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Relatos Ardientes

El secreto de Valentina con su suegro

Rodrigo tardó una semana entera en atender a Ernesto, que lo había llamado casi a diario con una ansiedad que lindaba con la desesperación. Antes de recibirlo, había reorganizado la empresa de arriba abajo: cargos nuevos, comisiones directivas, una cadena jerárquica que desconcertó a todos los involucrados. Lo había planeado con exactitud. Primero ascendió a su hijo mayor, Felipe, a director general con facultades plenas. A Nicolás, después de años en el mando, lo relegó a una posición secundaria. Y para sí mismo reservó un cargo honorífico que no comprometía a nada.

El miércoles lo hizo llamar por su secretaria.

—Estuve muy ocupado, Ernesto. Ya te lo imaginás.

—Tanto que no podías contestar una llamada. ¿Te lo querías guardar para vos solo?

—Mi nuera es una fiera, Ernestito. Tenías toda la razón. En nada te equivocaste.

—Rara vez me equivoco en esas cosas —dijo el otro con satisfacción.

Rodrigo recordó la cena de hacía poco más de un año, cuando habían salido juntos y le comunicó la peor noticia que había recibido en su vida. Beatriz estaba enferma. Un linfoma maligno, sin pronóstico claro. Inexorablemente, la cuenta regresiva había comenzado.

—A mi edad me arrepiento de pocas cosas —dijo Rodrigo aquella noche—. Pero de lo que más me arrepiento es de no haber estado más con mi mujer.

—Es natural que lo sientas así.

—No entendés nada. Tengo sesenta y cinco años y quiero lo que todavía no tuve. Compañía de verdad. Alguien que me enseñe lo que me perdí por haberme pasado la vida trabajando.

—Bien. Entonces nos hacemos un favor mutuo.

—Quisiera salir a cenar, al teatro, llevarla de viaje... o mejor que sea ella quien me lleve —sonrió Rodrigo, con cansancio.

—Lo que usted quiere, don Rodrigo, es una novia —bromeó Ernesto.

—Quiero lo bueno de una novia. Sin las complicaciones de la juventud.

—Qué distintos somos, amigo. Yo en cambio, de una mujer primero necesito que esté buena. Como tu nuera. Que está buenísima.

***

Ernesto ya tenía los ojos puestos en Valentina desde el primer día. Rodrigo lo sabía. También sabía que él mismo pensaba en ella con una frecuencia que no había podido controlar desde el casamiento con Nicolás. Desde aquella tarde, algo se había instalado en él como una presencia que buscaba la salida.

Para sacársela de la cabeza, le había pedido a Ernesto que organizara encuentros y pretextos. Una lectora de cartas, un instructor de danza árabe, un fotógrafo de moda. Todo para Valentina. Rodrigo usó a su amigo como pantalla durante meses, acercándose a ella sin levantar sospechas, construyendo una familiaridad que nunca debería haber existido.

Cuando Ernesto lo entendió, estalló.

—¡Me usaste como un idiota! Me pediste que organizara todo eso y yo caí como un tonto. Todo era para vos.

—A vos no te prometí nada, Ernesto. Nunca.

Era cierto. En el juego iniciado como fantasía de dos hombres entrados en años, Rodrigo nunca había pensado en ceder. Valentina era demasiado para compartirla. La quería para él solo. Y además, algo había cambiado en él que no esperaba: la quería de verdad. No como un capricho de viejo. Como algo genuino, imposible de nombrar sin que sonara a excusa.

—Le robaste la mujer a tu propio hijo. Lindo padre resultaste.

—Si no lo hacía yo, se la llevaba otro. Cualquiera más despierto que Nicolás, y vos sabés que no es difícil encontrar uno. Por lo menos, no es un completo extraño.

—Sos lo más hijo de puta que conozco.

Ernesto sabía que habría hecho lo mismo en su lugar.

—Me la merezco —dijo Rodrigo—. Después de tanto tiempo.

—¿Un año?

—Desde que murió Beatriz. Y antes también. En eso te lo debo a vos.

Una sonrisa lenta se dibujó en la cara de Ernesto.

—¿Dudaste en algún momento?

