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Relatos Ardientes

Lo que mi madre hizo por mí bajo la mesa de la boda

Marisol era una mujer todavía joven, de pelo largo, lacio y castaño claro, con la piel muy blanca. Lo más llamativo de su cuerpo eran sus caderas anchas y rotundas, que sostenían un trasero del que era imposible apartar la vista. Esas curvas no solo atraían las miradas de los hombres en cualquier sala: esa noche atraían también las de su propio hijo.

Estaban los dos en una boda, en un salón de fiestas enorme, compartiendo la misma mesa redonda mientras la música apenas dejaba escuchar.

—Ya te vi, Adrián —dijo ella entrecerrando los ojos—. ¿Qué le andas mirando a tu prima?

—Nada, mamá, cómo crees —contestó él, dándole un trago a su vaso—. Es que me llamó la atención una cosa, nada más.

—¿Ah, sí? ¿Una cosa como qué? No te me hagas el pervertido. Es la hija de mi hermana, son primos de sangre. No inventes.

—De verdad, no le estaba mirando el trasero ni nada parecido.

—¿El trasero? Respétame, que soy tu madre. ¿Qué forma de hablar es esa?

—Que no le estaba mirando nada, mamá. Si te calmas, te explico.

Marisol bebió otra vez, ya con cierta insistencia, y lo miró por encima del borde del vaso. Adrián resopló y puso los ojos en blanco, frustrado porque ella no quería entenderlo.

—Es que no es natural la manera en que estás tomando —dijo él, y le quitó el vaso de la mano—. ¿Puedes bajarle un poco?

—Ay, ¿y a ti qué te importa? —ella recuperó el vaso de un tirón—. Soy tu madre, aquí se hace lo que yo diga. Y para que sepas, yo no soy la que anda mirándole el culo a su prima.

—¿Ahora tú también dices culo? —Adrián levantó una ceja, divertido.

—Tú dijiste que era natural —se defendió ella, sirviéndose más.

—Que no le estaba mirando nada a Camila, entiende.

—Pues qué tonto, con lo bien que está la niña —murmuró Marisol, apurando lo que le quedaba.

Su propia madre acababa de decir eso.

—¡Le estaba mirando el vestido! —saltó Adrián por fin—. Es exactamente igual al tuyo.

Marisol bajó el vaso despacio y buscó con la mirada a su sobrina entre la gente. Camila, en efecto, llevaba el mismo vestido color guinda, ceñido y al hombro, que ella.

—Oye, es verdad —dijo, sorprendida—. Se parece al mío.

—No se parece. Es idéntico.

—Tienes razón. Es el mismo, la condenada me copió.

***

Marisol llamó a su sobrina con la mano y la chica se acercó enseguida, sonriente, copa en mano.

—Dígame, tía, ¿qué pasó?

—¿Ya viste que llevamos el mismo vestido?

—Sí —rio Camila—. Véalo por el lado bueno, parecemos hermanas.

Las dos se rieron, pero Marisol miraba de reojo a su hijo, que no despegaba los ojos del trasero de su prima. Algo tibio y peligroso le subió por el pecho.

—Pues a ti te queda mejor que a mí, mi amor —dijo, y le dio un par de palmaditas suaves en la nalga.

—Jajaja, ¿usted cree? —Camila se dio una vuelta completa para presumirlo.

—Estás hermosa. Has de tener bien contento al novio, ¿verdad? —y volvió a palmearla, esta vez un poco más fuerte, mirando a Adrián de reojo.

—Eso espero, tía. Bueno, ahorita vuelvo.

Camila se alejó hacia la pista. Marisol giró la cabeza hacia su hijo, que apenas disimulaba.

—¿Y bien? ¿No vas a decir nada?

—Se veía muy bien —admitió él.

—¿Sí? ¿Disfrutaste de la vista, pervertido?

—Uff, vaya que sí. Esas palmadas que le diste la hicieron rebotar riquísimo.

