Llevé a mi madre al local donde otro la haría suya
Como ya saben quienes leyeron la primera parte de esta confesión, llevaba meses metiéndomela a mi madre y le había cogido tanta afición que follábamos casi cada día. Pero esta vez volvía de un viaje de cinco días y, en cuanto la abracé en la terminal, supe que algo había pasado. Volvía follada. Muy follada. Y no por mí.
Desde la primera vez que se la metí llegué a una conclusión que no comparto en voz alta con nadie: en esto de follar hay clases, igual que en los aviones. Para los que tenemos la suerte o la desgracia de no ser de los pocos privilegiados que confunden cama con amor, lo demás se reparte por categorías. La clase turista es la del polvo de calle, el que sale uno a buscar como quien busca una hamburguesa, con su precio justo y su servicio razonable. Sin más.
Después está la business, esa que te ganas a base de meses cortejando a la compañera del despacho hasta que un día logras llevártela a un hotel. Cuesta más, pero la satisfacción dura más. Y por encima está la premier, la del riesgo de verdad: la mujer de tu jefe, la novia de tu mejor amigo, la vecina del cuarto que te abre la puerta en bata. Mucho morbo, pero con un plus de peligrosidad que no todo el mundo puede permitirse pagar.
Y finalmente, señores, finalmente está la clase gourmet. La que solo prueban quienes han nacido para esto. No es follar, es morbo en estado puro. No es metérsela a una mujer, es metérsela a la mujer que te trajo al mundo. Algo que solo entiende quien lo ha vivido, porque después todo lo demás te sabe a sucedáneo.
Con esos antecedentes quizá entiendan mi desolación cuando llegué al aeropuerto a buscar a mi madre, que regresaba de pasar cinco días en Bilbao visitando a sus padres, y al darle el beso de bienvenida me di cuenta enseguida de que algo le había sucedido durante esos días.
Llegaba dispersa, ausente, contestaba con monosílabos a casi todo lo que le preguntaba. Y, además, en cuanto nos sentamos en el coche y le pasé la mano entre los muslos, se sonrojó. Mi madre, que llevaba meses dejándose abrir las piernas en el ascensor de su propio edificio, se sonrojó en el asiento del copiloto. Opté por callarme. Pensé que atosigarla a preguntas solo conseguiría que se cerrase en banda y no sacaría nada en claro.
Y acerté. A los pocos minutos comenzó a removerse en el asiento, a acariciarse el cuello, a llevarse los dedos a los labios. Después, sin disimulo, fue bajando esos mismos dedos por el vientre y se los metió por debajo de la falda, ligeramente abierta de piernas, musitando palabras que no terminaba de pronunciar, hasta que soltó una frase clara, alta y contundente:
—Me la han metido.
—¿Qué? ¿Qué te han hecho? ¿Quién te la ha metido? —le pregunté, sobresaltado por aquella confidencia.
Pero ella no estaba para responder. Volvió a repetirlo, con la misma voz desganada y caliente de antes:
—Me la han metido.
Si conocen Madrid, sabrán que desde el aeropuerto hasta Pozuelo, donde vivimos los dos solos, hay apenas veinticinco minutos de coche. Pues bien, créanme si les digo que mi madre repitió aquel mismo estribillo no menos de treinta veces durante el trayecto. Me la han metido, me la han metido, me la han metido, hasta entrar en el garaje del chalet. Y allí, sin esperar a que se bajase del coche, me subí encima de ella en el asiento reclinado y se la metí. Pero la muy ladina no se corrió. Se notaba que ya se había corrido antes, cuando se la metieron otros.
Ya bien follada y más calmada, le subí las maletas hasta el dormitorio, le di un beso en la mejilla y me fui a la oficina. Esa noche teníamos una cena de compromiso con unos clientes y, cuando volví a verla horas después, me ardían las ganas de que me contara cómo había sido y, sobre todo, quién había sido. Pero no lo hice. Aguanté la curiosidad, aguanté la cena entera, regresamos en taxi charlando sobre lo aburrida que había estado la velada y nada. Ni una palabra del viaje. Una auténtica conspiración de silencio.
