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Relatos Ardientes

Desde el gimnasio supe que lo deseaba

Tengo cuarenta y ocho años y me cuido mucho. Siempre lo he hecho: gimnasio cinco días a la semana, dieta equilibrada, horas de sueño respetadas. Mi vecina Consuelo me dice que parezco quince años más joven, y aunque lo dice por ser amable, algo de verdad hay en ello. Soy viuda desde hace nueve años. Mi marido murió en un accidente de tráfico en una carretera mojada de noviembre, y desde entonces aprendí a vivir sola con mis recursos y con mi hijo.

Rodrigo tiene veinticuatro años. Alto, ancho de hombros, con ese cuerpo que construyó a lo largo de años de entrenamiento constante. Nos parecemos en la disciplina, supongo. Compartimos el mismo gimnasio desde que él cumplió dieciocho, lo que nos da una excusa perfecta para vernos casi a diario sin que parezca forzado. Yo tengo mis rutinas y él las suyas, pero a veces coincidimos en la zona de calistenia y hacemos parte del entrenamiento juntos.

Lo que pasó un martes de marzo no lo planeé. Eso lo juro.

Estábamos en las colchonetas de la zona de abdominales. Era tarde, casi las nueve de la noche, y quedaba poca gente en el local: un chico con auriculares en las máquinas del fondo, y Marta, mi monitora, que ordenaba material cerca de la recepción. Rodrigo me sujetaba los tobillos mientras yo hacía series de crunch. Nada fuera de lo normal, lo habíamos hecho cien veces.

Cuando terminé mi serie, cambiamos de posición. Me arrodillé frente a sus pies, le coloqué las manos sobre los tobillos y esperé. Él empezó a subir. Primero despacio, luego con ritmo. Yo miraba hacia otro lado, como siempre, contando en silencio. Pero en una de las subidas, mi mirada cayó sin querer sobre la zona de su pantalón deportivo.

Y la vi.

Era imposible no verla. El tejido fino del chándal no disimulaba nada. No era una insinuación ni una duda: era una polla dura de arriba abajo, marcada contra la tela, el bulto tenso apuntando hacia el ombligo, con la punta perfectamente dibujada y una mancha oscura y pequeña donde el glande empujaba contra el algodón. Larga. Gruesa. Y goteando, joder. Estaba goteando por mí.

Se me heló la sangre y a la vez algo caliente me bajó de golpe entre las piernas, tan brusco que me tuve que aguantar un jadeo.

No la mires más.

Pero era demasiado tarde para borrar la imagen. Lo peor no fue verla. Lo peor fue la fracción de segundo que tardé en apartar los ojos, ese instante de más en el que se me pasó por la cabeza, con una nitidez brutal, cómo sería tenerla en la boca. En mi coño. Cómo sería que mi hijo me la metiera hasta el fondo. Registré esa polla como registran las mujeres a los hombres con los que quieren follar, y no había forma de deshacer eso.

Marta seguía cerca. No podía saber si había mirado en nuestra dirección. Actué por instinto, que es como uno actúa cuando hace cosas de las que luego quizás se arrepiente. Me incliné hacia adelante con la excusa de ajustar el nudo de mi zapatilla y le susurré a Rodrigo sin mirarlo a la cara:

—Date la vuelta. Ahora.

Lo hizo sin preguntar. Se giró hacia la colchoneta y yo me levanté como si nada, cogí mi botella de agua y caminé hacia los vestuarios con paso firme. Dentro, me senté en el banco de madera y me quedé cinco minutos sin moverme, con el corazón golpeando más fuerte de lo que debería y las bragas empapadas pegadas al coño.

***

En casa no hablamos de ello esa noche. Cenamos como siempre, él revisó el teléfono, yo intenté leer. Nos despedimos en el pasillo con un beso en la mejilla, como cada noche, y me encerré en mi cuarto.

No dormí bien. Me desperté dos veces sin saber por qué, con una especie de calor que no era fiebre. La segunda vez me quedé boca arriba en la oscuridad, mirando el techo, con una mano metida por debajo del camisón sin darme cuenta de cuándo la había puesto ahí. Estaba mojada. Muy mojada. Me pasé dos dedos por la raja despacio y sentí cómo se deslizaban, y me obligué a nombrar lo que sentía con palabras exactas, porque los eufemismos son una forma de cobardía:

Deseo. Lo que sientes por tu hijo es deseo. Quieres follar con él. Quieres que te la meta.

Lo pensé, lo dejé reposar, y esperé que la vergüenza llegara y lo borrara todo.

No llegó. Al menos no de la forma que esperaba. Lo que llegó fue un orgasmo silencioso, mordido contra la almohada, con dos dedos hundidos en el coño y la imagen de la polla de Rodrigo goteando bajo la tela del chándal. Me corrí pensando en mi hijo. Y cuando terminé no lloré. Me quedé quieta, con los dedos todavía dentro, escuchando mi propia respiración.

