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Relatos Ardientes

Lo que mi hijo y yo hicimos durante el encierro

Voy a dejar por escrito lo que pasó en los últimos años de mi vida, antes de que el cáncer terminara de hacer su trabajo. No espero perdón, ni busco escándalo. Solo quiero que esto quede en algún sitio donde alguien lo lea con la mente abierta y entienda por qué tomé las decisiones que tomé.

Me llamo Beatriz, tengo cuarenta y cuatro años, soy enfermera de cuidados paliativos en un hospital del centro de Zaragoza. Llevo la mitad de mi vida acompañando a otros en sus últimos meses, así que cuando me llegó el turno supe muy bien lo que tenía delante.

Mi marido murió un año antes de que el mundo se cerrara por la pandemia. Una enfermedad larga, sin sorpresas, que me dejó vacía y con un hijo joven al que adoraba. Mateo tenía diecinueve años cuando enterramos a su padre. Era un chico tímido, casero, demasiado serio para su edad. Entre los dos cerramos filas como dos soldados en la misma trinchera, y de esa pérdida nació una complicidad que muchos matrimonios envidiarían.

Entonces llegó marzo, y con marzo el encierro. De un día para otro pasamos a vivir las veinticuatro horas en el mismo piso, dos personas adultas en setenta metros cuadrados, hablando de todo y de nada. Hablamos de su padre, hablamos de mí, de mis novios anteriores, de su primera vez fantaseada con una compañera de la facultad. Nos sinceramos como nunca lo habíamos hecho.

Debería describirme, porque importa para lo que viene. Soy alta, tengo el pecho generoso, las caderas anchas y la cara, según me han dicho toda la vida, agraciada. Su padre y yo nunca disimulamos delante de Mateo: en esta casa se besaba, se manoseaba y se reía en cualquier rincón. Él creció viéndonos. Eso no lo traumó, lo educó.

Mi vida sexual, que con su padre había sido intensa, se cortó de golpe con la viudez. Lo notaba en la piel, en el humor, en cómo dormía. Y Mateo, que era un chico observador, también lo notaba. Sabía perfectamente que se masturbaba casi a diario en su cuarto, pero curiosamente nunca encontré pornografía en su ordenador. Lo que sí encontré, sin querer, fueron carpetas llenas de fotos mías. Fotos que él mismo me había sacado por casa, pidiéndome poses tontas, sugiriéndome ropa, riéndose como si fuera un juego.

El día que cumplió los veinte, lo celebramos los dos solos con una tarta de supermercado y una botella de cava. Esa noche, ya entonados, tuvimos la conversación que cambió todo.

—Mamá —me dijo, mirando la copa—, ¿no te has planteado empezar a salir con alguien? Sé que el sexo te hace falta. Yo no lo vería mal, de verdad.

—Hijo, claro que me hace falta —le contesté, sin pensarlo del todo—. Pero ahora no me apetece. No me veo conociendo a nadie.

—Dime cómo podría ayudarte yo.

Solté una carcajada nerviosa.

—¿Y cómo se supone que un mocoso ayuda a su madre en eso?

—Estamos solos. Podríamos jugar a las cartas con ropa de menos, sacarnos prendas. Podría hacerte una sesión de fotos picantes. No sé, igual te levanto el ánimo.

—Y a ti, de paso, se te levanta otra cosa, ¿no?

Se rio, pero no apartó la mirada. Y yo tampoco aparté la mía. Bajé un segundo los ojos hasta el bulto que ya se le marcaba bajo el pantalón del pijama, y volví a subir la mirada sin disimular. Él lo notó. Los dos lo notamos.

Esa conversación me siguió toda la noche. Me metí en la cama y, por primera vez en meses, me toqué pensando en algo concreto. Pensando en él. En su polla dura debajo del pijama, en cómo se le habría puesto al mirarme las piernas cruzadas en el sofá, en cómo sería sentir esa boca joven entre los muslos. Me metí dos dedos y me corrí en menos de un minuto, mordiendo la almohada para que no me oyera al otro lado del tabique. Me dormí incómoda conmigo misma y, al despertar, lo primero que pensé fue que quería repetir.