El silencio, sin embargo, no me apaciguó. Empecé a darle vueltas a cómo averiguarlo, porque seguía convencido de que preguntar a la cara sería contraproducente. Y de tanto darle vueltas, terminé tramando un plan que me obsesionó. Tanto, que los siguientes días la follé por las mañanas y por las noches, casi en automático, mientras mi cabeza estaba en otra parte.
La única forma de saber cómo se la habían metido, pensé, era llevarla yo mismo a un sitio donde se la metieran de nuevo. Ver con mis propios ojos a mi madre follando con otro. Y la idea, en lugar de espantarme, me ponía a cien. Tanto, que llegué a contratar los servicios de una agencia de detectives para que me averiguasen un lugar de Madrid donde llevar a una pareja a que la follasen desconocidos.
—Exactamente, ¿qué es lo que usted desea? —me preguntó el investigador, mirándome por encima de las gafas con cierta incomodidad.
Y exactamente se lo dije.
—Quiero asistir a un local con mi pareja para que me la follen en mi presencia.
Atendieron la petición sin más comentarios. Me pasaron una dirección en un barrio del sur de Madrid, frecuentado sobre todo por inmigrantes caribeños y centroamericanos. Antes de despedirme, el investigador me advirtió:
—Allí va a encontrar lo que busca. Pero asegúrese de estar seguro antes de cruzar esa puerta. Una vez dentro, dar marcha atrás puede ser complicado.
De lo único que estaba seguro en ese momento era de que quería que un extraño se follara a mi madre delante de mí. Y elegí un martes por la noche, entre las diez y las once, según las indicaciones de la agencia.
El local está en una calle tranquila y discreta de un barrio tranquilo y discreto, un barrio donde abunda una clase trabajadora pujante, mayoritariamente latina. Por dentro es enorme. Parece un antiguo taller mecánico, con techos altos, paredes pintadas de granate y lleno de recovecos. Sofás desvencijados en rincones oscuros, mesas con velas de mentira, un par de barras a los lados. Un sitio ideal para que un desconocido se folle, delante de tus narices, a la mujer con la que has entrado.
***
En cuanto entramos, un camarero que oficiaba a la vez de acomodador nos guio hasta uno de los divanes del fondo, el más apartado, en el rincón más oscuro del local. Nos sirvieron dos cubatas en vasos largos, con mucho hielo, y nos preguntaron si queríamos compañía. Yo dije que esperásemos. Quería ver, comparar, elegir.
No tardé en fijarme en un caribeño macizo que llevaba un buen rato mirando el culo de mi madre desde la barra. Cuello ancho, espalda enorme, los brazos llenos hasta el codo de tinta. No apartaba la vista. Mi madre lo notó al cuarto cubata y, cuando él se acercó a invitarla a bailar, ella aceptó sin mirarme.
Ya en la pista, descaradamente, el tipo le metía mano a todo lo que encontraba. Le sobaba el culo por encima del vestido, le bajaba las manos por la cadera, le restregaba la entrepierna como si estuvieran solos. Mi madre, sin embargo, no era mujer de exhibirse en público y, después de dos canciones, regresó a nuestro rincón. El caribeño, claro, vino con ella.
En el diván, ya al resguardo de las miradas, la cosa cambió. Él no perdió tiempo en preliminares. Le metió la mano por debajo de la falda y, antes de que yo pudiera reaccionar, sacó de un tirón unas bragas negras de encaje que terminaron, no me pregunten cómo, dentro de mi vaso de cubata.