Marisol mantuvo la cara seria, sin parpadear, los ojos clavados en él.

—Te la imaginaste en tu cabeza con lo que viste, ¿no? Enfermo.

—¿Y qué querías que hiciera? Ya viste cómo está.

Ella dio un golpe seco con la palma sobre la mesa. Adrián pegó un brinco.

—Daniel —dijo, usando el nombre completo como cuando era niño—. Llevamos el mismo vestido. Y por si no te has dado cuenta, Camila y yo tenemos casi las mismas medidas.

—Pero…

—Pero nada. ¿Te gusta mirarme el culo a mí también? Porque ahora mismo no hay ninguna diferencia.

—Mamá, no, eso es otra cosa —balbuceó él.

—No te importó con tu prima. ¿Por qué conmigo sí?

—Porque tú eres mi madre.

En ese momento alguien se acercó a saludar. Marisol se levantó para abrazar a la mujer y, al hacerlo, le dio la espalda a su hijo. De pronto Adrián tuvo a escasos centímetros de la cara el trasero de su madre, una réplica casi exacta del que acababa de ver en su prima. Tragó saliva y no apartó los ojos.

Cuando ella volvió a sentarse, lo miró de nuevo.

—¿Al menos lo disfrutaste?

—Muchísimo. Nunca había estado tan cerca. Gracias.

—¿Cómo que gracias? Estás mal, hijo. No sé de dónde sacaste esas mañas.

***

Bajó la vista por instinto y se quedó helada. Bajo la tela del pantalón, la erección de Adrián era imposible de disimular.

—Ay, Dios —murmuró, tapándose la boca.

—¿Y ahora qué? —preguntó él.

—Tú… tú… —no le salían las palabras.

—¿Yo qué? Quítate la mano que no te entiendo.

—Eso, hijo. Eso —señaló con los ojos el bulto.

Adrián bajó la mirada hacia sus propias piernas y se dio cuenta. La tenía a punto de reventar el pantalón.

—Lo siento, mamá. No sé qué me pasó.

—¿Es por mí o por tu prima?

—No lo sé. Las tuve a las dos cerca. Soy un hombre, mamá, mi cuerpo reacciona. No pretenderás que no sienta nada teniéndolas así de cerca.

—¿Y estás bien? Se nota que te aprieta.

—Me punza. Me aprieta muchísimo.

—Por Dios, parece que vas a romper el pantalón.

—Creo que mejor nos vamos a casa.

—Sí, será lo mejor. Pero no puedes levantarte así, mira cómo lo tienes.

—¿Entonces qué hago? —preguntó él, asustado.

Marisol miró a un lado y a otro. La mesa estaba vacía, los demás bailaban o conversaban lejos. Bebió otro trago largo, se mordió el labio, los dedos tamborileando contra el mantel.

—A ver. Ya no sé quién está más enfermo, si tú por prenderte con tu madre y tu prima, o yo por permitírtelo. Sácatela.

—¿Qué? ¿Te volviste loca? Aquí no puedo.

—Suéltame el brazo, no me lastimes. No podemos salir así, y estamos solos en la mesa. ¿Quieres mi ayuda o no?

—Sí quiero —respondió él al instante.

—Pues anda. Sácatela.

Adrián se la liberó del pantalón. Saltó hacia arriba como un resorte.

—Madre santísima —susurró ella, mirándola sin pestañear—. Mira cómo la tienes.

—Mamá, me duele.

—Claro que te duele, es enorme. Y gruesa.

—No estás ayudando, la estás poniendo peor.

—Hace tanto que no veía una de ese tamaño —dijo, y por primera vez no sonó como un reproche.

—Mamá, ya me sale líquido.

—Métete más adentro de la mesa, para que no se vea.

Adrián arrastró la silla hasta esconder las piernas bajo el mantel.

***

—¡Camila! —llamó Marisol de pronto—. Ven, hija.

—¿Qué haces? —preguntó Adrián, alarmado.

—Tú cállate y disfruta.

