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Relatos Ardientes

Mi cuñada llegó sola y lo cambió todo

Hacía dos meses que Clara y yo habíamos entrado en el mundo de las parejas liberales y, sinceramente, no podíamos estar más contentos. Habíamos encontrado un círculo pequeño, discreto, sin dramas. Gente adulta que sabía separar el placer del resto de sus vidas y que no mezclaba una cosa con la otra.

El problema era Valeria.

Mi cuñada llevaba semanas insistiendo en que la incluyéramos. Cada vez que Clara y yo llegábamos a una reunión con buen humor, Valeria lo notaba y volvía a la carga. Una tarde incluso apareció en casa mientras Clara estaba trabajando. Me abrió la puerta del auto antes de que yo terminara de estacionar y me dijo, muy tranquila, que quería demostrarme que encajaría bien en el grupo. Antes de que pudiera responder, ya se había bajado el tirante de la blusa y me mostró el pecho derecho como si fuera la cosa más natural del mundo. El pezón se le puso duro al aire, oscuro, grueso, y ella se lo pellizcó con dos dedos delante de mí sin ninguna vergüenza.

—Méteme al grupo —dijo simplemente. Y se volvió a cubrir.

Yo me quedé con las llaves en la mano, sin saber qué decir, y con la polla tirándome del pantalón antes de terminar de subir la escalera.

Clara lo sabía todo. Lejos de enojarse, le daba el visto bueno a la idea. Su único reparo era que en algún momento del entrevero yo pudiera quedar pegado a su hermana, cosa que no le terminaba de cerrar del todo. Pero la lógica que usaba para convencerse era la siguiente: el marido de Valeria, Rodrigo, era un tipo frío, celoso y negligente en el peor sentido de la palabra. No la tocaba. Prefería el partido del domingo y la tertulia con sus amigos a cualquier cosa que pudiera ofrecerle su mujer. Clara le tenía una bronca acumulada desde hacía años, y a veces creo que apoyaba la idea más por fastidiar a Rodrigo que por otra razón.

Valeria, por su parte, llegaba a cada reunión familiar con una energía de mujer que lleva demasiado tiempo sin que nadie le folle el coño como se merece. No lo disimulaba. Y era difícil no notarlo.

***

El jueves siguiente organicé una reunión pequeña en casa. Clara estuvo de acuerdo. Invitamos a Marcos y Sofía, una pareja joven con la que llevábamos varios encuentros. Él era notablemente dotado y lo sabía, sin que eso lo hiciera engreído. Ella era bisexual y libre en un sentido que pocas personas lo son de verdad: sin conflictos, sin demostraciones innecesarias. Simplemente era lo que era.

Llamé a Valeria el miércoles. Le dije que Rodrigo estaba invitado también, por supuesto.

—Rodrigo no va a venir —respondió con una calma que ya no me sorprendía—. Tiene el partido y después se queda con los amigos viendo el resumen. No vuelve hasta las dos de la mañana como mínimo.

—Entonces ven tú —dije.

—A las ocho estoy ahí —dijo, y cortó.

Llegó puntual con una botella de vino tinto y un vestido verde oscuro que le marcaba bien la cintura. Marcos y Sofía ya estaban instalados en el sillón grande. Clara servía copas en la cocina. Valeria saludó a todos con ese aplomo que tienen las personas que llevan mucho tiempo esperando algo y saben que por fin llegó.

Estuvimos charlando media hora. Música baja, vino, algo de queso que nadie comió demasiado. Yo trataba de crear el clima de siempre, ese espacio de transición donde todo el mundo se va soltando de a poco, donde la conversación se vuelve más personal y la distancia entre los cuerpos empieza a acortarse sin que nadie lo decida conscientemente.

Fue Valeria quien cortó el proceso.

—¿Cuándo empezamos a follar? —preguntó, mirando al centro de la mesa—. No tengo toda la noche y quiero que me la metan bien.

