Lo que mi hijo y yo hicimos durante el encierro
Voy a dejar por escrito lo que pasó en los últimos años de mi vida, antes de que el cáncer terminara de hacer su trabajo. No espero perdón, ni busco escándalo. Solo quiero que esto quede en algún sitio donde alguien lo lea con la mente abierta y entienda por qué tomé las decisiones que tomé.
Me llamo Beatriz, tengo cuarenta y cuatro años, soy enfermera de cuidados paliativos en un hospital del centro de Zaragoza. Llevo la mitad de mi vida acompañando a otros en sus últimos meses, así que cuando me llegó el turno supe muy bien lo que tenía delante.
Mi marido murió un año antes de que el mundo se cerrara por la pandemia. Una enfermedad larga, sin sorpresas, que me dejó vacía y con un hijo adolescente al que adoraba. Mateo tenía diecisiete años cuando enterramos a su padre. Era un chico tímido, casero, demasiado serio para su edad. Entre los dos cerramos filas como dos soldados en la misma trinchera, y de esa pérdida nació una complicidad que muchos matrimonios envidiarían.
Entonces llegó marzo, y con marzo el encierro. De un día para otro pasamos a vivir las veinticuatro horas en el mismo piso, dos personas adultas en setenta metros cuadrados, hablando de todo y de nada. Hablamos de su padre, hablamos de mí, de mis novios anteriores, de su primera vez fantaseada con una compañera de clase. Nos sinceramos como nunca lo habíamos hecho.
Debería describirme, porque importa para lo que viene. Soy alta, tengo el pecho generoso, las caderas anchas y la cara, según me han dicho toda la vida, agraciada. Su padre y yo nunca disimulamos delante de Mateo: en esta casa se besaba, se manoseaba y se reía en cualquier rincón. Él creció viéndonos. Eso no lo traumó, lo educó.
Mi vida sexual, que con su padre había sido intensa, se cortó de golpe con la viudez. Lo notaba en la piel, en el humor, en cómo dormía. Y Mateo, que era un chico observador, también lo notaba. Sabía perfectamente que se masturbaba casi a diario en su cuarto, pero curiosamente nunca encontré pornografía en su ordenador. Lo que sí encontré, sin querer, fueron carpetas llenas de fotos mías. Fotos que él mismo me había sacado por casa, pidiéndome poses tontas, sugiriéndome ropa, riéndose como si fuera un juego.
El día que cumplió los dieciocho, lo celebramos los dos solos con una tarta de supermercado y una botella de cava. Esa noche, ya entonados, tuvimos la conversación que cambió todo.
—Mamá —me dijo, mirando la copa—, ¿no te has planteado empezar a salir con alguien? Sé que el sexo te hace falta. Yo no lo vería mal, de verdad.
—Hijo, claro que me hace falta —le contesté, sin pensarlo del todo—. Pero ahora no me apetece. No me veo conociendo a nadie.
—Dime cómo podría ayudarte yo.
Solté una carcajada nerviosa.
—¿Y cómo se supone que un mocoso ayuda a su madre en eso?
—Estamos solos. Podríamos jugar a las cartas con ropa de menos, sacarnos prendas. Podría hacerte una sesión de fotos picantes. No sé, igual te levanto el ánimo.
—Y a ti, de paso, se te levanta otra cosa, ¿no?
Se rio, pero no apartó la mirada. Y yo tampoco aparté la mía.
Esa conversación me siguió toda la noche. Me metí en la cama y, por primera vez en meses, me toqué pensando en algo concreto. Pensando en él. Me dormí incómoda conmigo misma y, al despertar, lo primero que pensé fue que quería repetir.
Dos días después tuve guardia doble en el hospital y, al salir, una cita con el especialista por unas molestias en la espalda que arrastraba desde hacía semanas. Me lo dijeron en una consulta corta y limpia, como hacemos los profesionales cuando no hay margen para suavizar nada. Cáncer. Estadio dos. Con los tratamientos disponibles, una expectativa razonable de cinco años.
Salí del hospital andando despacio. No lloré. No fui capaz. Solo podía pensar en Mateo. Su padre se había ido un año atrás, y ahora su madre se iba en breve. No era justo, joder, no era justo para él.
***
Tardé los dos días que me dieron libres en decidir cómo iba a vivir lo que me quedaba. No iba a contárselo de inmediato. No iba a destrozarle también el encierro. Lo que sí decidí fue otra cosa: que mientras me quedara cuerpo, lo iba a usar.
Al volver a casa lo encontré en el sofá, con esa mirada de cachorro preocupado.
—Hola, mamá. ¿Cómo fueron estos dos días?
—Bien, hijo. Déjame que me duche y seguimos la conversación del cumpleaños, ¿vale?
