La noche que mi prima cerró la puerta con pestillo
Me llamo Mariana y, fuera de mi círculo cercano, soy una chica tímida. Con la gente de confianza, en cambio, me suelto enseguida. Físicamente no destaco demasiado: rubia, ojos claros, una nariz pequeña y dos pechos grandes que ni con la mano abierta llego a sujetar. Casi todo el mundo se fija en ellos antes que en cualquier otra cosa, y reconozco que me gusta. Me gusta sobre todo cuando es mi prima Camila la que se queda mirándomelos.
Camila es lo contrario de mí. Extrovertida, ocurrente, capaz de hacer reír a una mesa entera y de dar consejos como si tuviera diez años más. Cae bien a todo el mundo y todo el mundo le cae bien. Y aun así, con todas las personas que ella podría tener cerca, llevábamos años jugando a un juego silencioso del que nadie más sabía nada.
Sus padres la traían a casa cada par de meses y se quedaba a dormir en mi habitación. La confianza entre nosotras hacía tiempo que se había vuelto otra cosa. Yo la había visto cien veces en ropa interior y cada vez se me secaba la boca. Fantaseaba con ella en clase, en el coche, en la cama antes de dormirme. La imaginaba encima de mí, mordiéndome el labio, hundiéndome la cara entre sus piernas, haciendo posturas que mi cabeza inventaba cada noche distinta.
Su cuerpo era hipnótico. Cintura estrecha, caderas marcadas, un culo trabajado a base de gimnasio y unos muslos firmes que se le notaban al caminar. Tenía el pelo muy oscuro, los ojos de un marrón claro casi miel y una boca de labios gruesos que pedían que alguien hiciera algo con ellos. Y yo creía, no estaba segura, pero creía que a ella le pasaba algo parecido conmigo. Cada vez que venía me azotaba el culo en broma, me tiraba del pelo, se pegaba a mi espalda al maquillarse delante del espejo, bailaba demasiado cerca. Coqueteos que se pueden disimular si alguien pregunta. Hasta esa noche.
***
Llegamos tarde a casa y subimos directamente al cuarto. Camila cerró la puerta y le echó el pestillo, gesto que ninguna otra noche había hecho. Entró al baño a cambiarse mientras yo me ponía unas bragas rosas y un sujetador negro en la habitación. Cuando salió, me costó disimular.
Llevaba un tanga de hilo negro y un sujetador de encaje tan fino que las areolas se le adivinaban a través de la tela. El piercing del ombligo le marcaba la línea del vientre. Se quedó parada en la puerta, esperando una reacción.
—¿Qué te parece? Me lo compré ayer —dijo.
—Te queda increíble.
—¿A que sí?
Se giró despacio, posó con una mano en la cadera y el hilo del tanga le dibujó una uve perfecta sobre el pubis. Sus pechos, más pequeños que los míos pero firmes, se movían sueltos dentro del encaje. Después se inclinó hacia delante con las piernas algo abiertas, me enseñó el culo y empezó a moverlo entre risas, mirándome de reojo para ver mi cara. Yo estaba congelada en el sitio. Cuando terminó la actuación se acercó hasta quedar a un palmo de mí.
—Mariana, eres la prima en la que más confío y la que más quiero. Dime la verdad: ¿este conjunto me favorece?
—Te favorece muchísimo.
—Del uno al diez, ¿cuánto de buena estoy?
—Un once.
Se rio, se inclinó y me dio un beso largo en la mejilla, demasiado largo, con los labios pegados a mi piel más tiempo del que cabía en un beso de prima. Después se metió en la cama como si nada. Nos arropamos, estuvimos un rato cada una con el móvil y apagamos la luz.
***
Pasaron quince o veinte minutos. Estaba bocarriba, intentando dormir y sin conseguirlo, cuando escuché su voz al otro lado del colchón.
—Mariana —susurró.
—Dime —contesté.
—Ah. Pensaba que ya te habías dormido.
Me giré hacia ella. Camila estaba de costado, mirándome, con un pecho aplastado contra el otro por la postura. La luz que entraba por la persiana le dibujaba el contorno.
—No me entra el sueño —dijo.
—A mí tampoco.
—¿Jugamos a las preguntas calientes?
El juego de las preguntas calientes era una tontería que habíamos inventado entre primas hace años. Preguntas íntimas, sin censura, sin enfadarse por la respuesta. Casi siempre acababa en risas. Casi.
—Empiezo yo —dijo Camila—. Desde la última vez que nos vimos hace dos meses, ¿con cuántas chicas te has acostado?
—Tres.
—¿Solo tres?
—Con alguna repetí bastante.
—¿Cuántas veces en total?
—No lo sé, Camila. Ocho como mucho.
—No está mal. ¿Conozco a alguna?
—A Lucía la conoces. Te hablé de ella.
—Ah, sí, la de las tetas enormes.
—Esa. Con ella han sido casi todas las veces.
—¿Y folla bien?
—Muy bien —contesté sonriendo sin darme cuenta.
—Se te nota en la cara. ¿Sigue siendo la misma tu postura favorita?
