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Relatos Ardientes

Espié a mi madre detrás de la cortina del living

Vivíamos los dos solos en una casa vieja del centro de Mendoza, con techos altos y un living enorme donde mi madre, Mónica, recibía a sus amigas los fines de semana. Tenía cuarenta y tantos, el pelo oscuro siempre suelto y un cuerpo de curvas pesadas que ninguna ropa lograba disimular del todo. Yo había aprendido a mirarla de reojo y a callar.

Esa noche había salido con Carla, su amiga de siempre, una rubia de bote unos años menor que ella, de risa fácil y escote provocador. Las había escuchado fantasear muchas veces en la sobremesa, con la lengua suelta por el vino, contándose cosas que se suponía que yo no debía oír.

Me fui a la cama temprano, pero no dormí. A eso de las tres de la mañana escuché la llave girando en la cerradura, voces pastosas y risas que rebotaban en el pasillo. No venían solas.

***

Me levanté en silencio, descalzo, y bajé pegado a la pared. Desde el arco que daba al living vi entrar a cuatro personas. Mónica venía colgada del brazo de un tipo alto, de barba corta y brazos llenos de tatuajes. Carla se sostenía a duras penas de otro más flaco, de remera ajustada, que ya tenía el bulto marcado bajo el pantalón.

El instinto me empujó detrás de la cortina gruesa que separaba el living del ventanal. Era el mismo escondite de cuando era chico y jugaba a las escondidas. La lámpara de pie dejaba una luz tibia, suficiente para ver todo sin que nadie me viera a mí. El corazón me golpeaba en el pecho y, contra toda lógica, sentí cómo se me endurecía la pija dentro del bóxer.

Los hombres no perdieron tiempo. El tatuado agarró a mi madre de la cintura y la apretó contra él, hundiéndole la lengua en la boca con una violencia que la hizo gemir. Sus manos subieron por debajo de la blusa y le tomaron las tetas por encima del corpiño, apretándolas como si quisiera dejar marca.

—Qué bien que estás, Mónica —le dijo separándose apenas—. Te voy a comer entera.

—Y yo que pensaba que eras todo charla —contestó ella, con la voz rota por el alcohol y las ganas.

Contra la pared, el flaco le había levantado la falda a Carla y le frotaba por encima de la bombacha. Ella se reía y se mordía el labio, separando las piernas para darle lugar.

—Esta amiga tuya está mojada antes de empezar —dijo el flaco sin dejar de besarle el cuello.

—Carla siempre estuvo lista —respondió mi madre, y las dos se rieron de algo que solo entendían ellas.

***

El tatuado le bajó los breteles del corpiño con los dientes y dejó las tetas de mi madre al aire. Se agachó y empezó a chuparle un pezón, succionando despacio, mientras con la otra mano le apretaba la otra teta. Mónica le agarró la cabeza y lo empujó contra su pecho.

—Así, no pares —murmuró ella, con los ojos cerrados.

Yo no podía moverme. Era mi madre la que tenía adelante, la mujer que me preparaba el desayuno y me retaba por dejar la ropa tirada, gimiendo como nunca la había escuchado. Una parte de mí gritaba que volviera a la cama. La otra me tenía clavado al piso, con la mano metida en el bóxer.

Él levantó la cara y le habló al oído. Ella asintió, se soltó de su abrazo y se dejó caer de rodillas sobre la alfombra. Le abrió el pantalón, le bajó el bóxer y sacó una pija gruesa y dura. La tomó con las dos manos y se la metió en la boca, despacio primero, después más hondo, haciendo un ruido húmedo que llenó el living.

—Tranquila, que hay para toda la noche —le dijo el tipo, agarrándola del pelo.

A un par de metros, Carla se había sentado en el brazo del sofá. El flaco le había sacado la bombacha y se la comía sin apuro, con la cara enterrada entre sus piernas. Ella le apretaba la cabeza y soltaba unos gemidos agudos que se mezclaban con los de mi madre.

—Más adentro —le pedía Carla—. No te hagas el delicado.

Después se intercambiaron. El flaco se levantó y le puso la pija en la boca a Carla, que la recibió con ganas, mientras Mónica se erguía un poco para que el tatuado le metiera dos dedos entre las piernas. Las dos mujeres terminaron arrodilladas una al lado de la otra, turnándose, pasándose las pijas de boca en boca, riéndose entre arcadas y saliva.

—Mirá cómo se llevan estas dos —dijo el tatuado, divertido—. Parecen viejas conocidas.

—Algo así —jadeó mi madre, y le clavó la mirada desde abajo con una sonrisa que no le conocía.

***

La ropa fue quedando tirada por el piso: el corpiño de mi madre, la falda de Carla, las blusas arrugadas. En pocos minutos las dos estaban desnudas. Mónica de pie, con las tetas pesadas colgando y la piel brillante de sudor; Carla apoyada en el sofá, ofreciendo el culo.

El tatuado empujó a mi madre sobre los almohadones, le separó las piernas y se hundió en ella de una sola vez. Mónica soltó un grito que se cortó en la garganta y se aferró a sus hombros.

—Despacio —alcanzó a decir—, hace mucho que…

—Nada de despacio —la cortó él, y empezó a moverse fuerte.

