Mi hijo me confesó que me espió toda la noche
Era una tarde de domingo y la casa estaba en ese silencio pesado que dejan las resacas. Entré al cuarto de Mateo sin golpear, todavía con el pelo húmedo de la ducha y una bata fina que apenas me tapaba los muslos. Cerré la puerta con llave detrás de mí. Él estaba tirado en la cama, jugando con el teléfono, y levantó la vista con esa cara de nene que ya no le quedaba a los veinte años.
—Tenemos que hablar. Ahora —dije, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Qué pasa, mamá? ¿Estás bien?
Respiré hondo antes de soltarlo. Llevaba toda la mañana ensayando cómo decirlo y, llegado el momento, me salió de golpe.
—Lorena me llamó. Me contó lo que pasó con vos el sábado, después de que los tipos se fueron. Me dijo lo que hiciste con ella. Quiero que me lo digas vos. Y no te atrevas a mentirme.
Mateo se incorporó despacio. Se le encendió la cara, bajó los ojos un segundo, y cuando los volvió a levantar había algo distinto en ellos. Decisión.
—Es verdad —dijo—. Pasó lo que te contó Lorena. Pero eso no es todo, mamá. Esa noche yo estaba en casa. Vi todo.
Sentí que el suelo se movía. Di un paso hacia la cama, y la bata se me abrió un poco en el escote sin que yo lo buscara.
—¿Cómo que viste todo? ¿Estabas espiando?
—Estaba detrás de la cortina del living. Los vi llegar con los dos tipos. Vi cómo terminó la cosa en el sillón, con vos y con Lorena. Y después, cuando te fuiste al baño con el más alto… también vi eso.
***
Me senté en el borde de la cama porque las piernas no me sostenían. Tenía las manos sobre las rodillas y me temblaban, y odié que me temblaran.
—Contame qué viste —dije, y ni yo entendí por qué quería saberlo—. Todo. No me ocultes nada.
Mateo tragó saliva. Habló bajo, casi sin levantar la voz, y eso lo hizo peor.
—El tipo te agarró del pelo en el baño. Te puso de rodillas. Te decía cosas, te trataba mal, y a vos no te molestaba. Te dio dos palmadas y después te dio vuelta contra la pared. Vos llorabas y al mismo tiempo le pedías que no parara. Yo estaba en el pasillo, mirando por la rendija de la puerta. No me podía mover.
Me cubrí la cara con las manos. El calor me subió por el cuello como si tuviera fiebre.
—Dios mío, Mateo… eras vos. Lorena me dijo que alguien había mirado, pero pensé que se lo había imaginado. Esa noche yo estaba muy borracha, muy caliente… nunca pensé que mi propio hijo…
Se hizo un silencio largo. Cuando hablé otra vez, me salió la voz más ronca de lo que quería.
—Y vos. ¿Qué hiciste mientras mirabas? Decímelo.
No dudó.
—Me toqué toda la noche, mamá. Sobre todo en el baño. Verte así, entregada, llorando y pidiendo más… no me había puesto nunca tan duro. Después Lorena me buscó porque sabía que yo había visto todo. Me dijo que la próxima vez quería que fuera yo.
Me mordí el labio. La bata se me había abierto un poco más y no hice nada por cerrarla. Respiraba rápido y lo sabía.
—Esto es una locura —dije—. Soy tu madre. No deberíamos estar hablando de esto. Pero seguí. Necesito entender qué te pasó por la cabeza.
***
Mateo se animó. Se sentó más derecho y me miró de frente.
—¿Siempre fuiste así, mamá? ¿Siempre te gustó que te trataran de esa manera? Porque esa noche disfrutabas. Se te notaba.
Suspiré. Me acomodé en la cama y, casi sin darme cuenta, dejé que la bata cayera hasta la cintura. Si va a saberlo todo, que lo sepa, pensé, y me asusté de pensarlo.
—Desde joven, sí —admití—. Antes de casarme con tu padre ya andaba en lo mío. A los dieciocho me gustaba salir, terminar en fiestas que no terminaban nunca. Después de separarme volví a lo de antes. Lorena y yo salimos juntas, hacemos cosas juntas. No es la primera vez que termino así, ni la última. Lo del sábado para mí no fue raro. Lo raro es que vos estuvieras del otro lado de la puerta.
Mateo me escuchaba con los ojos muy abiertos. Vi cómo se le marcaba la erección bajo el short y no aparté la mirada.
—¿Y te gusta que te insulten? ¿Que te hagan llorar?
—Me calienta —dije, y la palabra me quemó en la boca—. Cuando me tiran del pelo, cuando me hablan sucio, cuando me hacen sentir usada. Esa noche el tipo me hizo sentir la mujer más sucia del mundo y me encantó. Pero ahora saber que vos lo viste… me da vergüenza y al mismo tiempo me pone, y no debería decírtelo.
Me detuve. Me cerré un poco la bata, como si ese gesto pudiera arreglar algo.
—No, Mateo. Esto está mal. Soy tu madre. No podemos seguir.
Pero él se acercó un poco más en la cama.
