Cuatro confesiones después de los juegos del deseo
El aturdimiento, el dolor punzante en el cuello, los ojos irritados y esa sensación rara en los dientes fueron lo primero que sentí al despertar. Un día nuevo, sin más órdenes, sin más juegos. La pesadilla había terminado, pero quedaba lo peor: explicarle a todo el mundo lo que me obligaron a hacer, cuando ni yo misma podía creer que algo así fuera real.
—Despertaste —dijo Diego en cuanto abrí los ojos.
Una doctora entró a preguntarme qué recordaba mientras una enfermera revisaba mis signos. Yo no podía dejar de mirar a Diego, calculando cuánto nos quedaría juntos después de que me entregaran a todos esos hombres mientras él estaba con la mujer que pusieron a vigilarme.
En los exámenes habían detectado al menos nueve tipos distintos de ADN. La doctora lo dijo delante de él, sin medirse, y le sugirió que me hiciera pruebas cada tres meses. Yo apenas la escuchaba. Solo pensaba en si lo nuestro había terminado.
—Perdóname —murmuró Diego cuando nos dejaron solos, con la mirada clavada en el suelo—. No debí dejarte sola, no debí beber, no sé qué pasó. Todo esto fue mi culpa.
—¿Qué pasó con tu hermano? ¿Dónde está Selene? —pregunté, sin valor todavía para contarle la verdad.
—Tu prima desapareció apenas terminamos de… —se detuvo, y esa pausa lo dijo todo—. No sé adónde se fue. Cuando volví, te encontré así.
No respondió cuando le pregunté qué había ocurrido entre Selene y él. No hacía falta. Y aunque sabía que nada de aquella noche había sido auténtico, desde que tuve dentro al hermano de Diego entendí algo: no volvería a mirarlo igual. Antes solo éramos él y yo. Después, él había estado con otra follándola sin freno, y yo había tenido la polla de su hermano hasta el fondo del coño, la de sus amigos rompiéndome la boca y el culo, corridas encima y adentro de todas partes, y quién sabe cuántas más.
El silencio en la habitación era insoportable. No podía dejar que nuestra historia terminara con él cargando una culpa que no le correspondía, así que le conté todo: el asalto, el cuarto adonde me llevaron con otras chicas, los sensores en mis ojos, la cosa en mi cuello, quién era en realidad mi supuesta prima. Le hice entender que nada había sido su culpa, que la culpa era de los psicópatas que organizaron aquella barbaridad.
Me revisó el cuello, la boca, los dientes, y poco a poco creyó. No sirvió de nada. Mis padres llegaron, agradecieron a Diego por traerme al hospital, y él se marchó de la habitación. Nunca volvimos a hablar. Ni siquiera tuvimos que terminar: los dos asumimos que lo nuestro se había acabado en el instante en que él cruzó esa puerta.
Tardé años en permitirme otra relación. Reviví esos juegos cientos de veces en sueños, hasta que conocí a alguien en el trabajo, un buen hombre que me amó tanto que me ayudó a dejarlo todo atrás. Con él formé una familia y, por fin, fui feliz.
***
Despertar entre los brazos de mi hermano fue raro, al menos al principio. Me costaba creer que después de todo lo que pasó las cosas no hubieran terminado tan mal. Lo del tipo en el estacionamiento había sido horrible, y enterarme de lo que Carla hacía con el amigo de Bruno también. Pero despertar desnuda y abrazada por el chico al que tanto quería no lucía tan mal como pudo haber sido.
—Buenos días, hermanita —susurró al notar que me había despertado.
Sentí su polla despertando también, dura contra mi cadera, y no pude evitar restregarme un poco sobre ella. Bruno soltó un gemido ronco y bajó la mano por mi espalda hasta apretarme el culo, atrayéndome más contra su verga. Todavía tenía su semen adentro de la noche anterior, y sentirla latir ahí abajo me humedeció el coño de inmediato.
—Otra vez, hermanito —le pedí al oído, mordiéndole el lóbulo—. Cógeme otra vez, despacito, ahora que estamos solos y no me obliga nadie.
Se giró sobre mí, me abrió las piernas con la rodilla y su polla encontró sola la entrada de mi coño empapado. Entró de un solo golpe hondo, y los dos gemimos a la vez. Le clavé las uñas en los omóplatos mientras me empezaba a follar lento, saboreando cada centímetro, sacándola casi entera para volver a metérmela hasta que su pelvis chocaba contra mi clítoris.
