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Relatos Ardientes

La estampa familiar que los vecinos fingen no oír

—¡Golfaaaa!

El grito atravesó el piso entero y se coló por el patio interior al que daba la ventana del dormitorio. Los vecinos, lejos de escandalizarse por aquel berrido a deshoras, siguieron con sus tareas sin inmutarse. En aquel verano sofocante de ventanas abiertas y aire pegajoso ya se habían habituado a esos gritos a los que seguía siempre un repertorio de insultos y gemidos que no dejaban lugar a dudas sobre lo que pasaba en el tercero izquierda, el de los Salgado.

Los únicos que reaccionaban eran los vecinos con críos pequeños. Les pedían que subieran el volumen de los dibujos o los mandaban a jugar a las habitaciones del otro lado del piso, donde aquel festival no llegaba.

—¡Golfa, joder, espabila! —tronó de nuevo la voz—. ¡Tienes el biberón esperando!

Serían las diez de la mañana. Bruno, recién despierto, seguía desnudo sobre las sábanas revueltas y empapadas de sudor, iluminado apenas por la luz que se filtraba a través de la cortina blanca que casi no se movía con la brisa escasa de la ventana.

Tenía aspecto de resaca, algo que confirmaban las cinco o seis latas de cerveza vacías esparcidas junto a la cama. El pelo revuelto, ojeras de no haber dormido y varios días sin afeitar. Se humedeció la boca pastosa con la botella de agua que su madre, siempre previsora, le había dejado en la mesita cuando lo encontró frito de madrugada.

Cada día, en cuanto Esteban —su marido y padre de Bruno— se iba al trabajo, Marta se acercaba al cuarto del chico para comprobar si había llegado. Y en qué estado, claro.

Esa mañana habría preferido encontrarlo despierto, porque iba más caliente que una plancha y no le habría venido mal un poco de jarabe. Pero el aspecto de Bruno dejaba claro que necesitaba recuperarse antes.

Según le contaría más tarde, al salir del trabajo se había ido de fiesta con Rubén, un amigo de cuidado. Aunque eso no se lo confesó, seguro que se pasaron con el alcohol y acabaron la noche con alguna de esas jovencitas que a ella tanta rabia le daban.

A Marta la sacaban de quicio esas juergas. Estaba convencida de que ella podía darle a su hijo cosas que ninguna de aquellas niñatas sabría darle: experiencia, paciencia y, sobre todo, una entrega absoluta, la que solo una mujer encaprichada de un hombre joven es capaz de ofrecer.

A eso se sumaba el morbo de ser una madre tan dispuesta, a la que no le importaba en absoluto traicionar a su esposo con su propio hijo, en su propia casa. Y a Bruno, aunque nunca lo dijera con todas las letras, los hechos demostraban que aquello le encantaba. No habría otra explicación para que se le pusiera dura solo con notar la cercanía de aquel cuerpo maduro y ansioso. Su matrimonio con Esteban solo le había traído tranquilidad, comodidad y un aburrimiento espeso. Siempre había sospechado que tenía que existir algo más. Ahora lo había encontrado y pensaba exprimirlo hasta el final.

Tras calmar la sed, Bruno soltó la botella y volvió a la carga con el mismo grito gutural.

—¡Golfa, el biberón!

Esta vez Marta se acercó a la habitación. Iba con un camisón transparente y nada debajo, para ir adelantando, y se quedó de pie en el umbral. Metro cincuenta y cinco de carne bien curada: dos pechos generosos y algo caídos con los pezones firmes, vientre apenas marcado, cintura estrecha, sexo depilado y unos muslos y un trasero que eran su orgullo.

Marta contempló el cuerpo de su hijo: veinticuatro años, muy alto, fibrado por el gimnasio y por el trabajo de cargar cajas en un almacén de bebidas. Tumbado en la cama, con la cabeza apoyada en la almohada, la miraba sonriendo como un león mira a la presa que ya se sabe suya.

A ella, que empezaba a humedecerse, se le fueron los ojos a la sonrisa cínica del chico, a sus pectorales y, sobre todo, a aquella erección violenta que descansaba dando pequeños saltos sobre su vientre. Unos respingos que Bruno controlaba a voluntad ante el asombro respetuoso de su madre.

