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Relatos Ardientes

Volvió al carro cargada del semen de mi hermano

Desde la primera vez que mi hermano Rodrigo se acostó con Claudia, el aire en casa cambió. No de forma negativa. Al contrario: cada noche que nos íbamos a la cama, terminábamos hablando de eso hasta quedar exhaustos y empezar de nuevo. Pasó mes y medio así. Quizás más. El recuerdo de aquella tarde no se apagaba, y Claudia lo alimentaba con detalles que iba recordando, cosas que yo no había pensado en preguntar la primera vez.

Fue ella quien propuso una segunda cita.

Me lo dijo mientras desayunábamos, con una calma que me sorprendió. Le respondí que sí antes de que terminara la oración.

Rodrigo andaba nervioso en los primeros días. Llamadas breves, comentarios escuetos, risas incómodas cuando yo estaba cerca. Pero Claudia tenía una manera particular de manejar la situación: lo llamaba a su trabajo con cualquier pretexto y, en algún punto de la conversación, encontraba la forma de calentarlo sin que nadie lo notara. Yo escuché una de esas llamadas desde el pasillo. Ella tenía el teléfono en una mano y con la otra me hacía señas para que me acercara. Me apoyé en el marco de la puerta y ella me sonrió, metió la mano libre entre sus muslos y se tocó despacio mientras hablaba de cosas completamente banales con mi hermano.

Esa noche cogimos hasta el amanecer.

***

La cita la fijaron un martes. Seis de la tarde, en el estacionamiento de un centro comercial del lado poniente de la ciudad, frente a una clínica privada. Era territorio neutral: ninguno de los dos vivíamos ni trabajábamos por ahí.

Acordamos que yo llevaría a Claudia en la camioneta, la dejaría bajar para que abordara el auto de Rodrigo, y luego esperaría en el mismo lugar hasta que volvieran. Mi hermano y yo no nos veríamos. No hablaríamos. Era una condición que los tres entendíamos sin que nadie la explicara en voz alta.

Los niños se quedaron con mi suegra, que vive a tres casas de la nuestra. Le dijimos que teníamos una cena de trabajo y que podíamos llegar tarde.

En el camino, Claudia iba callada. No era un silencio incómodo: era concentración. Tenía la mano apoyada en la palanca de cambios y los ojos fijos en la calle. Se había puesto ropa nueva, ropa que yo no había visto antes. Una blusa que dejaba los hombros al descubierto y unos pantalones que la marcaban bien. Debajo, según me había dicho esa mañana con una sonrisa, llevaba lencería que había comprado específicamente para esa tarde.

Llegamos diez minutos antes. El carro de Rodrigo no estaba.

Nos quedamos esperando con el motor apagado. Claudia apoyó la cabeza en el respaldo y yo miraba los espejos retrovisores como si pudiera hacer que el tiempo avanzara. Hablamos de lo que podría pasar: qué posiciones, qué dinámicas, si iba a repetirse algo de la primera vez o si esta cita sería diferente. Yo le dije que hiciera lo que quisiera, que no se pusiera límites por consideración a mí. Ella me apretó el muslo sin decir nada.

Entonces vi el carro de mi hermano aparecer por el espejo del lado del acompañante.

Se lo dije a Claudia. Ella se incorporó, se miró rápido en el espejo del parasol, se pasó una mano por el pelo y me dio un beso antes de bajar. Un beso largo, con la mano en mi nuca. Luego abrió la puerta y cruzó el estacionamiento sin mirar atrás. Vi cómo Rodrigo se inclinaba para abrirle desde adentro. Vi cómo ella subía. Se dieron un beso en la mejilla.

Y el carro de mi hermano desapareció entre los autos.

***

Me quedé solo en la camioneta.

Durante los primeros veinte minutos estuve tranquilo. Encendí la radio, apagué la radio, miré el teléfono. Luego los pensamientos empezaron a formarse solos. No pensamientos agradables exactamente: eran imágenes que mi cerebro construía sin que yo se lo pidiera. Rodrigo y Claudia en el motel. Ella quitándose la ropa nueva que yo no había visto todavía. Las manos de mi hermano en su espalda. Su boca en su cuello.

