El baile con mi padre que no debió terminar así
La noche del cumpleaños de mi tía Cecilia empezó como cualquier reunión de familia: demasiada comida, música vieja y parientes que solo veíamos en ocasiones así. Yo no imaginaba que terminaría siendo la noche que lo cambió todo entre mi padre y yo.
Llegamos juntos, como siempre. Desde que mi madre se fue de casa, hacía ya cuatro años, vivíamos los dos solos. Habíamos aprendido a compartir silencios, costumbres y una compañía que, sin que ninguno lo dijera en voz alta, se había vuelto más estrecha de lo que dos personas que solo eran padre e hija deberían sentir.
Esa noche me arreglé con un cuidado que no me detuve a cuestionar. Elegí una falda a cuadros que apenas me llegaba a mitad del muslo y una blusa negra ceñida de manga larga que marcaba mi cintura. Los tacones altos me hacían caminar distinto, más segura, más mujer. Cuando bajé las escaleras, mi padre tardó un segundo de más en apartar la mirada. No le di importancia.
El salón estaba cálido, lleno de luces tenues, bandejas de aperitivos y copas de vino que iban y venían. Todo era agradable hasta que ella entró. Mi madre apareció del brazo de su nuevo esposo, radiante con un vestido que le sentaba demasiado bien, riéndose de algo como si nunca nos hubiera hecho daño.
Sentí a mi padre tensarse a mi lado. Pidió un whisky y se lo llevó a los labios con más rabia de la necesaria. A mí también me ardió algo en el pecho. Verla tan ligera, tan feliz después de habernos dejado, me dolía de una forma que creí ya superada.
Intenté distraerlo. Me senté pegada a él, le hablé de tonterías, le serví otra copa. Pero sus ojos volvían una y otra vez hacia ella. Cada vez que mi madre se reía cerca del oído de su pareja, la cara de mi padre se ensombrecía un poco más. Bebía despacio, sin detenerse, y el alcohol empezaba a soltar lo que de costumbre guardaba bajo llave.
Cuando empezó una canción lenta, mi madre y su esposo salieron al centro del salón. Se abrazaron con una naturalidad que dolía mirar, ella con la cabeza apoyada en su hombro. Mi padre los observó en silencio, con la mandíbula apretada. Después dejó el vaso sobre la mesa y me tendió la mano.
—¿Bailas conmigo, Renata? —su voz sonó más grave de lo habitual, cargada de algo que no terminaba de salir.
Lo miré. Sabía que necesitaba sentirse acompañado, deseado, aunque fuera un poco. Asentí y le di la mano.
Fuimos hasta el centro. Me rodeó la cintura con una mano mientras yo apoyaba las mías sobre sus hombros. Al principio guardamos una distancia prudente, balanceándonos despacio. Su cuerpo era firme y cálido, y su perfume se mezclaba con el aroma del whisky en un olor que conocía de toda la vida y que, esa noche, me pareció otro.
Poco a poco, casi sin darme cuenta, me fue acercando. Mi pecho rozaba el suyo con cada movimiento. La tela fina de la blusa dejaba pasar el calor de su cuerpo, y el aire fresco del salón me acariciaba la piel desnuda de los muslos por debajo de la falda.
Su mano, que descansaba en mi cintura, empezó a bajar despacio por mi espalda. Fue un deslizamiento lento, como si buscara consuelo en la curva de mi cuerpo. Se detuvo justo donde la falda marcaba el inicio de mis caderas. Sus dedos presionaban con una suavidad que no encajaba con la tensión que yo sentía en sus hombros.
Mientras bailábamos, ninguno de los dos podía evitar mirar de reojo hacia mi madre. Ella seguía pegada a su pareja, indiferente a nosotros, y eso pareció empujarlo aún más lejos. Su mano descendió un poco más hasta posarse sobre mi glúteo. El calor de su palma atravesaba la tela y un cosquilleo profundo me recorrió la espalda. Mi respiración se volvió lenta. Sentí mis pezones endurecerse bajo la blusa.
Yo estaba confundida. Era mi padre. El hombre que me había criado con paciencia y firmeza. Pero ese toque no se sentía paternal. Se sentía de hombre, posesivo, y me encendía un calor líquido en el vientre que no sabía cómo apagar. Una parte de mí quería apartarse. Otra parte, alimentada por el vino y por la rabia hacia mi madre, quería quedarse ahí, ser su refugio, demostrarle que yo sí estaba para él.
Él pareció darse cuenta despacio de dónde tenía la mano. Sus dedos trazaron una caricia casi imperceptible sobre la curva de mi cadera. Su respiración se hizo más pesada junto a mi oído.