—Mírame —le pedí—. Quiero verte los ojos mientras me lo haces.
Los abrió, oscuros y encendidos, y me embistió más fuerte. La cama crujía. Sentía su verga hinchada rozándome un punto por dentro que me hacía temblar las piernas. Le agarré la cara y lo besé con la lengua entera adentro de la boca, tragándome sus gemidos. Cuando bajé la mano entre nosotros para tocarme el clítoris, él me apartó los dedos y me lo frotó él mismo, con el pulgar, sin dejar de bombear.
—Vente en mi polla —me susurró—. Vamos, quiero sentirte apretándome.
Me corrí con un grito ahogado contra su cuello, el coño palpitando alrededor de su verga, y él siguió cogiéndome durante otro minuto largo antes de gruñir y descargar su corrida caliente muy dentro de mí. Los dos nos quedamos quietos, jadeando, con su semen escurriéndoseme por los muslos.
Acomodé mi cuerpo sobre el suyo para mirarlo a los ojos y, por primera vez, le conté todo: los juegos, cómo me capturaron, el momento en que desperté en el hospital. Bruno se quedó muy quieto, pensativo y, de pronto, decepcionado.
—Entonces, cuando hicimos el amor en mi cuarto, ¿tú no querías? ¿Lo hiciste porque te obligaron?
—No… bueno —cerré los ojos buscando las palabras—. Sí, me obligaron. Pero lo que sentí mientras me la metías fue muy real. Me sorprendió sentir algo tan intenso contigo, darme cuenta de que la polla que tanto buscaba la tuve siempre en el cuarto de al lado.
Díselo de una vez.
—Te amo. No solo como mi hermano. Te amo como hombre, y ojalá me hubiera dado cuenta antes.
Sus labios apagaron el resto. Nos quedamos abrazados un rato largo, con su verga ablandándose despacio dentro de mi coño, antes de vestirnos y bajar a la cocina, donde mamá y mi padre, Ricardo, ya nos esperaban.
—Les preguntaría cómo pasaron la noche —dijo él sin levantar la vista del periódico—, pero después de la cuarta vez que nos despertaron, me quedó bastante claro.
Sentí la cara arder. Bruno, rojo también, alcanzó a preguntar si no les molestaba que él y yo… Mamá soltó una risa.
—Cariño, llevamos años esperando que tuvieran el valor de decirse lo que sienten. Creímos equivocarnos cuando él estuvo a punto de casarse, pero ayer llegamos, los escuchamos y… bueno, ya nos entienden.
Nos tomamos de la mano por debajo de la mesa, felices de no tener que escondernos. Esa misma tarde levanté una denuncia y descubrí que no era la única que había acudido. Saber que había otras sobrevivientes me hizo bien. Nunca olvidé lo que ese bastardo me hizo en el estacionamiento, pero estar con Bruno fue lo que me permitió, por fin, dejar de cargarlo.
***
—Hey, Tam, ¿cómo va todo? —dijo Iván al entrar en mi habitación, y ese pellizco en el estómago me confirmó lo que sentía por él—. Me crucé con tu madre. Me dijo cosas muy feas.
—Terminé con ella. Se acabó el dinero, pero también los regaños, las manipulaciones y, sobre todo, las estúpidas clases de derecho.
Los dos sabíamos que mi madre era solo una excusa para romper el hielo. Iván se quedó callado un buen rato antes de animarse.
—Tam, te conozco hace mucho y sé que la chica de ayer no eras tú. Un cambio tan brusco solo se explica con una abducción alienígena o algo así. Por favor, dime qué pasó, que me estoy volviendo loco.
Me sacó una risa que se apagó enseguida. Bajé la cabeza y se lo conté todo: los juegos, el capitán, los hombres. Vi en sus ojos que me creía, sobre todo cuando notó las marcas que probaban que no me lo inventaba.
—Iván, yo… —respiré hondo. Esto era más difícil que contarle lo demás—. Estoy enamorada de ti. No lo sabía. Sé que ayer estuve con otros hombres, sé que quizá te doy asco, pero quiero intentarlo. Quiero volver a sentir lo de la ducha. Quiero que seas mío y ser tuya.
Se acercó, me tomó la mano y me acarició la mejilla.