Dos días después tuve guardia doble en el hospital y, al salir, una cita con el especialista por unas molestias en la espalda que arrastraba desde hacía semanas. Me lo dijeron en una consulta corta y limpia, como hacemos los profesionales cuando no hay margen para suavizar nada. Cáncer. Estadio dos. Con los tratamientos disponibles, una expectativa razonable de cinco años.

Salí del hospital andando despacio. No lloré. No fui capaz. Solo podía pensar en Mateo. Su padre se había ido un año atrás, y ahora su madre se iba en breve. No era justo, joder, no era justo para él.

***

Tardé los dos días que me dieron libres en decidir cómo iba a vivir lo que me quedaba. No iba a contárselo de inmediato. No iba a destrozarle también el encierro. Lo que sí decidí fue otra cosa: que mientras me quedara cuerpo, lo iba a usar.

Al volver a casa lo encontré en el sofá, con esa mirada de cachorro preocupado.

—Hola, mamá. ¿Cómo fueron estos dos días?

—Bien, hijo. Déjame que me duche y seguimos la conversación del cumpleaños, ¿vale?

Vi cómo se le encendía la cara. Sabía perfectamente lo que se le pasaba por la cabeza, y a mí solo se me ocupaba la mía con una imagen: la suya, desnudo. Estaba más caliente de lo que había estado en años.

Salí del baño con una bata mal cerrada, sin sujetador y con un tanga pequeño. Me senté frente a él en el sofá, con las piernas cruzadas de manera que la bata se abriera lo justo. Mateo se quedó mudo. Vi cómo se le hinchaba la polla debajo del pantalón corto, cómo tragaba saliva sin poder apartar los ojos de las tetas que se me asomaban por el escote de la bata.

—Qué guapa estás, mamá —murmuró.

—A ver, hijo. Lo que me decías el otro día. Me interesa.

Llevaba un pantalón corto, y a través de la tela se le marcaba todo. Me moría por verla. Me moría, literalmente, por romper esa barrera. Sabía que estaba mal, sabía que no se hace, sabía que si su padre estuviera vivo no estaría haciéndolo. Pero su padre no estaba, yo me estaba muriendo, y mi hijo me miraba como si fuera lo único en el mundo. Por una vez en mi vida iba a hacer lo que se me cantara, sin culpa.

—Mamá, yo pensaba en hacerte sentir bien —dijo, despacio.

—Mira, Mateo, vamos a jugar a lo que tú quieras. Pero ahora lo que necesito es que te desnudes, que yo me desnude y que me bajes con la boca. Estoy muy caliente, hijo. Y luego quiero comértela.

Se le abrieron los ojos como platos. No dijo nada. Se quitó la camiseta por la cabeza y peleó con el cordón del pantalón corto sin acertar, hasta que se lo bajó de un tirón junto con los calzoncillos. Su polla saltó hacia arriba, más gruesa de lo que había imaginado, con la punta ya mojada de precorrida. Me quedé mirándosela sin disimular. Era una polla joven, tiesa, con las venas marcadas, la piel tirante hasta el glande sonrosado. Y me estaba esperando a mí.

Me abrí la bata del todo. Me quité el tanga con dos dedos y lo dejé caer al suelo. Abrí las piernas en el sofá con una calma que ni yo me reconocía, enseñándole el coño mojado, hinchado, brillante bajo la luz del salón. Le vi bajar la mirada, quedarse fijo entre mis muslos, respirar hondo. La polla le dio un tirón en el aire.

—Ven aquí, hijo. Ven.

Lo atraje hacia mí y le di un beso largo en la boca. Se la abrí con la lengua, se la lamí por dentro, mientras le pasaba las dos manos por la espalda y le agarraba el culo firme, de chico joven. Le ensalivé los labios, el cuello, la barbilla. Bajé una mano hasta su polla y se la agarré entera. Estaba dura, latiendo, con la piel caliente. La apreté suave, hice bajar la piel hasta descubrirle el glande, la subí, la volví a bajar. Él dejaba escapar pequeños gemidos contra mi pelo, con la respiración cortada.

