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Relatos Ardientes

Vestida de ángel para mi reencuentro en la playa

Hola otra vez, amores. Soy yo, Sammy, la de siempre. Para las que ya leyeron mis historias no hace falta que me presente, pero por si alguien acaba de llegar les cuento rápido: hoy vivo con mi hermano, el mayor, y vivimos como pareja. Lo amo, lo cuido, le digo papi. Porque aunque entre nosotros hay sexo del bueno, del que deja las sábanas empapadas y las piernas temblando, fuera de la cama él es un hombre atento, trabajador, de los que cumplen.

Con los años me operé. Pedí tetas medianas, no esas exageradas que se notan a kilómetros, sino algo natural y estético, porque siempre fui delgadita. Voy al gimnasio cuatro veces por semana y se me notan las piernas y los glúteos. La cara la heredé de mi mamá, sus facciones finas, así que sin maquillaje cualquiera jura que soy una chica más. Y con la hormonación, hasta la voz se me quedó suave, aterciopelada. Si gimo, créanme, nadie dudaría de que soy una hembra en celo.

Pero bueno, ya me extendí. Lo que les vengo a contar pasó este verano.

Mis hermanos hicieron su camino y se fueron lejos. De vez en cuando me mandan mensajes, fotos de sus pollas duras, videos donde se corren pensando en mí. Me cuentan lo lindo que fue todo lo que vivimos juntos, cómo extrañan meterme la verga hasta el fondo. Igual mis primos, que durante unos años se quedaron a vivir con nosotros mientras estudiaban en la universidad de la capital, a un par de horas de casa. Todos siguen cuidándose, todos siguen yendo al gimnasio. Y todos, en el fondo, siguen recordando cómo era abrirme el culo por turnos.

***

En las vacaciones de mi marido nos íbamos siempre a la casa de la playa. Esa casa tiene su historia. Cuando mi mamá vivía, tuvo un cliente fijo que terminó siendo su pareja. Cuando ella murió, con el tiempo él me heredó la casa. Nunca tuvo hijos propios y decía que me consideraba su hija. Yo le tenía cariño. Así que cada verano íbamos él y yo… digo, mi marido y yo, a pasar unos días frente al mar.

Esa vez decidí hacer limpieza profunda. Normalmente solo barría, trapeaba y sacudía, lo justo para pasar las dos semanas. Pero esta vez me puse a sacar cosas viejas, tirar lo que ya no servía, vaciar cajones que llevaban años cerrados.

Y entonces la encontré.

Una foto. De esas que nos tomábamos entre todos cuando los chicos vivían con nosotros. En la imagen yo estaba hincada en la arena, con un bikini diminuto de dos piezas, sonriendo a la cámara. Y detrás de mí, ellos. Mis hermanos y mis primos, los cinco, completamente desnudos, sin nada de pudor, las pollas colgando pesadas al sol.

Me quedé sentada en el piso con la foto en la mano un buen rato. Se me vinieron de golpe todas aquellas tardes, las orgías que armábamos cuando la casa quedaba para nosotros, sin condones, sin reglas, solo nosotros y el calor del verano. El sabor del semen de cinco vergas distintas en la boca, los dedos abriéndome el culo mientras otro me follaba el coño operado, la corrida caliente resbalando por mis muslos hasta las medias.

Cuando mi marido volvió de hacer las compras para las dos semanas —siempre carga con alcohol, porque en vacaciones es lo único que nos destapamos, el resto del año casi no bebemos— le mostré la foto.

—Mira lo que encontré —le dije.

Él la tomó, sonrió de medio lado.

—Qué recuerdos —murmuró, y sentí cómo se le empezaba a marcar el bulto en el pantalón—. Todavía me acuerdo cómo te dejábamos, chorreando por todos lados.

Qué recuerdos. Esas dos palabras me encendieron una idea que ya no pude apagar. Se me humedeció la tanga de solo pensarlo.

—¿Y si hacemos algo el próximo verano? —solté casi sin pensarlo—. Unos días nada más. Como antes. Que me revienten entre todos otra vez.

