en la casa para escucharnos.
***
Recogimos la cocina las dos desnudas, riéndonos de las manchas de mayonesa y de cava por todas partes. Hablamos durante horas sobre lo que acababa de pasar. Lucía me preguntó si lo había tenido premeditado. Le dije la verdad: que no, pero que llevaba años temiendo el día en que pasáramos un tiempo solas. Le pregunté yo a ella si se sentía culpable. Me dijo que no, que solo lamentaba no haberlo hecho antes.
—Mami, prométeme una cosa.
—Lo que quieras.
—Que esto no se acaba el lunes.
Esa noche dormimos desnudas, abrazadas, sin necesidad de seguir tocándonos. Antes de quedarse dormida, Lucía me susurró que cuando saliera del ático el lunes sería otra mujer. Que ya empezaba a mirar a su tía Beatriz, en su memoria, con otros ojos. Que iba a fijarse mejor la próxima vez que la viera. Le acaricié el pelo y le dije que ya hablaríamos. Que ya tendríamos tiempo de hablar de muchas cosas.
Pasaron dos años. Andrés se fue una mañana y nunca volvió, pero Lucía no estuvo sola más de una semana. La tía Beatriz vino a casa una tarde de verano, hace tres meses, con un vestido rosa demasiado largo, y esta vez no me faltó valor. Pero esa es otra historia, y todavía no me atrevo a contarla.