Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que mi tía dejó de ser solo mi tía

Nadia tenía cuarenta y dos años y un cuerpo que no había llegado solo: lo había construido a base de madrugones, kilómetros y disciplina. Metro setenta, piel clara con ese bronceado discreto de quien entrena al aire libre, músculos definidos pero sin perder nada de femenino. Hombros redondeados, brazos firmes, la espalda dibujada, el vientre plano con líneas sutiles, los glúteos altos que se tensaban con cada zancada. No era de mucho pecho —una copa pequeña, alta, de pezones rosados que se endurecían a la mínima—, pero todo en ella transmitía fuerza y aplomo.

El pelo, rubio ceniza, lo llevaba corto por encima de los hombros, casi siempre en una coleta práctica. Ojos azules claros, de esos que parecen leerte por dentro. Viuda desde hacía siete años, había criado prácticamente sola a su sobrino Mateo desde que el chico tenía once: sus padres se habían marchado al extranjero por trabajo y volvían cada tanto, poco y mal.

Nadia era la hermana menor de la madre de Mateo, y el parecido entre las dos era casi inquietante. El mismo rubio ceniza, los mismos ojos claros, la misma estructura fina y atlética. Mateo había crecido oyendo aquello de «eres clavadito a tu tía de joven», y la frase, lejos de incomodarlo, había ido alimentando algo que no se atrevía a nombrar.

Mateo acababa de cumplir veinte. Alto, casi uno ochenta y cinco, de cuerpo trabajado en el mismo gimnasio al que iba ella. Pelo negro, ojos oscuros, y una manera de mirarla que en los últimos años se había vuelto demasiado intensa. Había descubierto pronto cuánto se le encendía el cuerpo cada vez que la veía volver de correr, sudada y sin aliento.

***

El catorce de febrero Nadia tuvo una cita desastrosa. El tipo era un egocéntrico que solo hablaba de sí mismo y miraba el móvil entre frase y frase. Volvió a casa pasadas las diez, frustrada y con ganas de llorar. Mateo había salido con su novia, pero discutieron por una tontería de celos y acabó regresando temprano, algo borracho y de mal humor.

Se cruzaron en la cocina, los dos derrotados a su manera. Ella todavía con el vestido de la cita, los tacones tirados de cualquier forma junto a la puerta. Él despeinado, con el cuello de la camisa abierto y el aliento a ginebra barata. Compartieron una cerveza, una pizza recalentada y, sin darse cuenta, hablaron durante horas, primero de las parejas que los habían decepcionado y luego de cosas que nunca se habían dicho.

Había algo distinto en esa madrugada. La casa en silencio, la luz amarilla de la campana de la cocina, las voces bajas. Por primera vez no se hablaban como tía y sobrino, sino como dos adultos heridos que se reconocían en el otro.

—San Valentín es una estafa —dijo Nadia, descalza, el top pegado al vientre firme—. Hace años que nadie me toca como merezco. Solo ven los músculos. No ven a la mujer.

Mateo la miró con el corazón golpeándole en el pecho.

—Tía… eres la mujer más impresionante que conozco. Mi novia no te llega ni a los tobillos. Y… te pareces tanto a mamá que a veces me confundes.

Se abrazaron. El abrazo duró más de lo que debía. Nadia notó la erección de su sobrino contra el vientre y no se apartó. Mateo sintió bajo las manos la espalda firme de ella y aquel olor a sudor limpio y vainilla que siempre traía después de entrenar.

Ninguno dijo nada. Se separaron despacio, evitándose la mirada, y subieron cada uno a su habitación con el silencio pesándoles encima.

***

La tarde siguiente, quince de febrero, la resaca era mutua. Nadia preparaba un batido en la cocina con un top deportivo negro ajustado, sin nada debajo, los pezones marcándose contra la tela fina, y unos shorts de compresión cortos que dejaban a la vista los muslos definidos y los gemelos marcados. El pelo suelto, oliendo a champú de coco y a un rastro tenue de esfuerzo. Mateo apareció en bóxer y camiseta ceñida, con una erección imposible de disimular.

Él se quedó parado en el umbral, sin saber dónde poner los ojos. Cada vez que apartaba la mirada del cuerpo de ella, terminaba volviendo. La curva de la espalda al estirarse por un vaso, la línea de sudor todavía húmeda en la nuca, los muslos firmes apenas tapados por la tela.

Ella sonrió al verlo, pero en los ojos azules había un brillo distinto, hambriento.

—¿Cómo estás, mi niño?

