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Relatos Ardientes

Mi suegra y yo, solos un sábado de verano

Elena tiene cincuenta y cuatro años y nunca fue una mujer que buscara llamar la atención. Baja, de contextura robusta, con esas caderas anchas que los pantalones ajustados no podían disimular aunque ella lo intentara. Lo que sí llamaba la atención —aunque ella no se lo propusiera— era el trasero. Enorme, redondo, siempre marcado bajo la tela de cualquier vestido que usara.

Elena prefería los vestidos. Decía que los jeans le incomodaban con el calor. Yo sospechaba que era por los complejos que tenía con sus piernas —gruesas, blancas, de esa suavidad que tienen las pieles que nunca toman el sol—, unas piernas que a ella le avergonzaban y que a mí me sacaban de quicio.

Yo no soy precisamente un modelo de revista. A mis treinta y cuatro años cargo con los kilos de quien jugó al fútbol en la adolescencia y lo dejó a los veinticinco. Me llamo Marco y llevo ocho años casado con Valeria, la hija de Elena. Nos casamos jóvenes, con esa convicción de que el amor alcanza para todo. Quizás fue así, durante un tiempo. Ahora tenemos dos hijos y los encuentros en la cama se espacian más de lo que a mí me gustaría.

Valeria tiene el mismo trasero que su madre. Lo heredó con exactitud milimétrica. Y eso, para mi tranquilidad de espíritu, no me ayudaba nada.

Con Elena siempre fui atento, considerado, lo que ella llamaba «un caballero», muy distinto al carácter difícil de Rodrigo, su marido, que trabajaba como vigilante en una empresa de transportes y llegaba a casa de mal humor tres días de cada cinco. Elena me defendía cuando discutía con Valeria, sin que yo se lo pidiera. Y yo le agradecía ese cariño siendo respetuoso, amable, siempre con una palabra a tiempo.

Claro que eso no me impedía mirarle el culo cada vez que se daba vuelta.

Lo hacía sin descaro, pero tampoco con demasiado disimulo. Un vistazo cuando ella se estiraba para alcanzar algo del estante, una mirada sostenida cuando subía la escalera delante de mí y el vestido se le pegaba a las nalgas dibujando la raya. Elena se había dado cuenta: cuando había gente alrededor, se cubría más de lo habitual. Cruzaba las piernas, ajustaba el vestido, ponía un cojín sobre las rodillas. Pero cuando estábamos solos, no hacía nada de eso. No mostraba más, tampoco. Simplemente dejaba de cubrirse.

Nunca dijimos nada al respecto. Era un juego sin reglas explícitas y sin ningún futuro posible. O eso pensaba yo.

***

El sábado que todo cambió, el jefe nos dejó salir al mediodía. Iba camino al coche cuando me llamó Valeria: que si podía pasarme por lo de su madre a dejarle un paquete, que ella estaba de compras con nuestra hija mayor y no volvería hasta la noche. Rodrigo había salido con mi hijo desde la mañana a ver un partido. Todos regresarían alrededor de las ocho.

Acepté sin pensarlo demasiado. Me quedaba de camino.

Elena me abrió la puerta con un vestido floreado de los que usaba para estar en casa. La tela se le pegaba al cuerpo con el movimiento, y cuando se giró para dejarme pasar, el culo se le marcó exactamente como yo lo recordaba en mis peores momentos de debilidad. Olía a jabón y a limpiador de suelos. Había estado fregando.

—Qué sorpresa, Marco. Pasa, pasa —dijo, con esa sonrisa genuina que tenía cuando se alegraba de verdad.

Le entregué el paquete. Elena lo abrió, lo revisó con el ceño fruncido y meneó la cabeza.

—Esto no es lo que pedí. Valeria se confundió con el encargo.

—¿Qué necesitabas?

—Otra cosa —dijo, y se rió un poco—. Tendrás que volverte el lunes.

Pero no me fui. Me quedé en el salón, y ella no me pidió que me fuera.

Le pregunté cómo estaba. Elena se acomodó en el sillón grande y estiró una pierna con un gesto de alivio forzado.

—Las piernas —dijo—. El médico me mandó una crema para las molestias, pero no llego bien a aplicármela yo sola.

Hubo un silencio de dos segundos. Suficiente para tomar una decisión que no debería haber tomado.