Los días siguientes mantuve las distancias en el gimnasio. Busqué horas distintas, puse excusas vagas sobre cambios en mi rutina. Rodrigo no preguntó, pero algo en su manera de mirarme cuando coincidíamos en casa me indicaba que él también estaba pensando en aquello. Había algo diferente en su postura cuando yo entraba a una habitación. Una atención ligeramente más concentrada. Una forma de no decir nada que decía demasiado. Un par de veces le pillé mirándome el culo cuando pasaba con la bata puesta, sin siquiera molestarse en disimular.

Yo me decía que era imaginación mía. Que era una mujer sola desde hace demasiado tiempo y que el cuerpo fabrica historias cuando lleva años sin que nadie lo toque. Que lo que había visto en el gimnasio era un accidente biológico sin ningún significado.

Me lo repetí suficientes veces como para creerlo a medias. Las otras noches me masturbé pensando en él sin repetírmelo.

***

Tres días después, era domingo por la tarde. Rodrigo estaba, creía yo, en su habitación con los auriculares puestos, como era su costumbre. Me moví por la casa en ropa interior, algo que hacía desde siempre cuando creía estar sola. Cuando crucé el pasillo que conecta mi dormitorio con el baño, la puerta de su cuarto estaba entreabierta y él estaba de pie junto al escritorio mirando el teléfono.

Solo llevaba un pantalón de deporte. Y otra vez la marca. Otra vez la maldita marca contra la tela, esta vez a medio empalmar, colgando gruesa y pesada hacia un lado.

Cuando levantó la vista y me vio, ninguno de los dos hizo el gesto natural de apartar la mirada. Se me clavaron los pezones contra el sujetador de encaje de un tirón. Nos miramos durante dos o tres segundos que parecieron mucho más, y vi cómo el bulto entre sus piernas se hinchaba de golpe mientras me miraba, cómo la tela se tensaba en directo. Luego yo seguí caminando hacia el baño, entré, cerré la puerta y me apoyé contra el lavabo.

Me miré en el espejo. Tenía las tetas subidas por la respiración, las bragas oscuras entre las piernas, los pezones marcados. Una mujer madura con el coño mojado por su hijo.

Sal y cierra esto antes de que empiece.

Pero cuando abrí la puerta, él estaba en el pasillo.

No sé quién se movió primero. Probablemente yo, porque soy la adulta y soy quien debería haber puesto distancia. En cambio, lo que hice fue quedarme quieta con la espalda contra el marco mientras él avanzaba los dos pasos que nos separaban. La polla la llevaba ya completamente dura contra la tela del pantalón, apuntando arriba, tan cerca de mi vientre que la sentí antes de que él me tocara.

—Mamá —dijo. Solo eso.

—No —contesté, aunque mi voz no sonó como una negativa. Sonó como una mujer que ya se ha rendido y solo está esperando que la empujen del todo.

Me puso una mano en la cintura. Solo una mano, sobre la tela del tirante de mi camiseta interior, y ese contacto tan pequeño fue suficiente para que todo el razonamiento que había construido durante tres noches se derrumbara sin hacer ruido. Bajó la mano por mi costado, me agarró el culo por encima de las bragas y me apretó contra él. Sentí su polla dura clavarse contra mi vientre, dura como una piedra, caliente incluso a través de la tela.

—Joder, mamá —susurró contra mi pelo—. Estás empapada. Puedo olerte desde aquí.

Lo dejé entrar a mi cuarto.

***

Me senté en el borde de la cama. Él se quedó de pie frente a mí durante un momento, mirándome con una expresión seria que no era la de un chico de veinticuatro años en un momento de impulso. Era la expresión de alguien que lleva tiempo esperando que el otro dé el primer paso y finalmente ha decidido darlo él. La polla le empujaba contra el chándal a la altura de mi cara.

—¿Estás segura? —me preguntó.

No lo estaba. No quería responder esa pregunta porque la respuesta honesta era complicada, y las respuestas complicadas arruinan los momentos. Así que hice lo más sincero que podía hacer: extendí la mano y le toqué el bulto por encima de la tela. La palpé entera, de la base a la punta, y noté cómo dio un latido bajo mis dedos.

Él lo entendió.

Se bajó el pantalón despacio y la polla saltó hacia arriba de golpe, dura, gruesa, con la vena marcada por debajo y el glande hinchado y brillante de líquido. Larga. Más larga que la de mi marido. Más gruesa, sobre todo más gruesa. La miré sin disimulo, porque a esas alturas el disimulo ya no tenía sentido, y se me hizo la boca agua de una forma que no había sentido en años. Nueve años sin una polla delante y la primera que veía era la de mi propio hijo, empalmada por mí, goteando por mí.