—¿Qué pasa, puta? ¿Te vas a quedar ahí con la boca abierta o vienes a tomarte el jarabe para la tos?

Marta sacudió la cabeza, se deshizo del camisón y se metió a cuatro patas en la cama hasta quedar de frente con el sexo de su hijo. Pasó la lengua por debajo y fue subiendo despacio. No pudo evitar arrugar la nariz por el olor.

—Joder, Bruno, ¡qué peste! ¿Dónde la has metido? Te podrías haber lavado.

Una carcajada estruendosa precedió a la respuesta.

—¿Lavarme? ¿Para una guarra como tú? Anda ya. Si a ti te encanta la faena, fregona…

—Qué cerdo eres —respondió ella, resignada, mientras seguía lamiendo y se acercaba al glande para engullirlo de una buena vez.

—Venga, no seas tan tiquismiquis. Yo pensaba que te gustaba el olor a hembra. Con el tuyo no pones tantas pegas.

La mirada de odio de su madre, irritada por tener que limpiar el rastro de alguna de las chicas de la noche anterior, fue respondida con otra sonrisa irónica. A continuación, Bruno la agarró del pelo y la obligó a chupar a buen ritmo.

No había nada mejor para él que empezar el día con una mamada como aquella. Y su madre, sometida, se había resignado a disfrutarla también. Muchas veces Bruno grababa con el móvil esas humillaciones que ella, satisfecha y bien atendida, daba por amortizadas a base de orgasmos.

Tenía la costumbre de insultarla con frases imposibles de repetir, porque sabía —y no se equivocaba— que así la ponía a mil. Ella, mientras se afanaba con la boca y dejaba caer hilos de saliva sobre las sábanas empapadas, sentía su propio sexo encharcarse al oírlo.

—Qué, mamaíta, disfrutando a tope, ¿no? Es que la que nace para esto tarde o temprano encuentra la horma de su zapato. Y tú eres de las vocacionales. Porque hay que tener mucho cuento para ponerle los cuernos al pobre de tu marido con su propio hijo, en su misma casa.

Bruno tiró del pelo y le levantó la cara. Ella, con los labios hinchados y los ojos vidriosos, se vio obligada a sostener la mirada de aquel rostro prepotente.

—¿Qué es lo que eres? ¡Responde! ¡Habla con esa boquita que Dios te ha dado! —le dio un par de cachetes que la sacaron del trance.

—Soy una golfa… —empezó balbuceando, pero otra tanda de azotes la hizo reaccionar de golpe—. ¡Soy una guarra que se folla a su hijo y le pone los cuernos a su marido! ¡Una golfa a la que no le importa que la oigan los vecinos! Lo único que quiero en esta vida es tenerte dentro a todas horas. ¡Soy tu puta! ¡Tu madre!

El discurso dejó a Bruno más que satisfecho, sobre todo cuando, al terminar, ella agachó la cabeza y se hundió entre sus piernas buscándole el sexo con la lengua mientras le acariciaba con la mano. Marta sabía cuánto le gustaba aquello a su hijo. Cualquier reparo que hubiera tenido tiempo atrás había desaparecido hacía meses. Además, la excitación que sentía era tan intensa que solo quería complacerlo para que lo que viniera después estuviera a la altura.

***

Durante cinco minutos eternos trabajó con paciencia, consciente del placer que provocaba en los respingos de su hijo. Cuando la tensión se volvió insoportable, Bruno volvió a pegar un fuerte tirón. Esta vez la alzó lo justo para que ella supiera lo que venía a continuación.

Con agilidad felina, Marta se incorporó babeando y con una sonrisa de satisfacción. Con los ojos llorosos contempló una gota de líquido brillando en el glande, anticipo de una descarga que el chico se encargó de frenar.

—¡Túmbate!

La mujer se colocó boca arriba, con las piernas levantadas. Bruno la sujetó por los tobillos y, tras apuntar, la penetró de una sola embestida. Ella soltó un alarido, mezcla de sorpresa y placer, que con toda seguridad oyeron los pocos vecinos que aún no habían cerrado las ventanas.