Para cuando pasó una hora, estaba irreconocible.

Revisé el estacionamiento con la vista. Poca gente, algunos autos, un guardia de seguridad del centro comercial patrullando el extremo norte. Me bajé el cierre. Tenía la ropa interior mojada. Saqué la verga y me masturbé pensando en todo lo que podía estar pasando en ese cuarto, a tres kilómetros de donde yo estaba sentado y sudando.

El guardia apareció por el retrovisor justamente en el peor momento.

Guardé todo con más velocidad de la que creía posible, me subí el cierre y bajé de la camioneta con calma fingida. Entré al restaurante del centro comercial, pedí una cerveza y me senté en una mesa desde donde podía ver el estacionamiento. Bebí despacio. Pedí otra. Luego otra. Me quedé mirando la puerta de entrada como si pudiera ver a través de los edificios hasta el motel.

Pasaron dos horas y media desde que Claudia se había ido.

Cuando vi el carro de Rodrigo entrar al estacionamiento, dejé el billete en la mesa sin esperar el cambio y salí caminando rápido. El carro se detuvo detrás de mi camioneta. A través del vidrio trasero vi que se besaban: un beso corto pero en la boca, una despedida sin apuro. Luego Rodrigo dio marcha atrás y se fue.

Claudia llegó a mi lado y me dio un beso apretado. La olí antes de separarme.

—¿Me trajiste lo que te encargué? —le pregunté.

—Vengo llenita —respondió, y sonrió.

***

El camino de vuelta se hizo eterno. Claudia me habló durante todo el trayecto, con esa voz de cuando está todavía caliente y al mismo tiempo tranquila, la voz que usa cuando sabe que tiene el control. Me sacó la verga en el primer semáforo y la fue masajeando despacio mientras me contaba todo.

—Apenas subí al carro —dijo—, metió la mano entre mis piernas. Así, sin preámbulo. Me corrió la ropa interior a un lado y empezó a tocarme mientras manejaba. Para cuando llegamos al motel ya estaba completamente mojada.

Se inclinó y la lamió un momento antes de seguir hablando.

—El cuarto era chico pero tenía un espejo grande en la pared del fondo. Eso fue lo que cambió todo.

Le pregunté cómo había empezado.

—Me abrazó y me apretó las nalgas con las dos manos, fuerte, con urgencia. Me besó en el cuello, en los hombros. Me quitó la blusa sin apresurarse pero sin perder tiempo. Yo le desabrochaba el cinturón mientras él me desabrochaba el brasier. Le bajé el pantalón y me fui con él al suelo. Quería tenerla en la boca desde que subí al carro.

Redujo el masaje. Yo miré la calle al frente.

—¿Y cómo es? —le pregunté, aunque ya sabía la respuesta de antes.

—Muy parecida a la tuya. Un poco más gruesa quizás. Y más blanca. La mamé un buen rato, con calma, observándola bien. Él me miraba desde arriba y yo le sostenía la mirada sin soltarla.

Llegamos a un semáforo en rojo. Claudia se inclinó y me la chupó durante los treinta segundos que duró la luz. Cuando volvió a erguirse, continuó sin ninguna pausa.

—Me llevó a la cama. Me recostó y se puso encima. Siguió besándome por todas partes, sin prisa. Cuando me separó las piernas y empezó a entrar, ya tuve mi primer orgasmo antes de que llegara al fondo. Me las levantó hasta sus hombros y se quedó mirando cómo entraba y salía. Eso lo excitaba mucho. El espejo amplificaba todo.

—¿Lo viste ahí? —pregunté.

—Podía verme a mí misma con las piernas en el aire y a él encima —dijo—. Eso fue lo que me hizo acabar la primera vez.