Marcos se rio. Sofía la miró con una sonrisa lenta y se pasó la lengua por el labio de arriba.

Lo que siguió fue más rápido de lo que había anticipado. Marcos se levantó, se acercó a Valeria y le acarició la nuca con una mano. Ella se recostó contra el respaldo del sillón y cerró los ojos. Sofía se arrodilló frente a ella y empezó a bajarle los tirantes del vestido con una calma calculada, sin apuro, tomándose el tiempo. Le tiró la tela hacia abajo y las tetas de Valeria saltaron libres, pesadas, con esos pezones grandes ya duros como piedras. Sofía se metió uno en la boca de golpe y lo chupó fuerte, tirándolo con los dientes hasta que Valeria arqueó el pecho.

Clara vino de la cocina, vio la escena y dejó las copas sobre la repisa sin decir nada. Se sentó a mi lado.

En cuestión de minutos, Valeria estaba completamente desnuda. Tenía un cuerpo que yo había imaginado en traje de baño, pero que en ese contexto era distinto. Más real. Sus pezones eran grandes y oscuros, su vientre tenía esa curva suave que a mí siempre me ha gustado más que cualquier otro tipo de figura. Se había depilado el coño por completo y sus labios eran pronunciados, de un rosa oscuro que sobresalían ligeramente hacia fuera, hinchados, brillantes de humedad antes de que nadie se los tocara.

Sofía se los abrió con los pulgares y le pasó la lengua de abajo arriba, despacio. Una sola vez. Para medir la reacción. Después volvió a lamer, esta vez metiendo la punta de la lengua entre los labios, buscando el clítoris, chupándoselo con los labios como si fuera un caramelo pequeño. Se lo escupió y volvió a chuparlo. Le hundió dos dedos en el coño hasta el fondo y Valeria abrió las piernas de par en par sobre el sillón.

Valeria abrió la boca. No gritó, pero la respiración cambió de inmediato y soltó un gemido grave, de garganta.

—Chúpamelo bien, puta —le dijo a Sofía sin abrir los ojos—. Chúpame el coño hasta que me corra.

Marcos se había desnudado también. La polla la tenía ya durísima, larga, gruesa, apuntando hacia arriba con la vena marcada. Le puso la mano en la nuca a Valeria con una firmeza que no era violencia sino indicación. Ella entendió y giró la cabeza. Al ver el tamaño se le escapó una sonrisa. La tomó con las dos manos primero, despacio, como para calcular la distancia. Le dio dos lengüetazos a los huevos, le lamió el frenillo, se la escupió en el capullo y la restregó por sus labios. Después la metió en la boca todo lo que pudo, que no era todo, y empezó a moverse con ritmo constante, sacándola completa entre cada embestida, haciendo un ruido húmedo con la lengua, mientras Sofía continuaba trabajándole el coño con dos y después tres dedos.

Clara apretó mi brazo. La miré. Tenía los ojos fijos en su hermana con una expresión que no era del todo cómoda pero tampoco era rechazo. Era algo más difícil de nombrar.

—¿Estás bien? —le pregunté en voz baja.

—Sí —dijo. Una pausa corta—. Es raro. Pero sí. Mírala cómo la mama. Rodrigo no le habrá dejado hacer esto en la vida.

Me acerqué a Valeria por el otro lado. Ella me vio llegar con ese ojo que siempre parece tener abierto aunque parezca completamente perdida en otra cosa. Se sacó la verga de Marcos de la boca con un plop y sonrió con la barbilla húmeda de saliva. Me tomó la mano, me la llevó hacia su pecho y apretó mis dedos contra el pezón. Me quedé así un momento, sin moverme. Después me desnudé.

Cuando le puse la polla delante de la cara, Valeria no lo dudó. La agarró con la mano izquierda mientras seguía masturbando a Marcos con la derecha, y me la engulló entera, hasta la base, hasta que sentí su garganta cerrarse alrededor del capullo. Se quedó ahí unos segundos, aguantándose las arcadas, hasta que la saqué. Ella tomó aire y volvió a metérsela hasta el fondo. Nunca me habían hecho una mamada así.

