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Relatos Ardientes

Después del divorcio, volví a casa de mi padre

Volví a la casa de mi padre un martes de marzo, con dos maletas y un divorcio recién firmado. Hacía catorce años que no dormía en ese cuarto, y cuando empujé la puerta encontré la misma colcha celeste, el mismo escritorio bajo la ventana, los mismos libros del colegio en el estante. Marcelo no había tocado nada.

—Te dejé toallas limpias en el baño —dijo desde el pasillo, sin entrar—. Y si tenés hambre, hice guiso.

—Gracias, papá.

Lo escuché bajar por las escaleras y me quedé un rato sentada en la cama, con la palma apoyada en la almohada fría. Treinta y dos años y volvía a oler a casa de mi padre, a madera vieja y a yerba mate. Andrés y yo habíamos firmado los papeles esa misma mañana. No tenía adónde ir y él lo sabía.

Bajé al rato, con una remera floja y los pies descalzos. Marcelo estaba en la cocina, de espaldas, removiendo la olla. Se había puesto canoso en las sienes desde la última Navidad. La camisa blanca le quedaba un poco floja en los hombros, y noté, por primera vez con ese tipo de atención, que todavía tenía la espalda ancha de quien jugó al rugby toda su juventud.

—¿Vino? —preguntó, sin darse vuelta.

—Mucho.

Se rió. Era la primera vez que me reía en una semana.

Comimos en la mesa de la cocina, no en el comedor. Esa mesa de fórmica donde mi madre nos abandonó una tarde de enero, cuando yo tenía dieciocho años, sin más explicación que una nota debajo del salero. Marcelo y yo nos quedamos en esa casa, los dos, durante el año que tardé en mudarme a la facultad. Aprendimos a cocinar juntos. Aprendimos a no hablar de ella. Aprendimos otras cosas también, cosas que nunca dijimos en voz alta y que esa noche, con la segunda botella ya por la mitad, empezaron a respirar de nuevo entre nosotros.

—¿Estás bien? —preguntó.

—No.

—¿Querés contarme?

—Ahora no.

Asintió. Nunca insistía. Esa era una de las cosas que más me gustaba de él y al mismo tiempo una de las que más me había arruinado para los hombres de mi edad. Andrés insistía siempre. Marcelo te dejaba el silencio como un regalo y esperaba a que vos lo rompieras cuando quisieras.

—¿Sabés lo que pensé hoy, manejando para acá? —dije al fin, mirando el fondo de la copa.

—Decime.

—Que nunca me sentí tan en mi lugar como aquel verano que pasamos solos los dos. Después de que ella se fue.

Levantó los ojos. Eran del mismo verde sucio que los míos, una cosa de familia. Tardó un segundo en contestar.

—Yo también pensaba en ese verano.

—¿Sí?

—Mucho.

Quedó un silencio largo. La heladera arrancó y paró. Afuera, un perro ladraba lejos. Marcelo apoyó la copa en la mesa, con cuidado, como si tuviera miedo de que el sonido del vidrio quebrara algo.

—Sofía, hay cosas que un padre no debería pensar.

—Lo sé.

—Y hay cosas que una hija tampoco.

—Lo sé, papá.

Le sostuve la mirada. Lo había hecho mil veces en mi cabeza, en duchas, en hoteles vacíos, durante las peleas con Andrés. Sostenerle la mirada a mi padre y no apartarla. Esa noche fue la primera vez que lo hice de verdad.

—Vení —dijo, en voz muy baja.

Me levanté. Las baldosas estaban frías y eso fue lo único que sentí durante los tres pasos que separaban mi silla de la suya. Me paré entre sus piernas, con las manos en sus hombros, y él me pasó la palma por la cintura con la lentitud de quien sabe que cualquier movimiento brusco puede romperlo todo.

—Si me decís que pare —dijo—, paro y no vuelvo a tocarte nunca más.

—No te lo voy a decir.

Me besó primero en el cuello, debajo de la oreja, donde a mí siempre me había dado un escalofrío cuando otros lo intentaban. En él fue distinto. En él fue como si una corriente vieja, que llevaba años acumulándose en alguna parte mía, encontrara por fin un cable a tierra. Cerré los ojos.

—Subamos —murmuré.

—Acá.

—Papá…

—Acá, Sofía. Si subimos, no va a pasar.

Tenía razón. Si dejábamos que la escalera se metiera entre los dos, íbamos a empezar a pensar. Y pensar era exactamente lo que ninguno de los dos quería hacer.

Es mi padre.

Es mi hija.

Quizá los dos lo pensamos a la vez. Quizá ninguno de los dos. Lo único que recuerdo con nitidez es que me subió la remera por encima de la cabeza y que, cuando vio que no llevaba corpiño, se le escapó un sonido ronco, como si llevara catorce años aguantando justo eso.

—Dios, Sofía.

—No digas nada.

Me subió a la mesa, con las dos manos en las caderas. La fórmica fría me hizo arquear la espalda y reírme bajito. Él se rió también, y eso me terminó de relajar.