—Tú ya la sabes.
—Quiero oírtelo decir.
—Que se siente encima de mi cara. Siempre.
—¿Ah, sí?
Antes de que pudiera reaccionar, Camila apartó la sábana de un tirón y se sentó a horcajadas sobre mi abdomen. El peso me sacó el aire. Sus muslos estaban calientes, su pelo le caía por la cara.
—Vamos a probarlo —dijo.
Me puso las dos manos en las mejillas y se inclinó muy despacio. El primer beso fue suave, casi un roce. Yo no supe qué hacer durante un segundo. Después le agarré la cintura y le devolví el beso. Nos separábamos cada poco para mirarnos, para que cada una comprobara que la otra seguía adentro, y volvíamos.
—Me encantan tus labios —murmuré.
—Y a mí me encantas tú.
Me pasó la lengua despacio por el labio inferior, haciendo un círculo lento, y entró. El beso se volvió profundo, húmedo, ruidoso. Hacía un calor de verano en la habitación y nos estaba poniendo la cara mojada de sudor y de saliva.
Se incorporó un poco y me pidió que me quitara el sujetador. Lo hice. Cuando vio mis pechos al aire los agarró con las dos manos y los movió ligeramente, con una sonrisa de niña que descubre algo nuevo. Nos echamos a reír las dos, no porque hiciera gracia, sino porque la situación era tan caliente y tan irreal que no sabíamos qué otra cosa hacer. Después bajó la cabeza y se llevó uno de los pezones a la boca. Lo chupó, lo lamió, me lo dejó empapado y se cambió al otro, esta vez mordiéndolo apenas, mirándome desde abajo para ver qué cara ponía. Yo arqueé la espalda sin querer.
Volvimos a besarnos, esta vez sin pausa. Le metí las manos por debajo del sujetador y le palpé los pechos a través del encaje. Después le bajé una de las copas y me llevé su pezón a la boca. Era distinto del mío, más pequeño, más oscuro. Le besé los dos pechos por turnos, sintiéndolos firmes y tibios, mientras ella respiraba cada vez más fuerte.
Mientras yo estaba en sus pechos, una de sus manos empezó a bajar. Recorrió mi vientre, pasó por encima del elástico de las bragas, se metió por debajo y se posó sobre mi vulva. Yo ya estaba mojada. Empezó a mover las yemas en círculo sobre el clítoris, sin prisa, mirándome a los ojos. Se me escapó un suspiro tan tonto que casi me dio vergüenza.
—Estás empapada, prima.
—Tú tienes la culpa.
Le subí el sujetador para tapar sus pechos, le tiré de las bragas para abajo y me las quité. Quedé desnuda del todo. Camila se deslizó hacia abajo en la cama hasta tumbarse boca abajo entre mis piernas, me agarró por los muslos y empezó a pasar la lengua despacio entre mis labios, sin dejar de mirarme. Yo le puse la mano en la nuca y la apreté contra mí. Ella entendió el mensaje y aumentó el ritmo. Se notaba que tenía práctica. Me lamió hasta que me empecé a retorcer en la cama, con la boca apretada para no hacer ruido.
Después se llevó dos dedos a la boca, los mojó y me los metió. Empezó a moverlos despacio y a buscar un punto concreto dentro de mí. Cuando lo encontró, mis gemidos cambiaron de tono. Subió a ponerse de rodillas a mi lado, sin parar de penetrarme, mientras con la otra mano me pellizcaba un pezón y me lo estiraba hasta el límite del dolor.
El ruido húmedo de sus dedos llenó la habitación. Llegué con un orgasmo que me dejó temblando entera y manché la sábana. Tuve que morderme el dorso de la mano para que no se escuchara nada fuera del cuarto. Camila se volvió a inclinar entre mis piernas y se quedó un momento ahí abajo, recuperando el sabor.
***
—Ahora tu postura favorita —dijo.
Subió otra vez, me besó con la boca todavía mojada y me pidió que abriera la mía. Cuando lo hice, dejó caer un hilo de saliva que cayó sobre la punta de mi lengua. La situación me parecía indecente y excitante a partes iguales.
Después se incorporó y se sentó con cuidado encima de mi cara. Aparté el hilo del tanga a un lado y tuve su vulva a apenas un centímetro. La besé primero, sin lengua, como se besa una boca. La piel era suave y estaba caliente. Sus labios eran tan llenos que cuando abrí la mía parte de ellos quedó dentro.
—Venga, prima, haz tu magia —susurró.
La agarré por los muslos y empecé a trabajarla con la lengua. Conocía el mapa de mi propio cuerpo y empecé por los sitios donde a mí me gustaría que me lamieran. Subía y bajaba por el centro, hacía círculos pequeños sobre el clítoris, daba alguna pausa para soplar y volvía. Camila empezó a dejarse caer cada vez más sobre mí. Sus muslos me apretaban la cabeza, una de sus manos se enredó en mi pelo y tiraba al compás de los gemidos.
—Sí, Mariana, sí —susurraba—. Cómemelo, prima, joder, así.