—No me había dado cuenta de lo hermosa que te has puesto, Renata —murmuró, casi como si hablara para sí mismo.
Esas palabras me erizaron la piel. Sentí las mejillas calientes y no supe qué contestar. Solo me acerqué un poco más, pegando mi cuerpo al suyo en un gesto que quería ser de consuelo y que, sin embargo, cruzaba una línea con toda claridad.
Desde el otro lado del salón, mi madre nos miró. Sus ojos se detuvieron en cómo nos abrazábamos, en lo cerca que estaban nuestros cuerpos. Frunció apenas el ceño. Y yo, en vez de alejarme, me pegué todavía más a él. Quería que viera que mi padre no estaba solo. Que yo estaba ahí, dispuesta a ser lo que hiciera falta.
***
Cuando empezó la segunda canción, la cercanía fue mayor desde el primer compás. Sus dos manos descansaban en mis caderas, guiándome con movimientos seguros. Una subió un poco por mi espalda; la otra se quedó abajo, acariciando con paciencia el borde donde terminaba la falda.
Mi cabeza era un torbellino: confusión, culpa, rabia hacia mi madre, ganas de proteger a mi padre. El alcohol me había bajado las defensas y su dolor parecía justificar, una caricia tras otra, esa cercanía que no debía existir.
Cuando la música terminó, no nos separamos. Me tomó suavemente del brazo y me llevó hacia un rincón apartado del salón, cerca de los ventanales que daban al jardín. Allí la luz era más tenue, la música llegaba amortiguada y casi nadie miraba.
Me apoyó con delicadeza contra la pared. Su cuerpo quedó frente al mío, muy cerca, como si quisiera protegerme del resto del mundo. Su mirada recorrió mi cara, bajó por mi cuello y se detuvo un instante en el escote antes de volver a mis ojos. Había culpa en esa mirada, y dolor, y una necesidad que ya no sabía esconder.
—Renata… —susurró, su aliento cálido rozándome el cuello—. Esta noche tengo todo revuelto por dentro. Ver a tu madre tan feliz con él, el whisky, y tú aquí, tan cerca, tan hermosa… No consigo verte solo como mi hija ahora mismo.
Su mano derecha subió despacio por la parte exterior de mi muslo, colándose bajo el borde de la falda con una lentitud que me torturaba. Sus dedos temblaban un poco mientras acariciaban la piel caliente.
Esto está mal, pensé. Pero mi corazón latía con fuerza y no me aparté.
—Papá… yo también estoy confundida —admití con la voz temblorosa—. Pero no quiero que sigas sufriendo por ella. Quiero que te sientas bien.
Sus dedos rozaron la cara interna de mi muslo y soltó un suspiro largo, casi un gemido contenido, mientras apoyaba la frente contra la mía.
—Estás preciosa, hija mía… —murmuró con voz ronca—. ¿Qué estamos haciendo?
Cerré los ojos y respiré agitada contra su cuello. El calor de su cuerpo, su olor, la presión firme de su deseo contra mi vientre y la caricia lenta de sus dedos me tenían atrapada. Sabía que estaba mal. Pero envuelta en el vino, la rabia y las ganas de consolarlo, solo quería seguir sintiendo.
***
Por un segundo pensé que se arrepentiría, que pondría distancia. En cambio, retiró la mano de debajo de mi falda, me tomó de la muñeca y me miró a los ojos.
—Ven conmigo —dijo en voz baja—. No podemos seguir aquí.
No pregunté a dónde. Lo seguí.
Salimos del salón sin que nadie pareciera notarlo. La noche estaba fresca afuera. Caminamos en silencio hasta su auto, estacionado en una esquina apartada del jardín. Las piernas me temblaban sobre los tacones. Él abrió la puerta trasera y me hizo un gesto para que entrara primero. Me senté y tiré de la falda en un intento inútil de cubrirme un poco más. Entró detrás y cerró la puerta con un golpe seco que pareció sellar nuestro secreto.
Dentro estaba oscuro, apenas iluminado por las farolas lejanas. El espacio era estrecho y eso hacía que su presencia se sintiera enorme. Me atrajo hacia él con suavidad pero sin dudar, sentándome sobre su regazo. La falda se me subió peligrosamente por las caderas.
Sus manos subieron por mis muslos desnudos, acariciando la piel con una especie de reverencia. Esta vez no se detuvo. Sus dedos llegaron al borde de mi ropa interior y la rozaron despacio.
—Todo este tiempo… —susurró contra mi cuello, la voz temblando.