Él me miró, divertido, y se pasó la mano por encima de la polla ya dura.

—¿Y cómo los juntas a todos?

—El pretexto perfecto —dije—. El aniversario de mi mamá. Algo familiar, íntimo. Nadie más. Y adentro, follamos hasta caernos.

Esa misma noche mi marido me cogió pensando en la foto. Me puso boca abajo, me levantó las caderas y me metió la verga en el culo sin preparación, salvo el hilo de saliva que dejó caer entre mis nalgas. Yo me agarré de la almohada mientras él me empujaba, hablándome al oído todo el tiempo.

—Imagínatelos otra vez —jadeaba—, cinco pollas duras esperándote, y vos abriéndoles el culo a todos, puta.

—Sí, papi —gemía yo, con la boca contra la tela—, quiero que me llenen, quiero mamarles a todos.

Me cogió duro un largo rato, saliendo y entrando entero, hasta que se corrió en chorros calientes dentro de mí. Yo terminé con la cara mojada, el consolador chico entre los dedos, apretándome el clítoris pequeño de mi coño operado hasta que se me sacudieron las piernas.

***

Hablé con cada uno por separado. No fue difícil. Todos aceptaron, menos uno de mis primos, que justo había cambiado de trabajo. No me dijo que no, pero tampoco que sí, y yo le dejé la puerta abierta, mandándole cada tanto alguna foto en tanga para que no se olvidara de mí.

Sería en abril. Con tiempo, fui comprando todo lo necesario. Y para mí, me encargué algo especial: un trikini blanco con ligueros y medias, un par de alas de ángel, una aureola de tela dorada y unas zapatillas plateadas de tacón. Quería darles una sorpresa cuando me vieran, quería que se les parara de golpe.

Llegó el día. Mi marido y yo viajamos primero, dejamos la casa lista, llenamos la heladera, acomodamos las botellas. Después fuimos a la terminal a recibir a mis dos hermanos. Hacía casi tres años que no los veía en persona, solo por pantalla. Cuando los abracé sentí cómo se me apretaba algo en el pecho. Habían cambiado, estaban más grandes, más marcados. Y cuando los abracé de cerca, sentí también cómo se les inflaba el bulto contra mi cadera, los muy putos.

Volvimos a la casa, charlamos hasta tarde, pusimos música, abrimos el primer vino. Hablamos de mamá, de la época en que la casa estaba siempre llena, de lo que cada uno había hecho con su vida. Pero había algo más en el aire, una corriente que ninguno nombraba y que todos sentíamos. Yo cruzaba las piernas y sentía cómo se me pegaba la tanga al coño mojado.

Y esa misma noche, sin necesidad de hablarlo, terminamos los tres en la cama. Fue como si no hubieran pasado los años. El mayor me sentó en su regazo mientras el otro se me acercaba por atrás con la polla ya afuera del pantalón, gruesa, palpitando. Le agarré la verga con la mano, se la escupí y me la metí entera en la boca. Yo mamo bien, chicas, se los digo sin falsa modestia. Se la tragué hasta que las bolas me golpearon la barbilla, y aguanté ahí, con los ojos llorosos, hasta que él me tironeó del pelo para dejarme respirar.

Mientras tanto el otro me arrancaba el trikini a un costado, me abría las nalgas y me pasaba la lengua desde el culo hasta el coño operado, comiéndome despacio, chupándome hasta la última gota. Yo gemía con la boca llena, meneando la cadera contra su cara.

—Cómo te extrañaba este culito —me dijo, y me clavó la lengua adentro.

Me pusieron en medio de los dos. Uno se acostó de espaldas y me hizo sentarme en su verga de frente. Bajé despacio, sintiendo cómo se me abría el ano centímetro a centímetro, hasta enterrarla toda. Empecé a moverme arriba y abajo, tetas al aire, la aureola torcida, mordiéndome el labio.

—Así, así, montame, hermanita —jadeaba él, agarrándome de las caderas.

El otro se acomodó atrás. Me empujó hacia adelante contra el pecho del primero y me escupió entre las nalgas ya abiertas. Sentí la punta apoyándose donde ya había una polla adentro, y me tensé, aguanté la respiración.