—Puedo hacerlo yo —dije—. Hice un curso de masoterapia hace unos años. Tú lo sabes.

—No creo que sea apropiado —dijo.

—Elena, nos conocemos hace diez años. Son solo los pies y las pantorrillas. Soy prácticamente un hijo para ti.

Insistí. No sé por qué insistí tanto. Y lo que menos esperaba que pasara fue lo que pasó: dijo que sí. Que me esperara, que iba a enjuagarse porque había estado limpiando.

Me quedé solo en el salón escuchando el agua correr. No podía creer que hubiera dicho que sí.

***

Elena salió del baño con el mismo vestido, recién duchada. Se sentó en el sillón frente a mí y estiró las piernas con cuidado, sujetando la tela con ambas manos para que no subiera por encima de las rodillas. Tenía los pies bien cuidados, pintados de rojo oscuro. Empecé por los tobillos.

El calor de ese sábado era brutal. A los cinco minutos yo ya sudaba, entre la postura, la situación y lo que tenía delante. Elena lo notó.

—Si quieres ducharte puedes —dijo, con una naturalidad que me desconcertó—. Tienes un short de Rodrigo en el baño. Estás recién salido del trabajo, no te preocupes.

Fui a buscarlo. Era más pequeño de lo que esperaba, muy ajustado en las piernas. Me lo puse sin ropa interior porque la mía no me apetecía volvérmela a poner.

Cuando volví al salón, los ojos de Elena bajaron un instante antes de que pudiera evitarlo. Solo un instante. Se le fueron directo al bulto que el short marcaba sin misericordia. Luego sonrió como si nada y retomamos la posición de antes.

Seguí con el masaje. Elena apoyaba las piernas estiradas hacia mí, con los pies a la altura de mis muslos. Yo trabajaba con la crema, subiendo desde el tobillo hacia la pantorrilla, despacio. El vestido seguía recogido entre sus manos.

En un momento, cuando empujé la planta del pie para estirar el tendón, su dedo rozó el borde del short. Solo eso. Un roce involuntario. Elena no lo mencionó. Yo tampoco. Seguí trabajando.

Pero mi cuerpo reaccionó. Sentí la polla hincharse contra la tela ajustada del short, la sangre golpeando ahí abajo. No podía controlarlo.

Cuando pasé al otro pie, al cruzarlo hacia mí, la pantorrilla de Elena presionó ligeramente contra el short, contra mi verga tiesa. No me moví. Ella tampoco. Y después de un momento en que ninguno de los dos dijo nada, la presión se volvió deliberada. Suave, pero deliberada. La pantorrilla se movió apenas, arriba y abajo, frotándose contra el bulto que ya era imposible de disimular.

Elena tenía los ojos cerrados.

Yo no.

—¿Puedes subir un poco más? —dijo sin moverse—. Las pantorrillas más arriba también me molestan.

Mis manos subieron. El vestido se había aflojado —ya no lo sujetaba— y el dobladillo estaba por encima de las rodillas. Las piernas de Elena eran suaves, blancas, cálidas bajo la crema. Las acaricié más que masajee. Le abrí un poco los muslos con las manos, deslizándome hacia adentro, hacia esa zona blanda y pálida que se le juntaba arriba. Ella no me corrigió. Al contrario: separó las rodillas un centímetro más y respiró más hondo.

—Un poco más —dijo.

Tuve que ponerme de pie. Y al hacerlo, el short no dejaba ninguna duda sobre lo que me estaba pasando: la polla marcaba una línea vertical clarísima bajo la tela fina, la punta empujando contra la cintura. Elena abrió los ojos justo en ese momento. Me miró ahí, sin disimulo, un par de segundos largos. Se pasó la lengua por el labio de abajo. Los volvió a cerrar.

—Aquí estoy incómoda —dijo—. En el cuarto hay más espacio y puedo estirarme mejor.

Se levantó y caminó hacia el pasillo. Yo la seguí, mirándole el culo tembloroso bajo el vestido, sabiendo perfectamente que ya no íbamos a hablar más de piernas.

