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Relatos Ardientes

Cuando mi madre se ofreció a ser mi secretaria

Lorena tenía cincuenta y un años y un cuerpo que no había aprendido a envejecer. Pelo castaño hasta los hombros, una cintura que todavía marcaba curva y un pecho generoso que ningún jersey lograba disimular del todo. Damián lo sabía. Lo sabía desde hacía demasiado tiempo, aunque jamás se lo había permitido en voz alta, ni siquiera dentro de su cabeza.

Esa mañana, sin embargo, su cabeza estaba en otra parte. Caminaba de un lado a otro del salón con el teléfono pegado a la oreja y la mandíbula tensa.

—¿Qué te pasa, hijo? Te veo fatal —preguntó ella desde la cocina, secándose las manos en un paño.

—Acaba de renunciar Marta. Mi secretaria. Hoy. Sin avisar.

—¿Justo ahora? —Lorena frunció el ceño—. ¿No es fin de mes?

—Por eso es un desastre. Tengo que entregar los cierres y nadie en la oficina puede cubrirla, todos están hasta el cuello. —Se dejó caer en el sofá y se frotó la cara con las dos manos—. Voy a tener que cargar yo con todo.

—Ni hablar. Llevas semanas durmiendo cinco horas. Te vas a enfermar.

Ojalá fuera tan fácil de resolver, pensó él.

Ella se quedó de pie en el umbral, mordiéndose el interior de la mejilla, esa costumbre que tenía cuando una idea le rondaba la cabeza y no terminaba de decidirse a soltarla.

—¿Y si te ayudo yo? —dijo al fin.

Damián levantó la vista.

—¿Tú?

—¿Por qué no? Fui administrativa diez años antes de tenerte. Sé llevar una agenda, archivar, contestar el teléfono. Solo serían unos días, hasta que encuentres a alguien.

—No sé, mamá. El trabajo de una secretaria son muchas cosas. No sé si puedo pedirte todo eso.

—No me lo pides tú, me ofrezco yo. —Sonrió—. Dame diez minutos para arreglarme. Si voy a tu oficina, voy presentable.

Subió las escaleras antes de que él pudiera responder. Damián se quedó mirando el hueco vacío de la puerta, con una sensación incómoda en el estómago, como quien presiente algo y prefiere no nombrarlo.

***

Cuando volvió a bajar, Damián se olvidó por completo de los cierres de mes.

Lorena llevaba una falda gris de tubo que le llegaba a media pierna y se le ajustaba a las caderas como una segunda piel. Encima, una blusa blanca cuyos botones libraban una batalla perdida a la altura del pecho. Se había recogido el pelo a un lado y pintado los labios de un rojo discreto.

—¿Y bien? —preguntó, girando despacio—. ¿Doy el pego de secretaria?

Él tardó en contestar. La miró de arriba abajo, y por un instante olvidó que era su madre.

—No tenía ni idea de que te conservaras así —dijo, y la voz le salió más ronca de lo que pretendía.

—Pues claro. Tu madre todavía tiene lo suyo. —Se rió, halagada—. No soy tan vieja.

—Date la vuelta otra vez.

Lorena dudó medio segundo, pero obedeció. Y al girar, la falda se le ciñó por detrás de un modo que a Damián le secó la boca y le puso la polla dura de golpe dentro del pantalón.

—Mamá… —empezó, y se calló.

—¿Qué? —Ella lo miró por encima del hombro.

—Nada. Que se te ve… —Tragó saliva—. Que tienes un culo que quita el sentido.

—¡Damián! —exclamó, fingiéndose ofendida, aunque el rubor que le subió por el cuello la delató—. Que soy tu madre.

—Y antes que tu hijo, soy un hombre —respondió él, sosteniéndole la mirada—. Y se me está poniendo dura de mirarte. No puedo evitarlo.

El salón se quedó en silencio. Lorena bajó los ojos hasta el bulto que se marcaba bajo la tela del pantalón de su hijo, y tragó saliva. No apartó la vista tan rápido como debería.