—No me importa nada de lo de ayer. Y lo de Damián ya lo sabía, me lo dijo el imbécil en la sala de espera. Lo de la ducha fue genial. Pero antes de empezar quiero preguntarte algo. —Hizo una pausa con cara de culpa—. ¿Estás segura de que esto no es porque tu madre dejó de darte dinero y no tienes dónde dormir?
Me quedé con la boca abierta antes de darle un golpe en el estómago y soltarme a reír con él. Después le agarré la cara con las dos manos y lo besé despacio, metiéndole la lengua hasta el fondo, hasta sentir su erección crecer contra mi vientre.
—Te lo voy a demostrar ahora mismo —le dije al oído, empujándolo hasta sentarlo en el borde de la cama.
Me arrodillé entre sus piernas, le abrí el cierre y le bajé el pantalón junto con el bóxer. Su polla saltó dura, gruesa, con la punta ya perlada. La agarré con la mano, la miré un segundo como si fuera un regalo, y me la metí entera en la boca de una sola vez. Iván soltó un juramento y me hundió los dedos en el pelo.
—Joder, Tam, así no, que me voy a correr enseguida.
Pero yo quería justo eso. Le mamé la verga con ganas, subiendo y bajando, chupando fuerte la punta, dejando que se me llenaran los labios de saliva. Le jugueteé la lengua por debajo del glande y le acaricié los huevos con la otra mano. Cuando lo sentí latir contra mi paladar, aceleré. Se corrió con un gemido ronco y me tragué cada gota de su semen sin soltarle la polla, mirándolo a los ojos mientras lo hacía.
—Ven aquí —jadeó, tirándome del brazo hacia arriba.
Me acostó de espaldas en la cama, me arrancó los pantalones y las bragas, y me abrió las piernas con las manos. Se hincó en el suelo, agarró mis muslos y hundió la cara en mi coño. Me lamió entera, de abajo hacia arriba, largo y despacio, hasta cerrar los labios sobre mi clítoris y chuparlo. Le clavé los talones en la espalda. Cuando metió dos dedos y me los curvó hacia adelante mientras seguía succionándome el clítoris, arqueé la espalda entera de la cama.
—No pares, no pares, Iván, así, así…
Me corrí en su boca gritando su nombre, con los muslos temblándome contra sus orejas. Él siguió lamiéndome despacio hasta que dejé de sacudirme, y para entonces ya estaba duro otra vez. Trepó sobre mí, me agarró una pierna y me la puso sobre su hombro, y me metió la polla de un empujón que me sacó el aire.
—Fóllame —le supliqué—. Fóllame como querías haberlo hecho aquel día en la ducha.
Y me folló. Me clavó su verga con embestidas hondas y ruidosas, la cama golpeando contra la pared, sus huevos chocando contra mi culo. Me giró boca abajo, me levantó la cadera y me la volvió a meter desde atrás, agarrándome del pelo. Sentía cada centímetro de su polla llenándome, borrándome de la piel el recuerdo de las manos de los otros. Me corrí una segunda vez con la cara aplastada contra la almohada, y él siguió embistiéndome hasta descargarse dentro de mí con un rugido que se le escapó de la garganta.
Nos quedamos abrazados, sudados, con su semen escurriéndome por dentro del muslo. Esa misma noche me ayudó a mudar mis cosas a su cuarto. Pasamos años apretados de dinero, tocando en presentaciones y dando clases, sumando trabajos de medio tiempo, hasta que algunas de nuestras canciones pegaron. Vinieron giras, un poco de fama, y con eso montamos una escuela de música. Mi madre me pidió perdón mucho después, cuando mis hijos entraban a la universidad. Para entonces ya había entendido que no había nada que perdonar.
***
El dolor de lo que aquel maldito me hizo seguía ahí cuando abrí los ojos. No lo aliviaba saber que estaba muerto: haber visto cómo Mara lo mataba me dejó una marca que jamás se borraría.
Me quedé mirando el techo, sin atreverme a girar la cabeza, convencida de que encontraría el cadáver de ese violador tirado en el centro de mi cuarto sobre un charco de sangre.
—¡Oh, por Dios! —gritó mamá desde abajo.