***

Siguió contándome mientras yo conducía. Después del primer orgasmo de ella, Rodrigo se acostó boca arriba y le pidió que se lo mamara de una forma particular: abrazándoselo entre los senos al mismo tiempo. Claudia me describió la postura con precisión, con la mano todavía activa. Dijo que él le había descargado todo en la boca, que algo le escurrió por la comisura del labio, y que se lo tragó sin apartar los ojos de los suyos.

Luego descansaron. Se dijeron cosas que Claudia guardó para ella.

Volvieron a empezar.

Esta vez, dijo, la acomodó en cuatro sobre la cama. Se arrodilló detrás de ella. Le besó las nalgas, le pasó los dedos por la raja despacio y luego la penetró desde atrás, tomándola de las caderas con las dos manos, metiéndosela fondo. Claudia buscó el espejo con los ojos. Rodrigo también miró. Sus miradas se encontraron en el vidrio y eso fue suficiente para los dos: él la apretó contra su vientre con las manos temblorosas y le descargó todo adentro.

—No me limpié —me dijo—. Me dijo que lo hiciera, que me duchara antes de volver, y yo le dije que no tenía nada que ocultarte.

—Bien hecho —respondí.

Entramos a casa mientras mi suegra recogía sus cosas. Nos despedimos con normalidad, con la misma conversación de siempre sobre los niños y el desayuno del día siguiente. En cuanto cerré la puerta, Claudia se giró y me miró con esa expresión de quien sabe exactamente lo que viene.

***

La recosté en la cama y la besé largo rato, explorando su boca despacio, buscando el sabor. Lo encontré.

Le separé las piernas con calma y la miré. Tenía los labios más abiertos de lo habitual, un rojo más oscuro que el de siempre. Metí los dedos para confirmar lo que ella ya sabía que iba a encontrar.

—¿Te gusta lo que te traje, mi amor? —susurró—. Viene de tu hermano. Mete la lengua y saboréala.

Me bajé y le pasé la lengua por los labios con calma. Ella me tomó de la nuca con las dos manos y me apretó contra ella sin dejarme respirar. Me habló todo el tiempo: fue sacando detalles que había guardado para ese momento, cosas que no me había dicho en el carro, ángulos del espejo que no había mencionado, palabras que Rodrigo le había dicho al oído cuando estaba por acabar. Yo la escuché sin dejar de lamer.

Cuando la penetré, ella empezó a describir lo que había pasado en el motel como si estuviera ocurriendo de nuevo, en presente. Me dijo: así me cogió tu hermano, exactamente así, más adentro, más. Hicimos cada posición que ella había hecho con él esa tarde. Terminamos agotados. Dormimos hasta tarde, desnudos, sin hablar más.

Yo me levanté el primero, me bañé y me fui a trabajar. Dejé a Claudia en la cama, boca arriba, con el pelo extendido sobre la almohada y una sonrisa que no desapareció ni dormida.

***

Eso fue hace varios meses. Hubo otras veces después de esa. La dinámica entre Rodrigo y yo cambió también: más tranquila, más honesta, sin la tensión de antes. Claudia organizó más adelante una reunión de los tres en nuestra casa, ya sin motel de por medio. Pero eso es otra historia.

Lo que sé es que me hice adicto a algo que no tiene nombre exacto: no a mi hermano en sí, no al engaño porque no había engaño, sino a esa cosa específica que pasa cuando Claudia vuelve y me trae todo lo que vivió sin filtrar. La narrativa de lo que sucedió y el cuerpo que lo vivió, en el mismo paquete, caliente todavía.

Rodrigo todavía se pone nervioso cuando hablamos de frente. Yo en su lugar también lo estaría.

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Comentarios (4)

CuriosoNocturno

Increible, de los que te enganchan desde la primera linea. Muy bueno!!

Gastón_86

Se hizo cortisimo... hay segunda parte?

Mili_23

Dios mio jaja. No me lo esperaba para nada, tremendo

TomásBA

Me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin. Muy bien narrado, se siente todo real. Sigan subiendo relatos asi!

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