Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi hermana me esperaba en el piso nuevo

Aprobé la oposición a la primera y mi primer destino fue Gandía. Un sitio que era cualquier cosa menos aburrido. Desde la primera noche comprobé que, además de las playas y el clima, había un ambiente de fiesta permanente, una vida nocturna que te ponía a cien sin esfuerzo. Todo gracias al turismo, claro, y a mí aquello me fascinaba como a un crío.

Solo dos cosas me echaban para atrás. Una era la vivienda: lo que entraba en mi presupuesto eran zulos o alquileres de temporada que me dejaban en la calle cada septiembre. La otra eran mis compañeros, todos mayores que yo y con muy pocas ganas de trabajar. No les sentó nada bien que cubrieran la plaza con alguien de mi edad.

El único normal era Ramiro, que había estado tapando el puesto de forma provisional. Tenía cuarenta y tantos, aunque parecía mayor, y había llevado la jefatura como si fuera una peña de amigos. La primera semana entendí que el horario y las obligaciones se las pasaban por el forro. Cuando se lo recordé hubo un mosqueo de campeonato, pero me dio igual. Al mes la cosa marchaba mejor, aunque me saludaban con gruñidos. Ramiro, en cambio, me ayudó a hacerme con el trabajo y con la gente.

Mis padres, cómo no, vinieron de visita encantados de que su hijo hubiera sacado la plaza. El apartamento que yo había conseguido no les gustó nada. Una tarde, después de comer, me sacaron una lista de pisos que ver, recomendados por el director de su banco, que había hecho gestiones con una sucursal de la zona. Nos enseñó los inmuebles una chica de la inmobiliaria, Greta, de mirada dulce y una cara muy bonita. Por el acento pensé que era alemana, pero resultó ser suiza.

Uno de los apartamentos era más bien un piso entero. Estaba céntrico, a una patada de la playa y a dos de mi trabajo, pero daba miedo entrar. Debía de haber tenido okupas o alguien con mucha manía a los dueños, porque había grafitis, faltaba media cocina y las puertas interiores estaban destrozadas.

—Es grande y le veo muchísimo potencial —dijo mi madre, y empezó a soltar ideas de cómo quedaría cada estancia. Yo no era capaz de imaginar nada de lo que decía. Al final lo compraron ellos como inversión. A mí me parecía una locura, pero en diez días arrancó la reforma con fecha tope de tres meses. Mis padres iban y venían; yo no pisé la obra ni un solo día.

El día que terminaron quisieron inaugurarlo en familia. Vinieron mi hermana Lucía con su marido, mis tíos y mi prima Natalia, que se acababa de divorciar. Que estuviera toda la familia me tranquilizaba, porque así sería casi imposible coincidir a solas con Lucía. Cuando vi el piso terminado tuve que darle la razón a mi madre: había visto algo que yo jamás habría imaginado. Seis dormitorios, tres baños, uno de ellos en suite. Un coñazo para limpiar.

—No seas cutre —me dijo Lucía—. Con lo que te ahorras de alquiler, contratas a alguien y listo.

Natalia, de su misma edad, la apoyaba como siempre.

La primera cena fue interesante, y voy directo al grano. Después de unas copas, las lenguas se soltaron. Bueno, todas no: el soso de mi cuñado seguía igual que siempre, asentía con la cabeza, sonreía y poco más. Debía de ser que no llegábamos a su nivel.

—Natalia, hija, tú no estés triste —soltó mi madre sin cortarse—. A rey muerto, rey puesto. Total, ese no te daba ninguna alegría, ya me entiendes.

—¡Mamá, ya te vale! No se te puede contar nada —le recriminó mi prima a su madre por haber ido con el cuento.

Lucía, sin venir a cuento, dijo que se estaba planteando reducirse el pecho. La primera en saltar fue Natalia, diciendo que ya le gustaría a ella tener más. Mi madre se lo afeó: eso venía de familia y muchas querrían un pecho tan bonito. Yo sabía que mi hermana lo decía para picarme, porque sabía perfectamente que sus tetas me volvían loco.