La chica se acercó otra vez. En cuanto llegó, Marisol se puso de pie, la abrazó y la fue girando despacio hasta dejarla de espaldas a Adrián, ofreciéndole a su hijo una vista privilegiada del trasero de su prima.

—Ay, tía, ¿y ese abrazo? —rio Camila, correspondiéndolo.

—Hace mucho que no te veía, y ya nos vamos a ir. Quería despedirme con calma.

Por encima del hombro de la chica, Marisol vio a su hijo petrificado y le hizo una seña con los ojos: hazlo ya.

—Es una pena, tía. Deberíamos vernos más seguido —decía Camila, ajena a todo.

Bajo la mesa, Adrián empezó a moverse, despacio al principio, con el trasero de su prima a un palmo de su cara.

—Lo sé, mi amor —siguió Marisol, tomándola de la cintura—. No me había dado cuenta de lo guapa que te pusiste.

Adrián tenía la mirada fija en la tela tensa, en la línea de la tanga que se transparentaba. Aceleró.

—Ay, gracias, ¿usted cree? —Camila no tenía la menor idea de lo que pasaba a su espalda.

—Claro que sí. Me deberías de pasar tantito de eso.

Marisol deslizó las manos hasta el nacimiento de las nalgas de su sobrina y le dio unas palmaditas ligeras para hacerlas rebotar. La visión disparó el ritmo de Adrián.

—Jajaja, no me diga, si usted también está guapísima.

—Pero no tengo tanto como tú, cielo. Oye, ¿ya te cansaste de bailar?

—Tengo las piernas entumecidas de estar sentada.

Marisol le echó una última mirada a su hijo y le tomó las dos manos a Camila.

—A ver, dame las manos. Estírate. Pero no flexiones las rodillas.

La chica obedeció, inclinándose cada vez más hacia adelante sin doblar las piernas, dejando a la vista un perfil espectacular. Para Adrián fue demasiado. Apretó los dientes para no hacer ruido.

—Así, mi amor, unos segundos más… Listo.

—Uff, qué rico estiré. Bueno, ahorita nos vemos —Camila se enderezó y se marchó, sin sospechar nada.

***

Marisol se acercó a su hijo sin sentarse.

—¿Y bien? ¿Aprovechaste cómo te puse a tu prima?

—Uff, mamá, me fascinó. Está igual de buena que tú. Pero no pude terminar, fue muy poco tiempo.

—Ay, qué tonto eres. Te la dejé en la cara.

—Lo sé, pero necesito más tiempo.

—Pues no la puedo retener toda la noche.

—¿Y si… me ayudas tú?

Marisol abrió mucho los ojos.

—¿Te volviste loco? ¿Cómo te voy a ayudar yo? Soy tu madre, no se te olvide.

—No sería tan grave, piénsalo. Llevas el mismo vestido que ella, tienes el cuerpo casi igual. Yo solo voy a imaginar que eres Camila.

Ella tomó aire, bebió media copa de un trago, se mordió el labio, se tronó los dedos. No sabía qué responder. Y sin embargo, algo en su vientre ya había decidido por ella.

—Hazlo rápido, antes de que me arrepienta.

Se puso de espaldas a él y le ofreció toda la vista de su trasero ceñido en aquel vestido guinda.

—Uff, mamá. La verdad estás incluso mejor que ella.

—Apúrate, pervertido.

—¿Puedes retroceder un poco más?

Marisol dio dos pasos hacia atrás, hasta dejar las nalgas a centímetros de la cara de su hijo, fingiendo buscar a alguien entre la gente para disimular. Bajo el mantel, Adrián volvió a moverse.

—Dios, qué rico, mamá.

—No tardes, por favor, esto ya es demasiado.

—¿Puedes inclinarte un poco? ¿Como mi prima?

Marisol se dobló hacia adelante sin flexionar las rodillas, regalándole la misma imagen que Camila, pero más cerca, más suya, más prohibida. Adrián apretó el ritmo, conteniendo cada jadeo.

