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Relatos Ardientes

Volví de la fiesta y mi padre dormía en la galería

El sol asomaba detrás de los pinos cuando Romina entró al pueblo descalza, con las sandalias colgando de un dedo y el pelo todavía húmedo del salitre. Atrás había quedado la fiesta en la playa: los parlantes a todo volumen, las latas tibias, los cuerpos rozándose en la oscuridad, las miradas que la siguieron cada vez que se levantó a buscar algo en la heladerita.

El pueblo se desperezaba con un canto de pájaros suave, casi tímido. Los caminos de arena conservaban la frescura de la noche en la superficie, pero un par de centímetros más abajo ya empezaban a guardar el calor del día. Ella caminaba sintiendo ese contraste en la planta de los pies, y le gustaba. Le gustaba todo lo que tuviera que ver con su cuerpo en ese verano.

Tenía dieciocho años recién cumplidos. Lo notaba en cualquier lugar: en el colectivo, en la cola del supermercado, en las reuniones de fin de año. Cómo los hombres se quedaban un segundo de más cuando ella pasaba. Cómo los amigos de su papá bajaban la mirada al escote y volvían rápido a los ojos, fingiendo que no estaban viendo nada. Cómo los profesores le hablaban con un tono distinto al que usaban con las otras chicas. Podía hacer una lista mental, ordenada, según la parte de ella que cada uno elegía: las tetas, las piernas, la boca, la cintura.

No le molestaba. Lo que detestaba eran los agresivos, los que se creían con derecho a meter la mano antes de meter la mirada. Para esos llevaba un broche de gancho largo en el bolsillo interno de la cartera, y la idea de clavarlo le daba algo parecido al placer. Pero los otros, los que miraban en silencio, los que se quedaban quietos cuando ella entraba a un lugar, esos le gustaban. Le confirmaban algo que todavía estaba aprendiendo de sí misma.

La casa que su papá había alquilado para las vacaciones estaba al final de una calle ciega, separada del vecino por una hilera de eucaliptos altos. Era grande, vieja, con una galería de madera y una pileta cuadrada que el dueño anterior debía haber pintado hacía décadas. Su papá repetía siempre lo mismo cuando alguna se quejaba de algo: «la alquilé por la pileta, así que aguanten». Y todas aguantaban. Ella había elegido el cuarto del primer piso, el que daba al jardín, aunque sabía que eso iba a enojar a su mamá. Su papá la había dejado elegir igual.

Decidió no entrar por la puerta del frente. La tranquera estaba apenas abierta y se filtró de costado, agachando la cabeza, con el cuidado de no hacer crujir la madera. Si bordeaba la casa por la izquierda iba a aparecer en la cocina y nadie sabría a qué hora había llegado. Su mamá podía dormir hasta cualquier hora en vacaciones, esa era una de las cosas seguras del mundo. Su papá, en cambio, se levantaba con la primera claridad y leía el diario en la galería. Romina calculaba, mientras avanzaba por el pasto húmedo, las palabras que iba a decir si se cruzaba con él.

Pero al rodear la casa lo primero que vio no fue a su papá. Fue la pileta.

El agua estaba quieta, intacta, y la fila de eucaliptos al costado se reflejaba en la superficie como si estuviera dibujada con un lápiz fino. La atrajo de inmediato. Caminó hasta el borde de cemento, se agachó y metió un dedo del pie. Estaba apenas más fría que el aire. Se quedó un segundo así, calculando si valía la pena meterse antes de subir a dormir, y entonces lo escuchó. Un ronquido bajo, lento, familiar. Giró la cabeza despacio.

Su papá estaba dormido en la hamaca de la galería.

Tenía la boca entreabierta y un brazo cayéndole hacia el suelo. Abajo, en el piso de tablas, había un atado de cigarrillos arrugado y una lata de cerveza por la mitad. Romina se acercó en silencio, con la misma cautela con la que había entrado por la tranquera. No supo por qué se acercaba. Fue una decisión de las piernas, no de la cabeza.

Cuando estuvo a tres pasos lo vio bien. Estaba en calzoncillos. Esos viejos, verde oscuro, ridículos. El único hombre del mundo que seguía usando esa prenda, pensaba siempre con un poco de pudor cuando los veía colgados en la soga del lavadero. Y ahora estaba ahí, frente a ella, con esos calzoncillos absurdos. Se quedó quieta, con las sandalias todavía colgando de un dedo.

Lo que la dejó quieta no fueron los calzoncillos. Fue lo que la tela apenas alcanzaba a tapar.

Se dibujaba el contorno completo, como si la prenda estuviera pidiendo permiso para guardar algo que ya no le entraba. Algo grueso, redondeado, caído hacia un costado del muslo. Le hizo pensar en los chorizos que su papá cocinaba algunos mediodías en la parrilla, sin dejar que nadie se acercara hasta que estuvieran listos. O en una morcilla. La comparación le subió a la garganta como un chiste y se le quedó atravesada. No era un chiste.