***

En el dormitorio, Elena se tumbó boca abajo en la cama. Sin que yo dijera nada, levantó el dobladillo del vestido hasta la cintura. No llevaba nada debajo. El culo que llevaba años mirándome a escondidas estaba ahí, sin tela de por medio, enorme y real y completamente distinto a cómo lo había imaginado tantas veces. Blanco, redondo, pesado, con la raya profunda dividiéndolo, y más abajo, entre los muslos, el coño de mi suegra, cubierto de vello oscuro, ya brillando de humedad.

Se me secó la boca.

Me acerqué y apoyé las manos sobre sus caderas. Elena no se movió. Solo enterró la frente en los brazos cruzados y respiró hondo. Le pasé las palmas por las nalgas, las apreté, las abrí con los pulgares. Elena soltó un gemido corto contra la almohada. La agarré con las dos manos y le hundí la cara ahí, en toda esa carne caliente, y le pasé la lengua desde el coño hacia arriba, un lengüetazo largo y lento que le arrancó un temblor de las caderas.

—Marco… —susurró, y no era un no.

Se la comí desde atrás, con ella boca abajo y las nalgas separadas contra mi cara. Le chupé el coño entero, le metí la lengua adentro, le busqué el clítoris hinchado y se lo trabajé despacio, dando vueltas, mientras las manos no le soltaban el culo. Elena empezó a mover las caderas contra mi boca, restregándose sin vergüenza, empapándome la barbilla. El sabor era denso, con algo salado, con esa aspereza de mujer madura que me puso más duro de lo que había estado en años.

—Dios, así no, así no —jadeaba, pero abría más las piernas.

Cuando levanté la cabeza para tomar aire, ella se dio la vuelta, se sentó al borde de la cama y me miró a los ojos por primera vez desde que habíamos entrado al cuarto. Tenía las mejillas rojas, el vestido arrugado en la cintura, los pechos grandes se le adivinaban bajo la tela pegoteada.

—Ven aquí —dijo, con la voz ronca.

Fue ella quien tomó la iniciativa. Me buscó los dedos a través de la tela del short, los encontró sin dudar, apretó el bulto entero en la palma de la mano. Y lo que hizo a continuación no fue ningún accidente: me lo bajó de un tirón. La polla saltó dura, tiesa, apuntándole a la cara. Elena la miró un segundo, tragó saliva y me la agarró con la mano derecha.

—Es grande —dijo, casi sorprendida.

—Elena, no tienes que…

—Cállate.

Abrió la boca y se la metió entera. Me la mamó con los ojos cerrados, con una calma que no esperaba, moviendo la cabeza adelante y atrás, sacándola brillante de saliva y volviéndola a tragar. Con la otra mano me agarraba la base y me apretaba los huevos. Le puse los dedos en el pelo, sin empujar, solo para tocarla, y ella emitió un ronroneo con la garganta que me atravesó la espalda.

Se la sacó de la boca con un chasquido y me miró desde abajo, con los labios brillando.

—Hace años que no me la ponen tan dura en la mano —dijo.

—Elena…

—Cállate, Marco. No hables.

Me volvió a chupar, más profundo esta vez, forzándosela hasta que la sentí topar contra el fondo y ella tosió apenas y siguió. Estuvimos así un buen rato, los dos en silencio salvo por el ruido húmedo de su boca y mi respiración entrecortada, el ventilador girando en el techo.

—Esto está mal —dijo en algún momento, sacándomela para hablar y volviéndomela a meter a los dos segundos.

—Lo sé —dije, casi sin voz.

—No debería estar pasando.

—No.

Hubo una pausa. Ella levantó la vista hacia mí, con la polla apoyada contra la mejilla.

—Pero hace tiempo que me miras —dijo.

—Mucho tiempo —admití.

—Lo sabía —dijo, y no añadió nada más. Volvió a chupar.

Cuando sentí que estaba cerca la levanté por los hombros y la puse boca abajo de nuevo. Le levanté el vestido otra vez hasta la cintura, le abrí las nalgas con las dos manos y me coloqué detrás, arrodillado entre sus piernas separadas. Le pasé la punta por toda la raja mojada, arriba y abajo, restregándome contra el clítoris hinchado hasta que ella empujó el culo hacia atrás buscándome.

—Métemela ya —jadeó contra la almohada—. Métemela, Marco, por Dios.

Se la metí de un empujón largo y firme. Elena soltó un grito que ahogó en la almohada y apretó las sábanas con los puños. Estaba mojadísima, caliente, apretada. Me quedé quieto un segundo, dentro hasta el fondo, sintiendo cómo el coño se le contraía alrededor de la polla adaptándose.