—Pues a mí no me parecería mal, que las tiene un poco bastas —metió baza mi cuñado, rompiendo su silencio habitual. Mejor se hubiera callado. Lucía tuvo que contenerse. La verdad es que estaba espectacular: había recuperado del todo su figura tras el parto, alta, con el pelo largo y castaño claro y unos ojos color avellana.

Lo mejor del piso era una terraza enorme. Los dejé allí de sobremesa y me fui a mi apartamento. Al día siguiente acepté mudarme. Sabía que mis padres apenas pararían en el piso —preferían un hotel donde se lo dieran todo hecho— y que Lucía, como mucho, vendría de vez en cuando.

En veinticuatro horas hice la mudanza. La rutina de la casa era sencilla: las mujeres se iban temprano a la playa, mi padre y mi tío desaparecían hasta la hora de comer, mi cuñado paseaba y luego se tumbaba al sol. Yo trabajaba hasta las tres, que era cuando comíamos todos. Como me debían días, un jueves me cogí la mañana libre sin decir nada. Hice unos recados y sobre las doce volví a casa.

Estaba Lucía, lo cual no esperaba, aunque tenía su lógica: el niño no podía aguantar tanto rato con el sol de plomo. Ella seguía con la ropa de playa y se sorprendió tanto como yo.

—Qué sorpresa, hermanito, me vienes de perlas —dijo—. Échale un ojo al peque, que se ha dormido, mientras me doy una ducha para quitarme la arena.

Se metió en el baño y yo me puse el bañador, con la idea de bajar a la playa en cuanto ella saliera.

Lucía salió solo con una camiseta. Las tetas se le marcaban de forma descarada y, al ser tan grandes, el balanceo resultaba casi hipnótico.

—Adrián, no disimules, que no puedes —dijo, mirándome la entrepierna—. Tu hermanito de abajo se ha puesto contento al verme.

Se acercó y meneó el cuerpo para que el pecho se moviera todavía más.

—¿Ya no te gustan? ¿No quieres comértelas? —preguntó con voz provocadora, y se asomó a la ventana que daba a la entrada de la calle. Apoyada así, con las piernas un poco abiertas, se le veía el sexo a la perfección. Una invitación en toda regla.

Me quité el bañador y me acerqué por detrás. En cuanto le rocé la entrada con la punta, giró un poco la cabeza.

—En el coño no te corras —susurró—, pero ya sabes que de mi culo eres dueño y señor.

Con esas palabras me puse durísimo. La agarré de las caderas y la incliné más, ofreciéndome ese culo que tantas veces había repasado en mi memoria. Entré despacio, abriéndome paso, hasta que un gemido ahogado se le escapó de la garganta.

—Joder, Adrián, con cuidado —dijo entre dientes, mientras yo empezaba a moverme sin tregua.

La embestí con todo el deseo acumulado desde la última vez. Cada empujón hacía que sus pechos chocaran contra el cristal y sus jadeos se volvían más roncos. Su culo apretaba de una forma que casi me hace acabar antes de tiempo.

—Más, cabrón, dame más —pedía, perdida, mientras yo le tiraba del pelo hacia atrás.

Llevaba un buen rato cuando noté que algo no encajaba. Con el calor y el ritmo no terminaba de correrme, como si mi cuerpo se hubiera empeñado en aguantar para siempre. Empezaba a frustrarme y ella lo notó.

—¿Qué pasa, hermanito? ¿No puedes? —se burló.

—Calla y agáchate más —respondí, acelerando, desesperado.

Fue entonces cuando la puerta se abrió despacio. Allí estaba Natalia, con los ojos como platos, mirándonos entre el susto y una curiosidad descarada. Llevaba un biquini diminuto que apenas cubría nada.

—¡Joder! ¿Qué está pasando aquí? —soltó, y nos hizo saltar como si nos hubieran pillado en falta.

Lucía se incorporó de golpe, tapándose con las manos, y yo me quedé con la erección al aire, todavía dura como una piedra. Natalia no se movió del umbral; sus ojos me recorrían y se detenían ahí abajo.

