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Relatos Ardientes

Lo que empezó entre mi sobrino y yo ese verano

Mi hermano Andrés regresó de México después de cuatro años. Llegó con su mujer Patricia y con Julián, su hijo, que acababa de cumplir diecinueve. Yo tengo cuarenta y tres, llevo quince casada, tengo una hija casi de la misma edad que mi sobrino. Lo primero que pensé cuando supe que se quedarían con nosotros unas semanas fue que debía vigilar a los chicos: entre primos que no se han visto en años pueden pasar cosas. Lo que no calculé fue que el problema no iba a venir de mi hija.

Era el último verano, pleno agosto, y pasábamos las tardes en la piscina del jardín. Julián había crecido de manera notable desde la última vez que lo vi: alto, delgado pero con los hombros anchos, con esa seguridad tranquila que tienen algunos chicos jóvenes sin saber del todo de dónde les viene. Y desde el primer día me di cuenta de que me miraba.

No como mira un sobrino a su tía. De otra manera.

Al principio me dije que era mi imaginación. Pero los días pasaron y las miradas seguían, más largas, más directas. Cuando yo salía del agua con el bikini empapado, los ojos de Julián tardaban demasiado en volver a cualquier otra cosa. Cuando yo me estiraba en la tumbona, él dejaba de hacer lo que estuviera haciendo.

Me dije que era inocente. Pero empecé a elegir el bikini con más cuidado.

También empecé a provocarlo, aunque al principio no lo reconocía así. A la hora de cenar llevaba blusas sueltas que dejaban adivinar lo que había debajo. Me sentaba frente a él con las piernas ligeramente abiertas y dejaba que sus ojos encontraran lo que buscaban. Me excitaba hacerlo. Más de lo que quería admitirme.

Él respondía a su manera: pantalones ajustados, miradas directas, la mano que se deslizaba por su entrepierna cuando creía que nadie lo veía. Lo veía yo.

Una tarde nos quedamos solos en la piscina. Me lancé al agua y cuando salí el cierre del bikini superior se había enganchado en la escalerilla y la tela quedó retorcida alrededor de mi cuello, dejándome el pecho al descubierto. Tardé tres segundos en darme cuenta. Tres segundos en los que Julián y yo nos miramos sin movernos.

Me coloqué el bikini despacio, sin apartar los ojos de él, y me tiré al agua como si nada. Los pezones se me pusieron duros y no era solo por el frío.

Al día siguiente él devolvió el gesto. Nos habíamos quedado solos otra vez. Se lanzó al agua y cuando salió el bañador le había bajado hasta las rodillas. Se quedó quieto en el escalón, sin cubrirse, dejándome mirarlo. Lo tenía semierecto. La situación lo excitaba y no tenía ningún interés en disimularlo.

Esa noche no dormí bien.

***

Los días siguientes fueron un juego silencioso. Julián buscaba excusas para estar cerca: me ayudaba a poner la mesa, pasaba por detrás de mi silla rozándome el hombro, se quedaba en el umbral de la cocina mirándome mientras yo cocinaba. Yo usaba faldas más cortas de lo habitual y no llevaba nada debajo de las blusas. Lo sabíamos los dos y ninguno decía nada.

La ocasión llegó una tarde en que mi marido y mi hija se fueron al cine. Julián dijo que no se encontraba bien. Yo inventé una excusa para quedarme.

Cuando el coche dobló la esquina, la casa quedó en silencio.

Julián me llamó desde su cuarto. Estaba tumbado en la cama con la sábana cubriéndole hasta la cintura y el torso desnudo.

—Tía, ¿me haces un té?

—¿Qué te pasa, el estómago?

—Sí. Tengo algo aquí que no se me pasa. Mira.

Me senté a su lado en la cama, de frente a él. Tomó mi mano y la guio por debajo de la sábana. Esperaba encontrar su abdomen tenso. En cambio encontré otra cosa: duro, caliente, palpitando bajo la tela.