Vi cómo se le encendía la cara. Sabía perfectamente lo que se le pasaba por la cabeza, y a mí solo se me ocupaba la mía con una imagen: la suya, desnudo. Estaba más caliente de lo que había estado en años.
Salí del baño con una bata mal cerrada, sin sujetador y con un tanga pequeño. Me senté frente a él en el sofá, con las piernas cruzadas de manera que la bata se abriera lo justo. Mateo se quedó mudo.
—Qué guapa estás, mamá —murmuró.
—A ver, hijo. Lo que me decías el otro día. Me interesa.
Llevaba un pantalón corto, y a través de la tela se le marcaba todo. Me moría por verla. Me moría, literalmente, por romper esa barrera. Sabía que estaba mal, sabía que no se hace, sabía que si su padre estuviera vivo no estaría haciéndolo. Pero su padre no estaba, yo me estaba muriendo, y mi hijo me miraba como si fuera lo único en el mundo. Por una vez en mi vida iba a hacer lo que se me cantara, sin culpa.
—Mamá, yo pensaba en hacerte sentir bien —dijo, despacio.
—Mira, Mateo, vamos a jugar a lo que tú quieras. Pero ahora lo que necesito es que te desnudes, que yo me desnude y que me bajes con la boca. Estoy muy caliente, hijo. Y luego quiero comértela.
Se le abrieron los ojos como platos. No dijo nada. Se quitó la ropa con torpeza, sin acertar con el cordón del pantalón, y yo abrí las piernas en el sofá con una calma que ni yo me reconocía.
Lo atraje hacia mí y le di un beso largo en la boca. Le ensalivé los labios, el cuello, la barbilla, mientras le sostenía la polla con la mano y la sentía dura, latiendo, esperando. Él dejaba escapar pequeños gemidos contra mi pelo. Le bajé los labios por el pecho, por el ombligo, y me la metí entera en la boca por primera vez. Su olor era distinto al de su padre, más joven, más limpio.
—Mamá, mamá… qué gusto —repetía, agarrándome del pelo sin tirar, como si tuviera miedo de hacerme daño.
Lo coloqué encima de mí en un sesenta y nueve y empezó a comerme con desesperación, sin técnica pero con un hambre que valía por toda la técnica del mundo. A los tres minutos me corrí en su cara, con una violencia que me sorprendió. Él se vino casi al mismo tiempo, en mi boca, y yo me tragué todo sin pensarlo. Volvimos a juntarnos arriba, a besarnos compartiendo el sabor, abrazados como dos amantes y no como madre e hijo.
Su polla seguía dura. Lo guie hacia dentro de mí sin avisar.
—Fóllame, hijo. No hay nada que desee más. Hasta el fondo. No pares.
Y no paró. Me bombeaba con la urgencia de los dieciocho años, con la cabeza enterrada en mi cuello, sin saber muy bien qué hacer con las manos. Me corrí cuatro o cinco veces seguidas, perdí la cuenta. Cuando él terminó dentro de mí, los dos estábamos llorando un poco, y ninguno sabía exactamente por qué.
Esa noche no cenamos. Dormimos juntos por primera vez. Follamos otras dos veces antes de que saliera el sol.
***
Las semanas siguientes fueron las más felices que recuerdo. Nos volvimos adictos el uno al otro. Andábamos por el piso medio desnudos, jugábamos a juegos absurdos —cartas, parchís, lo que fuera— con prendas como apuesta, con caricias como castigo. Inventábamos cualquier excusa para acabar enredados en el sofá, en la encimera de la cocina, contra la puerta del baño. A él le gustaba especialmente verme desde atrás, y a mí me gustaba dejarme ver así.
Un domingo, cuando llegué de un turno largo, lo encontré con una sorpresa preparada en la mesa. Velas, una cena ridícula y vino malo. Aproveché ese momento para contarle lo que me había callado durante meses.
—Hijo, soy más feliz ahora que en toda mi vida.
—Yo también, mamá.
—Necesito contarte una cosa.
Y se lo dije. Despacio, con las palabras justas, como tantas veces se lo había dicho a familias en el hospital. Me escuchó sin moverse. Después se rompió. Lloró contra mi pecho como un niño pequeño, repitiendo que no era justo, que no podía irme yo también.
—Mateo, mírame. No quiero que volvamos a hablar de esto. La vida es demasiado bonita para gastarla esperando lo malo. ¿De acuerdo?
Esa noche nos dejamos llevar a sitios donde no habíamos estado. Nos bañamos juntos, nos comimos cada milímetro del cuerpo del otro, jugamos con cosas que en mi matrimonio nunca hubiera pedido. Yo, que siempre había sido la mujer firme de la casa, descubrí que me encantaba ponerme en sus manos. Le pedía que mandara. Le pedía que me tratara como su putita. Le pedía cosas que me sonrojaba escuchar saliendo de mi boca, y él, torpe pero entregado, las cumplía todas.