—Mírame, Mateo. Mírame mientras te la meneo.

Levantó la cara y me miró a los ojos, con la boca abierta, mientras yo le hacía una paja lenta sentada en el sofá. La punta le goteaba precorrida, que yo iba esparciendo con el pulgar por todo el glande. Le vi los muslos temblar. Estaba a punto de venirse solo con eso.

—Frena, hijo, frena. No te me corras todavía. Túmbame y bájame.

Me tumbé de espaldas en el sofá, con las piernas abiertas y una rodilla contra el respaldo. Él se arrodilló en la alfombra, entre mis muslos, y se quedó un momento mirándome el coño como si no supiera por dónde empezar. Cogí su cabeza con las dos manos y lo bajé.

—Lame. Lame despacio, de abajo arriba. Búscame el clítoris con la lengua.

Y lo hizo. Torpe al principio, buscándome, pero con un hambre que me hizo arquear la espalda al primer contacto. Me pasó la lengua entera por la raja, de arriba abajo, tanteando. Encontró el clítoris y se quedó ahí, chupándome con los labios, dándome pequeños tirones suaves con la boca.

—Así, hijo, así… métemela, métemela ahora.

Me metió la lengua entera dentro, todo lo que le entraba, mientras me pellizcaba los pezones con las manos. Me estaba comiendo el coño como si llevara años esperándolo. Bajé una mano y me abrí los labios para él, para que me lamiera mejor por dentro. Me lamió los labios, el clítoris, me chupó el jugo que le corría por la barbilla.

—Espera —le dije, sin aliento—. Ponte encima. Al revés. Que yo también quiero.

Lo coloqué encima de mí en un sesenta y nueve. Su polla me quedó justo a la altura de la boca, dura, apuntándome. Se la agarré con una mano y me la metí entera de golpe, sin previo aviso. Le noté doblarse encima de mí de puro placer, un gemido ahogado contra mi coño. Su olor era distinto al de su padre, más joven, más limpio, más animal. Le empecé a mamar despacio, subiendo y bajando la boca por toda la polla, chupándole el glande, sacándomela del todo para pasarle la lengua por debajo, por los huevos, y volviéndomela a meter hasta el fondo de la garganta.

Él, arriba, seguía comiéndome sin parar. Ahora con más técnica, chupándome el clítoris con presión constante mientras me metía dos dedos y me los movía dentro. Cada empujón de sus dedos me hacía morder su polla con los labios. Estaba a punto de correrme.

—Mamá, mamá… qué gusto —repetía entre lametones, agarrándome del pelo sin tirar, como si tuviera miedo de hacerme daño.

—Chúpame más fuerte, hijo. Que me vengo. Que me vengo en tu cara.

Me corrí en su boca a los pocos segundos, con una violencia que me sorprendió. Cerré los muslos contra su cabeza y solté un grito que se me escapó de dentro. Sentí el coño palpitar contra su lengua, el orgasmo subiéndome por la barriga, por las tetas, hasta el cuello. Él no paró de lamerme, se me tragó todo el jugo, se me quedó pegado. Y con la polla dentro de mi boca, se vino él casi al mismo tiempo. Sentí el primer chorro pegar contra el paladar, caliente, espeso, y luego dos más que se me colaron por la garganta. Me lo tragué todo sin pensarlo, apretándole el culo con las dos manos para que no se saliera hasta la última gota.

Nos separamos jadeando. Volvimos a juntarnos arriba, a besarnos compartiendo el sabor —mi coño en su boca, su semen en la mía—, abrazados como dos amantes y no como madre e hijo. Su polla seguía dura contra mi barriga. No se le había bajado ni un centímetro.

Lo guie hacia dentro de mí sin avisar. Le pasé la mano por debajo, se la coloqué contra el coño y empujé sus caderas. La punta se me hundió sola.

—Fóllame, hijo. No hay nada que desee más. Hasta el fondo. No pares.