Un gemido suave se me escapó. Empezó a acariciarme por debajo de la falda con movimientos lentos y circulares, explorando mi piel con una paciencia que me volvía loca. Bajó la boca por el escote, apartó la tela negra, deslizó el sostén y liberó uno de mis pechos. Atrapó mi pezón entre los labios, primero con delicadeza y luego con más hambre. Sentí su lengua girar alrededor, sus dientes rozarme apenas.
Sus dedos apartaron mi ropa interior y por fin tocaron mi piel. Me recorrieron despacio, sintiendo lo mojada que estaba, hasta encontrar mi entrada. Los introdujo poco a poco, profundo.
—Papá… —gemí, moviendo las caderas contra su mano, buscando más.
—Shhh… déjame sentirte —murmuró contra mi pecho.
El auto se llenó de mis gemidos contenidos. Me apretaba alrededor de sus dedos con cada movimiento lento y profundo, y sentí que me acercaba peligrosamente al borde. Sus movimientos se volvieron más rápidos, más precisos, su boca de nuevo en mi pecho. Algo se acumulaba en mi vientre como una ola imparable.
No pude resistirlo. Mi cuerpo se tensó de golpe. Un orgasmo intenso me recorrió desde el centro hacia afuera, las piernas temblando, un gemido largo ahogado en mi garganta. Él no se detuvo, prolongándolo hasta dejarme sin aliento sobre su regazo.
Cuando por fin bajé, me abrazó contra su pecho y me besó la frente con una ternura que no encajaba con lo que acabábamos de hacer. Podía sentir su erección dura presionando contra mí a través del pantalón.
***
Me miró un largo segundo, como si todavía peleara consigo mismo. Después, con la voz baja y ronca, murmuró:
—Quiero hacerte el amor, Renata. Aquí, ahora.
No respondí con palabras. Me incliné y lo besé.
Fue un beso profundo, lento al principio, cargado de toda la confusión y el deseo de esa noche. Sus manos subieron por mi espalda y me apretaron contra él mientras nuestras lenguas se encontraban. El beso se volvió desesperado y sentí cómo crecía aún más contra mi centro.
Con manos temblorosas le abrí el cinturón y bajé la cremallera. Lo liberé y lo rodeé con la mano, sintiéndolo caliente y firme. Él soltó un gemido grave contra mi boca cuando empecé a acariciarlo, de la base a la punta.
—Renata… —susurró, dejando caer la cabeza contra el asiento.
Me levantó un poco con sus manos fuertes para acomodarme mejor. Apartó del todo mi ropa interior y me guió. La punta se deslizó entre mis labios, cubriéndose de mi humedad. Los dos gemimos en el primer contacto.
Bajé sobre él poco a poco, muy despacio. Sentí cómo me abría centímetro a centímetro, cómo me llenaba de una forma abrumadora. Cuando quedé sentada del todo, nos quedamos quietos unos segundos, mirándonos, respirando agitados.
—Estás tan apretada… —murmuró, apretándome las caderas.
Empecé a moverme. Lento al principio, subiendo y bajando con movimientos ondulantes. El placer era profundo. Cada vez que bajaba del todo, sentía una chispa recorrerme entera. Sus manos viajaban por mis muslos, mis glúteos, mis pechos. Se inclinó y volvió a atrapar uno de mis pezones con la boca mientras yo aceleraba el ritmo.
El interior del auto se llenó de gemidos ahogados y del crujido del asiento. Me apoyaba en sus hombros para impulsarme, bajando con fuerza, sintiéndolo hasta el fondo.
—Papá… —gemí, perdida—. Se siente tan bien…
Él gruñó contra mi pecho y tomó el control. Me sujetó por las caderas y empezó a embestir hacia arriba con estocadas firmes. Mis pechos se sacudían con cada una. El placer volvía a acumularse, casi insoportable.
—Quiero que te corras otra vez —susurró, mientras una mano bajaba entre nuestros cuerpos para acariciarme sin dejar de penetrarme.
Fue demasiado. Los dos estímulos a la vez me llevaron al límite en segundos. El segundo orgasmo fue aún más intenso que el primero. Mi cuerpo se tensó, olas de placer me recorrieron una y otra vez, y grité contra su cuello, temblando sin control.
Él no aguantó mucho más. Con un gemido profundo me apretó contra sí y se dejó ir dentro de mí, moviéndose despacio hasta el último segundo.
Nos quedamos abrazados, jadeando, sudados. Me besó en la frente, en los ojos, en los labios, con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.
—Mi hermosa Renata… —susurró contra mi pelo.
Yo me quedé sobre él, con el corazón latiendo fuerte y la cabeza dando vueltas por todo lo que acababa de pasar. Y en algún rincón de mí, sin atreverme a decirlo, supe que aquello era solo el comienzo.