—Tócamela —me dijo en voz baja. No era una orden. Era una constatación.

La agarré. La cerré con la mano y no llegué a rodearla del todo. Estaba caliente, dura como acero forrado de piel. Empecé a moverla despacio, arriba y abajo, y una gota espesa se acumuló en la punta y me resbaló por los nudillos. Me la llevé a la boca sin pensar, para probarla. Salada. Espesa. Sabía a hombre joven. Sabía a mi hijo.

—Joder —masculló él.

Se arrodilló frente a mí.

Empezó por las rodillas. Tenía las manos grandes y las movía despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, subiéndolas por mis muslos mientras me miraba para ver cuándo cerraba los ojos. Los cerré bastante pronto. Me subió la camiseta hasta las axilas, me desabrochó el sujetador con una mano y me dejó las tetas al aire. Cuarenta y ocho años y todavía firmes por el gimnasio, con los pezones oscuros y duros como piedras.

—Hostia, mamá. Qué tetas tienes —dijo, y se me metió un pezón en la boca entero.

Se me escapó un jadeo que no pude controlar. Chupó fuerte, alternando de una a otra, mordiendo apenas con los dientes, tirando con los labios. Me tumbó hacia atrás sobre la cama con una presión suave en los hombros. No me quitó las bragas de inmediato: primero me pasó la mano por encima de la tela, sobre el coño, y la palma le quedó empapada al instante.

—Mírate cómo estás —murmuró—. Estás chorreando por mí.

—Cállate —le dije, pero levanté las caderas para que me las quitara.

Me las bajó despacio, por las piernas, y cuando quedé desnuda del todo se quedó un momento mirándome el coño abierto, brillante, con el vello recortado y los labios hinchados. Me sentí más expuesta que nunca en mi vida. Y más excitada que nunca en mi vida.

Bajó la cabeza sin avisar y me clavó la lengua entre los labios de una lamida larga, de abajo arriba, terminando en el clítoris con un giro. Grité. Grité de verdad, con la boca abierta contra el aire, y tuve que morderme el dorso de la mano para bajar el volumen. Nueve años. Nueve años sin que una lengua me tocara ahí, y ahora era la lengua de mi hijo la que me estaba comiendo el coño como si llevara años queriéndolo.

Chupaba, lamía, metía la lengua dentro, volvía al clítoris. Sin prisa. Como si le gustara. Me subió una pierna al hombro para abrirme más y me hundió dos dedos a la vez, curvados hacia arriba, mientras seguía chupándome el clítoris con los labios. Me arqueé entera.

—Rodrigo —jadeé, sin saber qué le pedía—. Rodrigo, joder.

Me corrí antes de que lo esperara. Fue brusco y limpio: un espasmo que me subió por dentro y me sacudió las piernas y me hizo cerrarle los muslos contra la cabeza y arquear la espalda entera y morderme el dorso de la mano hasta hacerme daño para no gritar. Chorreé sobre sus dedos y sobre su boca y él no paró, siguió lamiéndome más despacio mientras yo temblaba. Cuando abrí los ojos, él me miraba desde entre mis piernas con la barbilla brillante de mi corrida y una expresión entre satisfecha y paciente que me provocó algo entre gratitud y una ligera irritación.

—Todavía no hemos terminado —dijo.

—Lo sé —contesté.

***

Me incorporé y lo empujé suavemente hacia atrás para que se sentara en el borde de la cama, donde yo había estado antes. Había algo casi ceremonioso en ese intercambio de posiciones, como si estuviéramos siguiendo un protocolo que ninguno de los dos había establecido en voz alta pero que los dos conocíamos. Se sentó con la polla apuntando al techo, dura, brillante en la punta, latiendo sola.

Me arrodillé entre sus piernas.

Era algo que había hecho antes, con mi marido, de forma ocasional y con poca convicción. Esto era diferente. No sé si por los años transcurridos, o por la carga que llevaba ese momento específico, o simplemente porque Rodrigo era más presente y más atento de lo que Ernesto nunca fue. Empecé despacio, con la lengua, recorriendo de la base hacia el extremo sin apresuramiento. Le lamí los huevos también, uno cada vez, metiéndomelos enteros en la boca, y él dio un gruñido bajo que sonó como si le hubieran arrancado algo por dentro.

Volví a subir por el tronco y le pasé la lengua por el frenillo, despacio, mirándolo a los ojos. Él puso una mano sobre mi cabeza, no para dirigir sino para sostenerse. Le abrí la boca y me la metí de golpe hasta la mitad. Estaba caliente. Pesada contra la lengua. Sabía a piel limpia y a sudor y a esa cosa amarga y salada que le rezumaba de la punta y que yo me tragaba con hambre.