Yo hice lo único que pude hacer, que no fue otra cosa que sostener a mi madre entre los brazos mientras él se desabrochaba el cinturón y se sacaba una polla de un tamaño que, de verdad, no esperaba. Mi madre se abandonó en mi pecho y se abrió ligeramente las piernas, como si quisiera ofrecer cierta resistencia simbólica. Pero ya era tarde. El caribeño se la estaba metiendo hasta el fondo y ella aspiró todo el aire del local en una sola bocanada.
Y allí, desde ese momento, empezó la escena más fascinante que un hijo pueda desearle a su madre.
El tipo, aparte de fuerte, era hablador. Muy hablador. Le recitaba al oído versos de los suyos, cosas como «trágatela toda, putona», «te la voy a estar metiendo hasta la madrugada» o «te voy a dejar el chocho lleno de polla». Y, contra todo lo que yo conocía de mi madre, que cuando follaba conmigo apenas abría la boca, ella le respondía igual de creativa.
—Métemela, cabronazo —le decía—. Métemela, que se entere mi hijo de cómo se folla a una tía como yo. Métemela y lléname el chocho. No me la restriegues, clávamela hasta los huevos. No me la chupes, quiero sentirla latir dentro.
Yo, mientras tanto, recibía en mi propio cuerpo los envites del uno y de la otra. Los del caribeño me sacudían el costado, los de mi madre me sacudían lo poco que me quedaba de decoro. Se la estuvo follando más de media hora. Los dos se corrieron como posesos, como energúmenos, como si llevaran años esperando aquel encuentro. Yo no daba crédito a lo que estaba viendo. Me parecía imposible que se pudiese follar con tanta pasión, con tanta fogosidad, pero allí estaban, mi madre y aquel desconocido, follando y enseñándome a follar.
Al rato el caribeño desapareció igual que había aparecido, sin mediar palabra. Se acercó el camarero a preguntar si queríamos algo más. Yo iba a decir que no, pero mi madre se me adelantó y pidió una botella de champán francés.
A mí ya no me quedaba capacidad de asombro. Me dejé llevar.
Yo creí que la cosa no daba para más, pero, a decir verdad, aún no había empezado. En cuanto el camarero dejó la botella abierta y las dos copas servidas en la mesa baja, mi madre cogió la suya, se tumbó del todo en el diván, se subió la falda hasta la cintura y se vació la copa entera dentro del chocho. Yo la miraba abobado. Pero abobado llevaba desde que crucé la puerta del local.
—Ahora te vas a subir encima y me vas a follar hasta reventarme —me dijo, sin pedirlo, con la voz oscura y áspera de quien lleva horas esperándolo.
La miré sin acabar de creer lo que estaba oyendo. Pero le obedecí. Me subí encima de ella, me bajé el pantalón hasta las rodillas y se la metí en aquel chocho lleno de champán francés y de leche caribeña. La empecé a cabalgar como nunca antes la había cabalgado, como nunca creí que se pudiera cabalgar a una mujer, como jamás pensé que se la iba a meter a mi madre.
Ella jadeaba como no la había oído jadear nunca. Me animaba a partirla en dos, me decía que quería correrse de una vez, que con el caribeño solo había fingido para esperarme, que el chocho lo quería lleno de mi polla y no de otra, que necesitaba encima de ella a un macho y no a un hijo contemplativo, que quería disfrutar la salvajada que estábamos haciendo, que se la metiera, que se la metiera, que se la metiera.
Y se la metí. Se la metí, se la metí, se la metí. La follé sin contemplaciones, con rabia, con furia, como un loco, como un poseso, como un salvaje. Allí estuvimos más de una hora follando, follando, follando, hasta que nos corrimos, nos corrimos, nos corrimos.
Al salir del local, pasadas las tres de la madrugada, mi madre se ajustó el vestido en la puerta y, sin mirarme, me apretó la mano. No hizo falta preguntar nada más. Volvimos a casa los dos en silencio, con la certeza de que aquella noche acababa de inaugurar una clase nueva, una que no figura en ningún catálogo, y que íbamos a regresar al local mucho antes de lo que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta.