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Relatos Ardientes

Lo que compartí con los hijos de mi pareja

Llevo poco más de un año viviendo con Carmen en su apartamento. Cuando empezamos a salir, hace ya cuatro años, nunca imaginé que la dinámica familiar de ella terminaría formando parte de mi vida cotidiana. Junto a nosotros viven sus dos hijos: Sofía, que tiene veintiún años, y Tomás, que acaba de cumplir dieciocho.

A Carmen la conocí en un bar, una de esas noches en que los amigos en común hacen el trabajo por uno. Nos presentaron, hablamos hasta que cerraron el local, y desde esa noche no dejamos de vernos. Llevamos cuatro años juntos y la intensidad no ha bajado. Carmen tiene algo que pocas personas tienen: vive el sexo con una entrega total, sin pudor, sin límites innecesarios. Me ha arrastrado a parques, a baños de bares, a rincones donde no debería pasar nada y han pasado cosas. Yo la sigo. Siempre. A veces me cuesta arrancar cuando estamos en un sitio con riesgo de ser vistos —tardo en relajarme, en concentrarme—, pero una vez que me acostumbro al entorno, todo fluye.

Trabaja en la cocina de un restaurante a pocas cuadras de casa, de cuatro a diez de la noche, en turnos rotativos. Dos semanas de tarde, dos semanas de mañana. Cuando le toca la tarde, la casa queda con otra energía.

***

Fue a principios de octubre. Carmen había salido hacía media hora, eran las cinco y media, cuando escuché la voz de Sofía desde el corredor.

—Marcos.

—Dime.

—Ven un momento, que quiero mostrarte algo que compré.

Me levanté del sofá sin apuro. Sofía tenía esa forma de pedir las cosas que hacía difícil negarse, no porque insistiera, sino porque sonaba razonable, tranquila, como si la petición fuera lo más normal del mundo. Fui hasta su cuarto y llamé con los nudillos.

—Pasa —dijo.

Entré. Estaba de pie en el centro de la habitación con un biquini azul oscuro. No era exactamente provocativo, pero tampoco era lo que una madre le regalaría a su hija. Le quedaba bien. Demasiado bien para que yo mirara el techo.

—¿Qué te parece? —preguntó.

La miré sin disimular demasiado. Sofía tiene un cuerpo que no pide permiso: caderas marcadas, cintura definida, un pecho grande que el biquini apenas contenía.

—Está bien —dije—. Pero con el cuerpo que tienes, este modelo te hace parecer más conservadora de lo que eres. Hay algo más tuyo por ahí, seguro.

Sonrió despacio, como sopesando la frase.

—Vi unas cosas en la tienda de la plaza Moret que me llamaron la atención. Pero me parecieron demasiado atrevidas.

—A lo mejor ese es exactamente el punto.

Me miró unos segundos.

—¿Me acompañas la semana que viene?

—Claro que sí.

***

Pocos días después fuimos. Le comenté a Carmen que iba con Sofía a cambiar el biquini, que la chica quería mi opinión. Carmen me dio un beso rápido y me pidió que intentáramos volver antes de que ella saliera al trabajo.

La tienda era pequeña, con ropa colgada en rieles apretados y probadores al fondo separados por cortinas de tela gruesa. Sofía habló con la vendedora, eligió dos modelos, me miró.

—Ven.

No fue una pregunta.

Entramos juntos al espacio del probador. Era justo: los dos cabíamos con poco margen. Sofía descorrió la cortina cuando se hubo puesto el primero.

Era rojo. Rojo intenso, casi bermellón. El top dejaba los costados del pecho al descubierto, los tirantes finos cruzaban por el hombro. La parte de abajo era alta en las caderas y baja en el frente, lo justo para dejar al imaginación el trabajo que le correspondía. Me quedé callado un momento antes de hablar.

—Date vuelta.

Se giró despacio. La parte trasera era casi nada: una tira fina que desaparecía entre las curvas de su culo. Tenía la espalda recta, los hombros hacia atrás. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

—Este —dije.

—¿Y el otro ni lo pruebo?