Recostado sobre ella, Bruno arrancó un vaivén intenso que resonaba como un chapoteo. Tenía bajo el pecho los pechos desparramados de su madre y, frente a la cara, la suya, resoplando en gemidos cortos. Marta empezaba a encadenar un orgasmo tras otro.

—¡Abre la boca!

Ella obedeció, creyendo que su hijo pretendía terminar ahí. Pero no. Bruno siguió moviéndose y empezó a escupirle, tratando de acertar dentro de la boca. Con lo intenso de las embestidas no le resultaba fácil, y la saliva se fue repartiendo por la frente, los párpados, la nariz, las mejillas. Marta lo asumió con deportividad y cierto placer morboso. Se había acostumbrado a que le gustaran todas las perversiones de su hijo, quizá porque sabía que después de cada humillación venía siempre la recompensa.

Bruno no tardó en terminar dentro de ella. Marta notó cómo varios chorros tibios la inundaban por dentro.

Vino una pausa en la que el chico se desplomó sobre el cuerpo de su madre. El metro noventa del joven cubría por completo el metro cincuenta y cinco de aquel cuerpo voluptuoso, que hizo de colchón perfecto para el descanso del macho de la casa.

La cara de Marta quedó a la altura del cuello de su hijo. Mientras él seguía dentro, todavía duro, ella empezó a besarle y a chuparle el cuello con cariño, hasta dejarle una marca.

—¿Estás bien? —preguntó, sintiendo cómo aquel cuerpo recuperaba el aliento.

—De maravilla, golfa —respondió Bruno con alegría—. Dame cinco minutos y rematamos.

No habían pasado los cinco minutos cuando se levantó como impulsado por un resorte. Marta dejó escapar un suspiro al quitarse el peso de encima, que se convirtió en un resoplido de admiración al ver que el sexo de su hijo no solo no había perdido firmeza, sino que parecía más tieso que nunca.

—¿Qué toca ahora? —preguntó él.

Sin contestar, Marta se giró y se puso a cuatro patas. Apoyó la cabeza en la almohada, apretó los dientes y se sujetó con fuerza al cabecero.

***

Arrodillado tras ella, Bruno le abrió las nalgas y colocó el glande contra el ojo, todavía resbaladizo. Se abrió paso con dificultad hasta quedar enterrado. Marta gruñía intentando acostumbrarse al invasor que, por muchas veces que hubiera visitado aquella puerta, siempre costaba encajar. Había sido un aprendizaje largo: semanas de pánico, primero una lengua, luego un dedo, después dos, el lote de juguetes que él mismo le había comprado y litros de lubricante. Le costó horrores la primera vez, y hasta justificó ante Esteban con la excusa de unas hemorroides el tener que sentarse sobre un flotador unos días.

Superado aquel periodo, el sexo anal pasó a formar parte del menú habitual, y acabó disfrutándolo tanto o más que el resto. Bruno lo sabía, y por eso le gustaba recrearse con embestidas lentas al principio, para que ella se fuera acostumbrando.

Tardó un largo minuto en hundirse del todo. Entonces empezó el vaivén, primero suave y luego cada vez más acelerado, hasta hacer temblar la cama y retumbar la habitación. Marta aguantaba estoica, y poco a poco deslizó la mano para acariciarse mientras su hijo la embestía.

—Vas a tener que decirle al cornudo que cambie esta cama —dijo Bruno con sorna, acelerando—. Esto es un escándalo.

—Calla y dale más fuerte, cabrón —fue la poética respuesta materna.

Durante un largo cuarto de hora siguió el embate, mientras ella encadenaba un orgasmo tras otro. Cuando notó que estaba listo, Bruno se retiró, la incorporó de un tirón y la hizo girarse. Se colocó a horcajadas sobre su pecho, apuntó y la regó con una última descarga que la dejó hecha un cuadro. La mujer, conocedora de sus gustos, se metió después aquello en la boca y lo dejó limpio.

