Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El verano que mi tía me enseñó lo que no debía

Tenía 22 años y estaba a punto de terminar el tercer año de Ingeniería cuando mis padres recibieron el traslado. Los dos trabajaban para la misma empresa de logística y la oferta había llegado sin mucho aviso: dos años en Ámsterdam, buenas condiciones, sin posibilidad real de negarse. Yo era hijo único. Mudarme a Holanda habría significado perder el curso, y eso no era una opción que ninguno de los cuatro estuviéramos dispuestos a aceptar.

La alternativa era quedarse. La pregunta era cómo. Mis padres barajaron que me quedara solo en el piso familiar, pero eso les generaba demasiada inquietud. La segunda opción era irme a vivir con mi tía Clara, la hermana mayor de mi madre, que tenía casa propia en la misma ciudad. Estarían más tranquilos sabiendo que había alguien cerca. Eso fue lo que decidieron.

Clara tenía 45 años. Soltera, sin hijos, llevaba una década al frente de su propio estudio de diseño de interiores. Vivía bien: una casa de tres dormitorios en una calle residencial y tranquila, con jardín privado, bien decorada, ordenada sin ser fría. Era morena, de piel oscura, con el pelo largo y liso que llevaba recogido para trabajar y suelto en casa. Tenía los labios carnosos, la mirada directa y el cuerpo de alguien que se cuida sin obsesión: esbelta, caderas marcadas, pechos medianos y firmes. Aparentaba menos de lo que tenía. Yo siempre lo había notado, de esa forma distraída con la que uno nota ciertas cosas sin darles nombre.

Me instalé allí a principios de mayo. Clara me cedió una habitación con escritorio, me dijo que me comportara como en mi propia casa y me invitó a usar el jardín siempre que quisiera, igual que hacía ella casi todos los días cuando el tiempo acompañaba. Las primeras semanas transcurrieron sin incidentes. Yo tenía clases por las mañanas y estudiaba por las tardes. Ella trabajaba en el estudio hasta la hora de comer y luego hacía su vida. Compartíamos las comidas, alguna conversación, la tele de vez en cuando. Una convivencia tranquila.

Lo que no podía imaginar entonces era lo que estaba a punto de cambiar.

***

El martes de la segunda semana sonó el teléfono del salón cuando Clara no lo cogía. Me levanté del escritorio, atendí la llamada y me encontré con Nuria, una amiga suya, preguntando por ella. La había llamado desde mi habitación sin respuesta, así que fui a buscarla por la casa. No estaba en la cocina. No estaba en el salón. La puerta del jardín estaba entreabierta.

Salí. Clara estaba tumbada boca arriba en una de las hamacas con los auriculares puestos y los ojos cerrados. La luz de la tarde le caía directamente encima. Llevaba puesta únicamente la parte de abajo de un bikini negro. Solo eso.

Me quedé parado un instante más del necesario. Sus pechos estaban al descubierto: firmes, redondos, con los pezones oscuros apuntando hacia el cielo. Me acerqué despacio y le toqué el hombro.

—Clara, te llama Nuria.

Se quitó los auriculares y me sonrió con una naturalidad que me descolocó por completo.

—Ay, gracias, Marcos —dijo.

Se levantó de la hamaca sin el menor gesto de pudor, cogió su toalla del suelo y caminó hacia el interior de la casa con los pechos al aire y la misma calma de quien va a buscar las llaves. Yo me quedé donde estaba hasta que desapareció por la puerta.

Casi una hora después entró en mi habitación para avisarme de que iba a salir de compras con Nuria y que estaría de vuelta antes de cenar. Seguía completamente natural, sin darle la menor importancia a que yo la hubiera visto en topless. Antes de marcharse me dijo:

—Llevas demasiadas horas con los libros. Cuando quieras, acompáñame al jardín a tomar el sol. A ti también te vendría bien desconectar un rato.

Me acarició el pelo de forma distraída y salió.

De vuelta en mi habitación, intenté retomar los apuntes. No pude. La imagen se me había quedado clavada con una claridad incómoda: sus pechos bajo el sol, el color de su piel, la forma de su cuerpo en aquella hamaca. Me sentía estúpido por estar así, excitado por mi propia tía, pero el cuerpo no atiende a razonamientos.

No podía quitármela de la cabeza.

