Mi papá no podía dejar de mirar el vestido de mamá
Me llamo Mariana y desde que mamá nos dejó vivo sola con mi padre en el departamento del cuarto piso. La casa todavía huele a su perfume en los rincones más absurdos: el cajón de los manteles, el dobladillo de una cortina, la guantera del coche. A veces, abriendo armarios que él había sellado con cinta, encuentro pedazos de ella. Una pañoleta. Un pintalabios. Un cuaderno de recetas con la letra inclinada. Esa tarde, sin embargo, encontré algo distinto.
Buscaba un suéter viejo en el fondo del clóset del pasillo cuando apareció el vestido. Dos piezas, satén color hueso, con un escote bajo y una falda que se ajustaba arriba y se abría desde la cadera. Lo recordaba bien. Mamá lo había usado el verano antes de enfermarse, en una cena con sus compañeras del estudio jurídico.
Me lo probé sin pensarlo demasiado. Yo siempre fui más rellena que ella, sobre todo de cadera y de pecho. El espejo del baño me devolvió una imagen que me sorprendió: el vestido me apretaba en lugares donde a mamá le caía suelto, y la tela parecía hecha para mí. Di una vuelta. Me miré por encima del hombro. Mi culo levantaba la falda y formaba una curva que no parecía la de una hija. Parecía la de otra mujer. Me pasé la mano por el vientre, sentí cómo el satén se me pegaba a los pezones endurecidos por debajo, sin corpiño, y noté que ya estaba mojada de solo mirarme.
Iba a quitármelo cuando escuché los pasos de mi padre subiendo la escalera.
—¿Mariana? La cena está lista —dijo desde el pasillo, y entró sin tocar.
Se detuvo en el marco de la puerta.
Yo lo miré por el espejo, sin girarme todavía. Él tampoco se movió. Tenía la mano apoyada en el picaporte, los nudillos blancos.
—¿Y eso? —preguntó por fin.
—Estaba en una caja. Era de mamá.
—Ya lo sé.
Se quedó callado más tiempo del que cualquier respuesta exigía. Le di la vuelta despacio, dejando que el vestido se moviera con la cadera, sin saber muy bien por qué lo hacía así.
—¿Me queda bien?
Mi padre tragó saliva. Yo lo vi tragar. Y también vi, sin querer verlo, el bulto que se le estaba marcando en el pantalón de vestir.
—Te queda… —se interrumpió.
—Dilo.
—No es algo que un padre deba decirle a su hija.
—Vivimos solos, papá. Si no me lo dices tú, ¿quién?
Apoyó el hombro en el marco como si necesitara sostenerse. Tenía cuarenta y siete años, pero esa noche se le veían más. O quizá menos. Era difícil decirlo.
—Te queda mejor que a tu madre.
Lo dijo casi en voz baja, como una confesión que se le había escapado. Yo sentí que algo se aflojaba en mi estómago, algo que no debería estar ahí, y noté cómo entre las piernas se me escapaba un hilo caliente que me mojaba la cara interna del muslo.
—Bajemos a cenar —dijo, y se fue.
***
Bajé sin cambiarme. Me lo dije a mí misma como si fuera una broma: total, es solo una cena, total, está pensando en ella, no en mí. Pero cuando entré al comedor y él levantó la vista del plato, supe que no era solo eso.
Comimos casi en silencio los primeros minutos. Yo lo veía mirar mi escote, desviar la vista, volver a mirarlo. Sus dedos apretaban el tenedor con demasiada fuerza. Yo apretaba los muslos por debajo de la mesa y sentía cómo el coño me latía, hinchado, resbaladizo, contra el satén que ya se me estaba manchando.
—Papá, no comes.
—Estoy comiendo.
—Estás mirando.
Dejó los cubiertos sobre el plato y respiró hondo. La servilleta se le había caído al regazo y no la recogió. Debajo de la tela blanca, la verga se le marcaba tensa contra la pierna. La vi. Él sabía que la vi.
—Lo siento, hija.
—Yo no dije que me molestara.
Él me sostuvo la mirada por primera vez en toda la noche. Tenía los ojos un poco brillantes, y yo, sentada frente a él, con el escote de mi madre y el cuerpo que no era el de ella, sentí que estaba haciendo algo que ya no se podía deshacer.
—¿Hace cuánto, papá?
—¿Cuánto qué?
—Que no estás con una mujer.
Hubo una pausa larga. Llenó su copa, dudó, y al final habló.