Empecé a moverme despacio. Ella apretó la almohada con ambas manos cuando empecé a bombear. Fui soltando la tensión poco a poco, y cuando lo hizo, empezó a responderme, empujando el culo hacia atrás cada vez que yo empujaba adelante, ajustando el ritmo al mío, hasta que el sonido de las nalgas chocando contra mis caderas llenó todo el cuarto.

—Hace años que lo imagino —dije, mirando cómo mi polla entraba y salía brillante entre esas dos nalgas gigantes.

—No me lo cuentes —dijo ella, con la voz temblando.

—¿Por qué no?

—Porque entonces tengo que recordar que soy tu suegra.

—¿Y eso lo cambia?

Elena tardó unos segundos en contestar. Le di un empujón profundo, aguantándome dentro, moviéndoselo en círculos contra el fondo.

—No —dijo finalmente—. No lo cambia. Sigue, sigue, no pares.

Siguió moviéndose contra mí, empalándose ella sola, buscando el ángulo. La agarré de las caderas con las dos manos y empecé a follármela con ganas, empujándola contra la cama, sacándosela casi entera y hundiéndosela hasta los huevos otra vez. Elena empezó a gemir cada vez más fuerte, cada vez menos contenida, gritos cortos y ahogados que me pusieron a mil.

—Así, así, así —jadeaba—, más fuerte, Marco, más fuerte.

Le di una palmada en la nalga derecha. El culo se sacudió entero. Elena gritó y empujó el culo hacia mí pidiendo otra. Le di otra, más fuerte, y le vi la marca roja de mi mano quedando dibujada en la carne blanca. Se la agarré, la apreté, la volví a soltar.

Cuando la sentí temblar y contraerse alrededor de la polla, cuando le noté las piernas ponerse rígidas y la vi enterrar la cara en la almohada para gritar el orgasmo sin que se oyera hasta la calle, casi me corro yo también. Me tuve que salir. Me quedé arrodillado detrás con la polla brillando, palpitando, chorreando de ella.

Más tarde, cuando le pregunté si podía hacer algo más, si la podía tener del otro lado, dijo que no. Dos veces dijo que no. Le pasé la punta de la polla mojada por la raya del culo, subiendo hasta ese ojito oscuro y apretado entre las nalgas, apenas rozando. Elena se estremeció.

—Marco, no —dijo.

—Solo un poco. Te lo prometo.

—No, ahí no.

La tercera vez, en voz muy baja, como si no quisiera que nadie la escuchara aunque estábamos solos, dijo que sí.

—Pero despacio —susurró—. Muy despacio. Nunca me lo han hecho ahí.

Me llevé dos dedos a la boca y los ensalivé bien. Le abrí el culo con la otra mano y le froté saliva en el agujero, dando vueltas, apretando apenas la punta del dedo contra el aro. Elena se tensó entera. Le fui metiendo el dedo despacio, hasta el nudillo, y luego el segundo, sintiéndola respirar hondo cada vez que avanzaba un milímetro. Cuando la noté ceder un poco, cuando el aro se aflojó alrededor de mis dedos, saqué los dedos y coloqué la cabeza de la polla ahí.

Empujé sin fuerza, apenas presionando. La punta se abrió paso. Elena apretó los dientes y aguantó. Solté un poco más de saliva desde arriba y empujé otro centímetro, y otro, mientras ella respiraba fuerte por la nariz.

—Aguanta —dije—. Aguanta, aguanta.

—Duele —susurró—, pero no pares.

Después, poco a poco, la tensión cedió, los dedos soltaron la almohada y ella misma empezó a moverse muy lento hacia atrás, empalándose ella el culo con mi polla, tomando un poco más cada vez. La estrechez era brutal. Sentía cómo el aro me apretaba la base, cómo cada centímetro adentro me quemaba. Me agarré de sus caderas y empecé a moverme, corto, cuidadoso, entrando y saliendo apenas.

—Dios mío, Dios mío —jadeaba ella contra la almohada—, no puedo creer que esté dejando que me lo hagas.