El flaco, mientras tanto, cogía a Carla por detrás, sosteniéndola de la cadera. Cada tanto los hombres cambiaban de lugar sin avisar: el tatuado pasaba a Carla, el flaco se acomodaba entre las piernas de mi madre. Ellas se dejaban llevar, gimiendo, pidiendo más, agarrándose de la mano cuando una posición las dejaba cerca.

—Me vengo —avisó mi madre en algún momento, con la voz quebrada—. No paren, me vengo.

La escena se estiró por lo que me pareció una hora. Cambios de posición, cuerpos que se daban vuelta, manos que apretaban, palabras sucias que yo escuchaba con la respiración contenida. Hasta que los dos hombres, casi a la vez, terminaron sobre ellas, sobre las tetas, sobre la espalda, y el living quedó en silencio salvo por las respiraciones agitadas.

***

Los cuatro se desplomaron en el sofá grande, pegajosos y exhaustos. Se besaban despacio, se acariciaban sin urgencia, murmurando entre risas bajas. Yo seguía detrás de la cortina, con las piernas dormidas y la certeza de que no debería estar ahí.

De pronto mi madre se incorporó, tambaleante.

—Voy al baño —dijo con la voz ronca.

El tatuado se levantó detrás de ella sin decir nada y la siguió por el pasillo. Yo me deslicé pegado a la pared hasta la puerta del baño, que había quedado entreabierta, y me asomé apenas, escondido en la penumbra.

La luz fría del tubo iluminaba todo con crudeza. Él la había agarrado del pelo y la inclinaba contra el lavatorio, hablándole al oído.

—No te alcanzó, ¿no? —le dijo—. Se nota que hacía falta.

—Cerrá la boca —contestó ella, pero no se apartó.

Le dio una palmada sonora en la cola, ya enrojecida, y el eco rebotó en el baño chico. Mónica se inclinó más, apoyando las manos en el borde del lavatorio, mirándose en el espejo empañado. Él escupió, alineó la pija y, de un empujón, se la metió por atrás.

Mi madre soltó un quejido largo, entre el dolor y otra cosa.

—Despacio, hijo de puta —jadeó—, que no es de goma.

—Aguantás bien —respondió él, sosteniéndola del pelo como una rienda.

La cogió así varios minutos, con el cuerpo de ella temblando contra el mármol. Vi cómo se le caía una lágrima que no era de tristeza, cómo apretaba los dientes y empujaba hacia atrás buscándolo. Hasta que él se salió, le dejó un último golpe en la cola y le dio una palmada suave en la mejilla.

—Lavate y volvé —le dijo, como si nada.

Salió primero, sin mirar hacia donde yo estaba. Retrocedí rápido al living y volví a meterme detrás de la cortina, con el pulso a mil.

***

Un rato después Mónica reapareció, despeinada y con la piel marcada. Se dejó caer en el sofá junto a Carla y los hombres la recibieron con caricias. Poco a poco la cosa fue bajando. Los dos tipos se vistieron entre bromas, se despidieron con un beso a cada una y se fueron tan campantes como habían llegado.

Mi madre subió las escaleras arrastrando los pies, sin notarme. Pensé que se había terminado. Pero Carla, todavía desnuda, en lugar de seguirla, caminó directo hacia mi escondite. Apartó la cortina de un tirón y me encontró ahí, con la mano en el bóxer y la cara ardiendo.

—Te vi desde que entramos —me dijo en voz baja, sin sorpresa—. Cada vez que me daba vuelta estabas ahí, mirando.

No supe qué decir. Ella sonrió, divertida con mi vergüenza.

—Me calentó saber que estabas espiando —siguió, acercándose—. A tu mamá no le voy a contar nada. Pero esto te lo cobro.

Se arrodilló frente a mí sin pedir permiso, me bajó el bóxer y me agarró la pija con las dos manos.

—Mirá vos —murmuró—, y todo este tiempo escondido.

Me la metió en la boca de una vez, mirándome a los ojos. Yo me apoyé contra la pared para no caerme. Llevaba tanto rato conteniéndome que apenas aguanté un par de minutos. Le agarré la cabeza casi sin querer y ella me siguió el ritmo, vibrando con un gemido apagado.

Me vine fuerte, con las piernas temblando, y Carla no dejó escapar nada. Tragó todo y me limpió con la lengua antes de levantarse, con los labios brillantes.

—Esto queda entre nosotros —me dijo bajito, acomodándose el pelo—. La próxima vez que tu mamá salga, avisame y arreglamos algo mejor.

Se dio media vuelta y subió las escaleras como si fuera la dueña de la casa. Yo me quedé detrás de la cortina que ya no escondía nada, con la respiración entrecortada, sabiendo que esa noche había roto algo que no se iba a poder arreglar. Y sabiendo, peor todavía, que no quería arreglarlo.

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Comentarios (6)

SantiagoRD

Que tension!! No pude parar de leer. Tremendo relato

Cris_nocturno

Las 3 de la mañana es la hora de los secretos... me tuviste en vilo de principio a fin. Bravo

VoyeurFan_32

La descripcion de esconderse y aguantar la respiracion es increible, lo senti de verdad. Espero la segunda parte!

mariela77

lo lei dos veces... tremendo

LucianoC

Jajaja me trajo recuerdos de una noche en lo de mis viejos que mejor ni cuento. Muy bueno el relato

NocheR_91

sigue asi!! quiero la continuacion ya

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