Llevaba así media hora cuando me levanté del escritorio y fui hasta el cuarto de la colada. La lavadora estaba parada con ropa dentro. Rebusqué entre las prendas y encontré la braguita negra del bikini que Clara acababa de quitarse. Todavía conservaba el calor de su cuerpo y un aroma suave, íntimo, mezclado con protector solar. La cogí y me fui al baño.

Me desnudé, me la puse y me masturbé frente al espejo con la imagen de Clara todavía fresca en la mente. Sus pechos, las aureolas oscuras, la curva de su cadera sobre la hamaca. Tardé poco. Cuando terminé, la tela negra quedó empapada por delante. El placer duró un instante; la vergüenza llegó inmediatamente después y duró bastante más.

Me duché, metí la braguita junto con mi ropa del día en la lavadora y puse un programa corto. Tendí todo al cabo de un rato. Cuando Clara llegó del centro comercial y encontró la ropa ya tendida, me dio las gracias con una sonrisa.

—Muy atento, de verdad.

Yo respondí con algo vago y me escabullí hacia mi habitación antes de que pudiera leerme la cara.

***

El sábado no tenía clases. Decidí salir a dar una vuelta y acabé en el centro comercial del barrio. Necesitaba bañadores: solo me había traído uno de casa y estaba pasado de moda. Pasé un rato mirando modelos en la sección de ropa de baño. Me detuve frente a varios de corte ajustado, tipo bóxer corto que se ciñe al cuerpo como una segunda piel. Había uno negro y uno azul marino. Los cogí en una talla menos de la habitual.

No me costó demasiado admitir por qué lo hacía.

Comimos juntos al mediodía y después de recoger la cocina le pregunté a Clara si podía tomar el sol en el jardín esa tarde.

—Pues claro —dijo—. ¿No te lo dejé claro cuando llegaste?

—Gracias. Voy a cambiarme.

—Espera, que te hago compañía. Hace días que no salgo —añadió, y antes de que pudiera responder ya había desaparecido por el pasillo.

Salí al jardín con la toalla y el bañador azul puesto. Se me marcaba todo: la forma completa, el volumen, cada detalle. Me tendí en la hamaca boca arriba con los ojos cerrados y el corazón acelerado, esperando.

Minutos después escuché sus pasos en la hierba.

—¿Se está bien, no? —preguntó mientras se acercaba.

Me giré para mirarla. Llevaba chanclas, la parte de abajo de un bikini blanco y nada más. Sus pechos al descubierto, igual que el martes, con la misma naturalidad de siempre. Se instaló en la hamaca de al lado, colocó su toalla y se sentó. Durante unos segundos noté su mirada moverse hacia mi bañador antes de subir de nuevo a mis ojos. Entonces cogió el bote de protector solar.

—¿Te has echado crema?

—No tengo.

—Date la vuelta, que empiezo por la espalda —dijo, con el tono de quien no está pidiendo permiso.

Me tumbé boca abajo. Sus manos empezaron por los hombros y fueron bajando sin prisa por la espalda, extendiendo la crema en círculos lentos y amplios. Tenía las palmas cálidas y los movimientos deliberados, demasiado pausados para ser simplemente funcionales. Cada vez que llegaba a los costados, sus dedos rozaban apenas la piel de mis flancos. Para cuando llegó a la parte baja de la espalda yo ya estaba duro contra la toalla y agradecía enormemente estar tumbado en esa posición.

Cuando terminó, dejó el bote sobre la hamaca.

—El torso póntelo tú. Y cuando acabes, me lo echas a mí también.

Se colocó boca abajo en su hamaca y esperó. Me incorporé, me apliqué la crema por el pecho y el abdomen con las manos que me temblaban ligeramente, y me arrodillé junto a ella.

Le puse crema en los hombros, en la espalda, en la zona lumbar. Sus músculos estaban relajados bajo mis manos. Cuando llegué a la parte baja de su espalda, ella metió los dedos en la cinturilla trasera de la braguita, la enterró entre sus nalgas y dejó al descubierto casi toda la curva de sus glúteos.

—Para que se pongan morenos —explicó, sin moverse.

Extendí la crema por sus nalgas despacio. Mis dedos se fueron acercando poco a poco al interior, al borde de la tela, a la zona entre los muslos. La primera vez que rocé su entrepierna por encima del bikini, Clara no dijo nada. La segunda, tampoco. A la tercera la presioné con más intención. La tela estaba húmeda.