—¿Desde cuándo sois así de cerdos…? —empezó, pero se cortó al ver que aquello no bajaba ni un milímetro.

—¿Y tú qué haces aquí, que no estás en la playa? —reaccionó mi hermana.

—He venido a por el protector solar, pero parece que llegué en el peor momento… o en el mejor —dijo con una sonrisa pícara, sin apartar la mirada.

La situación era tan irreal que mi excitación volvió con más fuerza. Natalia se acercó despacio, como hipnotizada.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó, pasándose la lengua por los labios.

Lucía y yo nos miramos y, sin decir palabra, entendí que la mañana iba a ser mucho más interesante de lo previsto. Natalia se arrodilló frente a mí mientras mi hermana observaba sin atreverse a frenarla.

—¡Natalia! ¿Qué haces? —dijo Lucía, pero no movió un dedo.

—Lo que tú no has conseguido, prima —respondió ella antes de metérsela en la boca.

La lengua recorriéndome bastó para que por fin estallara. Me corrí como pocas veces en mi vida mientras Lucía nos miraba entre la indignación y el deseo. Natalia se lo tragó todo y se limpió con el dorso de la mano.

—Ahora estamos todos en el mismo barco, primos —dijo con una sonrisa maliciosa al levantarse.

***

Se relamió una última gota de la comisura con el dedo y se lo llevó a la boca con calma. Después se volvió hacia mi hermana, que seguía paralizada.

—Joder, Adrián, sabes mejor de lo que imaginaba —ronroneó—. ¿Y tú, Lucía? ¿A qué sabes?

Lucía abrió la boca para soltar una bronca, pero Natalia no se lo permitió. Dio un paso, le apartó un mechón húmedo de la frente y, poniéndose de puntillas, la besó. No fue un beso tierno. Le abrió los labios con la lengua y le agarró una nalga, apretando. Mi hermana se quedó tensa un instante y luego algo en ella cedió: devolvió el beso con la misma furia, enredando los dedos en el pelo corto de nuestra prima.

Cuando se separaron, las dos jadeaban.

—Tú también te la has ganado —murmuró Natalia—. Esa corrida era mía, pero también tuya. La hemos provocado entre las dos.

Para demostrarlo le pasó por los labios un resto de semen que aún tenía en los dedos. Lucía, sin dudar, los lamió sin dejar de mirarme. Yo, que apenas había empezado a bajar, volví a ponerme duro como el acero. Era la escena más excitante que había visto en mi vida.

—¿Lo ves, hermanito? —dijo Lucía con una sonrisa torcida—. Parece que tu prima viene con ganas de aprender.

Natalia se giró hacia mí, los ojos oscuros brillando entre el desafío y la entrega.

—Enséñanos, Adrián. Quiero probar ese coño que tanto te gusta. Quiero que nos llenes a las dos.

Agarró a Lucía por las caderas y la giró hacia mí, dándole un mordisco juguetón en una nalga.

—Bien alta, prima —dijo, mirándome por encima de su hombro—. Que tu hermano va a comprobar qué agujero es mejor.

Lucía se apoyó sobre las rodillas y las manos en la alfombra, arqueando la espalda para ofrecernos todo. Natalia bajó una mano hasta su sexo y le separó los labios, ya húmedos.

—Mira cómo gotea —dijo—. ¿Vas a dejarla esperando?

No hizo falta que lo repitiera. Me arrodillé detrás de mi hermana y la penetré de una embestida. Su gemido quedó ahogado por la boca de Natalia, que volvió a besarla mientras yo entraba y salía con fuerza. La escena era delirante: mi prima le mordía la lengua y le pellizcaba los pezones al mismo tiempo.

—¿Te gusta mirar cómo me la follo? —le pregunté a Natalia entre jadeos.

—Me encanta —respondió, apartándose—. Pero quiero mi turno. Quiero sentirte en el culo.

Se puso a cuatro patas junto a Lucía, ofreciéndome su culo pequeño y perfecto.