—Aflojá, princesa, aflojá para mí —susurró.

Y aflojé. Entró de a poco, ensanchándome hasta que sentí que me partía. Me quedé quieta, con la boca abierta, saliva cayéndome sobre las tetas del que tenía debajo. Después empezaron a moverse, uno saliendo mientras el otro entraba, coordinándose como si nunca hubieran dejado de hacerlo. Yo no podía hablar, solo gemir, ronca, aguda, animal. Los brazos me temblaban, las alas me estorbaban y no me importaba.

—Miren cómo la abrimos, la putita —dijo uno.

—Nuestra hermana, siempre nuestra —dijo el otro, y me mordió el hombro.

Mi marido nos miraba desde la puerta antes de sumarse, con la polla en la mano, moviéndosela despacio, sin un gramo de celos, porque entre nosotros eso nunca existió. Se acercó y me acomodó la cabeza para que le mamara. Le agarré la verga, se la lamí de abajo hacia arriba, le chupé las bolas una por una, se la metí toda hasta que se me clavó en la garganta y me atraganté con hilos de baba. Él me sostenía la cabeza con las dos manos, follándome la boca al ritmo de los dos que me tenían clavada por atrás.

Los tres se corrieron casi juntos. Uno me llenó el culo hasta que sentí el chorro caliente resbalar por mis muslos. El otro me sacó la verga, se corrió arriba de mis nalgas, del liguero, de las medias. Mi marido me lo terminó en la boca y me hizo tragarlo mirándolo a los ojos. Después me pasó el pulgar por los labios para recoger lo que se me escapaba.

Me dormí entre los dos, con la ventana abierta, el ruido del mar entrando despacio, el semen todavía escurriéndose entre mis piernas.

A la mañana siguiente llegó uno de mis primos. Lo fuimos a buscar, el mismo tiempo sin verlo, los mismos abrazos largos. Lo trajimos a la casa y, mientras lo instalábamos, golpearon la puerta.

Abrí. Era mi otro primo, el que no había confirmado.

—No me lo iba a perder por nada del mundo —dijo, y me levantó del piso en un abrazo. Sentí, incluso a través de su pantalón, que ya venía con la verga a media asta.

***

Esa tarde me dijeron que todos me habían traído regalos. No me lo esperaba. Mi marido me dio un perfume, ese que es mi debilidad, el que me pongo cuando quiero sentirme poderosa. Uno de mis hermanos me regaló un consolador enorme, de esos imposibles, riéndose mientras me lo entregaba y diciéndome que después quería vérmelo entrar. El otro, unas tangas finísimas. Un primo me dio unos aretes con piedras que brillaban con la luz del atardecer. Y el último, una tarjeta de regalo con buen efectivo adentro, para comprarme lo que quisiera.

Me fui al cuarto a cambiarme. Me puse el trikini blanco, las medias con los ligueros, las alas en la espalda, la aureola sobre la cabeza, las zapatillas plateadas. Me miré al espejo y sonreí. Estaba lista.

Cuando salí, los cinco estaban en la sala. El silencio duró apenas un segundo. Después vi cómo, uno por uno, se les fue notando todo bajo la ropa. Andaban duros con solo mirarme, algunos ya con la mano en el bulto sin disimulo.

No dije nada. Caminé despacio hasta el centro, dejando que las zapatillas marcaran cada paso sobre el piso de madera. Sentí cinco pares de ojos siguiéndome, y eso me gustó más que cualquier regalo. Se me endureció el clítoris solo con el peso de las miradas.

Me arrodillé sobre un almohadón, apoyé las manos en mis muslos y levanté la cara.

—Vengan, mis amores. Sáquenselas. Todas.

Se me acomodaron en semicírculo. Se abrieron los pantalones, se bajaron los bóxers, y salieron las cinco pollas al mismo tiempo, distintas y a la vez familiares. Reconocí cada una: la gruesa de mi hermano mayor, la larga y curva del menor, la oscura de mi primo callado, la corta y ancha del otro, y la de mi marido, la que más veces me había abierto.