Tres meses después me dieron la baja laboral, justo cuando la pandemia empezaba a ceder. Pasábamos los días desnudos. Él me grababa, no para enseñárselo a nadie, sino para volver a verlo conmigo, abrazados en la cama, riéndonos de nosotros como dos adolescentes.
Y entonces llegó la sorpresa que yo no había contemplado.
—Mateo, creo que estoy embarazada.
Saltó del sofá como si hubiera ganado la lotería. No supo qué decir. Solo me abrazaba y me besaba la barriga, todavía plana, como si pudiera notar algo. Yo no sabía cuánto tiempo me quedaba, no sabía si llegaría a verla, ni siquiera sabía si era buena idea. Pero la idea de dejarle algo a Mateo, algo nuestro, algo vivo, me parecía el último regalo que podía hacerle.
Mi única hermana, Carmen, dos años menor que yo, se enteró del embarazo casi el día que rompí aguas. La había mantenido fuera del piso a propósito.
—Beatriz, ¿en serio? ¿No me ibas a decir nada, guarra? —me dijo entre risas y reproches.
—No quería montar circo. Vino, lo acepté, y ya lo entenderás.
Le conté lo del cáncer. No le conté lo otro. Como hermana buena que es, no me preguntó quién era el padre. Se quedó conmigo hasta el parto, ayudó a Mateo, lloró en silencio en el pasillo del hospital. Mi hija nació sana. La llamamos Lucía.
***
Volví a casa con un bebé en brazos, dolores cada vez más fuertes y una sonrisa que nadie en el barrio terminaba de entender. Nunca dejamos de tocarnos. Cuando Lucía dormía, Mateo y yo seguíamos siendo nosotros.
Una de las últimas noches, cuando ya casi no podía estar de pie sin pastillas, le pedí algo concreto.
—Hoy déjame que te ate.
Lo até con dos pañuelos al cabecero y le tapé los ojos. Le susurré que se quedara quieto, que no hablara. Empecé por la nuca, le pasé la lengua por el cuello, por los hombros, por el pecho. Le mordí los pezones muy despacio, hasta que se le tensó todo el cuerpo. Le besé el ombligo, le mordí la cadera, le lamí los muslos sin tocarle la polla. Le subí por el otro lado, por las axilas, por la cara interna de los brazos. Cuando volví abajo, le pasé la lengua por el glande, solo por el glande, mientras le acariciaba el ano con un dedo.
—Mamá, mamá, me viene… —gimió, sin poder mover las manos.
Se vino sin que se la metiera en la boca, en chorros que le mancharon el vientre. Nunca lo había visto correrse así. Tenía la cara roja y el cuello arqueado, y yo, con la barriga llena de cicatrices y de medicamentos, me sentí, por un momento, más viva que nunca.
—Ahora te voy a follar yo —le dije.
Me senté encima de él, todavía atado, todavía con los ojos vendados. Me moví despacio, sin prisa, dejando que su polla volviera a despertarse dentro de mí. Le lamí las axilas, le respiré el olor, le susurré tonterías al oído. Tardé más de una hora en correrme, encadenando pequeños orgasmos que iba sosteniendo como pude. Cuando llegó el grande, me dejé caer encima de él y nos abrazamos como si quisiéramos fundirnos. Luego lo desaté y dejé que él me atara a mí, y repitió el ritual conmigo, paso a paso, con una paciencia que ningún hombre de mi vida había tenido jamás.
***
El día que Lucía cumplió un año, invité a Carmen y a su familia a casa. Sabía que era una pequeña despedida, aunque nadie quiso decirlo en voz alta. Aproveché un momento a solas con mi hermana para pedirle que estuviera cerca de Mateo y de la niña cuando yo ya no estuviera. No me preguntó nada. Solo me apretó la mano y me dijo que Lucía sería como una hija más para ella.
A las pocas semanas me ingresaron, y desde la cama del hospital terminé de escribir esto. Le pedí a un amigo del trabajo, Diego, que se encargara de que llegara a alguien que supiera contarlo sin moralina. Confío en que lo lea quien tenga que leerlo.
Mi hijo está bien. Trabaja en una nave industrial a las afueras, jornada de mañana, y pasa las tardes con Lucía. Mi hermana llega a casa por la mañana y se queda hasta que él vuelve. No voy a juzgar lo que pase entre ellos. No me corresponde. Solo deseo que sean felices, los tres, de la manera que les dé la gana.
Lucía es la prueba de que ese encierro existió y de que entre nosotros pasó lo que pasó. No tengo miedo de que se sepa. Tengo miedo de que se olvide.