—Yo también tengo cosas para contarte, mamá. Hace mucho que me toco pensando en vos. En cómo caminás, en tu cuerpo, en cómo te queda la ropa cuando salís. Cuando te ibas de noche imaginaba lo que hacías. El sábado fue como ver de verdad lo que llevaba años imaginando.
Me levanté y caminé hasta la ventana. La bata flotaba con el movimiento y dejaba ver más de lo que debía.
—Pará. Esto es peligroso. Yo también, a veces, cuando me toco sola, pienso cosas que no debería. Pero sos mi hijo. No podemos.
Volví a sentarme, más cerca esta vez. Mi pierna rozó la suya y ninguno la apartó.
—Contame otra cosa del pasado —dije, bajito—. ¿Alguna vez casi te descubro?
—Una vez te vi por la rendija del baño cuando te duchabas —dijo—. Te tocabas pensando que estabas sola. Me quedé mirando hasta el final. Otra vez, cuando yo era más chico, te escuché con un tipo en tu cuarto. Decías cosas. Me quedé del otro lado de la puerta.
Cerré los ojos. Una mano se me fue sola al muslo y la dejé ahí.
—Ay, Mateo… no sabía que habías visto tanto. Eso me pone… no, no puedo decirlo. Soy tu madre, carajo. Tenemos que cortar esto ahora mismo.
***
Pero ninguno de los dos se movió. El aire del cuarto se había vuelto espeso, imposible de respirar. Yo tenía las mejillas ardiendo y los pezones marcados contra la tela. Él tenía la erección a la vista, sin disimular.
—Mirá cómo estoy —dijo, señalándose—. Hablar de esto me puso así. Y vos también estás caliente, mamá. Se te nota.
Me cubrí el pecho con las manos.
—No, Mateo. Esto no puede pasar. Aunque me caliente hablarlo, sos mi hijo. Levantate y nos olvidamos de esta charla.
Me paré otra vez, pero las piernas me temblaban. Di dos pasos hacia la puerta y me detuve. Me di vuelta.
—Decime una sola cosa más. Cuando Lorena estuvo con vos… ¿pensabas en mí?
—Sí —respondió, sin filtro—. Cerraba los ojos y pensaba en vos. Me vine imaginando que eras vos.
Se me escapó un gemido que no pude controlar. Apreté las piernas.
—Dios… esto es demasiado. Me voy.
Pero no me moví. Me quedé ahí, respirando fuerte, con la bata completamente abierta en el frente. Andate ya, me dije, y mis pies no obedecieron.
—Mateo… no me mires así. Esto está mal. Muy mal.
***
Se puso de pie. Se acercó despacio, como quien se acerca a algo que se puede romper.
—Sé que lo querés, mamá. Dejame tocarte. Una sola vez.
Retrocedí y choqué contra la pared.
—No… no podemos. Soy tu madre. Esto es incesto. Pará, por favor.
Me puso una mano en la cintura, sobre la bata abierta.
—Decime que no estás caliente. Decímelo y me freno.
Temblaba. Cerré los ojos.
—No quiero… o sí… no sé. No puedo decidir.
Cuando me terminó de abrir la bata y me tomó un pecho en la mano, apretándolo apenas, se me escapó un gemido largo desde el fondo.
—Ay, hijo… no hagas eso… pero no pares.
Se inclinó y me cerró la boca sobre el pezón. Arqueé la espalda contra la pared.
—Pará… esto no puede ser… soy tu mamá… ay, más fuerte.
La resistencia se me caía a pedazos. Me llevó hacia la cama con una mano en la espalda y me dejé caer de espaldas, la bata abierta del todo.
—Mateo, por última vez… no lo hagamos. Todavía podemos parar.
Pero ya me había abierto las piernas. Me pasó dos dedos por la entrepierna empapada.
—Estás mojadísima, mamá. No me digas que no querés.
Lloraba de excitación y de culpa al mismo tiempo, las dos cosas mezcladas sin diferencia.
—Sí… no… no sé. Pero metémelos… solo eso… después paramos.
Me metió los dedos mientras me chupaba el otro pecho. Empecé a gemir sin freno.
—Más adentro… ay, hijo… esto está tan mal y no me importa.
Se sacó el short. Lo miré fijo, respirando entrecortado, y supe que ya no había vuelta atrás.
—Decime que pare, mamá. Decime que no querés que tu hijo te coja.
Con las lágrimas todavía en los ojos y la voz rota, susurré lo que ninguna madre debería susurrar.
—No pares. Cogeme, Mateo. Como me cogieron el sábado. Soy tuya ahora.
Empujó despacio, centímetro a centímetro, hasta el fondo. Solté un grito en el que el placer y el dolor eran la misma cosa.
—Así… llename, hijo… más fuerte.
Empezó a moverse con un ritmo que iba creciendo. Le clavé las uñas en la espalda, moviendo las caderas para recibirlo más profundo. Me hablaba sucio, con la boca pegada a mi oído, y cada palabra me hundía más.
—Sos mi puta madre. Te vi entregarte el sábado y ahora la que se entrega sos para mí.
—Me gusta… me encanta… soy tuya… pero después nos arrepentimos… no pares ahora.