Valeria alternaba entre Marcos y yo con una facilidad asombrosa, como si hubiera estado haciendo esto toda la vida. A él lo trabajaba con más profundidad; a mí me recorría con la lengua desde la base hasta la punta, sin apuro, con una concentración que resultaba desconcertante. Nos frotaba las dos vergas entre sí, contra sus mejillas, contra su lengua. Entre un hombre y el otro, gemía por lo que Sofía le hacía abajo, con la boca abierta y los hilos de saliva cayéndole hasta las tetas.

—Más adentro —le pedía a Sofía entre gemidos—. Métemela más adentro, sí, así, cómeme entero el coño.

Sofía tenía una boca extraordinaria y sabía exactamente lo que hacía. Le tenía los dedos hundidos hasta los nudillos y la lengua clavada en el clítoris haciendo círculos rápidos, sin parar. Valeria tuvo el primero de varios orgasmos mientras todavía nos tenía a los dos en las manos. Un orgasmo limpio, sin dramatismo, con el cuerpo tenso y los muslos apretados contra las orejas de Sofía. Se le escapó un chorrito que Sofía se bebió sin apartar la boca, chupando y tragando, mientras Valeria le tiraba del pelo y gritaba con la mandíbula apretada.

Clara y yo nos miramos.

—Es multiorgásmica —dijo Clara en un murmullo, con algo parecido al asombro. Era la primera vez que lo descubría de su propia hermana.

***

Marcos la recostó sobre el tapete y se puso entre sus piernas. Se agarró la polla, se la frotó contra los labios del coño, arriba y abajo, y de un solo empujón se la metió hasta los huevos. La entrada fue brusca, directa, sin ceremonias. Valeria arqueó la espalda y soltó un sonido que llegó hasta la cocina aunque la ventana estuviera cerrada.

—Ay, hijo de puta —jadeó ella—. Rómpeme el coño. Rómpemelo. Fóllame como se folla a las putas.

Marcos la agarró de las caderas con las dos manos y empezó a embestirla fuerte, sacando toda la verga y volviéndola a hundir hasta el fondo con un golpe seco. Se le oía el ruido del pubis contra el culo de Valeria, chasquidos húmedos, cada uno más fuerte que el anterior. Sofía se tumbó a su lado y le mordisqueaba el cuello mientras Valeria agarraba la tela del tapete con los puños cerrados. Sofía le escupió en la boca y Valeria tragó y le pidió más.

Yo me quedé parado, mirando, con la polla dura en la mano, dándome despacio.

Era extraño observarla así. Durante años había sido simplemente la hermana de Clara, la que traía algo para picar a las reuniones de los domingos, la que discutía con Rodrigo por cosas que ninguno de los dos recordaba al día siguiente. Y ahora estaba ahí, completamente entregada, con el pelo pegado a la cara sudada, los ojos perdidos en el techo, y una polla ajena partiéndole el coño mientras suplicaba por más.

Clara se acercó por detrás y me pasó los brazos por la cintura. Con una mano me agarró la verga y me la empezó a masturbar sin dejar de mirar la escena.

—No la cojas —me dijo en voz muy baja, con la boca contra mi hombro—. Es mi hermana.

—Lo sé —respondí.

Me alejé hacia Sofía, que había terminado por el momento con Valeria y esperaba con una sonrisa tranquila. Nos enredamos sobre el segundo tapete mientras Marcos seguía cogiéndose a Valeria. La puse boca abajo, le abrí las nalgas y le comí el coño desde atrás, con la lengua metida hasta el fondo, chupándole todo el sabor que Marcos me había dejado allí la última vez. Sofía gimió contra el tapete y arqueó el culo. Le hundí dos dedos y le encontré el punto de dentro, ese que la hacía temblar. La monté por atrás y se la metí de golpe. Estaba tan mojada que entró sin resistencia, hasta los huevos.