Se dio la vuelta.

***

Se incorporó sobre la hamaca y me miró de frente. Sin sorpresa, sin reproches, sin ningún gesto de alarma. Bajó la vista hacia mi bañador durante un segundo y volvió a mis ojos.

—Llevas un buen rato así —observó.

Extendió la mano y posó la palma sobre mi paquete. Empezó a masajearme por encima de la tela con una presión calculada, circular. Yo me quedé paralizado. Sus dedos conocían exactamente lo que hacían: cuánta presión, qué ritmo, dónde detenerse. Cuando deslizó el bañador por mis piernas y me dejó desnudo frente a ella al sol de la tarde, el aire del jardín me golpeó la piel y sentí una especie de vértigo que no era exactamente miedo.

—Tranquilo —dijo—. Aquí nadie nos ve.

Me rodeó con la mano derecha y comenzó a acariciarme despacio. Luego se inclinó hacia delante y me tomó en la boca.

Lo que siguió fueron varios minutos de concentración absoluta. Su lengua, su calor, el ritmo preciso que ella marcaba: acelerando justo cuando podría haberse detenido y parando justo cuando yo habría querido que siguiera. Cuando por fin me soltó y se retiró, tardé unos segundos en volver a respirar con normalidad.

—Eso lo guardamos para otro día —dijo, limpiándose el labio inferior con el pulgar—. Hoy quiero que te corras dentro de mí.

Se quitó la braguita blanca de un tirón. Su sexo estaba completamente depilado, los labios carnosos y brillantes de humedad.

—Túmbate —me ordenó.

Me eché en la hamaca. Clara me dio la espalda, se colocó encima y fue bajando despacio, muy despacio, hasta que quedé dentro de ella por completo. Se detuvo un momento, como calibrando algo. Luego empezó a moverse.

El ritmo comenzó lento y fue creciendo sin pausa. Yo puse las manos en sus caderas y las dejé guiar el movimiento. Después las subí hasta sus pechos y le apretél los pezones entre los dedos. Ella cambió el ángulo e hizo un sonido grave, bajo, que no parecía calculado para nadie. El chirrido rítmico de la hamaca marcaba el tiempo. El sol de la tarde nos caía encima. En algún momento dejé de pensar en cualquier otra cosa.

Sentí el espasmo acumularse en el abdomen y los músculos tensarse. Intenté aguantar. Cuando ella comenzó a girar las caderas en círculos amplios, no hubo manera. Me corrí en varias sacudidas seguidas, con los dedos hundidos en sus pechos y el cuerpo convulso bajo el suyo. Clara siguió moviéndose unos segundos más, contrayéndose alrededor de mí, hasta que se quedó quieta y dejó escapar el aire despacio por la boca.

***

Se quedó sentada sobre mí un momento antes de levantarse. Yo estaba agotado, con la espalda pegada a la toalla y los ojos fijos en el cielo blanco de la tarde.

—¿Has disfrutado? —me preguntó, recogiendo su toalla del suelo.

—Como nunca —respondí.

—Venga, vamos a ducharnos —dijo, y entró a la casa sin esperar respuesta.

Nos duchamos juntos sin demasiadas palabras. El agua caliente, el olor del jabón, las manos de Clara pasando por mi espalda con esa misma calma con la que hacía todo. En algún momento, mientras se enjuagaba el pelo, me dijo:

—Tienes dos años por delante, Marcos. Esto ha sido solo el comienzo.

Cerré los ojos bajo el agua y no respondí. No hacía falta decir nada.

Valora este relato

Comentarios (6)

GordoBA99

Tremendo relato, de lo mejor que lei en mucho tiempo. Gracias!

NocheVeloz

Por favor una segunda parte!!! me quede con las ganas de saber que paso despues de ese verano

ElChino_Cba

Muy bueno, tiene algo que te atrapa desde el primer parrafo. Seguí así!

lector_cba

Como termino todo al final? quede con la intriga jaja, espero que haya mas

Matias_Sur

Me hizo recordar ciertas situaciones de mi juventud que uno nunca olvida. Bien narrado, se siente autentico

Maxi_bsas

Se hizo cortisimo, queria que durara mas. Muy bien escrito la verdad

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.