Empecé por la del medio y me fui abriendo camino. Una polla en la boca, otra en cada mano, y las otras dos esperando su turno, rozándome las mejillas, el pelo, dejando manchas de líquido preseminal en mi cara. Iba mamando a fondo, sin higienizar, chupándoles hasta las bolas, escupiendo, babeando sobre las vergas para poder pajearlas mejor. Rotaba, no me olvidaba de ninguno.

—Tragátela toda, angelita —me decía uno, agarrándome del pelo—, hasta el fondo.

Y yo la tragaba, sintiendo cómo se me metía hasta la garganta, cómo se me caían las lágrimas y el rímel me chorreaba por las mejillas. Salivaba, tosía, volvía a metérmela. Cambiaba de verga y ya venía la siguiente, otro sabor, otro grosor, otra forma. Iba escupiendo con las dos manos ocupadas, dejando caer hilos gruesos sobre mis tetas, sobre el trikini blanco que iba quedando arruinado.

Uno se agachó y me apretó las tetas mientras otro me pasaba la punta por los labios cerrados y me pintaba la cara. El aire olía a mi perfume nuevo y a piel, a sal, a verano, a polla. De vez en cuando levantaba la mirada y los encontraba mirándome a mí, no a los otros, y eso me hacía seguir con más ganas.

Después me pusieron en cuatro patas sobre el sofá grande, con las medias todavía puestas y las alas un poco torcidas. Me corrieron la parte de abajo del trikini a un costado, dejaron todo al aire. Uno me abrió las nalgas con los pulgares y silbó bajito.

—Todavía apretadita, mírenla.

El primero entró de un empujón limpio. Grité, me agarré del respaldo. Empezó a follarme con las manos en mi cintura, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter hasta las bolas. Los otros no esperaban callados: uno se me puso adelante y me metió la verga en la boca, otro me manoseaba las tetas, me pellizcaba los pezones, me tironeaba del pelo.

Iban entrando uno a uno, sin apuro, turnándose, mientras los demás esperaban o me sostenían del pelo y de la cintura. Cada uno tenía su ritmo, su manera, y yo los reconocía a todos sin necesidad de mirar. Uno me daba lento, hondo, saboreándose el culo. Otro me embestía como si quisiera destrozarme. Otro me apretaba los ligueros y me nalgueaba mientras me follaba.

—Puta, puta rica —me decían—, para eso naciste, para esto te operaste, ¿no?

—Sí —jadeaba yo—, para esto, para que me la metan, para que me llenen, no paren, no paren.

En algún momento dejaron de turnarse y fueron dos a la vez. Me acostaron sobre uno, con la polla clavada en el culo, y otro se trepó por arriba. Me escupió y se acomodó en la misma entrada. Me costó, respiré hondo, me solté, arqueé la espalda. Sentí la segunda verga forzando el paso al lado de la primera, ensanchándome hasta hacerme lagrimear. Cuando entraron las dos, me quedé quieta un segundo, con la boca abierta, sin aire.

—Aguantá, angelita, aguantá.

Aguanté. Y después me moví. Me moví como sabía moverme, la cadera de puta que aprendí de tanto usarla. Los dos empezaron a follarme al mismo tiempo, uno tirando para adelante, otro para atrás, mientras un tercero se me puso enfrente y me hundió la verga en la boca. Los otros dos me acariciaban las tetas, me pajeaban las bolas con las manos libres, me susurraban guarrerías al oído.

Yo me mordía el labio, agarrada del respaldo, sintiendo el mar de fondo por la ventana abierta y el calor de todos esos cuerpos contra el mío. No quería que parara nunca. Estaba llena por delante, por atrás, por arriba. Era una perra en el medio de cinco machos y no me quedaba dignidad ni la buscaba.

El primero en correrse fue mi marido. Me la sacó de la boca a último momento y me pintó la cara, chorros gordos que me cayeron en la frente, en los párpados, en los labios. Después vino el hermano menor, que se corrió adentro del culo con un gemido largo, sin salir hasta la última gota. El otro le siguió, casi encima, terminando entre mis nalgas mientras yo temblaba entera.