Me quedé inmóvil, con la mano quieta, mirándolo a los ojos.

—¿Crees que puedes hacer algo para que se me pase? —preguntó. La voz le salió ronca y joven al mismo tiempo.

Debería haberme levantado. En cambio cerré los dedos alrededor de él, por encima de la sábana, y empecé a moverlos. Julián deslizó su mano entre mis muslos, subió por debajo de mi falda y apoyó un dedo sobre la tela de las bragas. Comenzó a presionar en círculos, muy despacio. Abrí la boca pero lo que salió no fueron palabras.

Lo masturbé con cuidado, despacio al principio, más rápido después, sin apartar los ojos de su cara. Julián cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás. En menos de dos minutos se corrió con un gemido ahogado y una mancha oscura apareció en la sábana. Se había contenido semanas enteras y no pudo aguantar más.

Me levanté, me alisé la ropa y salí de su cuarto.

***

Estaba en el comedor intentando ordenar mis pensamientos cuando Julián llegó por detrás y me rodeó con los brazos. Sentí la presión de su cuerpo contra mi espalda. Sus manos subieron por mis costados hasta mis pechos. Se pegó más a mí y me besó en la nuca. Giré para decirle algo, lo que fuera, y me plantó un beso en la boca antes de que pudiera empezar: largo, húmedo, con la lengua buscando la mía.

Empujó suavemente con las palmas sobre mis hombros, hacia abajo, hasta que quedé arrodillada frente a él. Lo saqué, lo miré un momento —grueso, firme, con una vena prominente recorriéndolo a lo largo— y lo tomé con la boca.

Julián entrelazó los dedos en mi pelo. Yo me moví despacio, disfrutando de cada centímetro, hasta que noté que estaba a punto y me aparté.

Me levantó del suelo y me sentó en el borde de la mesa del comedor. Subió mi falda, bajó las bragas y se arrodilló. Metió la boca entre mis piernas y yo lancé un grito que se perdió en el aire vacío de la casa. Trabajó con la lengua y dos dedos al mismo tiempo, y yo metí los míos también. Él se separó un momento y me dijo con voz baja:

—Ábrela bien.

Obedecí. Lo miré a los ojos y en esa mirada no había inocencia ni remordimiento, solo una claridad que me hizo estremecer.

Se puso de pie, me abrió de piernas y entró, primero despacio y luego de un empujón hasta el fondo. Grité. Empezó a moverse sin pausa, sujetándome por las caderas, con la frente pegada a la mía. Yo me aferré a sus hombros y lo dejé llevar. Me corrí antes que él y lo sentí vaciarse poco después, con los músculos del cuello en tensión y los dientes apretados.

***

Unos días más tarde llegó el pretexto. Teníamos una casita en un pueblo costero, a tres horas de camino. Un vecino nos avisó de daños por la última tormenta. Mi marido no podía ir por el trabajo, mi hija tenía exámenes. Me ofrecí a ir yo a evaluar los desperfectos.

Julián dijo que quería acompañarme. Nadie lo cuestionó.

Salimos temprano. Yo llevaba un vestido de verano corto y él unos pantalones de tela ligera. A las dos horas de camino me pidió conducir. Cambiamos de asiento sin salir del coche y cuando me deslicé sobre él para pasar al otro lado, su erección era evidente. Nos miramos un segundo sin decir nada.

—Quítatelas —me pidió con los ojos en la carretera.

Me quité las bragas. Me recosté contra la puerta, con las piernas abiertas hacia él, y lo dejé mirar mientras conducía. Con una mano lo toqué por encima de la tela. Luego le bajé el pantalón y lo tomé con la boca mientras el coche avanzaba a cien por hora por la autopista. Cuando noté que estaba a punto me incorporé.

—Espera a que lleguemos —le dije.