—Mal. La cabeza me mata y… no dejo de pensar en lo de anoche. En ese abrazo.

Nadia se acercó despacio hasta quedar a un palmo de él. Su cuerpo olía a vainilla, a coco, a algo cálido y físico.

—Yo tampoco. No he dormido. Todo el rato sintiéndote duro contra mí.

—Tía… esto está mal. Eres la hermana de mi madre. Os parecéis tanto que es como si estuviera mirándola a ella.

—Lo sé —susurró ella, rozándole el pecho con las yemas de los dedos—. Y eso lo hace más prohibido. Más imposible de parar. Pero también soy una mujer que lleva años sola. Y tú eres el único que me mira como si me viera entera.

Mateo tragó saliva. Intentaba resistir y no podía.

—No deberíamos…

—Solo un beso —pidió ella, acercando los labios a los suyos—. Uno. Si no te gusta, paramos. Te lo prometo.

Cerró los ojos. El beso empezó suave, casi tímido. Pero Nadia abrió la boca y buscó su lengua con urgencia, y todo se volvió profundo, hambriento. Ella gimió contra su boca, pegando el cuerpo entero al de él.

—Dios… —jadeó al separarse—. Te siento tan duro contra el vientre…

Mateo intentó retroceder un paso.

—Tía, por favor… no me hagas esto.

Ella le cogió la mano y se la llevó al pecho, sobre el top.

—¿Sientes cómo me late el corazón? ¿Cómo se me ponen duros los pezones solo con mirarte?

—Sí —dijo él, con la voz quebrada—. Joder, sí.

—Bésame otra vez. Tócame un poco. Déjame sentir que alguien me desea de verdad. Lo necesito.

Mateo cedió. La besó con más fuerza, bajó las manos por la espalda firme hasta agarrarle los glúteos altos. Nadia gimió alto, frotándose contra él.

—Quítame el top. Quiero que me veas. Que toques lo que tanto me cuesta mantener.

Él lo hizo despacio. El pecho pequeño y firme de ella quedó libre, los pezones rosados y duros. Mateo se agachó y se metió uno en la boca, chupando con hambre acumulada de años.

—Así, cariño… más fuerte. Como siempre quisiste.

Mateo se detuvo un instante, jadeando.

—Tía… esto es demasiado…

Nadia le bajó el bóxer de un tirón. La polla gruesa saltó libre, la punta brillante.

—Mírate —susurró, arrodillándose—. Déjame probarte. Solo un poco.

Se la metió en la boca despacio, lamiendo la punta, bajando por el tronco, tragando hasta la mitad. Mateo gemía, los dedos enredados en el pelo rubio ceniza.

—Tía… qué bueno… no pares.

Ella se la sacó un momento y lo miró desde abajo.

—Dime la verdad. ¿Cuántas veces te corriste pensando en mí?

—Demasiadas. Desde hace años. Me imaginaba colándome en la ducha contigo después de entrenar.

Sin dejar de mirarlo, Nadia volvió a bajar la boca y empezó a chupar justo lo que él describía: la punta primero, círculos lentos con la lengua, fuerte, despacio.

—Sigue. Cuéntame más.

—Me imaginaba quitarte el top empapado de sudor…

Ella se incorporó un segundo, se llevó el dedo a los labios, divertida, y volvió a la tarea con las manos libres recorriéndole los muslos.

—¿Como si me lo quitaras tú? Sigue.

—Que te lamía hasta que gemías mi nombre…

Nadia gimió largo contra él, le mordió suave la cara interna del muslo y subió de nuevo, chupando con más intensidad, imitando con la voz lo que él narraba.

—¿Y después? —preguntó ella, ronca—. ¿Qué hacías después en tu cabeza?

—Que te ponía contra la pared… y te follaba por detrás, agarrándote ese culo que se contrae cuando corres.

***

Nadia se levantó, se giró y apoyó las manos en la encimera. Arqueó la espalda, sacó el culo firme y miró hacia atrás.

—Hazlo. Como en tu fantasía. Agárrame y fóllame por detrás.

Mateo se colocó detrás, le agarró los glúteos y entró de golpe. Nadia gritó de placer y empujó hacia él, buscándolo.

—Así… sí… agárrame fuerte. Fóllame como en todas esas noches.

Él embistió con fuerza. El sonido de piel contra piel llenaba la cocina. Ella gemía sin freno, las manos clavadas en el mármol.

—Dime que soy tu tía. Que esto es prohibido porque soy la hermana de tu madre.

—Eres mi tía… y te pareces tanto a ella… y eso lo hace peor… más sucio… —jadeó él—. Y aun así no puedo parar.