—Por Dios, mamá, estás mil veces mejor que ella.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó ella, girando apenas la cabeza.

—Me encanta tu culo, mamá.

Ella volvió a enderezarse, de nuevo a centímetros de él.

—Mamá, un poquito más, ya casi.

—No puedo estar así toda la noche, me van a ver raro.

—Necesito terminar, no me falta nada.

Marisol dudó un segundo. Después, en voz muy baja:

—A ver. Bésamelas.

—¿En serio? —preguntó él, incrédulo.

—Rápido, antes de que te vean.

Adrián no lo pensó dos veces. Acercó la boca y empezó a besarle las nalgas por encima de la tela, mientras seguía moviéndose bajo el mantel.

—¿Te gusta, niño pervertido?

—Me fascina, mamá. Mil veces más que el de Camila.

—Pues disfrútalo. Entiendo que como hombre tengas tus necesidades —dijo, y su voz ya no tenía nada de reproche—. ¿Puedo tocarlas? —preguntó él.

—Hazles lo que quieras, pero apúrate.

Adrián levantó una mano y acarició aquel trasero firme y cálido a través del vestido.

—¿Por qué ese cambio de actitud, mamá?

—No soy de piedra, hijo. Yo también tengo necesidades, igual que tú.

***

Marisol miró a un lado y a otro. Nadie. Entonces hizo algo que ninguno de los dos esperaba: se agachó y se metió debajo de la mesa.

—Mamá —susurró él, sobresaltado.

—Shhh. Esto solo va a pasar una vez, ¿me oíste?

Bajo el mantel, de rodillas sobre el suelo entre las piernas de su hijo, Marisol no dijo nada más. Tomó la erección con la mano y se la llevó a la boca.

—Mamá… qué boca tienes. Gracias.

—Shhh. Disimula, ¿quieres?

Empezó a chuparla con cuidado, atenta a cualquier ruido que llegara desde la pista. Adrián fingía mirar su teléfono, los nudillos blancos sobre el borde de la mesa, mientras por dentro ardía.

—Qué buena eres, mamá —murmuró, casi sin mover los labios.

Ella aceleró, y un par de veces tuvo que detenerse por el tamaño. Volvía a empezar, decidida, sin levantar la cabeza.

—Me voy a correr, mamá.

Marisol se asomó un instante por debajo del mantel.

—Te lo dije: esto pasa una sola vez. Me lo voy a tragar. Termina tranquilo.

Y se la volvió a meter en la boca. Adrián le puso la mano en la nuca, apenas, y dejó de aguantar.

—Ya, mamá. Ya.

Terminó dentro de su boca, y ella lo recibió todo sin derramar una gota, tragando cada espasmo mientras la música seguía sonando a unos metros, ajena a todo.

Unos segundos después salió de debajo de la mesa, se acomodó el pelo y volvió a su asiento como si nada.

—Tienes que ser más cuidadoso —dijo, limpiándose la comisura con una servilleta—. Lo que tienes no es normal. Aprende a ser delicado con la cabeza de las chicas.

—¿No te gustó, mamá?

Ella lo miró un largo rato, con algo nuevo en los ojos.

—Me encantó —admitió en voz baja—. Solo sé más considerado con quien te presta la boca. En este caso, tu madre.

Y bebió el último trago de su copa, sin dejar de mirarlo, sabiendo perfectamente que aquello no iba a quedarse en una sola vez.

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Comentarios (5)

Marcos_78

increible!! no podia parar de leer, te tiene enganchado desde el primer parrafo

ValentinaK21

Por favor que haya una segunda parte!! me quedé con las ganas de saber qué pasó despues de la boda

CordobesJR

Buena trama, lo de la boda le da un morbo especial. Se siente todo muy bien construido, felicitaciones

ViviLect

muy bueno, esperando mas!

LecturaNoc

tremendo relato jaja, de los mejores que leí acá en mucho tiempo

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