Me dio vuelta y me puso de rodillas sobre la cama, igual que había visto al tipo. Me dio dos palmadas fuertes y me clavó la verga hasta el fondo.
—Tomá, mamá. Toda.
Lloraba de placer, como en el baño esa noche, pero ahora era mi hijo el que me hacía llorar.
—Así… hacelo… me vengo… ¡me vengo!
Me corrí temblando, apretándolo entero. Él no paró. Me dio vuelta otra vez, me subió encima y siguió.
—Ahora te lleno, mamá. Decime que lo querés.
Exhausta, todavía corriéndome, no pude más que ceder.
—Llename… dame todo… soy tu puta madre… cogeme cuando quieras.
Terminó dentro de mí con un gruñido. Sentí cada pulsación y me corrí otra vez, más fuerte que la primera. Quedamos abrazados, empapados de sudor, respirando como después de correr. Le acaricié el pelo con una ternura que me dio más culpa que el resto.
—Esto no puede volver a pasar —dije—. Pero sé que va a pasar. Somos un desastre, Mateo.
Sonrió y me besó la frente.
—Cuando quieras, mamá.
***
Pasaron unos días en los que casi no nos hablamos, como si el silencio pudiera deshacer lo hecho. No lo deshizo. Una tarde yo estaba lavando los platos, de espaldas a la puerta, y lo escuché entrar a la cocina. Antes de darme vuelta ya lo tenía pegado a mi espalda, las manos en mis caderas, apretándome contra la mesada.
—Mateo, ¿qué hacés? —susurré, y la sorpresa y las ganas me salieron en la misma palabra.
No contestó. Me levantó la pollera y me bajó la ropa interior de un tirón. No me resistí; el cuerpo me temblaba de anticipación. Me abrió y, sin aviso, me penetró por detrás de una sola embestida.
Un grito ahogado se me escapó. El dolor fue intenso y se mezcló enseguida con un placer prohibido que me recorría entera. No tuvo piedad. Me cogía con una brutalidad que no le conocía, hundiéndose más profundo a cada empuje, mientras mis caderas golpeaban contra el borde de la mesada y él me sujetaba de los hombros.
—¡Más duro! —le pedí, perdida entre el dolor y las ganas.
Obedeció hasta que sintió cómo me cerraba alrededor de él. Terminó adentro con un rugido, llenándome del todo. Nos quedamos así un momento, jadeando, el sudor goteando. Cuando se separó, me desplomé sobre la mesada, temblando y dolorida. Él se acomodó la ropa y salió de la cocina sin decir nada, dejándome sola.
Con las manos temblando tomé el teléfono y marqué el número de Lorena.
—Hola, Lorena… —dije con la voz rota.
—¿Qué pasa? Te oigo rara.
—Tengo que contarte algo. Mateo… Mateo lo hizo otra vez. En la cocina.
—¡¿Qué?! —exclamó.
—Me dio durísimo —confesé, entre el dolor y algo que no era dolor—. Estoy hecha pedazos. Pero fue increíble.
Lorena escuchaba en silencio, sin saber qué decir. Acababa de contarle el secreto más oscuro y más excitante de mi vida.
—¿Estás bien? —preguntó al fin—. ¿Querés que vaya?
—No, estoy bien, creo. Es que nunca me lo había dado así. Tan bruto. Sentía que me partía por dentro, y al mismo tiempo no quería que parara.
La escuché tragar saliva del otro lado. Sabía que la escena la calentaba más de lo que iba a admitir.
—¿Y cómo te sentís ahora? —preguntó, la voz un poco temblorosa.
—Dolorida —dije—. Me arde. Me siento usada, abierta… pero también viva. Nunca había sentido algo tan fuerte, Lorena.
Escuché ruido en el fondo de la casa. Mateo volvía.
—Tengo que cortar. Llamame más tarde, por favor.
—Dale, cuidate.
Mateo entró con un vaso de agua y me lo acercó. Yo seguía apoyada en la mesada, sin fuerzas para moverme.
—Tomá, mamá. Lo vas a necesitar.
Levanté la vista, con los ojos rojos, y tomé el vaso con las manos temblorosas.
—¿Por qué tan duro? —pregunté con la voz ronca—. ¿Por qué no tuviste piedad?
Sonrió, y en esa sonrisa ya no quedaba nada del nene de antes.
—Porque sé que eso es lo que te gusta. Y soy el único que te la puede dar así.
Bajé la mirada, entre la vergüenza y las ganas. Sabía que tenía razón. Se acercó y me acarició el pelo, y yo dejé que lo hiciera.
—Me dejaste hecha polvo —murmuré—. Mañana no voy a poder ni caminar.
Hice una pausa, recorriéndolo con la mirada, una mezcla de asombro y rendición.
—Ya sos un hombre, Mateo. Un hombre de verdad. Nunca había sentido algo así.
Sonrió con orgullo. La mano le bajó del pelo a la mejilla y me apretó apenas, como quien marca lo que es suyo. Y yo ya sabía, mientras sostenía ese vaso de agua en la cocina, que esa puerta no la íbamos a volver a cerrar nunca.