—Con Catalina pasé muy buenos momentos. Pero nada comparable con Valentina. Como te dije: tenías razón en todo.

—Lo planeaste bien.

—Nada hubiera sido posible sin tu ayuda. Lo sé y no soy un desagradecido. Te lo voy a compensar.

—No hace falta.

—Vas a ser el director real de la firma. Para eso te mandé llamar. Consideralo una cancelación de deuda.

—¿Me necesitás ahora que dejás todo?

—Necesito que supervises a Nicolás mientras me dedico a otra cosa. No quiero distracciones. Cuando estemos en Europa, él va a estar acá. Si intenta volar a encontrarnos, nos vamos. Me avisás en todo momento.

—Hecho. La deuda queda cancelada.

—Mañana de noche salimos. Vuelo directo a Madrid y después Venecia. Los pasajes ya están comprados. Esta noche se lo cuento a ella como sorpresa. A Nicolás le digo que tiene que viajar quince días por trabajo.

—Venecia en primavera —murmuró Ernesto—. Ideal para una luna de miel tardía.

—De ahí París, Roma, y después volamos a conocer a la familia de ella. Ya me encargué de todo.

***

El regreso fue más complicado de lo que Rodrigo había imaginado.

Nicolás llevaba días en la ciudad cuando Ernesto le avisó que el chico estaba dispuesto a enfrentarlos. Quería verla. Quería saber. Quería respuestas que él mismo no sabía cómo pedir.

Se citaron en el restaurante que Nicolás había elegido. Al mediodía en punto. Rodrigo llegó antes, pidió una botella de Malbec y esperó picando pan con aceite. Cuando los vio entrar juntos, notó la tensión en la mandíbula de su hijo y los ojos de Valentina clavados en el piso.

—Ya no podemos seguir así —empezó Nicolás apenas se sentó, sin saludar.

—¿Así cómo? —preguntó Rodrigo con calma.

—No te hagas el desentendido.

—Si podés decírmelo, te escucho. No soy adivino.

—O es una cosa o es otra. Ya no aguanto más esto.

Rodrigo bebió del vaso antes de responder.

—Pataleás como un chico y no me explicás por qué. Apuesto a que tu mujer tampoco lo sabe.

—Claro que lo sabe.

—Decímelo entonces. Clarificámelo. Podría pensar que perdió otra vez tu equipo.

—Vos sabés bien de qué...

—¿De que otros piensen que sos cornudo?

Nicolás se quedó inmóvil. El rostro se le transformó de golpe. Valentina abrió los ojos de par en par.

—Basta —intervino ella—. Escúchenme los dos. No quiero una escena en público.

—Tranquila —dijo Rodrigo—. No va a haber ninguna escena.

—Nos vamos ya, Valentina. Tomá tus cosas. No tengo nada más que hablar con este tipo.

—Eso es lo fácil: irse. Esquivar el momento. Es hora de que lo enfrentes de una vez, hijo.

Nicolás lo miró con un odio que le salía de los poros. Valentina también lo miró a él, asustada de lo que pudiera pasar. Rodrigo la encontró con la vista y la tranquilizó sin decir nada.

—Otros pueden pensar lo que quieran —continuó Rodrigo—. Pero la verdad la tenés vos solo. Y eso es lo único que importa. Siempre y cuando quieras saber la verdad, claro.

Nicolás no respondió. Parecía dispuesto a todo. Valentina lo advirtió.

—Ahora es tu turno —le dijo Rodrigo a ella.

—¿Mi turno? —preguntó ella.

—Tu turno de hacerlo disfrutar. Es lo que debés hacer ahora.

—¿De hacerlo disfrutar de qué?

—De algo que en el fondo le gusta más que nada en el mundo.

Valentina lo miró sin entender del todo. Nicolás tampoco.

—No sé si es lo correcto —murmuró ella después de un silencio incómodo.

—Si te lo digo es porque sé cómo es él. Lo conozco mejor que vos.

Valentina miró a su marido, hundido en la silla, sin atreverse a levantar la vista.

—Decíselo, Valentina. Sin miedo.

—¿Decirle cornudo?

—Sí. Decíselo.

Ella lo miró de reojo, midiendo.

—No sé... me da cosa.