Luego, con la cara perlada, dejó a Bruno tumbado boca abajo y salió del cuarto. Su agotado hijo empezó a roncar a los pocos minutos.

Marta hizo las tareas de la casa con todo aquello secándosele en la cara. Se duchó antes de ponerse a preparar la comida.

***

Bruno durmió hasta las tres de la tarde, justo minutos antes de que Esteban llegara a casa.

El padre de familia encontró su hogar perfecto, como de costumbre. Su mujer lo tenía todo impecable, ella misma incluida. No pudo evitar felicitar a su adorable esposa y darle un beso casto en los labios. Los mismos labios que horas antes habían recorrido a su hijo de arriba abajo.

—¿Y Bruno? —preguntó.

—Duchándose —respondió Marta—. Ayer se le alargó el turno y llegó tarde. Se ha levantado hace un rato.

—Menudo cuento tiene este —respondió Esteban.

Si tú supieras, pensó ella, mientras notaba todavía un cosquilleo allí abajo.

La comida transcurrió por los cauces habituales, en plan familia feliz. Bruno, relajado tras la mañana, no intentó meterle mano a su madre por debajo de la mesa. Marta, aunque no lo dijo, se sintió levemente decepcionada, aunque enseguida pensó en cómo solucionarlo.

Esteban reparó en la marca del cuello de su hijo y le preguntó. Por un instante, Bruno se planteó mentir y achacarlo a una alergia, pero decidió decir la verdad. ¿Por qué no?

—Nada, papá, un recuerdo de una mujer que conozco. Una que es muy de su casa —su padre no notó que Marta se ponía roja como un tomate.

Esteban, en un arranque de autoridad que no le pegaba mucho, dio un golpe en la mesa.

—¡No digas esas cosas en la mesa! Y menos delante de tu madre. Parece mentira.

Bruno, riéndose por dentro, puso la mejor cara de niño bueno de su repertorio.

—Claro, claro, lo siento. Perdón, papá —y mientras hablaba, apretó con fuerza el muslo de su madre por debajo de la mesa, acercándose peligrosamente al calor de su entrepierna—. A ti también, mamá, perdona.

—No pasa nada —concluyó Esteban, satisfecho por haber dejado clara su autoridad—. Asunto zanjado.

Más tarde, mientras el marido descansaba frente al televisor y Bruno mataba el tiempo con el móvil, Marta lo llamó desde la cocina.

—Bruno, ven un momento y ayúdame a subir los cacharros.

Él no pudo evitar sonreír pensando en cómo era posible que la muy descarada siguiera caliente. Parecía mentira en lo que se había convertido su madre. Evidentemente, el único cacharro que quería subir era otro.

Minutos después, Marta, arrodillada frente a una silla en la que estaba sentado su hijo, terminaba lo que había empezado por la mañana, y degustó el final como el mejor de los manjares.

—Venga —dijo ella—. No me gusta mandarte al trabajo a medias, que luego te vas con esas amigas tuyas.

Bruno soltó una breve carcajada, le acarició la mejilla y le pidió que abriera la boca. Después escupió, y ella, tras tragar, la abrió de nuevo para demostrar que lo había hecho.

—Ninguna de ellas será nunca tan tuya como tú lo eres mía, mamá.

Marta sonrió, agradecida, y lo acompañó a la salida masajeándole él el trasero por debajo de la bata; como de costumbre, no llevaba nada debajo. Esteban, ajeno por completo a lo que ocurría en su casa, seguía dormitando frente al televisor.

—Mañana por la mañana repetimos, ¿no? —dijo Marta en el umbral.

—Por supuesto, golfa.

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Comentarios (5)

marcos_r

tremendo relato!! me engancho desde el primer parrafo, no pude parar de leer

LectorNocturno9

Buenísimo. Por favor seguí con esto, se hizo cortísimo!!!

Nico_BA

El detalle de los vecinos subiendo el volumen... demasiado real jajaj

Daniela_fc

No esperaba que me gustara tanto este tipo de relato pero aca estoy leyendo todo de una. Muy bien escrito.

LoboSolitario

sigue asi, que ganas de saber como termina todo esto. Saludos desde Rosario!

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