—Desde mamá.
—Eso es mucho tiempo.
—Lo sé.
Me serví más vino sin preguntarle si quería. Le rellené la copa también. Él no protestó.
—¿Y cómo te las arreglas?
—Mariana…
—En serio. Me da curiosidad. Tengo veintidós años, papá, no soy una nena.
Se pasó la mano por la nuca. Cuando hablaba de cosas incómodas siempre hacía ese gesto.
—Me la agarro.
—¿Con qué?
—Con lo que sea. Recuerdos. Una bata de ella que guardé.
—Una bata.
—Cuando todavía olía a su perfume. Me la ponía en la cara y me hacía una paja. Hace meses que ya no huele a nada.
Bebí. El vino me estaba calentando la cara y otras cosas. El coño me chorreaba contra la silla. No sé en qué momento empecé a disfrutar de la conversación, pero estaba disfrutándola.
—¿Y desde que se acabó el olor?
—Pienso en ella. Hago lo que puedo.
—¿Y funciona?
—No siempre. A veces me quedo con la verga en la mano media hora y no me corro. Otras noches ni siquiera se me para.
Lo miré largo. El vestido se me había deslizado un poco del hombro derecho y no me lo acomodé. Se me veía media teta. Él no apartaba la vista.
—Si te diera algo mío, ¿te ayudaría?
Levantó la vista despacio.
—Mariana.
—Algo que oliera a mí. Una prenda. La que sea.
—No deberías ofrecerme eso.
—Pero te lo estoy ofreciendo.
Bajé la mano por debajo de la mesa, me levanté apenas del asiento y, sin perder el contacto visual, me deslicé la pantaleta por las piernas. Estaba empapada, pesada, la entrepierna oscurecida por una mancha grande y viscosa. La doblé sobre la palma sin ocultarla. La puse encima de la mesa, entre los dos, junto al pan, con la parte húmeda hacia arriba.
Mi padre cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, su expresión era otra.
—No puedo aceptarla.
—Sí puedes.
—Hija…
—Tómala, papá. Te juro que no quiero saber lo que vas a hacer con ella. Pero no quiero verte mal otra noche más.
Él alargó la mano muy despacio, como si la prenda pudiera quemarlo, y la tomó. La sostuvo entre los dedos. Le costó casi un minuto entero acercarla a su cara. Cuando lo hizo, apretó la tela mojada contra la nariz y la boca, cerró los ojos otra vez y respiró hondo, y yo vi cómo se le movía el pecho y cómo se le marcaba todavía más la verga bajo el pantalón.
—Hueles igual que ella.
—Eso no es posible.
—Te juro que sí. Y estás empapada, Mariana. Estás chorreando.
Lo dijo con una voz rota que me cortó algo por dentro. Y entonces, sin haberlo planeado, me escuché decir:
—Hazlo aquí.
—¿Qué cosa?
—Lo que ibas a hacer arriba. Sácatela y hazte la paja acá. Yo no miro.
***
Mi padre apartó la silla de la mesa para que su cintura quedara fuera de mi campo visual y, con torpeza, sin mirarme, se desabrochó el cinturón. Yo bajé los ojos al plato. Escuché el chasquido del botón, el cierre, la tela cediendo, y después el ruido inconfundible de una mano cerrándose sobre carne dura.
—¿Estás segura?
—Estoy segura. Sigue comiendo si quieres. Yo voy a seguir.
Lo escuché envolver la pantaleta alrededor de la polla, y luego un movimiento lento, rítmico, que yo intentaba no traducir mentalmente. El sonido húmedo de mis propios flujos en el satén, apretados contra la piel de mi padre, subiendo y bajando por su verga. Comí un bocado de carne. Mastiqué dos veces. No pude tragar. Bajé una mano por debajo de la mesa, me subí la falda, me abrí las piernas y me metí dos dedos en el coño sin poder aguantarme. Estaba a punto de correrme solo con oírlo respirar.
—Papá.
—¿Mhm?
—¿En quién piensas?
—En tu madre.
—Mentira.
Se rió por la nariz, un sonido nervioso, contenido.
—¿Por qué tan segura?
—Porque mamá no llenaba este vestido como yo. Porque mamá no chorreaba así. Y porque estás oliendo mi coño, papá, no el de ella.
El movimiento se detuvo un segundo. Después siguió, más rápido. Yo oía el chapoteo suave de la tela mojada corriéndose por la piel.