—Es porque nunca lo hiciste. Cuando lo hagas, vas a sentir algo liberador. Y él también.

Nicolás transpiraba. Pero no se movió. Parecía expectante, atrapado en algo que no terminaba de comprender.

—¿Cuando usted y yo...? —empezó Valentina, dejando la pregunta en el aire.

—Ajá.

—¿Y usted cree que él piensa que usted y yo...?

—Lo sospecha. Pero no está seguro. Y es mejor que sea así.

Valentina miró a su marido.

—¿Lo pensás, Nico? —le preguntó.

Él no respondió. Valentina bajó la vista y encontró la erección que él no podía disimular. Algo en ella se soltó, algo que era nuevo y viejo al mismo tiempo.

—¡Cornudo! —dijo, y la palabra sonó a descarga eléctrica.

—¿Lo ves? Crece como por arte de magia —observó Rodrigo con calma.

—¡Es verdad! —se asombró Valentina, con una risa que no pudo contener—. ¡Increíble! ¡Cornudo!

La mujer de la mesa de al lado frunció el ceño y la miró con evidente fastidio.

—¿Te sentís mejor? —le preguntó Rodrigo.

—Sí. Tenía razón. Es exactamente como me dijo.

Él le extendió la mano para que se sentara del lado suyo. Cuando Valentina se ubicó frente a Nicolás, el silencio entre ellos se volvió denso, como algo que no quería ser dicho.

—¿Tenías algo que decirme, hijo?

—Yo... yo... —intentó Nicolás.

—¡Cornudo! —lo interrumpió Valentina.

—No —dijo él mirándola—. A vos no te lo voy a permitir.

—¡Cornudo! ¡Cornudo! ¡Cornudo! —lo ametralló ella sin pausa.

—Ya, tampoco exageres —intervino Rodrigo—. No es bueno darle todo lo que quiere de una vez.

Valentina lo miró con una expresión de asombro genuino, como si hubiera descubierto algo que siempre estuvo ahí y que nunca había visto.

—¿Mejor de a poco? —preguntó.

—Sin apuros. Si lo repetís mucho, se acostumbra. Y ninguno queremos eso, ¿verdad?

Rodrigo miró su reloj. Se levantó. Le palmeó el hombro a su hijo con una lentitud que era casi cruel.

—Gracias por la comida, hijo. Los dejo para que conversen. Tienen mucho de qué hablar.

***

Se quedaron solos. El silencio se volvía más estruendoso con el paso de los segundos. Fue Valentina quien habló primero.

—Solo jugaba un poco. Ya lo sabés.

Nicolás la miró sin poder creerlo.

—¿Te parece que esto sea algo para jugar?

—Te dejaste llevar por eso.

—¿Ah sí?

—Dijiste que confiabas en mí. Mi palabra debería bastarte.

Nicolás quería creerle. Pero el viaje había existido. Quince días en Europa, solos los dos. No era algo que él hubiera imaginado: era real. Solo un idiota podría pensar que no había pasado nada en todo ese tiempo. Y Nicolás no era un idiota, aunque a veces lo pareciera.

Valentina lo miró con calma.

—Te cuento lo que querés saber si realmente querés saberlo. Pero pensá bien en las consecuencias. Si te fui fiel, consideraré que me hacés esa pregunta porque no confiás en mí, y voy a querer poner fin a nuestro matrimonio.

Nicolás se alarmó.

—Por otra parte —siguió Valentina—, si tuve algo con tu padre, puede ser que quiera que continúe. Y vos tendrías que elegir: poner fin al matrimonio o aceptarlo y dejarme seguir.

Nicolás ya se tocaba con una mano, disimuladamente, sin poder contenerse.

—O —dijo Valentina— quizás preferís dejar las cosas como están. Olvidamos tus preguntas y todo sigue igual. ¿Qué preferís?

Pálido, Nicolás murmuró:

—Creo que es mejor dejar las cosas como están.

Valentina le preguntó si estaba seguro. Él dijo que sí.

—¿Me vas a dejar ver a tu padre? —quiso saber ella.

Nicolás repitió que lo permitiría.

—¿Sabés que puede pasar algo cuando nos vemos, y aun así lo vas a permitir?

Él contestó afirmativamente.

—Entonces es casi como consentirlo. Decime que sos consciente de que puedo tener libertad y que no vas a interferir en mis decisiones.

Lo balbuceó entre dientes, por última vez.

—Podés hacerlo. No interferiré.

Un silencio largo precedió la sonrisa de Valentina. Tranquila. Satisfecha.

—Gracias, mi amor. Te amo. Estoy orgullosa de tu capacidad de comprensión.

***

Lo que vino después no fue un divorcio. Fue algo más difícil de nombrar.

Nicolás abandonó el apartamento tres meses después, no porque lo echaran, sino porque quedarse se volvió insostenible. Rodrigo empezó a pasar noches en la casa que él mismo les había regalado como presente de boda. Poco a poco esas noches se convirtieron en todas las noches.

Valentina no protestó. Rodrigo tampoco hizo preguntas que no fueran necesarias. Simplemente, sucedió.

Él le fue dando las ropas de Beatriz: vestidos de cuello cerrado que en el cuerpo de Valentina resultaban inevitablemente distintos, más llenos, más cargados de una presencia que no tenía escapatoria. Valentina los usaba sin hacer preguntas.

Hicieron traer un cuadro que Rodrigo había guardado en depósito durante años: una escena bíblica pintada en óleo oscuro, con una mujer de rostro velado extendiendo la mano hacia un hombre mayor que la miraba con desconcierto y deseo al mismo tiempo. El cuadro quedó colgado al final de la escalera, frente a la puerta del dormitorio. Ningún visitante fue capaz de descifrar su significado.

Los meses que siguieron fueron intensos de una manera que ninguno de los dos había anticipado. Rodrigo tenía sesenta y cinco años. Valentina, treinta y tres. La diferencia entre ellos era visible y generaba comentarios que dejaron de importarles. Habían tomado una decisión y la sostenían.

***

Ocho meses después de que Rodrigo se instalara definitivamente en la casa, llegó la primera noticia que ninguno esperaba.

Valentina recibió el llamado de Nicolás. Quería volver. El nacimiento de Mateo —un varoncito sano y ruidoso, casi cuatro kilos— había inclinado la balanza. La presión de la familia, también. Rodrigo lo supo cuando Ernesto lo llamó para avisarle. Esperó.

Valentina no supo primero qué responder. Decir la verdad era imposible sin calcular el costo exacto de cada palabra. Optó por callarse. Por dejar que Nicolás creyera lo que necesitaba creer.

Semanas más tarde, cuando se reunió con su amiga íntima Sandra después de casi un año sin verse, llevaba al bebé en brazos y una expresión de quien ha llegado a algún lado sin habérselo propuesto.

—No puedo creer cómo te ves —le dijo Sandra—. Con todo lo que pasaste, que Nicolás se hubiera ido así... y ahora te veo radiante.

—Un abandono a medias —dijo Valentina apresurándose en buscar la explicación—. De vez en cuando el granuja regresaba. Y el resultado está a la vista —dijo meciendo al bebé sobre las piernas.

Sandra lo estudió de arriba abajo. La carita, las manos pequeñas, los rasgos que empezaban a definirse.

—Lo que no entiendo...

—Ya cumplí con el mandato de la familia —la interrumpió Valentina sin titubear—. Le di a mi suegra, que descanse en paz, el nieto que tanto quería. A partir de ahora me voy a enfocar en un método anticonceptivo eficaz.

—A eso me refería exactamente —dijo Sandra, desconcertada—. Disculpá que lo diga de una vez... ¿no me dijiste el año pasado que Nicolás se había hecho una vasectomía?

Valentina sonrió.

—Él sí. Pero mi suegro no.

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Comentarios (5)

CarlosM77

Que buenisimo relato, de los que no podes dejar de leer!!

RubenMdq

Por favor seguí con esta historia, se quedó justo en lo mejor. Espero la segunda parte!

PedroPanadero

Me atrajo el morbo del tema desde el primer parrafo. Bien llevado, se siente convincente sin pasarse de rosca.

Dante_Rdz

tremendo!!! gracias

LectorMDQ

Me recordo a una situacion parecida que conozco de cerca, aunque sin llegar tan lejos jajaja. Muy bien escrito, enhorabuena.

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