Clara, que había terminado de superar sus primeras dudas, se unió a nosotros poco después. Se puso a cuatro patas al lado de Sofía y me pidió que la follara a ella también. Yo iba pasando de un coño al otro, sacándomela de una y hundiéndomela en la otra sin limpiarla, escuchando cómo las dos gemían al unísono. Sofía y Clara se besaron con las lenguas afuera mientras yo las cabalgaba por turnos.

Pasaron veinte minutos así. Después treinta. Los cuerpos se reorganizaron varias veces de formas que habrían sido difíciles de describir en orden cronológico. Hubo momentos en que las cuatro personas estábamos en contacto simultáneo y momentos en que dos de nosotros simplemente miraban, recuperando el aliento con las pollas o los coños escurriendo.

En un momento dado, Valeria quedó libre. Marcos se había retirado para descansar, con la verga todavía brillante de los flujos de mi cuñada. Sofía estaba ocupada conmigo, montada sobre mi cara comiéndose mi boca con su coño. Valeria me buscó con la mirada desde el tapete, todavía sin aliento, con las piernas abiertas y el coño hinchado, colorado, abierto de par en par por lo que Marcos le había hecho. Me hizo una señal clara con los ojos y una inclinación de la cabeza hacia el espacio vacío a su lado. Se pasó dos dedos por el coño abierto y se los llevó a la boca sin dejar de mirarme.

Miré a Clara.

Clara llevaba un rato sin prestar atención directa a lo que hacía su hermana. Estaba de espaldas a ella, con Marcos entrándole desde atrás. La llamé por su nombre en voz baja. Giró la cabeza hacia donde señalaba yo con los ojos. Vio la escena. Vi en su cara el momento exacto en que tomó la decisión.

Asintió, apenas.

—Fóllatela —dijo bajito, casi sin voz—. Una vez. Fóllatela bien.

Me acerqué a Valeria. Ella levantó las caderas para recibirme y se abrió el coño con los dos dedos, mostrándome el rosa hinchado por dentro.

—Ven, cuñado —me dijo, mordiéndose el labio—. Métemela. Llevo dos años imaginando esto.

Entré despacio, completamente, y los dos nos quedamos quietos un segundo como para registrar que aquello estaba pasando de verdad. Estaba caliente por dentro, apretada a pesar de todo lo anterior, resbaladiza. Le agarré una teta con una mano y la otra la apoyé contra el tapete, al lado de su cabeza. Empecé a moverme despacio primero, sacándomela hasta la punta y volviéndomela a meter hasta el fondo, sintiendo cómo su coño me chupaba de vuelta a cada empujón.

—Más fuerte —jadeó ella—. No me trates como si fuera de vidrio. Fóllame como te follas a mi hermana.

Le clavé la verga de un golpe seco y ella soltó un grito. Le pasé los brazos por debajo de las rodillas, se las levanté contra el pecho y me la cogí con todo, embistiendo hasta que los huevos le golpeaban el culo con cada envite. Ella me miraba con los ojos vidriosos, con la boca abierta, apretándome el coño a propósito cada vez que sentía que yo tocaba fondo.

—Voy a correrme otra vez —dijo apretando los dientes—. Ay, hijo de puta, me estás partiendo. Sí. Sí. Sigue así.

Fue intenso y breve. No por falta de ganas, sino porque llevaba demasiado tiempo preparándome para aquello sin saberlo. Ella tampoco tardó. Se corrió con el cuerpo entero convulsionándole debajo del mío, mordiéndome el hombro para no gritar demasiado. Yo aguanté tres o cuatro embestidas más y me salí de golpe, corriéndome sobre su vientre y sus tetas con una descarga larga, espesa, que le llegó hasta el cuello. Llegamos al final con pocos minutos de diferencia y nos separamos sin palabras, sin torpeza. Valeria se pasó el dedo por el semen del pecho y se lo llevó a la boca.