Y no paró. Empujó de una vez, hasta el fondo, y los dos gemimos a la vez. Me clavó la polla entera y se quedó un segundo quieto, notando cómo el coño se le cerraba alrededor. Después empezó a bombearme con la urgencia de los veinte años, con la cabeza enterrada en mi cuello, sin saber muy bien qué hacer con las manos. Le agarré una y me la puse en una teta, para que apretara. La otra se la llevé al culo mío, para que me lo abriera mientras me follaba.

—Más fuerte, Mateo. Rómpeme. Que soy tu madre y me estás follando, hijo, dímelo.

—Mamá… mamá, te estoy follando, te estoy follando —jadeó, cada empujón más profundo—. Qué coño tienes, mamá, qué coño…

Me dio la vuelta en el sofá, me puso a cuatro patas y me la volvió a meter desde atrás. Ahora me entraba más adentro, chocándome contra el fondo con cada empujón. Me agarraba las caderas con las dos manos y me embestía cada vez más rápido, con las tetas colgando y balanceándose al ritmo. Le sentí las bolas golpeándome contra el clítoris. Cerré los ojos y me dejé follar.

—Vente dentro, hijo. Vente dentro, no te salgas. Lléname.

Me corrí cuatro o cinco veces seguidas, perdí la cuenta. Uno detrás de otro, como olas, sin darme tiempo a recuperarme. Cuando él terminó dentro de mí, con un gruñido largo y las manos clavadas en mis caderas, sentí los chorros calientes empujándome por dentro. Se dejó caer sobre mi espalda, jadeando, y los dos estábamos llorando un poco, y ninguno sabía exactamente por qué.

Esa noche no cenamos. Dormimos juntos por primera vez. Follamos otras dos veces antes de que saliera el sol: una en la cama, despacio, de lado, mirándonos a los ojos; otra en la ducha del amanecer, con el agua cayendo, él detrás de mí, mordiéndome el hombro mientras se venía. A las siete de la mañana yo tenía el coño en carne viva y una sonrisa que no me cabía en la cara.

***

Las semanas siguientes fueron las más felices que recuerdo. Nos volvimos adictos el uno al otro. Andábamos por el piso medio desnudos, jugábamos a juegos absurdos —cartas, parchís, lo que fuera— con prendas como apuesta, con caricias como castigo. Inventábamos cualquier excusa para acabar enredados en el sofá, en la encimera de la cocina, contra la puerta del baño.

A él le gustaba especialmente verme desde atrás, y a mí me gustaba dejarme ver así. Me ponía a cuatro patas en la alfombra del salón, con el culo levantado, y le hacía que me mirara mientras me tocaba yo sola. Después venía por detrás, me abría con los dedos, me pasaba la lengua por el coño y por el ojo del culo hasta que me tenía suplicándole que me la metiera. A veces me follaba por el coño, a veces me pedía correrme en la boca, a veces me pedía que me pusiera de rodillas y me la corría en la cara y en las tetas. Yo se lo pedía todo. Todo.

Aprendimos a chupárnosla mejor, a esperar el orgasmo del otro, a jugar con los dedos, con la boca, con el culo. Un día me pilló duchándome y me la metió por detrás mientras estaba de espaldas, con el agua corriéndonos por encima, sin decir nada. Otro día me desperté en mitad de la noche con su cabeza entre mis piernas, comiéndome dormida. Perdimos la vergüenza. Perdimos cualquier tipo de vergüenza.

Un domingo, cuando llegué de un turno largo, lo encontré con una sorpresa preparada en la mesa. Velas, una cena ridícula y vino malo. Aproveché ese momento para contarle lo que me había callado durante meses.

—Hijo, soy más feliz ahora que en toda mi vida.

—Yo también, mamá.

—Necesito contarte una cosa.

Y se lo dije. Despacio, con las palabras justas, como tantas veces se lo había dicho a familias en el hospital. Me escuchó sin moverse. Después se rompió. Lloró contra mi pecho como un niño pequeño, repitiendo que no era justo, que no podía irme yo también.

—Mateo, mírame. No quiero que volvamos a hablar de esto. La vida es demasiado bonita para gastarla esperando lo malo. ¿De acuerdo?