—Pruébatelo también.

Corrió la cortina. Esperé. Cuando la volvió a abrir, supe de inmediato que el segundo no tenía nada que hacer: corte recto, colores apagados, sin forma. Ella lo supo antes que yo.

—Este no —dijo, antes de que yo abriera la boca.

—No.

Volvió a cerrar la cortina. Un momento después escuché:

—¿Me ayudas con el nudo?

Entreabrí la cortina. Sofía estaba de espaldas a mí, el biquini rojo puesto, el brazo izquierdo cruzado sobre el pecho sujetando la tela. El nudo del top estaba en la nuca. Entré. Lo deshice. Ella dejó caer el top hacia adelante y yo vi, en el espejo rectangular pegado a la pared lateral, sus pechos completos. Redondos, pesados, los pezones oscuros y grandes.

No dije nada. Ella tampoco.

Recogió el biquini del suelo, me miró por el espejo un segundo, y sonrió apenas. Casi imperceptible, pero estaba ahí.

***

Compramos el rojo. De camino a casa, caminando sin prisa por la vereda, le dije lo que pensaba.

—Sofía, tienes un pecho impresionante. En serio.

No se escandalizó. No fingió sorpresa.

—¿Te gustó?

—Mucho.

—Y eso que todavía no viste el resto —dijo, en voz baja, sin mirarme.

Lo dijo casi para sí misma. Pero lo dijo para mí.

—¿Cuándo? —pregunté.

—Tiempo al tiempo —respondió, y aceleró el paso.

***

Pasó una semana. Un jueves por la tarde, cuando Carmen llevaba ya cuarenta minutos en el restaurante, Sofía apareció en el salón y se quedó de pie mirándome.

—¿Dónde está Tomás? —pregunté.

—En casa de un compañero. Vuelve a la noche. Estamos solos.

Me puse de pie. No hizo falta más.

En su cuarto, Sofía se desnudó con la misma calma con la que había descorrido la cortina del probador. Sin escenas, sin palabras de más. Se sacó la remera, el pantalón, la ropa interior. Se quedó de pie delante de mí, quieta, esperando.

Me acerqué y tomé sus pechos con las dos manos. Los toqué despacio, sin apuro, aprendiendo el peso, la forma. Agaché la cabeza y pasé la lengua por un pezón, luego por el otro. Ella cerró los ojos y apoyó una mano en mi nuca.

La empujé suave hacia la cama. Se sentó al borde, abrió las piernas. Metí los dedos y encontré que ya estaba húmeda desde antes. Gimió. Empujó hacia mí.

La di vuelta. Le pasé la lengua por el centro del culo, lento, varias veces. Ella apoyó los brazos en el colchón y se arqueó. Cuando me puse de pie, ya estaba desnudo. La penetré por detrás, con las manos en sus caderas. Entraba fácil, húmedo todo. Sofía se apoyó en la pared y empujó hacia atrás para encontrarme a cada embestida.

Estuvimos así un buen rato. Después la tumbé boca abajo y seguí encima de ella, hasta que en un momento dado ella dijo:

—¿Me lo metes por el culo?

Había una crema en la mesilla. La usé. Entré despacio, poco a poco, dejando que el cuerpo de Sofía se acomodara. Ella tensó la espalda, respiró por la boca, y luego se soltó. Encontramos el ritmo. Duramos mucho más de lo que esperaba, entre pausas, caricias y momentos de una intensidad que no había calculado.

Cuando le pregunté dónde quería que acabara, respondió sin dudar:

—Adentro del culo. No me cuido y no pienso quedarme embarazada del novio de mi madre.

Lo dijo con una practicidad que me resultó más excitante que cualquier otra cosa que pudiera haber dicho.

Acabé donde me pidió. Sofía fue al baño. Yo me vestí y fui a la cocina por agua. Cuando ella volvió al salón, la tarde había pasado como si no hubiera pasado nada.

***

La primavera avanzó. Carmen hablaba de ir a la playa ese verano, todavía sin plan concreto. Yo necesitaba una malla nueva: la que tenía estaba pasada de moda. Fui hasta una tienda del barrio, me probé una negra, ajustada, y la compré.