Estoy viendo algo importante. Estoy viendo algo prohibido.

Miró a los costados, nerviosa, aunque sabía que no había nadie. Su mamá iba a seguir durmiendo dos horas más, mínimo. Su hermano se había quedado en la casa de unos amigos en otro pueblo, no volvía hasta el lunes. La casa entera era de ella y de ese hombre dormido en la galería.

Imaginó, sin querer imaginarlo, lo que pasaría si levantaba el elástico con la uña. Si lo movía hacia un costado, apenas, lo justo para que la pija saliera por el borde de la tela. La idea le hizo cerrar los ojos un segundo. Pensó: esto es asqueroso, esto es un pecado, esto es algo que las personas normales no piensan. Y sin embargo no podía despegar la vista del bulto, no podía dar el paso para atrás que su cabeza estaba pidiendo.

Levantó un dedo. La idea era arrastrarlo por encima de la tela, suavemente, sin tocar la piel, solo recorrer el contorno. Pero a mitad de camino el dedo cambió de rumbo. Se lo llevó a la boca y empezó a chuparlo, despacio, sintiendo cómo se le humedecía hasta el segundo nudillo. En el boliche, hacía un par de horas, había sido una más entre cuerpos sudados y luces estroboscópicas, otra chica linda que se sentía mirada como se siente mirada cualquier chica linda en un boliche un sábado a la noche. Acá, a la sombra de la galería, era otra cosa. Era una nena descubriendo que su papá tenía la pija muy grande.

No supo cuánto tiempo pasó así. Los pájaros seguían cantando, lejos. El ruido más cercano era el de su propia saliva mezclado con su respiración apenas audible.

Hasta que él abrió los ojos.

—Me quedé dormido, corazón —dijo con la voz pastosa, sentándose en la hamaca y apoyando los pies en las tablas.

Romina sacó el dedo de la boca con un movimiento que esperaba pareciera natural y miró hacia los eucaliptos, fingiendo distraída. Pero la mirada le volvió enseguida al bulto. Seguía ahí. Los movimientos del padre al sentarse no lo habían hecho desaparecer. Al contrario: ahora se marcaba todavía más, asomaba un poco por el costado del calzoncillo.

—Llegaste recién… —bostezó, y subió la vista, lenta, desde los pies de su hija hasta los ojos—. No te acostaste todavía.

—Hace un rato —dijo ella, y el sonido de su propia voz le sorprendió por lo tranquilo—. Me parece que me voy a meter en la pile antes de subir.

No esperó respuesta. Giró y caminó otra vez hasta el borde, sin apurarse, con esa caminata que sabía que un hombre no podía no mirar. Llegó al cemento. Se quedó dándole la espalda. Sabía que él la estaba mirando. Lo sabía por la forma en que el aire de la galería se había puesto más espeso, por el silencio que había caído entre el ronquido de antes y este momento. La quietud de un hombre que mira a una mujer en silencio total.

Agarró el ruedo del vestido y empezó a subirlo. Despacio, primero hasta los muslos. Después hasta la cintura. Después se lo sacó por la cabeza estirando los dos brazos, lo más lento que pudo, sintiendo cómo la tela se deslizaba por las tetas y cómo el aire fresco le tocaba la piel todavía pegajosa de la noche.

Tenía puesta una tanga negra. La había elegido la noche anterior justamente por cómo le marcaba el culo, por cómo resaltaba la marca blanca del biquini, por cómo dejaba toda la curva expuesta entre la tela mínima y el comienzo de los muslos. Muchos hombres se la habían mirado en la fiesta. Pocos se habían acercado a tocársela. Su papá la estaba viendo ahora, completa, a tres metros de distancia.

Se sacó la tira del top, soltó el corpiño que tenía debajo y lo dejó caer sobre el cemento.

Se quedó un instante quieta, de espaldas, antes de hundirse en el agua. Ese instante fue lo que importaba. Ese instante fue para él. Movió apenas el culo, un movimiento mínimo, casi imperceptible, el tipo de movimiento que solo alguien que estuviera mirando con atención podía registrar. Y se tiró.

El agua celeste la recibió sin frío. Estaba tan caliente por dentro que no sintió nada. Nadó dos brazadas hasta el fondo y volvió, y cuando emergió giró el cuerpo hacia la galería. Su papá seguía en la hamaca. Las piernas abiertas. La cabeza apenas inclinada. No podía verle los ojos a esa distancia, pero tampoco hacía falta.

Papá, ¿se te puso más gruesa? ¿Me mostrás cómo está de grande en ese calzoncillo viejo que no termina de tapar nada?