—Mariana.
—No te detengas. Está bien.
—Estás caliente.
—Estoy caliente. Estoy tocándome. Ahora mismo. Debajo de la mesa.
Lo dije sin pensarlo, y al decirlo confirmé algo que no había querido confirmar en toda la noche. La madera del asiento se me sentía de pronto demasiado dura, demasiado consciente. Mi propia respiración había cambiado de ritmo. Mis dedos entraban y salían de mí con un ruido líquido que ya no me molestaba que él escuchara.
Me levanté de la silla.
—Mariana, no.
—No te muevas.
Rodeé la mesa. Él tenía la pantaleta enrollada alrededor del puño, y entre los dedos sobresalía la cabeza enrojecida y brillante de una polla que era gruesa, muy gruesa, con una gota espesa de líquido colgando del glande. Yo no debería estar viendo eso y no quería dejar de verlo. Le aparté la mano.
—Hija…
—Cierra los ojos. Piensa en ella.
—No puedo.
—Inténtalo.
Me arrodillé entre sus piernas antes de que él pudiera pararme. Le agarré la verga con la mano y la sentí caliente, dura, latiendo contra mi palma. Se la apreté despacio, de abajo hacia arriba, y una segunda gota espesa asomó por la punta. Me acerqué y la lamí. El sabor salado se me quedó en la lengua y me hizo apretar los muslos.
—Mariana, por dios…
—Cállate, papá.
Abrí la boca y me la metí entera. Todo lo que pude. Sentí cómo el glande me tocaba el fondo de la garganta y él dejó escapar un gemido ronco que jamás le había escuchado en veintidós años de vida. Empecé a mamársela despacio, subiendo y bajando la cabeza, chupando con las mejillas hundidas, sacándola con un ruido húmedo para lamérsela desde la base hasta la punta y volvérmela a meter hasta atrás. Le agarré los huevos con la otra mano y se los amasé mientras se la chupaba. Él se aferró al respaldo de la silla con una mano y a mi nuca con la otra, sin empujar, sin atreverse, dejándome hacer.
—Mi vida… así no… así me voy a correr en tu boca…
Lo saqué con un plop y le miré la verga brillante de mi saliva, apuntándome a la cara.
—Todavía no.
Me puse de pie, me apoyé en la mesa, le di la espalda, me subí el vestido hasta la cintura. El aire del comedor me tocó por primera vez en una noche que se había ido haciendo más caliente. Me abrí las nalgas con las dos manos y le mostré todo: el coño empapado, hinchado, abierto, y el culo apretado justo encima. Sentí sus manos en mis caderas. Sentí que dudaba. Sentí también que ya no podía detenerse.
—Piensa en mamá —le dije, en voz tan baja que casi no la oí yo misma.
—Estoy pensando en ti.
Me sostuve de la madera. Sentí la cabeza de su polla recorrerme entre los labios del coño, empapándose de mí, y después empujó despacio. Cuando me entró, mi cuerpo entero se tensó. Era gruesa, más gruesa de lo que había imaginado, y me llenaba centímetro a centímetro hasta que sentí sus pelos apretarse contra mis nalgas. Se me escapó un gemido largo, casi un quejido, mordido contra el brazo. Era demasiado, y al mismo tiempo era exactamente lo que yo había estado esperando desde que me probé el vestido frente al espejo, aunque no me lo hubiera confesado.
—Tranquila —murmuró, con la verga entera adentro, sin moverse.
—No me digas hija.
—¿Cómo quieres que te diga?
—Dime cualquier cosa. Cualquier cosa menos hija. Puta. Perra. Lo que quieras. Menos hija.
—Puta —dijo, con la voz ronca, y empujó hasta el fondo.
Empezó despacio. Salía casi entera y volvía a metérmela hasta abajo, muy lento, cada estocada un golpe seco de piel contra piel. Yo me apoyaba en la mesa y mi cadera buscaba la suya antes de que él la moviera. La copa de vino se cayó. Ninguno de los dos la levantó. El vino rojo se mezcló con la salsa derramada y se fue extendiendo por el mantel como una mancha que ya no se iba a quitar. Me bajó el vestido de un tirón por delante y las tetas se me salieron enteras. Me las agarró desde atrás y me pellizcó los pezones mientras seguía cogiéndome.
—Eres demasiado igual —dijo él, con la voz quebrada, entre embestidas.
—¿A quién?
—A ella. Y no. Ella nunca me apretó así.