Clara vino y me besó en la boca. Un beso largo, tranquilo, sin reproches. Como si con eso dijera que seguíamos estando bien.

La reunión continuó otra hora larga. Los cuatro terminamos mezclados de distintas maneras. Marcos se corrió dentro de Sofía y después dentro de Clara. Valeria pidió que alguien le llenara la boca y Marcos volvió a empalmarse solo para complacerla; le vació la segunda corrida sobre la lengua y ella lo tragó todo sin perder una gota. Clara y Valeria no se tocaron directamente esa noche, pero estuvieron más cerca la una de la otra de lo que yo habría esperado. En un momento Clara le pasó a Valeria una mano por el muslo, casi sin darse cuenta, y Valeria no se apartó. Las vi intercambiar una mirada en un momento dado que no supe leer del todo. Una mirada que no era incomodidad ni era deseo exactamente, sino algo intermedio que ninguna de las dos puso en palabras.

***

Cuando terminamos, metimos a Valeria en la ducha y la dejamos ahí veinte minutos largos. Salió con los muslos todavía temblorosos y el coño enrojecido. Después la ayudamos a peinarse y la acompañamos hasta el auto. Rodrigo todavía tenía el partido de la segunda pantalla y el resumen de la jornada. Llegaría tarde.

Valeria guardó las llaves en el bolso, nos miró a los dos y sonrió.

—La próxima vez que no venga Rodrigo me avisan —dijo.

Arrancó el auto y se fue.

Clara y yo volvimos al apartamento en silencio. Recogimos las copas, tiramos los restos del queso, pusimos las luces bajas. Cuando apagamos la última lámpara y nos metimos en la cama, ella se giró hacia mí.

—Estaba bien —dijo. No era una pregunta.

—Sí —dije.

—Era raro.

—También.

Clara tardó un momento en volver a hablar.

—¿Y si la invitamos sola la próxima vez? Sin la otra pareja.

No respondí de inmediato. Era una idea que tenía más capas de las que parecía, y las dos lo sabíamos.

—Hablamos mañana —dije al final.

Ella no insistió. Nos dormimos con la ventana entreabierta y el ruido de la calle que se iba apagando de a poco, mezclado con el runrún del ventilador del techo que giraba sin parar.

Esa noche dormí de un tirón, sin despertar ni una sola vez, que es la manera que tiene el cuerpo de decir que está satisfecho.

***

Hoy, varios meses después, Valeria forma parte habitual de nuestro círculo. La dinámica fue cambiando sola, sin que nadie tuviera que forzar nada ni tener ninguna conversación incómoda. Ella y Clara han ido derribando distancias que yo creía que nunca caerían. No de golpe, sino de a poco, en cada encuentro, un gesto más, un centímetro menos de espacio entre las dos.

Rodrigo sigue prefiriendo el fútbol.

Yo sigo sin saber muy bien cómo clasificar lo que tenemos los tres. Pero hay cosas que funcionan mejor cuando no las nombras, cuando las dejas existir sin el peso de una etiqueta que lo cambie todo.

Lo que sé es que los jueves por la noche ya no me pesan como antes.

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Comentarios(7)

Tomas77

Tremendo relato, me quede pegado hasta el final. Bien escrito y con mucha tension!

suspiro_lector

Por favor seguí escribiendo, quedé con ganas de mas. La atmosfera que fuiste creando es increible

noche_larga88

Me recuerda a situaciones donde uno no sabe si cruzar la linea o no... muy bien narrado, se siente real

CarlosDelNorte

Excelente!!!

Marco_SC

La forma en que describiste esa tension del primer momento es muy buena. Se nota que sabes escribir

Romina_84

Me gusto mucho como lo fuiste contando sin apurar nada. Sigue asi!

Loretita_mx

Wooow que situacion tan comprometida jaja, bien por el protagonista

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