—No esperaba que mi cuerpo te pusiera así —dijo en voz baja—. A ti.

—Pues mírame. Con una falda y una blusa me tienes empalmado. Imagínate qué me haces sin ropa.

—¿Tú crees? —Se miró de reojo el perfil en el espejo del recibidor, como si se viera por primera vez en años. Se pasó la lengua por el labio pintado.

***

—¿Te gusta que te miren los hombres? —preguntó él, todavía sentado, sin dejar de observarla.

Lorena se mordió el labio.

—Hace mucho que nadie me mira como tú me estás mirando ahora —admitió—. Y sí. Me hace sentir viva. Me hace sentir mojada, para qué te voy a mentir.

—¿Y qué sentiste cuando te diste cuenta de que se me ponía dura contigo?

—Damián, esto es muy raro.

—Me dijiste que si no nos tenemos confianza el uno al otro, ¿a quién entonces? Lo dices siempre.

Ella suspiró. Se acercó despacio y se sentó en el brazo del sofá, a una distancia que no era la de una madre.

—Primero me dio un vuelco aquí —se llevó la mano al pecho—. Y luego, más abajo. Y cuando me acordé de que eres mi hijo, me dio vergüenza. Pero la vergüenza no fue lo único que sentí. —Bajó la voz hasta casi un susurro—. Se me hincharon los pezones y se me humedeció la tanga. Y eso es lo que no me deja tranquila.

Damián posó una mano en su rodilla, sobre la media, y la subió despacio, muslo arriba, hasta rozarle el borde de la falda. Ella no la apartó.

—Yo cargo solo con todo desde hace años —dijo él—. El trabajo, la casa, todo. Y estoy cansado de otra manera, mamá. De una manera que no se arregla durmiendo. Necesito follar. Necesito descargar.

—¿Y qué crees que va a arreglarte? —preguntó, y por el tono supo que ya conocía la respuesta.

—Tú. Este coño de mi madre, solo por hoy. Que no seas mi madre durante un rato. Que seas mi secretaria, y que me la chupes, y que me la montes hasta que me corra.

—Te aprovechas de que una madre haría cualquier cosa por su hijo —murmuró, pero su mano había bajado a cubrir la de él, y la guiaba hacia arriba, entre sus piernas, hasta que Damián notó la humedad caliente que le empapaba la tela de la tanga.

—Mira cómo estás, mamá. Estás chorreando.

—Cállate —jadeó ella, cerrando los ojos—. Solo si tú también lo quieres. Si me dices que no, subes, te cambias y nos olvidamos.

—Lo quiero. Llevo años queriéndolo.

El silencio se estiró. Lorena respiró hondo y, cuando abrió los ojos, algo en ellos había cambiado.

—Está bien —dijo—. Pero que quede claro: ahora mismo no soy tu madre. Soy tu secretaria. Y te voy a hacer olvidar a Marta y a todas las demás. ¿Entendido?

***

Damián se reclinó en el sofá y la atrajo de la cintura hasta sentarla a horcajadas sobre él. Lorena se dejó llevar, apoyando las manos en sus hombros, sintiendo bajo la falda la polla dura de su hijo apretándose entre sus muslos, buscándole el sexo por encima de la tela.

—No me beses en la boca —pidió ella, temblando—. Eso no. Eso es lo único que no.

—Donde tú quieras —respondió él, y hundió la cara en su cuello.

La besó despacio, justo donde el perfume era más intenso, y bajó lamiéndole la clavícula hasta el nacimiento del pecho. La oyó soltar un gemido ronco que no había soltado en años. Le abrió la blusa botón a botón, sin prisa, descubriendo un sujetador negro que apenas contenía aquellas tetas pesadas y firmes de madre madura. Los pezones se le marcaban duros a través de la puntilla. Lorena se arqueó cuando él le pasó el pulgar por encima de la tela y le pellizcó uno.

—Ay, hijo… llevaba tanto tiempo sin que alguien me tocara así —confesó, con la voz quebrada—. Tanto tiempo sin que nadie me chupara las tetas.