Lo entendí. Era una contradicción que no se podía resolver con palabras y por eso seguimos sin ellas un buen rato. Solo el ruido de la mesa golpeando contra la pared, el chapoteo de mi coño ensartándose en su verga, sus huevos golpeándome el clítoris cada vez que me entraba entero. Después él habló otra vez, en frases sueltas, sin sentido, palabras que un padre no le dice a una hija y que en ese momento dejaron de sonarme como cosas prohibidas.
—Qué coño más rico, puta, qué apretada estás, cómo me chupas la verga con esa concha…
Yo le contesté con palabras peores.
—Cógeme, papá, más fuerte, rómpeme, dame toda la verga…
Él me sacó, me giró y me tumbó de espaldas sobre la mesa, entre los platos. Los cubiertos cayeron al piso. Me abrió las piernas, me las levantó apoyándome los tobillos en sus hombros, y me volvió a meter la polla de una sola estocada. Yo grité. Me tapó la boca con la mano y siguió cogiéndome así, doblada en dos, con mi coño hacia arriba y sus embestidas partiéndome en el mismo lugar una y otra vez. Le lamí los dedos que me tapaban la boca. Le chupé el pulgar. Él bajó la otra mano y empezó a frotarme el clítoris con el dedo mientras me la metía hasta el fondo.
—Me voy a correr, papá, me voy a correr…
—Córrete, puta, córrete en la verga de tu padre.
Me corrí gritando contra su palma. El coño se me apretó alrededor de su polla en espasmos largos y violentos, y sentí cómo se me contraía todo por dentro, chorreando contra la base de su verga, contra sus huevos, contra el mantel. Él no paró. Me siguió cogiendo mientras me corría y el orgasmo se estiró y se estiró hasta que empecé a temblarle sin control.
—No vamos a hablar de esto mañana —le dije, en una pausa, con la voz ronca, cuando me quitó la mano de la boca.
—No.
—Ni nunca.
—Ni nunca.
—Pero esta noche…
—Esta noche.
Sus dedos se hundieron en mi cadera. Sentí cómo el ritmo cambiaba, cómo dejaba de ser cuidadoso, cómo perdía la última intención de ser un padre. Me clavaba la verga cada vez más rápido, cada vez más profundo, y la mesa se corría con nosotros. Y por mi parte dejé de fingir que estaba ayudándolo. Estaba haciendo lo que había querido hacer desde el momento exacto en que me vi en el espejo con su vestido puesto.
—Adentro, papá. Córrete adentro.
—Mariana…
—Lléname. Lléname de leche. Quiero sentirte.
Cuando terminó, fue dentro. Yo lo dejé. Lo busqué, incluso. Le enganché las piernas alrededor de la cintura y lo apreté contra mí para que no se le escapara ni una gota fuera. Sentí cómo la verga se le hinchaba dentro y cómo los primeros chorros de semen caliente me golpeaban el fondo, uno tras otro, gruesos, muchos, tantos que sentí cómo empezaba a rebalsarme por los bordes del coño. Él se apretó contra mí gimiendo con los dientes cerrados, vaciándose entero.
Me quedé apoyada en la mesa unos segundos más, sintiendo el calor que se escurría por la cara interna de mis muslos cuando él sacó la polla despacio, escuchando su respiración detrás de mí, las dos rotas y las dos calmándose despacio. Bajé una mano, me toqué el coño abierto, chorreante, y me llevé los dedos manchados a la boca.
Él se sentó otra vez en la silla, sin acomodarse la ropa, con la verga todavía a medio bajar, brillante de mí. Yo no me bajé el vestido. Dejé que su semen siguiera corriéndome por el muslo.
—Esto no vuelve a pasar —dijo.
—No.
Nos miramos a los ojos. Yo nunca le había mirado los ojos así.
—Pero el vestido lo guardo yo —agregué.
Él se rió, una risa cansada, una risa que no era de un padre.
—Quédatelo.
Subí a mi cuarto sin terminar la cena. Me lo quité con cuidado, lo colgué del lado donde colgaba mi propia ropa, no la de mamá. Y cuando me metí en la cama, con el sabor del vino todavía en la boca, el sabor de él todavía en la lengua y el cuerpo todavía abierto y goteando sobre la sábana, supe dos cosas. La primera, que el clóset del pasillo iba a seguir teniendo cajas. La segunda, que tarde o temprano una de las dos las íbamos a volver a abrir.