Los daños en la casa eran menores, nada que no pudiera esperar. Abrí la puerta con las manos temblando.

***

Julián se quitó los pantalones, me subió el vestido y me abrió de piernas en la cama. Era diferente hacerlo así, con tiempo, sin miedo a que alguien abriera una puerta. Podía mirarlo, podía tocarlo, podía gritar todo lo que quisiera. Lo hice.

Después se colocó detrás y fue más despacio, largo y fondo, disfrutando de cada movimiento. Nos corrimos al mismo tiempo y nos quedamos tumbados escuchando el viento contra los postigos. La habitación olía a madera y a mar y a nosotros.

Cuando recuperé el aliento me giró, abrió mis nalgas con las manos y apoyó la cabeza donde nunca había dejado que nadie la pusiera. Pedí que fuera despacio. No cumplió del todo su promesa pero tampoco fue brusco. Entró poco a poco, con paciencia, y cuando el dolor cedió lo que vino después me sorprendió. Lo dejé seguir. Lo dejé terminar ahí, con las manos en mis caderas y un sonido profundo que no le había oído antes.

***

Por la noche llovió. Julián me propuso salir. Las calles del pueblo estaban vacías, la lluvia nos empapó en cuestión de segundos. El vestido se me pegó al cuerpo y se transparentaba por completo. Julián me miró de arriba abajo y no dijo nada: se limitó a tomarme de la mano y caminar.

Nos besamos apoyados contra la pared de una casa con el agua cayendo sobre los dos. Me subió el vestido en plena calle y entró en mí de pie, con mis piernas envolviéndolo. Algún coche pasó iluminándonos con los faros. No me importó.

Volvimos corriendo a la casa. Yo me duché primero. Cuando salí, Julián todavía estaba en el baño. Entré sin avisar porque no aguantaba más.

—Hay sitio —dijo desde la bañera, con una sonrisa que no tenía nada de inocente.

Lo que pasó en esa bañera fue lo más extraño y excitante que recuerdo haber hecho en mi vida. Cuando salimos los dos seguíamos riendo sin saber exactamente de qué.

La noche avanzó lenta. Julián durmió un rato y se despertó con ganas otra vez. Me la metió de costado con calma, sin prisa, con una mano en mis caderas y la boca pegada a mi nuca. Así estuvimos hasta que los dos nos quedamos dormidos.

***

El amanecer nos encontró en la cama. Julián estaba encima de mí, moviéndose despacio como si no hubiera ninguna prisa en el mundo. Me comía un pecho mientras empujaba, con los ojos a medio cerrar. Así terminó esa noche.

Llamé a mi marido para avisarle que los daños eran más importantes de lo previsto y que volveríamos al día siguiente. No preguntó nada.

Por la mañana reparamos lo que había que reparar y emprendimos el regreso. En el coche íbamos en silencio. Los dos sabíamos que algo había cambiado y que ninguno iba a ponerle nombre.

***

Al tiempo, los padres de Julián compraron casa propia en las afueras. Él se fue con ellos y retomó su vida: estudios, amigos, una novia que apareció meses después. Yo seguí con la mía.

Pero de vez en cuando llega un mensaje. Una excusa cualquiera. Y nos vemos.

No hablamos de lo que somos ni de lo que no somos. Solo sabemos que ese verano pasó, que los dos lo elegimos, y que ninguno lo ha olvidado.

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Comentarios (5)

Romina_Cba

Increible como lo describis, se me puso la piel de gallina. Una joyita este relato!

nochero91

Por favor que haya segunda parte, quede con las ganas de saber que paso despues del verano

CristinaLect

Me gusta cuando los relatos tienen esa tension inicial, esa duda entre lo que esta bien y lo que uno siente. Muy bien escrito.

Acemps

Me recordó a un verano de esos que uno no olvida... la primera vez que te miran diferente. Muy bien escrito, gracias.

MarinaMdeo

Buenisimo!!!

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