Esa noche nos dejamos llevar a sitios donde no habíamos estado. Empezamos en la bañera, con espuma hasta el cuello, él sentado detrás de mí y yo apoyada contra su pecho. Me pasó las manos por las tetas, me pellizcó los pezones bajo el agua, bajó hasta la barriga y siguió bajando. Me tocó el clítoris con dos dedos, en círculos lentos, mientras me mordía el cuello. Yo llevé la mano hacia atrás y le agarré la polla, ya dura contra mi espalda baja. Nos tocamos así media hora, sin prisa, susurrándonos cosas al oído. Le dije que se la quería mamar. Me arrodillé al lado de la bañera, con las tetas mojadas colgando, y se la comí despacio, sacándomela para lamerle los huevos, metiéndomela hasta la garganta, mirándolo a la cara mientras lo hacía. Le mamé hasta que estaba a punto de venirse, y en ese momento se la saqué de la boca y le miré.

—Trátame como quieras. Como tu putita. Como tu zorra. Dímelo tú a mí.

Nos secamos a duras penas y fuimos a la cama. Yo, que siempre había sido la mujer firme de la casa, descubrí que me encantaba ponerme en sus manos. Me tumbé bocarriba y le pedí algo que jamás le había pedido a nadie: que me diera cachetes en el coño. Al principio no se atrevía. Le agarré la mano y le hice hacerlo. Palmada suave. Otra. Otra más fuerte. Yo me abría más las piernas, le pedía más, más fuerte. Cada cachete me subía por la columna, me endurecía los pezones. Me estaba mojando tanto que le manchaba la mano.

—Ahora métemela y llámame de todo, hijo. Todo lo que se te ocurra.

Me metió la polla de una embestida y empezó a follarme insultándome. Torpe, sonrojado, pero cumpliendo. Que era una puta, que era la mejor puta que había tenido, que era su puta. Que su madre era una zorra que se dejaba follar por su hijo. Me corrí como una loca. Le pedía cosas que me sonrojaba escuchar saliendo de mi boca, y él, torpe pero entregado, las cumplía todas. Le pedí que me metiera un dedo en el culo mientras me follaba el coño. Le pedí que se la sacara, me la limpiara en la boca y me la volviera a meter. Le pedí que se me viniera en las tetas y luego me lo hiciera lamer de mis propios dedos. Se lo pedí todo. Todo lo que llevaba veinte años sin pedirle a nadie. Y esa noche entera la pasamos así, follando en cada rincón del piso, sin hablar de cáncer, sin hablar de nada que no fuera comernos vivos.

Tres meses después me dieron la baja laboral, justo cuando la pandemia empezaba a ceder. Pasábamos los días desnudos. Él me grababa, no para enseñárselo a nadie, sino para volver a verlo conmigo, abrazados en la cama, riéndonos de nosotros como dos veinteañeros.

Y entonces llegó la sorpresa que yo no había contemplado.

—Mateo, creo que estoy embarazada.

Saltó del sofá como si hubiera ganado la lotería. No supo qué decir. Solo me abrazaba y me besaba la barriga, todavía plana, como si pudiera notar algo. Yo no sabía cuánto tiempo me quedaba, no sabía si llegaría a verla, ni siquiera sabía si era buena idea. Pero la idea de dejarle algo a Mateo, algo nuestro, algo vivo, me parecía el último regalo que podía hacerle.

Mi única hermana, Carmen, dos años menor que yo, se enteró del embarazo casi el día que rompí aguas. La había mantenido fuera del piso a propósito.

—Beatriz, ¿en serio? ¿No me ibas a decir nada, guarra? —me dijo entre risas y reproches.

—No quería montar circo. Vino, lo acepté, y ya lo entenderás.

Le conté lo del cáncer. No le conté lo otro. Como hermana buena que es, no me preguntó quién era el padre. Se quedó conmigo hasta el parto, ayudó a Mateo, lloró en silencio en el pasillo del hospital. Mi hija nació sana. La llamamos Lucía.

***

Volví a casa con un bebé en brazos, dolores cada vez más fuertes y una sonrisa que nadie en el barrio terminaba de entender. Nunca dejamos de tocarnos. Cuando Lucía dormía, Mateo y yo seguíamos siendo nosotros.