—Pues a partir de ahora te las chupo yo, mamá. Todas las mañanas si hace falta.

Le bajó los tirantes con los dientes, le desabrochó el sujetador de un tirón y las tetas se le derramaron encima, pesadas, con las areolas grandes y oscuras y los pezones erectos apuntándole a la cara. Damián se metió uno entero en la boca, chupó fuerte, tiró de él con los labios, lo mordisqueó. Después pasó al otro. Los mamó como si tuviera hambre atrasada de años. Lorena le clavó los dedos en el pelo, sin saber ya si quería empujarlo o atraerlo más. Optó por lo segundo, apretándole la cara contra sus pechos hasta casi asfixiarlo.

—Así, hijo, así, mama de tu madre, cómete estas tetas —jadeaba, moviendo las caderas encima de él, restregando el coño mojado contra el bulto durísimo del pantalón—. Cómo se te pone, Dios, cómo se te pone contra mi coño.

Bajo la falda, las caderas empezaron a moverse solas, buscando fricción, y cada roce le arrancaba un latigazo de placer que le subía por la columna.

—Para —jadeó—, espera, deja que… —Se incorporó, se subió la falda hasta la cintura y volvió a sentarse sobre él, ahora con solo una tanga blanca empapada entre los dos—. Así. Mucho mejor.

Damián deslizó la tela a un lado con un dedo. La encontró abierta y chorreando, con el clítoris hinchado asomando entre los labios enrojecidos.

—Mira cómo tienes el coño, mamá. Estás goteando en mi pantalón.

—Secretaria —corrigió ella en un susurro, y se mordió el labio—. Y deja de mirar y méteme los dedos. Méteme algo, por favor.

Él le hundió dos dedos de golpe y ella soltó un grito ronco. Los movió dentro, curvándolos, buscándole el punto justo mientras con el pulgar le dibujaba círculos en el clítoris. Lorena le clavó las uñas en los hombros y empezó a follarse los dedos de su hijo, subiendo y bajando las caderas encima de su mano, con las tetas rebotándole delante de la cara.

—Sí, sí, así, no pares —gemía—, hazme correr, hijo, hazme correr con los dedos antes de metérmela.

Damián aceleró. Le sacó los dedos empapados y se los llevó a la boca, chupándolos delante de ella, saboreándole el flujo. Después volvió a metérselos, tres esta vez, follándola con la mano hasta que Lorena se puso rígida encima de él, se le tensaron los muslos y se corrió con un gemido largo, arañándole el cuello, empapándole la palma entera.

—Joder, mamá —murmuró él, mirándole la cara descompuesta de placer—. Nunca vi correrse a nadie así.

—Ahora tú —jadeó ella, todavía temblando—. Ahora sácamela y déjame chupártela.

***

Se deslizó al suelo, entre sus rodillas, con la blusa colgándole abierta y las tetas al aire, y le desabrochó el pantalón con manos ansiosas. La polla de Damián saltó fuera, dura, gruesa, con la punta brillante de líquido. Lorena se quedó un segundo mirándola, con los labios entreabiertos.

—Dios, hijo. Qué polla más bonita tienes.

—Es tuya, mamá. Toda tuya.

La agarró con la mano por la base y le pasó la lengua desde los huevos hasta la punta, despacio, mirándolo a los ojos. Después se la metió entera en la boca, hasta el fondo, hasta que la sintió golpearle la garganta. Damián soltó un gruñido y le apoyó una mano en la nuca.

—Así, mamá, mámamela así, hostia…

Lorena empezó a chuparla con hambre, subiendo y bajando la cabeza, haciendo ruidos húmedos con la boca, dejando que la saliva le chorreara por la barbilla hasta las tetas. Se la sacaba, le lamía los huevos, se los metía en la boca de uno en uno, y volvía a tragársela hasta el fondo. Con la otra mano se acariciaba el coño abierto entre las piernas, restregándose el clítoris al ritmo de sus mamadas.