Los primos me pusieron boca arriba, me levantaron las piernas con las medias arriba de los hombros, y me cogieron los dos alternados, minutos cada uno, hasta que se corrieron: uno adentro, otro afuera, sobre mis tetas y el ombligo. Yo tenía semen por todos lados, escurriéndose de mí, dibujándome el cuerpo. Me pasé los dedos por la panza, junté un poco y me lo llevé a la boca, mirándolos a los ojos.

No sé cuánto duró. Perdí la cuenta del tiempo, de las posiciones, de quién era quién. Solo sé que cuando terminamos, todos quedamos tirados, sudados, riéndonos como cuando éramos más jóvenes. Yo con las alas rotas, el trikini destruido, y una sonrisa que me dolía en la cara de tan grande.

***

Al día siguiente nos tomamos la foto del recuerdo. La nueva versión de aquella que había encontrado en el cajón.

Esta vez yo estaba vestida de angelita, con mis alas y mi aureola, sentada en el centro. Ellos, desnudos alrededor, las cinco pollas duras apuntándome. Yo con la boca entreabierta y una sonrisa enorme, sosteniendo a dos de ellos con las manos, la lengua afuera esperando. Apenas apretó el disparador, me dieron de beber. Cada uno su parte. Cinco chorros de semen caliente que fueron cayendo en mi boca, en mis mejillas, en mi lengua estirada. Yo tragaba lo que podía, dejaba caer lo demás, y les sonreía embarrada, feliz. Mi recompensa de ángel.

Así estuvimos dos días más. De día íbamos a la playa, nos tirábamos al sol, nos metíamos al agua, cocinábamos juntos. De noche, la casa volvía a ser lo que había sido años atrás. Sin reglas, sin culpas, solo nosotros. Me follaron en la cocina apoyada contra la mesada, en la ducha con el agua cayendo, en la arena de la playa privada al amanecer, en el sofá viendo cómo el sol se metía en el mar. Perdí la cuenta de las corridas. Amanecía con la boca pastosa y las piernas abiertas, y me gustaba.

Hasta que, uno por uno, se fueron yendo. Las despedidas en la terminal fueron largas, con promesas de repetir, de no dejar pasar otros tres años. Uno me apretó fuerte al oído y me dijo: «La próxima traigo un amigo». Le di un beso en la boca y le dije que sí.

Mi marido y yo nos quedamos el resto de las vacaciones. Volvimos a nuestra rutina de pareja: asolearnos, salir a bailar, cenar frente al mar, dormir abrazados. Y coger, claro, coger cada noche como si fuera la primera, él metiéndomela mientras me hacía repetirle en el oído cada cosa que me habían hecho los otros. Yo, con la foto nueva guardada en el mismo cajón donde había encontrado la vieja.

Porque eso somos: una familia que se cuida, que se extraña, y que cada tanto encuentra la excusa perfecta para volver a juntarse.

***

En otra ocasión regreso, amores, y les cuento lo que venga. Por ahora me despido. Cuídense, pórtense mal, y nos leemos pronto.

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Comentarios(7)

Luci_84

Que relato mas lindo!! me senti en esa playa con cada parrafo. gracias

Carlos_BA

Por favor que haya continuacion!!! quede con ganas de saber como termino todo

NocturnaMdq

Me recordo a un verano que tuve hace años, esa sensacion de reencuentro inesperado... lo escribiste con mucha delicadeza

Cintia_RO

Buenisimo!! Una pregunta, la foto que mencionas al comienzo tiene que ver con alguien especifico? me quede intrigada

FelipeNocturno

Excelente narrativa, se nota que pusiste mucho de vos. La atmosfera de la playa esta muy bien lograda

MariaF_night

increible!!! sigue escribiendo

PatricioRosario

Me gusto como jugaste con la tension del reencuentro sin apurarte. Hay relatos que van directo al grano y pierden el encanto. Este tiene ritmo y eso se agradece. Espero el proximo con ansias.

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