Una de las últimas noches, cuando ya casi no podía estar de pie sin pastillas, le pedí algo concreto.

—Hoy déjame que te ate.

Lo até con dos pañuelos al cabecero de la cama, muñeca contra muñeca, y le tapé los ojos con un tercero. Le susurré que se quedara quieto, que no hablara, que no se moviera hasta que yo le dijera. Le pasé un dedo desde la frente hasta la barbilla, por el cuello, por el pecho, dibujándole la silueta. Se le puso la piel de gallina y la polla ya empezó a hincharse contra el vientre.

Empecé por la nuca. Le pasé la lengua por el nacimiento del pelo, por detrás de las orejas, por el cuello entero, tan despacio que sentí cómo se le aceleraba el pulso bajo mi lengua. Bajé por los hombros, por las clavículas, hasta el pecho. Le mordí los pezones muy despacio, primero uno, después el otro, hasta que se le tensó todo el cuerpo y arqueó la espalda contra las ataduras.

—Quieto, hijo. Ni una palabra.

Le besé el ombligo, le pasé la lengua alrededor, le mordí la cadera, esos huesos de veinte años que se le marcaban. Le lamí los muslos por dentro sin tocarle la polla, que ya estaba durísima, apuntando al techo, con la punta brillante. Cada vez que me acercaba a ella él soltaba un jadeo esperando el contacto, y yo saltaba por encima, hasta la otra pierna. Le subí por el otro lado, por la rodilla, por el muslo, por la ingle. Le lamí el pliegue entre la pierna y los huevos, y por fin le pasé la lengua entera por debajo de las bolas, ensalivándoselas, chupándomelas de una en una. Se retorcía en la cama, tirando de los pañuelos, pero yo lo ignoraba.

Le subí por el vientre, por las costillas, por las axilas. Le pasé la lengua entera por la axila y le noté estremecerse. Le lamí la cara interna del brazo, hasta el codo. Le mordí un pezón, esta vez fuerte, y le vi la polla dar un salto contra su vientre, un hilo de precorrida colgándole hasta el ombligo.

Cuando volví abajo, ya no aguantaba más. Le agarré la polla con dos dedos, la puse en vertical, y le pasé solamente la punta de la lengua por el glande. Un lametón. Otro. Un beso en la punta. Le rodeé el glande con los labios, sin bajar más, chupándoselo solo ahí, y con la otra mano empecé a acariciarle el ano con un dedo mojado en mi saliva, sin llegar a meterlo, solo dando vueltas alrededor.

—Mamá, mamá, me viene… —gimió, sin poder mover las manos, la cabeza girada de un lado a otro debajo de la venda.

Le seguí chupando solo la punta. Le empujé un poco el dedo contra el culo, entrando la primera falange.

—Aguanta, hijo. Aguanta un poco.

—No puedo, mamá, no puedo…

Se vino sin que se la metiera del todo en la boca, en chorros que le mancharon el vientre, el pecho, uno le llegó hasta la barbilla. Nunca lo había visto correrse así. Tenía la cara roja, el cuello arqueado, todo el cuerpo temblando contra las ataduras. Yo iba pasándole el dedo despacio dentro del culo mientras salían los últimos chorros, ordeñándole hasta la última gota. Después me incliné y le lamí el vientre entero, recogiéndoselo todo con la lengua, tragándomelo. Le limpié el pecho a besos. Yo, con la barriga llena de cicatrices y de medicamentos, me sentí, por un momento, más viva que nunca.

—Ahora te voy a follar yo —le dije.

Me senté encima de él, todavía atado, todavía con los ojos vendados. La polla se le había quedado a medio bajar, pero al notar mi coño mojado frotándose contra la punta se le puso dura otra vez en segundos. Le agarré la polla, la coloqué contra la entrada y me dejé caer despacio, centímetro a centímetro, sintiéndomela llenarme hasta el fondo. Me quedé quieta un momento, sentada encima suyo, saboreándole dentro.