—Mírame, mamá, mírame mientras me la chupas —le pidió él, agarrándola del pelo—. Quiero verte los ojos.

Ella levantó la mirada sin sacarse la polla de la boca, y esa imagen —su madre de rodillas, con la blusa abierta, las tetas fuera, los labios pintados apretados alrededor de su verga— casi le hace correrse allí mismo.

—Ven aquí, para, para o se me escapa —jadeó—. Súbete otra vez.

***

Él la levantó lo justo para arrancarle la tanga de un tirón y la guio de nuevo a horcajadas, sosteniéndole la cintura con las dos manos para que marcara ella el ritmo. Lorena se colocó la polla de su hijo en la entrada del coño, se la pasó un par de veces por los labios empapados para mojársela bien, y descendió centímetro a centímetro, conteniendo el aliento, hasta que lo sintió entero dentro.

—Dios —gimió, dejando caer la cabeza hacia atrás—. Qué llena me tienes. Hacía tanto que no me metían una así…

—Despacio —dijo él, apretándole las nalgas con las dos manos—. Tenemos toda la mañana. Fóllame despacio primero.

Ella empezó a moverse. Al principio con cuidado, como quien recuerda un idioma olvidado, girando las caderas, sintiéndola entrar y salir milímetro a milímetro. Enseguida el ritmo se le desató. Se agarró al respaldo del sofá y empezó a cabalgarlo con abandono, subiendo hasta dejarle solo la punta y bajando de golpe hasta empalarse entera, una y otra vez. Las tetas le rebotaban delante de la cara de Damián, y él se las cazaba con la boca al vuelo, chupándoselas mientras podía. El sofá crujía bajo el vaivén. Se oía el chapoteo del coño de Lorena tragándose la polla de su hijo.

—No pares —le pidió él, con la cara enterrada entre sus pechos—. Sigue así, sigue montándome así.

—¿Te gusta cómo te la mueve tu secretaria? —preguntó ella, jadeando, recuperando un descaro que llevaba décadas guardado—. ¿Te gusta cómo se te la come el coño de tu madre?

—Me encanta, joder, no pares, no pares.

—Dilo, dime que te gusta follarte a tu madre.

—Me encanta follarte, mamá. Me encanta cómo me aprietas la polla con este coño.

Lorena lo cabalgó hasta quedarse sin aire, las piernas temblándole, el sudor brillándole entre las tetas. Cuando sintió que él estaba cerca, lo frenó con una mano en el pecho, se levantó y se dio la vuelta, ofreciéndose de espaldas, apoyada en el respaldo del sofá, con las nalgas en pompa y la falda arrugada en la cintura.

—Así —dijo, mirándolo por encima del hombro y abriéndose las nalgas con las dos manos—. Métemela por atrás. Rómpeme el coño, hijo.

***

Él se puso de pie detrás de ella, se agarró la polla con la mano y se la restregó por los labios del coño y por el ojete, mojándose todo, antes de hundírsela de una embestida hasta el fondo. Lorena soltó un gemido largo y sin pudor que llenó la casa vacía. Damián la agarró de las caderas y empezó a follársela con ganas, chocando con las nalgas de su madre, marcando un ritmo brutal que le hacía temblar las tetas colgando debajo.

—No tan fuerte, hijo —protestó ella entre jadeos, aunque empujaba el culo hacia atrás para clavársela más—, que después no puedo ni andar.

—Tú aguantas —respondió Damián, sin aflojar, dándole un azote en la nalga que le dejó la mano marcada—. Mírate el culo, mamá. Pareces de veinte años.

—Es lo que tú me haces sentir —confesó ella, y la frase la desarmó por dentro.

La tomó del pelo con suavidad, lo justo para arquearle la espalda, y siguió embistiendo cada vez más fuerte. Los golpes de su pelvis contra el culo de Lorena resonaban por todo el salón, mezclados con los gemidos y con el ruido húmedo de la polla entrando y saliendo del coño empapado. Damián se sacó un momento y le pasó el pulgar mojado por el ojete apretado, presionando sin llegar a entrar. Lorena gruñó.