Cuando llegué al límite no pude aguantar más. Se lo dije, le dije que me venía, y ella dijo dentro, dentro, no salgas. Empujé una última vez hasta el fondo y me corrí ahí, chorros largos y calientes de semen soltándose adentro del culo de mi suegra mientras ella daba un respingo con cada latido de mi polla. Elena se quedó completamente quieta, respirando despacio, con la cara enterrada en la almohada.

—Dios mío —dijo, cuando por fin la solté y saqué la polla despacio, viendo cómo un hilo blanco se le escurría por la raja hacia abajo.

Me tumbé a su lado y la abracé. Ella no se apartó. Le pasé una mano por el pelo, por la espalda todavía sudada, y sentí cómo su cuerpo temblaba con las secuelas.

***

Se levantó primero. Fue al baño sin decir nada, caminando un poco tiesa. Yo la seguí.

—No, Marco —dijo cuando me vio en la puerta.

Me metí de todas formas. Estaba bajo el chorro con los ojos cerrados, dejando que el agua le corriera por el pelo, por los pechos grandes y caídos, por el vientre blando, por los muslos. No se cubrió. Me miró cuando entré y volvió a cerrar los ojos.

La besé en el hombro. Luego en el cuello. Le bajé la boca hasta un pezón oscuro y arrugado por el agua fría, y se lo chupé despacio hasta sentirlo endurecerse contra mi lengua. Elena me puso una mano en la nuca sin decir nada. Le pasé la otra mano entre las piernas por debajo y le froté el coño con dos dedos, arriba y abajo, y ella separó las piernas apenas para dejarme sitio. Cuando la giré hacia mí y la besé en la boca, tardó dos segundos en corresponderme. Esos dos segundos importaron más de lo que quería admitir. Después me metió la lengua entera y me agarró la polla otra vez, ya medio dura, apretándomela debajo del chorro.

El agua estaba fría para cuando salimos.

Nos vestimos en silencio. Ella sin mirarme directamente, yo sin saber qué decir. Elena se pasó los dedos por el pelo mojado y se miró en el espejo del baño.

—Esto no puede volver a pasar —dijo.

—Entiendo —dije.

Ella me miró en el reflejo.

—¿De verdad lo entiendes?

—No —admití.

Algo en la comisura de su boca se movió un milímetro hacia arriba antes de que pudiera controlarlo.

***

Sonó su teléfono. Era Rodrigo: el partido había terminado antes de lo previsto y venían en camino. Calculé que tendríamos veinte minutos, como mucho.

Yo estaba en el salón con un vaso de agua cuando él llegó. Lo saludé como siempre, con el apretón de manos firme de costumbre. Rodrigo me palmeó el hombro.

—Menos mal que estás aquí, Marco. Elena lleva días con las piernas mal y sola es un aburrimiento.

—Le di un masaje con la crema que le mandó el médico —dije.

—Eso es. Siempre tan atento —dijo, y se fue a la cocina a buscar algo frío.

Elena estaba en el pasillo. Me miró. Yo le sostuve la mirada sin decir nada.

Rodrigo volvió con una cerveza y, antes de que yo pudiera despedirme, anunció que lo mandaban fuera de la ciudad durante quince días. Asunto de la empresa, salía el lunes a primera hora.

—Qué coincidencia —dije—. Yo también tengo que volver el lunes. Lo del encargo que trajo Valeria equivocado.

Elena se aclaró la garganta.

—Sí —dijo—. El lunes estaré aquí.

Rodrigo no notó nada. Nunca notaba nada. Y los dos lo sabíamos muy bien.

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Comentarios(8)

MartinSalta

Tremendo relato!! me encanto jaja, ese arranque no me lo esperaba para nada

JuanCba21

buenisimo, quede con ganas de mas

EstebanMDP

Por favor seguí con esto, necesito saber cómo continúa jeje

Tomas_HB

Jaja el título ya te adelanta algo y aun así te sorprendés. Muy bien contado.

noche_de_verano

Me encantó como está narrado, se siente creible y sin nada forzado. Sigue subiendo relatos!

LectorBsAs

Y después no pasó nada más? Me quedó la intriga jeje. Gran relato

Fer_noc

uf, de los mejores que leí en esta categoría. Se hizo cortísimo

RickyMar22

Me recordó a una situacion parecida que tuve una vez... no voy a dar detalles jaja. Muy buen relato, saludos!

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