La sentí temblar y subí el ritmo sobre el clítoris. Se mordió la mano para no gritar y se vino encima de mi cara con un espasmo silencioso que duró varios segundos. Cuando terminó, se dejó caer a un lado, jadeando.
Le recoloqué el tanga sobre la vulva todavía mojada y me incorporé para abrazarla. Estábamos las dos sudadas, el pelo pegado a las sienes, los cuerpos calientes. Nos besamos despacio. Yo le mordía el labio inferior, ella me lamía el cuello y jugaba con su propio piercing del ombligo apoyado contra mi vientre. Reíamos bajito.
—Te quiero —solté sin pensar, con la cara muy pegada a la suya.
—Y yo a ti, Mariana.
—Si se enteran en casa, nos matan.
—No se van a enterar —dijo, y me besó—. Me da igual que seamos familia. Nos queremos.
***
Me bajé de la cama, abrí el primer cajón de la mesilla y saqué dos cosas: un dildo rosa y un vibrador pequeño. Volví y los puse delante de ella, uno en cada mano.
—¿Cuál usamos primero?
—Eres más traviesa de lo que pensaba, primita.
—Me aburro mucho por las noches.
—Empezamos por el dildo. Hoy estoy con ganas.
Se puso a cuatro patas en la cama, con el culo hacia mí. Le bajé el tanga y se lo tiré a un lado. Le pasé la lengua un rato, sin prisa, recorriéndola entera. Después me llevé el dildo a la boca, lo mojé bien hasta el fondo, y volví a su altura. Se lo paseé por los labios de abajo arriba, despacio, hasta que ella movió las caderas pidiendo más.
—No me hagas esperar.
Se lo metí entero de una vez. Camila soltó un suspiro largo. Empecé a moverlo, primero despacio, después más rápido. Mientras la penetraba con una mano, con la otra le hice cosquillas en la espalda, le bajé hasta el ano y le pasé el dedo medio mojado. Lo empujé un poco, con cuidado, y ella se abrió.
—Joder, prima, eres una puta traviesa.
Le metí el dedo del todo y empecé a moverlo en círculos mientras seguía con el dildo al otro lado. Su cuerpo entero temblaba. La estampa era de las que se te quedan grabadas: ella con la cabeza apoyada en el colchón, el pelo revuelto, las caderas levantadas, su culo entero ofrecido, los dos agujeros ocupados y un hilo de humedad que le caía por el muslo hasta la sábana.
***
Después cambiamos. Me puse yo a cuatro patas y ella, sin avisar, me metió el dildo entero. El primer empujón fue tan fuerte que me dolió y me gustó al mismo tiempo. Empezó a moverlo a un ritmo que yo no había marcado nunca conmigo misma y me azotó el culo a la vez, con la mano abierta, dejándome marca.
—Eso es, Mariana. Gime como la guarra que eres.
Me tapé la boca con las dos manos para no hacer ruido, pero el dildo entrando y saliendo de mí y los azotes de mi prima encima me hicieron imposible aguantar. Me corrí con la cara aplastada contra la almohada, mordiendo la funda.
Camila se quitó el sujetador y se acercó con el vibrador.
—La tijera —dijo.
Cruzamos las piernas, pusimos el juguete entre nuestras vulvas y lo encendimos. Nos besamos sin parar mientras la vibración hacía su trabajo. Yo bajaba la vista de vez en cuando para verlo, para ver cómo nuestros dos sexos se rozaban con el aparato en medio, y luego volvía a su cara. Camila tenía los ojos entreabiertos, los labios apretados, y de vez en cuando se le escapaba un «te quiero» entre los gemidos. Le agarré los pechos y se los apreté. El vibrador zumbaba entre las dos. Me corrí otra vez, más fuerte, manchándole el vientre y la mitad de la cama.
Me dejé caer bocarriba, jadeando. Camila se vino encima y se quedó así, pegada, con la cara metida en mi cuello.
—¿Te cansaste, cielo? —me preguntó al oído.
—Mucho.
—Te has portado como una guarra.
—Lo sé. Tú me pones así.
Su mano bajó otra vez hasta mi sexo. Me metió dos dedos sin avisar y empezó a masturbarme deprisa.
—¿Te pone tu prima?
—Sí —se me escapó.
—Eres una degenerada.
—Lo sé. Más, por favor.
Se corrió la última yo, agarrada a su muñeca, mordiéndome el labio para no gritar. Después nos quedamos las dos quietas, escuchando la respiración de la otra.
***
No nos tapamos. Con el calor que hacía, las sábanas sobraban. Nos dormimos pegadas, desnudas, con su pierna sobre la mía y mi mano apoyada en su cadera. Por la mañana nos metimos juntas en la ducha, nos besamos bajo el agua y nos cambiamos las sábanas mientras mis padres todavía no habían vuelto. El resto del día fue un día normal entre primas. Solo que cada vez que cruzábamos una mirada en la mesa, sabíamos que la próxima vez que viniera a dormir, la puerta volvería a tener pestillo.