—Ahí no, hoy no, hoy solo el coño —jadeó—. Vuelve al coño, vuelve, méteme fuerte.

Él le hizo caso y se la clavó otra vez, hasta los huevos. Lorena se llevó una mano entre las piernas y se acarició el clítoris al ritmo de las embestidas, hasta que el segundo orgasmo la recorrió de los pies a la cabeza. Se le apretó el coño alrededor de la polla de Damián como un puño, y tuvo que morder el cojín para no gritar. Le chorreaban los muslos.

—Me corro —avisó él, con la voz rota, con los huevos ya apretados—. Mamá, me…

—Aquí no, dentro no —dijo ella, girándose a tiempo y arrodillándose frente a él con la boca abierta y la lengua fuera—. Dámelo aquí. En la cara, en las tetas, en la boca, donde quieras. Soy tu secretaria, ¿no? Pues termino yo el trabajo.

Le agarró la polla con las dos manos, resbaladiza de sus propios jugos, y empezó a masturbársela rápido, apuntándosela a la cara, sin dejar de mirarlo a los ojos. Se metía la punta en la boca cada dos o tres pajas, chupándole el glande, y volvía a sacársela para seguir meneándosela. Damián aguantó unos segundos más y explotó con un gruñido que pareció vaciarlo entero. El primer chorro le cayó en la mejilla y en los labios pintados; el segundo, en la lengua; el resto, espeso y caliente, sobre las tetas colgantes. Lorena no soltó la polla hasta sacarle la última gota, que se limpió con el dedo y se llevó a la boca.

Después se quedaron los dos en silencio, ella todavía de rodillas sobre los cojines con la cara y los pechos empapados de semen, él hundido en el sofá, sin saber muy bien qué acababan de hacer.

***

Fue Lorena la que rompió el silencio. Se pasó el dedo por la mejilla, recogiendo la corrida de su hijo, y se lo chupó despacio. Después se levantó, se limpió las tetas con el pañuelo que sacó del bolso, se ajustó la falda y se abotonó la blusa con una calma que no tenía media hora antes.

—Bueno —dijo, recogiéndose el pelo frente al espejo y retocándose el rojo de los labios corrido—. ¿Vamos a la oficina o pensabas tenerme aquí toda la mañana?

—¿Vas a venir igual? —preguntó él, incrédulo—. ¿Después de esto?

—Claro. Soy tu secretaria, ¿no? —Le guiñó un ojo en el reflejo—. Y por lo visto, el puesto incluye sacarte la leche. Eso lo negociamos por contrato aparte. Y por cierto, mañana me lo comes tú a mí primero. Con esa lengua que tienes me vas a hacer ver las estrellas.

Damián se rió, todavía aturdido, con la polla otra vez empezando a moverse en el pantalón, mientras buscaba las llaves.

—¿Cuánto tardarás en encontrar a otra Marta? —preguntó ella, recogiendo el bolso.

—Con un poco de suerte —dijo él—, espero no encontrarla nunca.

Lorena sonrió para sí misma y abrió la puerta de casa. Esa semana, decidió, iba a ser la secretaria más eficiente —y la más follada— que su hijo hubiera tenido jamás.

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Comentarios(9)

Erotikman

tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Celeste_MZA

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas

PabloLector77

Que forma de escribir, se siente como si lo estarías viviendo vos mismo. Me enganche desde la primera línea

NachoRiver88

se hizo cortísimo jaja queremos mas :)

MateoR_91

Muy buen relato, lo lei de un tiron. Espero el proximo con ansias

LuisCordo

¿Pensas escribir más relatos de este estilo? Porque espero que sí, la verdad que me encanto

RogelioMDQ

Me recordo a algo que pasó en mi familia hace años... uno nunca sabe de que es capaz hasta que se encuentra en la situación. Muy bien escrito, con morbo pero sin excesos. Saludos desde Mar del Plata!

nocturnol33

excelente!!! sigue así

ValentinCba

El final me mato jajaja, no me lo esperaba para nada. Muy bueno

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