—Joder, mamá —jadeó—. Joder. Cómo la chupas.

Empecé a moverme. Arriba y abajo, cerrando los labios, ayudándome con la mano en la base, sin apartar los ojos de los suyos. Se la metí más adentro. Cada vez más adentro, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y me arcadeé una vez, pero volví a bajar. Se me llenaron los ojos de agua y una hebra de saliva me caía por la barbilla y me daba igual todo. Le chupaba la polla a mi hijo y me estaba encantando.

Tardó bastante más de lo que yo esperaba. Le apreté los huevos con una mano mientras chupaba con más ritmo, con la cabeza subiendo y bajando, escuchándole gruñir cada vez más fuerte, sintiendo cómo la polla se le ponía todavía más dura y más gruesa dentro de mi boca. Los huevos se le contrajeron contra el cuerpo.

—Mamá, me corro —masculló—. Me voy a correr en tu boca.

No me aparté. Al contrario, me la clavé todo lo que pude y cerré los labios y esperé. Cuando terminó lo hizo con un sonido contenido, con esa contención de quien ha aprendido a no perder el control, y el primer chorro me golpeó contra el paladar caliente y espeso, y después vino otro, y otro, y me llenó la boca entera de semen espeso de mi hijo. La aparté un segundo para respirar y otro chorro me cayó en la barbilla y en las tetas, blanco, denso. Volví a metérmela para chupar lo que quedaba y me lo tragué todo, la boca entera llena, y le miré a los ojos mientras tragaba para que lo viera.

En ese instante apartar la cara me habría parecido una traición a todo lo que habíamos cruzado.

Luego me quedé unos segundos en el suelo, de rodillas, con las manos apoyadas en sus muslos y la cabeza ligeramente agachada, con la polla aún medio dura tocándome la mejilla y un hilo de semen escurriéndome por el pecho. Él me pasó los dedos por el pelo con una ternura que no esperaba, y ese gesto sencillo me revolvió más que todo lo anterior.

***

Nos quedamos quietos un rato. Yo en el suelo, él en la cama. La luz del pasillo se colaba por debajo de la puerta y dibujaba una línea amarilla en la alfombra. Fuera se oía el ruido lejano de la calle, completamente indiferente a lo que acababa de ocurrir en ese cuarto.

Me pasé el dorso de la mano por la barbilla, me limpié el pecho con la camiseta y me puse en pie. Recogí mis bragas del suelo. Todavía tenía el coño palpitando y una humedad espesa bajándome por la cara interna del muslo.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí —dije. Y era verdad, en el sentido en que «estar bien» puede ser verdad después de algo que no tiene nombre claro ni categoría limpia.

No dijimos nada más esa noche. Él volvió a su cuarto. Yo me quedé sentada en el borde de la cama durante un rato largo, con la ropa en la mano, pensando en el tiempo que separa el instante en que algo ocurre del instante en que una decide qué hacer con ello.

No había respuesta esa noche. Quizás tampoco la habría después.

Pero mientras me metía bajo las sábanas y escuchaba el silencio del apartamento, lo que sentí no fue culpa ni arrepentimiento. Fue algo más parecido a una pregunta abierta, suspendida en el aire del cuarto, esperando a que alguien se decidiera a contestarla. Me metí dos dedos en el coño otra vez y me dormí así, con el sabor de mi hijo todavía en la boca.

Al día siguiente desayunamos juntos como siempre. Café con leche, tostadas, el ruido del barrio empezando a despertar. Ninguno mencionó nada. Pero cuando Rodrigo se levantó para dejar el plato en el fregadero, rozó mi hombro con la mano al pasar, muy despacio, y bajó los dedos hasta la curva de mi pecho por encima de la bata, apretó una vez, y siguió andando como si nada.

Y yo no me aparté.

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Comentarios(7)

Flor_Lectora

increible... me quede sin palabras. que relato!

RobertoBA77

Por favor continuala, quede con muchas ganas de saber como sigue. Muy buena historia

MarcoRivera

Muy bien escrito, se nota que hay sentimiento genuino en como narrás esos momentos mas confusos. Me gustó que no sea todo explicito, te deja espacio para imaginar. Seguí publicando!

Valentina_mza

buenisimo!!!

Nico_Rosario

Me recordó algo parecido que me pasó hace tiempo... esas confusiones que no sabés bien como nombrar. Bien escrito, se agradece

TintaNocturna

¿hay segunda parte? porque si no me va a costar dormir pensando en esto jaja

DiegoMar92

Me encanto como está escrito. Ese momento de darse cuenta de algo que no esperabas... muy bien transmitido, se siente real.

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