Nadia se corrió primero, apretándolo en espasmos. Mateo aguantó, los dientes apretados.

—No te corras todavía —suplicó ella, sin aliento—. Quiero más. Aguanta un poco más.

Se dejó caer al suelo de la cocina, a cuatro patas sobre las baldosas frías.

—Así. Métemela otra vez. Necesito que me folles duro.

Mateo entró de nuevo, le agarró las caderas estrechas y embistió fuerte, rítmico, perdido.

—Más… más fuerte. No pares.

Él gruñó y se vació dentro de ella, oleadas calientes que la inundaron. Nadia gimió largo, sintiendo cada pulsación, el cuerpo entero temblándole.

Se quedaron abrazados en el suelo, sudorosos, jadeantes, en silencio. Ella le acariciaba el pecho y le besaba el cuello despacio.

—Vamos a la ducha, mi niño. Necesito limpiarme. Tú también.

***

Entraron en el baño grande, el agua caliente cayendo en cortina. Se enjabonaron el uno al otro, las manos resbalando por músculos y curvas, los besos lentos bajo el chorro. Por primera vez no había prisa.

Después, envueltos en toallas y sentados en el borde de la cama, Mateo la miró con una timidez repentina, casi infantil.

—Tía… hay algo que nunca te conté. Mi fantasía más vergonzosa.

Nadia le acarició la mejilla.

—Dímela.

—Siempre imaginé hacerte una lluvia dorada. Verte de rodillas, recibirlo, sentir que te marco como mía. Pero me daba miedo pedírtelo. Por si te parecía raro.

—¿Quieres hacerlo ahora?

—Sí. Si me dejas.

Ella sonrió suave, con los ojos brillando.

—Puedes. Me encantaría sentirlo. Hazlo.

Nadia volvió al baño y se arrodilló en el suelo, desnuda, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Mateo se colocó frente a ella y dejó salir el chorro caliente, primero sobre el pecho, luego subiendo al cuello, a la cara. Ella gimió bajito, dejando que le cayera en los labios, en la lengua, en el pecho pequeño y firme. El líquido tibio le resbalaba por el vientre marcado, por los muslos.

—Sí… así… —murmuró ella.

Cuando él terminó, Nadia abrió los ojos, lo miró desde abajo con una sonrisa traviesa y se acercó. Empezó a lamerle la polla despacio, limpiando cada rastro, subiendo por el tronco, rodeando la punta sensible. Luego se la metió entera, chupando con energía renovada, los ojos clavados en los de él mientras subía y bajaba.

Mateo gemía, los dedos en el pelo mojado.

—Tía… joder… qué bueno.

Ella aceleró, profunda, húmeda, sin parar. Mateo no aguantó más. Sin avisar, sin darle tiempo a apartarse, se corrió con un gruñido: chorros espesos que le salpicaron la cara, el pelo rubio ceniza, los labios, las mejillas, el cuello, y algunos goterones le cayeron sobre el pecho y el vientre marcado. Nadia jadeó sorprendida, sintiendo el calor resbalarle por toda la piel.

—Joder… me has dejado entera —susurró ella, ronca y excitada, lamiéndose los labios y recogiendo con los dedos lo que podía para saborearlo.

Mateo respiraba agitado, todavía temblando.

—Lo siento… no pude aguantar.

—No lo sientas. Me encanta. Me has marcado.

Nadia se levantó despacio, lo besó con lengua profunda, compartiendo el sabor salado.

—Ahora sí me siento completamente tuya.

Se abrazaron, sudorosos, culpables y unidos a la vez, bajo la luz tenue del baño.

—Esto no debería haber pasado —murmuró él contra su pelo.

—No —respondió ella, sonriendo sin soltarlo—. Pero ya no hay vuelta atrás. Y mañana, después de entrenar, te quiero otra vez.

Ver todos los relatos de Incesto y Amor Filial

Valora este relato

Comentarios (5)

ClaudioBA_lector

Relato increible, de esos que te enganchan desde el primer parrafo y no podes soltar. Excelente trabajo!!!

TitoRdP

Por favor una segunda parte!!! quedé con muchas ganas de saber como sigue todo entre ellos

LuisCba_77

Me sorprendió lo bien escrito que esta. Leí varios de esta categoría y este tiene algo especial, se siente mas real que los demas. Nada forzado.

Meli_cordoba

buenisimo!!! espero el proximo

NocheR_91

Que tensión al principio, casi no aguantaba jaja. Muy buen relato, felicitaciones

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.