Me moví despacio, sin prisa, hacia delante y hacia atrás, dejando que su polla me rozara justo donde quería. Le lamí las axilas de nuevo, le respiré el olor a chico que se había sudado entero. Le susurré tonterías al oído, cosas que había pensado toda la semana y no me había atrevido a decirle. Que lo quería. Que si volviera a nacer, volvería a nacer para follármelo. Que era el mejor amante que había tenido. Que su polla era mía. Que su semen era mío.

Tardé más de una hora en correrme, encadenando pequeños orgasmos que iba sosteniendo como pude, sin dejar que llegara el grande. Cuando empezaba a subirme, me paraba, me quedaba quieta, respiraba. Él me suplicaba que me moviera, que le follara, que se estaba volviendo loco. Yo le decía que se aguantara. Cuando por fin llegó el grande, me solté entera, empecé a botar sobre él cada vez más rápido, apoyando las manos en su pecho, mirándole la boca abierta bajo la venda. Me corrí gritando su nombre, con las tetas rebotando, con el coño apretándole la polla hasta ordeñársela. Sentí cómo se venía él también, cómo me llenaba por segunda vez esa noche, cómo el semen caliente me chorreaba por los muslos.

Me dejé caer encima de él y nos abrazamos como si quisiéramos fundirnos. Luego lo desaté, le quité la venda, le besé los ojos rojos. Y dejé que él me atara a mí, y repitió el ritual conmigo, paso a paso, con una paciencia que ningún hombre de mi vida había tenido jamás. Me lamió cada centímetro. Me metió la lengua en el culo por primera vez, aguantándose ahí, comiéndomelo hasta que le supliqué. Me hizo correrme tres veces solo con la boca antes de meterme la polla. Cuando por fin lo hizo, ya no me quedaban fuerzas para hablar. Solo pude morderle el hombro y llorar contra su cuello mientras se venía dentro de mí, muy despacio, sabiendo los dos, sin decírnoslo, que no íbamos a tener muchas más noches como esa.

***

El día que Lucía cumplió un año, invité a Carmen y a su familia a casa. Sabía que era una pequeña despedida, aunque nadie quiso decirlo en voz alta. Aproveché un momento a solas con mi hermana para pedirle que estuviera cerca de Mateo y de la niña cuando yo ya no estuviera. No me preguntó nada. Solo me apretó la mano y me dijo que Lucía sería como una hija más para ella.

A las pocas semanas me ingresaron, y desde la cama del hospital terminé de escribir esto. Le pedí a un amigo del trabajo, Diego, que se encargara de que llegara a alguien que supiera contarlo sin moralina. Confío en que lo lea quien tenga que leerlo.

Mi hijo está bien. Trabaja en una nave industrial a las afueras, jornada de mañana, y pasa las tardes con Lucía. Mi hermana llega a casa por la mañana y se queda hasta que él vuelve. No voy a juzgar lo que pase entre ellos. No me corresponde. Solo deseo que sean felices, los tres, de la manera que les dé la gana.

Lucía es la prueba de que ese encierro existió y de que entre nosotros pasó lo que pasó. No tengo miedo de que se sepa. Tengo miedo de que se olvide.

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Comentarios(9)

diana_78

que relato tan especial, me enganche desde la primera linea y no pude parar

NocheQuieta

Hay algo en la forma de narrarlo que te lleva de la mano. Para la categoria, muy bien logrado.

FedeMdq89

impresionante como lograste meterme en la historia. La vuelta emocional del encierro le da un peso distinto a todo. Muy buen trabajo!!

Pablogzz

excelente!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Cata_Ros

Me quede con ganas de saber mas, ojalá haya continuacion :)

GabiR_75

La idea del tiempo que se acaba le da al relato una carga emotiva que no esperaba encontrar aqui. Bien logrado, en serio.

MariLen_21

me recordo a una peli que vi hace tiempo, ese mismo morbo mezclado con algo genuino. se hizo cortisimo!

CarlosMP

Que manera de arrancar, no pude parar hasta el final. Esperando el proximo relato

Lorenzo_Rds

jajaja el titulo me tuvo en suspenso todo el tiempo, tremendo giro al final

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