No lo dijo. No iba a decirlo. Pero la pregunta vivía adentro suyo como un calor que no podía contenerse.

Nadó hasta el borde del lado de la galería. Se empujó con los brazos hasta quedar apoyada contra el cemento, con el ombligo justo en la línea del borde y las tetas asomadas hacia afuera, las gotitas cayendo de los pezones contraídos por el cambio de temperatura. Sabía exactamente lo que él estaba viendo: el contorno marrón claro de las aréolas, la piel arrugada de los pezones, el agua que le bajaba por el cuello y se metía entre las tetas.

Y entonces gritó la madre desde la cocina.

—¡Ricardo! —el nombre cruzó la galería como una piedra—. ¡Andá a comprar las medialunas que ya está abierta la panadería!

Romina se hundió. Quedó pegada a la pared de la pileta con el corazón golpeándole en el pecho como si quisiera salir. Contó hasta tres. Cuatro. Cinco. Asomó la cabeza despacio, lo justo para que los ojos quedaran sobre la línea del agua.

La hamaca estaba vacía. Vio la espalda de su papá alejándose por el pasillo lateral, ya con un pantalón corto puesto y una remera blanca encima. Caminaba un poco encorvado, como cuando le dolía la cintura. Ella se quedó mirando hasta que la silueta desapareció por la tranquera.

***

Salió del agua despacio. El sol ya estaba bastante alto y el cemento del borde quemaba. Se recostó boca abajo y dejó que el calor le subiera por el culo y la espalda, sintiendo cómo cada gota se evaporaba. Su mamá apareció por la puerta de la cocina con un termo de mate en la mano y empezó a hablarle de no sé qué cosa de la tía, y de un programa de televisión, y de una vecina que se había peleado con el marido. Romina pidió una toalla y una remera con voz dócil, una voz de hija buena.

Cuando su mamá entró a buscar las cosas, ella se quedó sola un segundo, tirada al sol, con los ojos cerrados, sintiendo cómo el aire entraba y salía despacio entre sus tetas todavía mojadas. Sonrió. No era la sonrisa de una nena. Era la sonrisa de una mujer que acababa de entender, en una sola mañana de verano, lo que era ser mirada por un hombre que no podía dejar de mirarla. Y que ese hombre no era cualquier hombre.

Cuando volvió a meterse en la casa, el sol ya estaba pegándole de lleno en la nuca y el ruido de la pava silbando se mezclaba con el canto de los pájaros del jardín. Subió las escaleras sin hacer ruido, con la toalla atada bajo las axilas, y se metió en su cuarto del primer piso. Se tiró boca arriba en la cama, encima de las sábanas limpias que esa mañana, hacía apenas unas horas, había imaginado como un consuelo de fin de noche. Ahora eran otra cosa. Eran un escenario.

Cerró los ojos y volvió a la galería. La hamaca, los calzoncillos verdes, el bulto que se asomaba por el costado de la tela. La forma en que él había subido la mirada desde sus pies hasta sus ojos, lenta, sin esconder nada. La pregunta que no había hecho en voz alta y que de alguna manera él parecía haber escuchado igual.

Escuchó la puerta de la calle. Su papá había vuelto con las medialunas. La voz de la madre, alegre, agradeciéndole. La voz de él, baja, contestando algo que no llegó a entender. Romina se quedó muy quieta en la cama, con la mano sobre el vientre, escuchando los pasos del padre por el pasillo de abajo. No bajó a desayunar. Todavía no. Quería guardarse esa mañana adentro un rato más, antes de salir y mirarlo a la cara como si nada hubiera pasado.

Y lo iba a mirar a la cara, después. Lo iba a mirar un montón de veces, en lo que quedaba del verano, cada vez que él pasara cerca de la pileta, cada vez que ella saliera con el pelo mojado, cada vez que se cruzaran en el pasillo angosto de la planta baja. Esa mañana no había sido un punto final. Había sido, apenas, una manera de empezar a entender de qué era capaz.

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Comentarios (6)

reinaldo

Increible relato, uno de los mejores que lei en mucho tiempo. Felicitaciones

PabloRondeau

Que tension desde el primer parrafo! Necesito la segunda parte ya, no me dejes asi

Marcos_BA

excelente!!! sigan subiendo este tipo de historias por favor

Coco_Mdz

Lo lei dos veces. Me dejo sin palabras, tremendo

DiegoRV_88

Esto es real o es ficcion? porque se siente demasiado autentico jajaja. Muy bueno

SolPlayera

Llevo tiempo leyendo en este sitio y pocos relatos te atrapan desde la primera linea. Este fue uno. La descripcion del comienzo es perfecta, te mete en situacion de golpe. Esperando mas!

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