—¿De qué te reís?

—De que esto es lo más obvio que pasó en esta casa en treinta años y nadie lo dijo.

—Yo lo pensé el día de tu casamiento.

—Mentiroso.

—Te juro.

Me bajó el pantalón despacio, dejando que el algodón resbalara por las piernas, y se quedó mirándome unos segundos. No con la urgencia de Andrés, no con la torpeza de los chicos de mi facultad. Con la atención de un hombre que llevaba años imaginándome desnuda y que ahora se tomaba el tiempo de comparar la imagen real con la que había guardado.

—Sos igual a tu madre cuando la conocí.

—No me hables de ella ahora.

—No te hablo de ella. Te hablo de vos.

Se arrodilló entre mis piernas. Me hubiera caído de la mesa si no me hubiese sostenido con las dos manos por la cintura. Cuando me lamió por primera vez, despacio, con la lengua plana, sin entrar todavía, dejé escapar un quejido que sonó más a alivio que a placer.

—Catorce años, papá.

—Lo sé.

—Catorce años pensando en esto.

—Lo sé, Sofía. Yo también.

Comió despacio, con paciencia, como si tuviera toda la noche y, en efecto, la tenía. No había nadie más en la casa. No había un teléfono que sonara, no había un Andrés del otro lado del pasillo, no había una madre subiendo a buscarme. Solo Marcelo y yo, y esa cocina que conocíamos desde antes de tener memoria. Me hundí los dedos en su pelo canoso y empujé las caderas hacia él, sin vergüenza.

—Más adentro.

Obedeció. Metió dos dedos mientras seguía con la lengua en el clítoris, y yo me agarré del borde de la mesa con tanta fuerza que el filo me dejó marcas por horas. Me corrí rápido, en menos de cinco minutos, con un grito ahogado, mordiéndome el dorso de la mano para que los vecinos no escucharan, aunque no había vecinos cerca, aunque éramos los únicos despiertos en quince cuadras a la redonda.

—Mirame —dijo cuando se levantó.

Lo miré. Tenía la barbilla brillando y los ojos más oscuros de lo que se los recordaba. Le bajé el cinturón con dedos torpes, no por nervios sino por el temblor que me había quedado después del orgasmo. Cuando le tomé la pija con la mano, dura y caliente, me asusté un poco. No por el tamaño. Por la familiaridad. Por reconocerla, de alguna manera, antes de haberla tocado nunca.

—¿Querés que te coja acá? —preguntó—. ¿O subimos?

—Acá.

—Va a doler un poco. Hace mucho que no estoy con nadie.

—Yo también, papá. Yo también.

Me corrió de costado en la mesa, con una pierna apoyada en la silla y la otra colgando. Me la metió despacio, mirándome la cara todo el tiempo, leyéndome cada gesto como si tuviera miedo de equivocarse. Y la verdad es que no se equivocó en nada.

—Papá…

—Decímelo de nuevo.

—Papá.

—Otra vez.

—Papá, más fuerte.

Empujó más fuerte. La mesa se movió un par de centímetros sobre las baldosas, chirriando, y los dos nos reímos sin parar de movernos. Apoyé la frente contra su cuello y respiré ese olor que conocía desde chica, jabón blanco y algo más, algo que ahora reconocía como deseo guardado durante demasiado tiempo.

—Me voy a correr adentro tuyo.

—Hacelo.

—¿Estás segura?

—Hacelo, papá. Quiero llevármelo arriba después.

Se corrió con un quejido bajo, mordiéndome el hombro, y yo cerré las piernas alrededor de su cintura para retenerlo todo lo que pude. Quedamos así un rato largo, sin hablar, mientras la heladera volvía a arrancar y volvía a parar y un perro lejano volvía a ladrar.

***

Me llevó en brazos hasta el cuarto al final del pasillo, no al mío, sino al suyo. La cama de matrimonio estaba hecha por el lado izquierdo solamente, como llevaba catorce años. Me acostó en el lado derecho, el que mi madre nunca volvió a ocupar, y se acostó al lado mío con la mano en mi vientre.

—Sofía.

—¿Mmm?

—No te vayas mañana.

—No me iba a ir.

—Quedate todo el tiempo que quieras.

—Quería pedirte eso.

Cerré los ojos. Me quedé pensando en Andrés, en mi madre, en los catorce años que había vivido afuera tratando de convertirme en otra persona. Pensé que ese cuarto, esa casa, ese hombre, eran lo primero que sentía como mío en mucho tiempo. Y pensé, también, que a la mañana siguiente iba a despertarme y todo iba a seguir ahí, esperando, como había esperado siempre.

—Papá.

—¿Qué?

—No me arrepiento.

—Yo tampoco, hija.

Nos dormimos así, los dos juntos, en la cama del medio del pasillo, mientras afuera empezaba a llover una de esas lluvias largas de marzo que se quedan días enteros.

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