Llegué a casa a media tarde. Carmen ya se había ido al trabajo. Sofía tampoco estaba. Solo Tomás, en el salón, con el teléfono en la mano y los pies sobre la mesa.

—¿Qué compraste? —preguntó sin levantar la vista.

—Una malla para el verano.

—¿Cómo es?

—¿La llevo puesta?

—Si quieres.

Fui al cuarto, me cambié. Cuando volví al salón, Tomás me miró de arriba abajo con una expresión que no era del todo neutral.

—Te queda bien —dijo.

—¿De qué tela es? —preguntó, levantándose.

—Ni idea. Toca.

Se acercó y pasó los dedos por la tela, sobre el muslo, y luego un poco más arriba, hasta rozar lo que había debajo. Se detuvo. Levantó la vista hacia mí.

Yo no me moví.

Deslizó la mano hacia adentro de la malla y me tomó, ya a medio camino de la erección. Ninguno de los dos dijo nada. Después de unos segundos, lo miré.

—Sigue.

Tomás era alto para sus dieciocho años, delgado, con esa torpeza física que tienen los chicos que todavía no saben bien cómo ocupa el espacio su propio cuerpo. Pero sus manos sabían lo que hacían. Se arrodilló despacio y me tomó en la boca.

Lo dejé. Cerré los ojos un momento. Cuando los abrí, lo agarré del hombro y lo puse de pie.

—Ven al cuarto.

Se desnudó solo. Tenía el cuerpo que uno esperaría: joven, sin historia todavía. Le chupé los pezones. Él hizo lo mismo conmigo. Hay algo en ese intercambio, ese espejo entre dos cuerpos iguales, que con una mujer no existe de la misma manera.

Lo tumbé boca abajo sobre la cama. Fui a buscar la crema a la mesilla de Sofía. Tomás no protestó. Lo preparé despacio, con paciencia, y entré. Fue firme pero sin brusquedad. Él agarró las sábanas con las dos manos, respiró hondo, y no me pidió que parara.

Cuando acabé, me quedé un momento quieto adentro de él, antes de salir.

Tomás se dio vuelta lentamente y me miró.

—Ahora yo —dijo.

No fue una pregunta.

Me puse en su lugar. Él me preparó con la misma crema, con más paciencia de la que esperaba para alguien de su edad, y entró. Sentí el peso de su cuerpo encima del mío, su respiración en la nuca. No era la primera vez que me pasaba algo así con un hombre, pero hacía tanto tiempo que lo había casi olvidado. Esta era la tercera vez en mi vida. Y me gustó.

***

Esa noche, cuando Carmen volvió del restaurante, me esperé despierto. Se metió en la cama con el cansancio encima, me miró en la oscuridad y se acercó. La besé. Nos quedamos un largo rato despiertos, con esa complicidad que sólo se construye con cuatro años de conocerse bien.

Después, cuando ella dormía con la respiración lenta y regular de quien está en paz, me quedé mirando el techo. Pensé en los días anteriores. En Sofía y su calma calculada en el probador, en Tomás y su manera directa de decir lo que quería. En Carmen, que no sabía nada y dormía a mi lado sin sospechar.

Cuatro personas bajo el mismo techo. Las cuatro, de una forma u otra, habían tenido algo conmigo en las últimas semanas.

No supe si eso debía pesarme. La verdad es que no me pesó. Lo que sentí, tumbado en esa oscuridad, fue algo parecido a una satisfacción extraña y completa que no encontré la manera de nombrar.

Así que no la nombré. Cerré los ojos y me dormí.

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Comentarios (4)

CarlosBA

Excelente relato!!! me tuvo enganchado de principio a fin, muy bien narrado.

Mirtha_leo

Que manera de contar las cosas... se siente todo tan natural. Muy bueno

gaston

increible, espero la continuacion

Fermín_lector

Me encanta la categoria confesiones justo por esto, esa tension inicial que describe es lo mejor del relato. Sigue subiendo mas!

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