El sobresalto me sentó en la cama. Miré alrededor: mi recámara estaba tal cual la había dejado. Ni una mancha, ni un rastro de que ahí se hubiera cometido un asesinato horas antes. Entonces recordé las últimas palabras de Mara antes de sedarme: «cuando despiertes parecerá que no pasó nada de lo que viste». ¿Quiénes eran esos tipos? ¿Cuánto poder tenían para borrar una escena del crimen como si fuera un cuarto cualquiera?
Bajé. Encontré a mamá de rodillas en el pasillo, llorando con un papel en la mano.
—¡Se fue! ¡Me abandonó! —El hombre que vivía con ella, el mismo que me había acorralado contra el refrigerador días atrás, se había marchado.
—Él me acosó después de que tú salieras —empecé, sin saber si me escuchaba—. Me manoseó las tetas, me metió la mano dentro de las bragas y me amenazó con follarme por el culo si no lo trataba mejor.
—¡Mientes! —Se levantó, mirándome con una rabia que no entendía—. ¡Él jamás se fijaría en una cualquiera como tú teniéndome a mí!
Sonreí con tristeza. Esa mujer hacía tiempo que había renunciado a ser mi madre. No insistí. Fui a la policía, donde más de uno se rió de mí antes de que me atendiera una mujer que parecía nueva. Tomó mi declaración con paciencia, me llevó con la forense y, al final, me dio una copia del expediente con la promesa de investigar. Años después esa misma mujer llegó a comandante, y fue la única que estuvo cerca de atrapar a los que nos hicieron eso a mí y a las otras chicas.
Esa tarde fui al parque al que papá nos llevaba de niñas. Ahí estaba Lucía, en un columpio, con la mirada perdida. Me acerqué temblando, recordando cómo me había mirado al encontrar la ropa interior en el bolsillo de su novio.
—Necesito que me digas por qué lo hiciste, Renata —dijo sin rodeos, llorando—. Por qué te acostaste con él teniéndome a unos metros. Quiero creer que tenías una razón, porque no soporto pensar que mi mejor amiga me traicionó así.
Le extendí la copia de la denuncia. Me miró sin entender.
—Nunca te habría traicionado de haber tenido opción. Lamento muchísimo lo que hice.
Leyó el documento entero, varias veces, durante casi una hora. Cuando terminó se levantó a abrazarme y lloramos largo rato sin decir nada. Después me hizo decenas de preguntas sobre los juegos, las reglas, todo, y desahogarme con la única persona en quien confiaba terminó ayudándome más que nada. Le conté cómo me habían obligado a mamársela a Sergio en el pasillo, cómo me habían hecho abrir las piernas para que me follara sin condón hasta correrse dentro, cómo me habían plantado las bragas mojadas en el bolsillo del novio de ella para incriminarme. Lucía escuchó cada detalle sin apartar los ojos, apretándome la mano cada vez que la voz se me quebraba.
—Entonces, la memoria que tiene Sergio, ¿es la misma de esas imágenes? —preguntó.
—La misma. Él me vio con las piernas abiertas dejándome coger por desconocidos, con vergas en la boca, en el coño y en el culo, corridas por toda la cara. Supongo que ya no habrá historia de amor cuando vea lo que me hicieron.
—Querrás decir lo que te hicieron esos animales. Y no nos vamos a rendir, te mereces tu historia de amor.
Tomó el teléfono y marcó, poniéndolo en altavoz cuando contestó el profesor de prácticas.
—¡Por nada del mundo revises la memoria que te dio Renata! —le gritó Lucía, tan alarmada que la gente del parque volteó.
—¿Lucía? ¿Por qué me…?
—¡Si la abres, ella no te lo perdonará y no podrán estar juntos jamás! ¿Está claro?
—Sí, sí, ya. Pero… ¿sabes algo de ella? Ayer se fue muy mal y no quiero pensar que yo…
—Está bien. Y está perdidamente enamorada de ti —dijo Lucía con una sonrisa maliciosa que me puso de mil colores—. Nos vemos el lunes, Sergio. Le daré dos besos de tu parte.
Colgó y me miró. Las dos sabíamos que quedaban muchas heridas por sanar, pero también que juntas no había nada que no pudiéramos lograr. Con los años nos casamos, tuvimos hijos, nos mudamos a casas contiguas. Y aunque suene paradójico, fue gracias a esos juegos malditos que encontré mi camino con Sergio y formé la familia que me dio una razón para dejar de sufrir.