—Primero ella —dijo señalando a mi hermana—. Acaba en su coño y luego me toca a mí.

Aceleré, embistiendo a Lucía mientras Natalia me azuzaba con palabras sucias. Mi hermana gemía cada vez más alto, el cuerpo temblando.

—¡Así, no pares! ¡Dámelo todo! —gritaba, sin un rastro de pudor.

Sentí cómo se contraía a mi alrededor y el orgasmo la sacudió con tanta violencia que estuve a punto de acabar dentro. Me contuve y me retiré justo a tiempo.

—Mi turno —dijo Natalia, y su voz era una promesa.

Se colocó a cuatro patas y me miró por encima del hombro con una mezcla de miedo y deseo.

—Con cuidado —susurró—. El único que me lo hacía era mi ex, y la suya parecía un pincel. La tuya parece una maza.

Lucía, recuperada, se rio con ganas.

—No te preocupes, prima. Te ayudamos. ¿Verdad, hermanito?

Se arrodilló a mi lado, me agarró con una mano y con la otra le separó las nalgas a Natalia. Escupió sobre su entrada, la lubricó con saliva y guio mi punta hasta allí.

—Despacio —ordenó—, que la pequeña se acostumbre a algo de verdad.

Le hice caso. Presioné poco a poco, sintiendo la resistencia, y Natalia gimió entre el dolor y el placer mientras me abría paso centímetro a centímetro hasta el fondo. Era más estrecha, más caliente, increíble.

—¡Joder, así! ¡Qué grande es! —gritó, clavando las uñas en la alfombra.

Empecé despacio y fui ganando ritmo según se adaptaba. Lucía no se quedó quieta: se deslizó debajo de Natalia, colocándose en un sesenta y nueve. Desde mi posición veía cómo la cara de mi hermana se hundía en el sexo de nuestra prima.

—Prueba esto —le dijo Lucía a Natalia—. A ver si te gusta tanto como a mí.

Vi cómo la lengua de Natalia se lanzaba a devolverle el favor. Las dos empezaron a comerse la una a la otra con un hambre salvaje mientras yo seguía moviéndome cada vez más rápido. Mi hermana y mi prima, las dos mujeres que más me habían trastornado, dándose placer al mismo tiempo que yo las tenía a mi merced.

—¡Eso es! ¡No paréis! —jadeaba yo, sin freno.

Mis palabras las excitaron todavía más. Natalia empezó a temblar bajo mis embestidas.

—¡Sí, sí, no pares, me corro! —gritó, la voz rota.

Sentí cómo se cerraba a mi alrededor y aquello me hizo perder el control. Aceleré con todo hasta que estallé dentro de ella, vaciándome por completo. Me quedé un instante quieto, disfrutando de sus últimas contracciones, mientras las dos seguían entregadas.

—No está mal para empezar —dijo Lucía, levantando la cara, los labios brillantes—. Pero todavía nos queda mucho por explorar, ¿verdad, hermanito?

Natalia se giró hacia mí, los ojos encendidos.

—Es verdad —dijo con una sonrisa pícara—. Hemos probado mi culo, pero aún no he probado esa polla en el coño. Y tú, Lucía, todavía no has sentido cómo te la come tu prima mientras tu hermano te la mete.

La idea de lo que estaba por venir me puso todavía más duro. Aquella casa que yo no quería iba a darme muchas más mañanas como esa.

Ver todos los relatos de Incesto y Amor Filial

Valora este relato

Comentarios (6)

DiegoBsAs

Que relato!!! me enganche desde la primera linea, muy bien narrado

CuriosaYoli

Se hizo cortísimo... hay segunda parte? Por favor que sí

Pancho_leyendo

me dejó pensando un buen rato. de esas historias que no olvidás fácil

RobertoNC

bien narrado, sin vueltas. eso es lo que me gusta

SolaNocturna

Excelente!!! el ambiente que creas con las descripciones es muy bueno, se siente real

MikelPaz

jajaja el detalle de la arena, tremendo. muy bueno

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.